Hacia el final de la parashá, la Torá habla extensamente sobre las ciudades de refugio, las cuales eran áreas destinadas a resguardar a quienes causaban accidentalmente la muerte de alguien. Cuando una persona mata a otra sin intención, corre un gran riesgo de ser asesinada por los familiares de la víctima. La Torá le instruye por lo tanto a dicho individuo ir a una ciudad de refugio, en la cual estaría a salvo del peligro y donde además tendría que pasar por un proceso de teshuvá (arrepentimiento). Las personas confinadas a las ciudades de refugio sólo podían salir de ellas cuando muriese el Kohen Gadol (Sumo Sacerdote) vigente.

La Mishná nos dice que dado que la sentencia del asesino dependía de la muerte del Kohen Gadol, había una gran posibilidad de que la persona rezara para que el Kohen Gadol muriera y que él quedase consecuentemente en libertad (1). Por lo tanto, la madre del Kohen Gadol acostumbraba a darle regalos al asesino con la esperanza de que él no rezara para que su hijo muriera.

El Talmud pregunta por qué la madre temía que las plegarias funcionen; dado que el Kohen Gadol no había cometido ningún pecado, no merecía morir. El Talmud responde que en realidad el Kohen Gadol estaba en falta porque debería haber rezado para que no ocurriera un desastre como ese en el pueblo judío. Como evidentemente no lo había hecho, entonces era considerado culpable y era susceptible a las plegarias en su contra.

El Ben Ish Jai pregunta que si efectivamente era culpable, entonces por qué eran importantes las plegarias para que muriera, si igualmente sería castigado independientemente de si rezaban para eso o no, y responde que efectivamente habría sido castigado con sufrimiento, pero que las plegarias podrían causarle incluso la muerte (2).

Hay muchos temas y preguntas interesantes que surgen de este asunto (3), una de las cuales es que parecería que el Kohen Gadol no cometió en realidad una transgresión tan terrible. No le causó daño activamente a nadie, sino que de lo único que era culpable era de no haber rezado lo suficiente; el sufrimiento o la muerte parecen castigos muy severos para una transgresión aparentemente tan leve.

Para responder esto debemos primero analizar lo que la Torá espera de un judío respecto al jésed. Hay tres niveles generales de interacción con las otras personas: se las puede dañar, ayudar o uno puede no hacerles nada, ni bueno ni malo. De acuerdo a la perspectiva secular, dañar a alguien sin una razón válida es algo reprochable, mientras que ayudar a alguien se considera positivo. No hacer nada es percibido como neutral, ni bueno ni malo. La Torá también sostiene que ayudar es bueno y dañar es malo, pero ¿qué opina sobre no hacer nada?

El Talmud en el tratado de Baba Metzía habla sobre la prohibición de tzáar baalei jaim, causarles dolor a los animales (4), donde cuestiona la raíz de la prohibición y concluye que se aprende de la obligación de alivianar la carga de un burro que está sufriendo por el peso que tiene sobre su espalda. Dejar a un animal en ese estado de incomodidad se considera tzáar baalei jaim.

Esta fuente es algo sorprendente; si a uno le hubieran pedido que pensara en un ejemplo de tzáar baalei jaim, probablemente hubiera respondido que golpear a un animal o arrancarle las patas a un insecto. Nadie hubiera pensado que no ayudar a un animal que sufre es tzáar baalei jaim; es un acto neutral, quizás insensible, pero no lo habríamos situado bajo la misma categoría que causar dolor activamente.

Sin embargo, el Talmud ve las cosas de manera diferente: es claro para el Talmud que no ayudar a un animal que sufre es considerado un caso de tzáar baalei jaim, el cual no es distinto a causarle activamente dolor a un animal. Por lo tanto, se hace evidente que la opinión de la Torá sobre no hacer nada es distinta a la opinión secular. La Torá considera que no hacer nada es un acto de crueldad que está en la misma categoría que efectuar un daño de manera activa.

