En el Monte Sinaí, Dios describió al pueblo judío como una nación sagrada (Shemot 19:6). Sin embargo, este parece ser un concepto demasiado elevado y difícil de sostener. ¿Como alcanzamos la santidad? Lo lógico es que una parashá llamada Kedoshim (santos), sea el lugar adecuado para descubrir un camino hacia la santidad.

"Serán santos, porque Yo, Dios, Hashem, Soy Santo. Todo hombre deberá temer a su madre y a su padre y respetar Mis shabatot. Yo soy Hashem, su Dios" (Levítico 19:2-3).

Dios nos da la orden general de ser santos, y a continuación enumera unas 50 mitzvot, aparentemente para que alcancemos ese objetivo. Dios nos dice que llevar una vida santa implica cumplir los mandamientos de la Torá. El primero de estos mandamientos es tener temor y reverencia hacia los padres. Pareciera que el primer paso hacia la santidad es valorar y respetar a quienes nos trajeron al mundo.

Si vamos a comenzar a vivir una vida santa, debemos tomar conciencia de que debemos tratar a las autoridades de manera apropiada y honorable. Sólo así nos acostumbraremos a la idea de aceptar la autoridad. Esto nos permitirá relacionarnos con Dios como una Autoridad Máxima, y vivir una vida santa de acuerdo con Sus instrucciones para la vida; es decir, la Torá.

En cierto sentido, la famosa frase con la que Thomas Jefferson “definió a los Estados Unidos”: Todos los hombres fueron creados iguales, no es demasiado precisa. Si bien la intención de Jefferson fue afirmar que todas las personas deben ser tratadas de manera justa y que se deben respetar los derechos humanos (lo cual es cierto), la declaración misma tiene connotaciones que no pueden ser aceptadas. Hay ciertas personas que merecen más respeto y autoridad que otras. La sociedad debe saber que hay límites. Por respeto, debemos darle nuestro lugar en el autobús a una persona mayor. Cuando los sabios, los ancianos y los padres entran a la habitación, debemos ponernos de pie.

Si “todos son iguales”, entonces corremos el riesgo de hacer que nadie sea igual. Produciremos jóvenes que se reirán de los ancianos y desobedecerán a sus maestros porque se sentirán iguales a las personas con autoridad. Si todos son iguales, perderemos el respeto por los demás, porque somos iguales a ellos. Sólo nos preocuparemos por nosotros mismos, lo que imposibilitará alcanzar la santidad. Santidad implica alejarse de las indulgencias, algo imposible de lograr si la persona es egocéntrica.

Al respetar a los padres, aprendemos a sentir reverencia. El Séfer Hajinuj (Mitzvá 13) escribe que cuando la persona comienza a integrar a su personalidad el respeto por los padres, esta actitud servirá como trampolín para sentir reverencia por Dios. Cuando sentimos reverencia por Dios, Lo escuchamos. Cuando Lo escuchamos, seguimos Su Torá, lo que nos vuelve santos.

Esta idea se aplica también al honor a los reyes. Hay un mandamiento de respetar a los reyes judíos y a los reyes no judíos (ver Talmud Brajot 19b). Esta forma de relacionarnos con los reyes también nos ayuda a relacionarnos con Dios. Dios es llamado "el Rey de Reyes", lo que implica que para tratarlo apropiadamente debemos saber cómo honrar a un rey. Sólo entonces podremos mostrarle respeto al Rey de Reyes. Con la desaparición de las monarquías y los reyes poderosos en el mundo, en comparación a las generaciones anteriores nos resulta más difícil relacionarnos con Dios como Rey.

Entonces, ¿cómo podemos ser santos? El camino es el citado en el versículo:

"Serán santos, porque Yo, Dios, Hashem, Soy Santo. Todo hombre deberá temer a su madre y a su padre y respetar Mis shabatot. Yo soy Hashem, su Dios" (Levítico 19:2-3).

Primero, reverencia a tus padres. Luego podrás respetarme a Mí y cuidar Mis shabatot.

Una brillante ilustración de esta reverencia la encontramos en la siguiente historia sobre Rabí Iehoshúa Leib Diskin, el famoso Gran Rabino de Jerusalem, alrededor del 1900.

Al mudarse a un departamento nuevo, él supervisó personalmente al personal de la mudanza. Sus ojos estaban pegados a dos cajones llenos de manuscritos. Un trabajador apiló las cajas. Rav Diskin le imploró: "Por favor, asegúrese de no invertir el orden de las cajas. Asegúrese de que la caja superior permanezca arriba, y que la inferior permanezca abajo".

El trabajador le aseguró al Rav Diskin que lo haría. En varias ocasiones durante la mudanza Rav Diskin repitió su pedido. El trabajador finalmente perdió la paciencia y le preguntó al rabino: "¿Por qué sería tan terrible que las cajas fueran invertidas?”

Rav Diskin le explicó: "La caja de arriba contiene los escritos de Torá de mi difunto padre, mientras que la de abajo contiene los míos. ¡Sería inadecuado que, incluso por un momento, mis escritos estén sobre los de mi padre!".

En este versículo hay otra enseñanza que nos permite comenzar a tener la reverencia adecuada por los padres. Si vivo una vida sagrada, entonces aprecio la vida más que si soy una persona mundana. Si lo único que me importa es jugar al tenis y viajar al Caribe, mis padres no serán tan importantes para mí. A ellos les debo mi existencia, pero mi existencia no es tan monumental, por lo que no valoro tanto que mis padres me hayan dado la vida. Sin embargo, una vida santificada y llena de significado es una vida que les debe a los padres reverencia y un respeto infinito. Valoro la existencia porque tengo un objetivo valioso y santo en el mundo. Por lo tanto, valoro la vida que mis padres me dieron y respondo con un gran temor, respeto y reverencia.

Por eso el versículo declara: sé santo, y sólo entonces podrás temerles a tus padres. Y cuando les temas a tus padres, podrás respetar a Dios, observar Sus shabatot y reverenciarlo.

Debemos tratar a todas las personas como iguales en términos de dignidad, bondad y generosidad. Pero tenemos que saber que los hombres no fueron creados iguales en todos los aspectos.