El pecado del Becerro de Oro es uno de los episodios más complejos de la Torá. Por ejemplo, los comentaristas explican cómo la grandiosa generación que vivió en el desierto pudo cometer un pecado como ese tan poco tiempo después de recibir la Torá.

Pero un aspecto menos abordado de ese terrible incidente es la forma en que Dios castigó al pueblo judío: inmediatamente después del pecado, Dios le dijo a Moshé: "…he aquí que mi ángel irá delante de ti…"(1). Rashi explica que eso era un castigo; hasta ese momento, Dios mismo había guiado al pueblo judío en el desierto, pero desde ese momento en adelante lo comenzaría a guiar un ángel.

Nuestros sabios nos enseñan que Dios castiga medida por medida, lo cual significa que la naturaleza del castigo nos puede ayudar a entender la naturaleza del pecado. ¿Cuál era la medida por medida en este castigo por el pecado del Becerro de Oro?

Para entenderlo, tenemos que esclarecer por qué el pueblo judío cometió un pecado que pareciera ser idolatría. Los comentaristas explican que el pueblo judío no pretendía adorar el becerro, sino que querían que éste fuera un intermediario entre ellos y Dios. Cuando pensaron que Moshé había muerto, se asustaron; creyeron que no podían tener una relación directa con Dios y, por lo tanto, que necesitaban un intermediario para que los representara ante Él. Ellos no negaron a Dios, sino que creyeron equivocadamente que necesitaban que algún ser los representara ante Dios y que les transmitiera Sus enseñanzas y bondad (2).

Con esta explicación podemos entender cuál fue la causa del pecado del Becerro de Oro: el pueblo judío creyó que necesitaba un intermediario porque, inconscientemente, no deseaban una relación directa con Dios.

Y esta no era la primera vez que aparecía esta debilidad; en la entrega de la Torá, después de que Dios les dijera directamente los dos primeros mandamientos, ellos le pidieron a Dios que dejara de hablarles directamente y que en cambio se comunicara con Moshé, para que éste les transmitiera posteriormente lo que Él dijese.

En parashat Vaetjanán, Moshé criticó al pueblo por este aparentemente inofensivo pedido; Rashi explica que Moshé les dijo: "Ustedes me entristecieron y decepcionaron”. Él exclamó: “¿Acaso no hubiera sido mejor para ustedes aprender directamente de la boca de Dios en lugar de aprender de mí?” (3). Este temor a una relación directa con Dios fue el responsable de los terribles eventos que culminaron con el Becerro de Oro. El castigo medida por medida fue que habría un ángel intermediario guiándolos, en lugar de estar bajo la guía directa de Dios.

Más adelante en la parashá vemos un fuerte contraste entre la actitud del pueblo y la de Moshé. Después de lograr que Dios perdonara al pueblo judío, Moshé vio que era un et ratzón, un momento en que sus palabras estaban siendo recibidas, y que tenía una oportunidad para pedirle algo a Dios. ¿Qué eligió pedir? "Por favor muéstrame Tu Gloria" (4). Pidió la capacidad de percibir a Dios en un mayor nivel al que había experimentado hasta ahora; el objetivo principal de Moshé era incrementar su consciencia y cercanía a Dios.

Los incidentes que relata la Torá no están ahí meramente para ofrecer una lectura entretenida; tanto las acciones positivas como negativas del pueblo judío que aparecen en la Torá están llenas de enseñanzas: inconscientemente, la generación del desierto no deseaba una relación directa con Dios y, como consecuencia, se tornaron demasiado dependientes de intermediarios.

¿Cómo nos afecta a nosotros esa carencia? En ocasiones podemos estar tan ensimismados en nuestra rutina de servicio a Dios que nos olvidamos de Dios mismo. Al igual que la generación del desierto se enfocó demasiado en intermediarios, nosotros podemos terminar en un estado en el que los árboles no nos dejen ver el bosque, es decir, que nos enfoquemos demasiado en los medios que deberíamos usar para acercarnos a Dios y olvidemos que sólo son medios y no un fin en sí mismos.

Los rabinos más prominentes de las generaciones anteriores hablaron mucho sobre este tema y sobre la necesidad de que asignemos un tiempo determinado para enfocarnos en desarrollar Irat Shamaim ‘temor a Dios’. Ellos remarcaron la necesidad de dedicar unos momentos antes de estudiar para pensar en Dios, para que el estudio esté imbuido con la actitud correcta. Rav Jaim de Volozhin incluso escribió que una persona puede hacer una pausa en medio de su estudio y pensar en Dios "antes de que la consciencia de Dios se extinga de su corazón" (5).

También es posible pensar que las mitzvot son el objetivo en lugar de la cercanía a Hashem. Obviamente debemos esforzarnos para hacer las mitzvot lo mejor que podamos y es imposible que nos acerquemos a Hashem sin respetarlas. El judaísmo no cree que la meditación y la contemplación sean suficientes por sí mismas; el judaísmo es un sistema de valores que hace hincapié tanto en las acciones como en la creencia. Tenemos que ser muy cuidadosos de hacer mitzvot sin pensar en Hashem creyendo al mismo tiempo que hemos cumplido la mitzvá en un nivel satisfactorio.

Respecto a esto, es pertinente recordar las palabras del Rambán (Najmánides) en Parashat Bo: "El objetivo de todas las mitzvot es que creamos en nuestro Dios y reconozcamos que Él es nuestro Dios; ese es el objetivo de la creación, porque no hay otra razón para la creación y lo único que Dios quiere de nosotros es que sepamos y reconozcamos que Él nos creó" (6).

Hay muchas formas simples mediante las cuales podemos evitar el peligro de olvidar que el propósito de nuestro servicio espiritual es desarrollar nuestra relación con Dios; la más obvia es estudiar libros que traten sobre emuná (creencia), bitajón (confianza) o plegaria.

En un nivel más práctico, Rav Dov Brezak shlita escribe que le preguntó a uno de los rabinos más grandes de nuestra generación cómo puede uno trabajar en sí mismo para aumentar su consciencia de Dios. Su respuesta fue muy simple: debería rezar por lo que quisiera, incluso por temas mundanos, cosas que no tienen ninguna importancia espiritual. Por ejemplo, si estamos esperando el autobús y queremos que venga rápido, entonces deberíamos pedirle a Dios que haga que suceda.

Este ejercicio puede ayudarnos a desarrollar una consciencia constante de que Dios está con nosotros. Si poseemos tal consciencia tendremos muchas más posibilidades de recordar a Dios durante nuestras actividades espirituales, como por ejemplo, cuando estudiamos Torá (7).

Hay muchas lecciones que podemos aprender del incidente del Becerro de Oro. Una de las más importantes es recordar que tenemos la capacidad para tener una relación directa con Dios y que todo lo demás es secundario en comparación con este objetivo.


Notas:

(1) Ki Tisá, 32:34.

(2) Ver el Jumash de Artscroll (en inglés), p. 493.

(3) Rashi, Vaetjanán 5:24.

(4) Ki Tisá 33:18.

(5) Néfesh HaJáim, Sháar 4, Pérek 7.

(6) Rambán, Bo 13:16.

(7) Chinuch in Turbulent Times (Educación en Tiempos Turbulentos), p.167.