Otro ejemplo de esto es el caso que comenta el Talmud en el que Paró le preguntó a tres personas cómo tratar al pueblo judío en Egipto (5). Bilam le aconsejó que los tratara con dureza, Itró quería aconsejarle que fuera amable pero sabía que sería asesinado por hacerlo, por lo que huyó. Iov permaneció en silencio. Bilam fue —entendiblemente— castigado con la muerte a causa de su malvado consejo. Iov, que no pareciera haber hecho nada malo, fue castigado con el decreto de tener que tolerar graves sufrimientos (los mencionados en el Libro de Iov). Vemos claramente que no hacer nada es considerado algo malvado para la Torá.

Este concepto no se limita al ámbito de la hashkafá (pensamiento judío), sino que también aplica a la halajá (ley judía). La Torá nos ordena: “No te pares sobre la sangre de tu prójimo” (6). Si uno ve a un compañero judío en peligro, está obligado a tratar de salvarlo. Las autoridades explican que esta mitzvá también aplica a ayudar a alguien que tiene una necesidad financiera (7).

Otro ejemplo es la mitzvá de hashavat avedá (devolver objetos perdidos): la Torá también nos obliga a preocuparnos por la propiedad perdida de otras personas y a esforzarnos para devolvérsela a su dueño. El versículo declara que “no puedes esconderte” (8). No podemos simplemente ignorar el sufrimiento de los demás. Hacerlo se considera una negligencia y contradice por completo la exigencia de la Torá. Rabeinu Yoná destaca la seriedad de esta mitzvá:

No deberías mirar hacia otro lado… si dijeras: ‘No sé de esto’, [Dios] conoce el interior del corazón y conoce los pensamientos ocultos, y le paga a cada persona de acuerdo a sus acciones. Si uno no va al rescate del otro ni busca formas para ayudarlo, Dios considera como si él mismo hubiese causado el daño” (9).

Si uno desvía la mirada cuando otro judío está en necesidad, entonces uno será considerado responsable de todo daño resultante.

Ahora podemos entender por qué la Torá es tan estricta con el Kohen Gadol cuando no reza para que no ocurra una tragedia en el pueblo judío: él no hizo el esfuerzo suficiente para evitar que ocurriera un desastre y su negligencia se considera un pecado serio.

Esta lección no se limita al Kohen Gadol, sino que aplica también a cada uno de nosotros de acuerdo a nuestro nivel. La vida está repleta de oportunidades para ayudar activamente a gente necesitada; una situación común es cuando alguien no está bien de salud, y la forma principal para ayudar es rezar para que se mejore. Esta es una manera simple de evitar el problema de no hacer nada cuando otra persona necesita ayuda. Otra ocurrencia común es cuando vemos a nuestro prójimo esforzándose para acarrear muchas bolsas de supermercado: ayudarlo es un excelente acto de bondad (10).

Pero en realidad la tarea de ser una persona realmente amable ante los ojos de la Torá requiere de atención y esfuerzo constantes. Si podemos internalizar la lección del Kohen Gadol, entonces nuestra vida y las de quienes nos rodean se verán inmensamente mejoradas.


Notas:

(1) Makot 11a.

(2) Ben Yehoyada, Makot 11a.

(3) Entre ellos: ¿Por qué se considera al Kohen Gadol responsable de esta tragedia? (ver Maharal, Jidushei Hagadot, Makot 11a). ¿Por qué los regalos de la madre causarían que el asesino no rece para que el Kohen Gadol muera? Unos pocos regalos no equiparan el prospecto de una vida atrapada en la ciudad de refugio. La respuesta simple a esta pregunta es que los regalos al menos debilitarían el poder de las plegarias de la persona, haciéndolas menos efectivas. Otra pregunta que surge es por qué es tan obvio que el Kohen Gadol no rezó para que no ocurriera la tragedia; ¿no es posible que haya rezado pero que sus plegarias no hayan sido respondidas? La conclusión es que si hubiera rezado entonces sus plegarias hubieran sido respondidas.

(4) Baba Metzía 32b.

(5) Sotá 11a.

(6) Parashat Kedoshim 19:16.

(7) Rambam, Séfer HaMitzvot 297, Séfer HaJinuj Mitzvá 237.

(8) Devarim 22:3.

(9) Shaarei Teshuvá 3:70.

(10) Esto es muy similar a la mitzvá de priká, descargar de un animal su pesada carga.