Un amoní o un moabí no entrará en la congregación de Dios; incluso su décima generación no entrará en la congregación de Dios, hasta la eternidad, porque no fueron al encuentro de ustedes con pan y agua en el camino cuando salieron de Mitzráim, y porque alquilaron contra ti a Bilam hijo de Beor, de Petor, Aram Naharaim, para maldecirte” (1).

La Torá nos dice que Amón y Moab son las únicas naciones que tienen prohibido entrar al pueblo judío y da dos razones para explicar este trato tan severo. La primera de ellas es que no fueron hospitalarios con el pueblo judío en el desierto, y la segunda es que contrataron a Bilam para que los maldijera. Los comentaristas preguntan por qué la Torá iguala la falta de hospitalidad con la contratación de Bilam, un delito que aparentemente era mucho peor que el primero.

El Beerot Itzjak (2) explica que la Torá considera la falta de hospitalidad de Amón y Moab (3) como un pecado horrendo, ya que ellos habían heredado una tendencia natural hacia la hospitalidad de Lot, su ancestro. A pesar de sus defectos, Lot es descrito como un sujeto sumamente hospitalario que realizó la mitzvá de hajnasat orjim (hospedar invitados) en Sodoma, donde estuvo dispuesto incluso a arriesgar su vida con tal de satisfacer las necesidades de los viajeros.

Dado que eran sus descendientes, Amón y Moab heredaron este mismo rasgo de personalidad, y pese a esto, actuaron en contra de su naturaleza y se rehusaron a ofrecerle pan y agua al pueblo judío que deambulaba por el desierto. Y a pesar de que contratar a Bilam para que maldijera a los judíos era objetivamente un acto mucho más nocivo, de acuerdo al nivel de libre albedrío de ellos, negarle hospitalidad a los judíos fue un pecado igualmente serio y mereció por lo tanto un castigo del mismo nivel.

Hay muchas lecciones que podemos aprender del error de Moab al no utilizar sus fortalezas naturales. Primero vemos que una persona es juzgada de acuerdo a su propia nekudat habejirá (punto de libre albedrío) (4) y, por lo tanto, es juzgada más estrictamente en las áreas donde es más fuerte.

En base a esto vemos que mejorar nuestros puntos fuertes debería ser parte esencial de nuestro crecimiento espiritual. En esta línea, el ejemplo de Amón y Moab es particularmente instructivo; ¿por qué fallaron en un área donde naturalmente sobresalían? La respuesta es que su buen nivel en el rasgo de hajnasat orjim no derivó de un esfuerzo importante por parte de ellos, sino que era un rasgo de nacimiento que habían heredado de sus ancestros. Y dado que su hajnasat orjim no se regía por los parámetros de la Torá, era casi inevitable que en algunas circunstancias fuese mal utilizada u omitida. Cuando Amón y Moab vieron que el pueblo judío se acercaba, su inclinación natural fue ofrecerles pan y agua, pero su odio y temor al pueblo de Israel superó su rasgo de bondad y por lo tanto, no les ofrecieron la ayuda tan necesitada.

Vemos de aquí que si una persona no trabaja en sus fortalezas naturales internas y las alinea con los requisitos de la Torá, las terminará desperdiciando o utilizando de mala forma. Por ejemplo, una persona naturalmente amigable puede, en ocasiones, cuando está cansada, no desear esforzarse para fraternizar con un extraño. En este caso, su rasgo natural no es lo suficientemente fuerte como para conducirlo por el camino correcto porque se enfrenta a otra cosa —en este caso al cansancio— lo cual dificulta su aplicación. Sin embargo, si luchara para ser amigable —dado que es una gran mitzvá hacer sentir bien a la gente— sería mucho más probable que superara su cansancio e hiciera el esfuerzo necesario para acercarse a la otra persona.

Otra importante lección que podemos aprender de Amón y Moab es lo mucho que podrían haber logrado si hubieran llevado su rasgo de bondad a su máximo potencial: si hubieran salido y le hubieran ofrecido pan y agua al pueblo judío, entonces probablemente la Torá hubiera registrado ese grandioso acto de bondad para la eternidad y obviamente les hubiera permitido entrar al pueblo judío (5). Sin embargo, dado que no utilizaron sus fuerzas como corresponde, son tratados con el más grande de los desprecios. Vemos de aquí que una persona puede alcanzar logros grandiosos si maximiza sus fortalezas y que el hecho de no hacerlo es castigado con gran severidad.

El Jafetz Jaim destacó este punto en su libro Jomat Hadat (Fortaleza de Fe), el cual fue un pedido exhortando a las personas a ayudar a salvar a la nación judía de las muchas influencias negativas que la rodeaban. En este libro, él escribió extensamente sobre la necesidad de que cada persona utilice sus fortalezas al máximo (por ejemplo, una persona que fue bendecida con la capacidad de hablar en público debería dar clases en público). Esto también aplica a los rasgos personales; es muy probable que el propósito de la vida de una persona involucre utilizar sus rasgos positivos al máximo.

De Amón y Moab aprendemos cómo NO utilizar las fortalezas que tenemos; quiera Dios que todos aprendamos esta lección para bien y aprovechemos al máximo esos regalos que Dios nos dio.


NOTAS

  1. Ki Tetzé 23:4-5.

  1. Rav Ierujam Fishel Goldwasser, citado en Lékaj Tov, Devarim, Segunda Parte p. 63.

  1. Algunos comentaristas escriben que Moab no fue culpable de no ofrecer pan y que Amón no fue culpable de contratar a Bilam. Para mantener la simplicidad utilizaremos la explicación de que ambas naciones fueron culpables de ambos pecados.

  1. Rav Dessler ztz”l escribe extensamente sobre este tópico en Mijtav MeEliahu.

  1. También es interesante notar que Rut, la descendiente femenina de Moab, se caracteriza por su gran jésed: ella usó esta midá extensamente y, en consecuencia, alcanzó logros increíbles, incluyendo ser la progenitora de David Hamélej y el Mashíaj.