Primero me moría por terminar la secundaria. Después me moría por terminar la Universidad. Entonces me moría por casarme. Luego me moría por tener hijos. Luego me moría para que mis hijos crecieran, casarlos y relajarme. Después de eso me moría por jubilarme. Ahora me estoy muriendo y comprendo que jamás viví realmente. (Un paciente de 70 años en la sala de terapia intensiva).

Si hay una enseñanza que debemos aprender para aprovechar nuestra vida y nuestro tiempo en este mundo, es esta: valorar el momento presente y no esperar constantemente algo del futuro. Lo importante es el proceso. Entender ciertos mandamientos de parashat Ékev nos lleva en esta dirección.

Y ahora, Israel, qué te pide el Eterno tu Dios, sino que Le temas al Eterno tu Dios, que te conduzcas en Sus caminos y que Lo ames (Devarim 10:12).

Amar y temer a Dios son dos de los mandamientos más difíciles de cumplir. Podemos temerle al policía que nos puede multar por exceso de velocidad. Podemos amar a nuestra pareja o a nuestros padres, quienes nos aman y hacen tanto por nosotros. Ellos son tangibles, podemos verlos. Hay una relación real, en el mundo físico. ¿Pero cómo puedo relacionarme (mucho menos amar o temer) con un Ser que no me habla ni se comunica conmigo de una forma que pueda entender con claridad?

El Mesilat Iesharim (La senda de los justos, Capítulo 19, Los pasos hacia la piedad), de Rav Moshé Jaim Luzzato, expresa esta pregunta de esta manera: “Hay cosas que la persona debe investigar y contemplar muy bien para adquirir temor a Dios. La primera es que uno realmente está en presencia del Creador, bendito sea Su nombre, y se comunica con Él, incluso si no puede verlo. Esta es la parte más difícil. ¿Cómo podemos crear una "imagen" real en nuestro corazón cuando no tenemos ninguna ayuda de los sentidos físicos?”. Rav Luzzato continúa explicando que, con gran esfuerzo y meditando sobre ciertos pensamientos que él describe, podemos lograr este objetivo.

Incluso si pasáramos por alto la gran dificultad de tratar de amar y temer a un Dios invisible e intangible, hay otro problema que enfrentamos al tratar de cumplir estos mandamientos. ¿Cómo se nos puede obligar a amar o a temer? ¿Como es posible obligar a tener una emoción? O que ya amo y temo a Dios, o no. Que me ordenen a amar a Dios no me hace amarlo. En general, el cumplimiento de una mitzvá conlleva una acción concreta que puedo hacer. O comí matzá en Pésaj, o no comí. La acción de comer es una orden clara. ¿Qué significado tiene el mandamiento de una emoción, y cómo puedo cumplirlo?

El Rambam, en Iesodei HaTorá 2:2 (Bases de Torá) presenta un enfoque respecto a amar y temer a Dios que responde a todas nuestras preguntas:

¿Cuál es el camino para amarlo y temerle? Cuando una persona piensa profundamente en Sus maravillosas y asombrosas creaciones y acciones, y ve en ellas Su sabiduría infinita, inevitable y necesariamente amará, alabará, glorificará y deseará sumamente conocer el Gran Nombre… Y cuando piense en esas cosas, inevitable y necesariamente se estremecerá y temerá, sabiendo que ella es una criatura pequeña y humilde, con una inteligencia insulsa ante el Conocedor Perfecto y Completo de todas las cosas.

Cuando el Rambam escribe las leyes de la plegaria, por ejemplo, no pregunta: "¿Cuál es la forma de rezarle a Dios?" Es obvio que recitas las plegarias para cumplir el mandamiento de la plegaria. No se necesita describir ningún camino. Esto es cierto para todos los mandamientos que involucran acción. Sólo en los mandamientos que involucran emoción, como amar y temer a Dios, el Rambam se siente obligado a presentar un camino para cumplirlos. Esto se debe a que el Rambam reconoce que no es posible ordenar una emoción, a menos que haya un camino claro que garantice el logro de esa emoción.

El Rambam nos muestra que contemplar las maravillosas creaciones de Dios inevitablemente nos llevará a amarlo y temerle. Este es el camino que debemos seguir si deseamos cumplir los mandamientos de amar y temer a Dios. Y este es el enfoque que debemos tener para relacionarnos con un Dios invisible e intangible. Debemos relacionarnos con Él y verlo a través de Sus creaciones.

No podemos dedicarnos activamente ni preocuparnos por obtener el nivel supremo de sentir las emociones de amor y temor a Dios. Lo único que podemos hacer es aceptar el proceso y el camino hacia las emociones de amor y temor contemplando a diario y continuamente Sus obras en nuestras vidas. Mediante la consistencia y la dedicación al proceso, se lograrán los objetivos finales: amar y temer a Dios.

El enfoque debe estar en el proceso, no en los resultados. Los resultados sólo llegarán si se cumple el proceso y el proceso sólo será exitoso si lo valoramos como corresponde.

Quieres ser un buen padre. Quieres que tus hijos adultos te vean con amor y respeto como resultado de haberlos criado apropiadamente. Entonces debes, al menos una vez al día, dar un paso atrás, amar lo que haces en el presente, amar ser un buen padre y mostrarles amor a tus hijos. Llevar a tu hijo a algún lado, hablarle, escuchar cuando lee, jugar con él, limpiar una mancha, incluso separar a los hermanos que pelean, debes valorar todo. Si no, siempre desearás superar el problema y nunca te convertirás en una persona a quien sus hijos consideran un padre afectuoso.

Para poder valorar el proceso, debes ser una persona reflexiva, quitarte del microcosmo del evento presente y contemplar cómo esa experiencia encaja en la imagen general de lo que quieres lograr. Enfócate en el proceso, no en el objetivo final.

Esto es lo que significa el versículo de Proverbios 17:24: “La sabiduría yace ante una persona con entendimiento, pero los ojos del tonto están dirigidos hacia el final de la tierra”. Rashi explica que un tonto se concentra en el final, en el objetivo, mientras que la persona sabia piensa en el aquí y ahora, en el proceso. Ella piensa sólo en lo que tiene delante de sí. Ese es el camino del sabio.

Rashi cita el Midrash (parafraseado): “El tonto dice: ‘¿Cómo puedo estudiar Torá? ¡Cada tratado contiene unos 30 capítulos! ¡Es demasiado para mí!’ Pero el hombre sabio dice: ‘Hoy estudiaré dos capítulos, mañana otros dos capítulos y así seguiré adelante’.

Tenemos que reconocerlo. No viviremos para siempre y, a menos que valoremos cada día, terminaremos envejeciendo más rápido de lo que pensamos, sin que nos quede nada “para superar” ni nada que esperar.

Vivamos el proceso” de la vida, no sólo los resultados. Vivir de esta forma nos ayuda a aprovechar mejor los años de nuestra vida.