Hacia el final de la parashá de esta semana, la Torá describe extensamente las ofrendas de los nesiim (príncipes) en el día de la santificación del Tabernáculo. Lo inusual de esta parte es que todos los príncipes ofrecieron exactamente lo mismo, y la Torá describe a cada uno por separado en versículos casi idénticos.

Sabemos que no hay palabras de más en la Torá, por ende, los comentaristas preguntan sobre la necesidad de enumerar 12 veces lo mismo. ¿Por qué no mencionó la Torá las ofrendas la primera vez, para luego decir que todos los otros príncipes ofrendaron exactamente lo mismo?

El Darkei Musar, citando al Alter de Kelm, responde esta pregunta (1). Él explica que la Torá nos quiere enseñar cómo interpretar las mitzvot de cada individuo dentro de la nación judía. Puede que una persona piense que, cuando una gran cantidad de gente hace la misma mitzvá, la suya es absorbida por el grupo y no es vista en base a su valor propio. Sin embargo, no es así. Dios, por así decir, se pone feliz con cada mitzvá que hace cada judío, gracias a que su capacidad para amar y preocuparse por cada judío es infinita y no disminuye porque ame también a tantos otros judíos.

Entonces, en la misma medida que Dios se alegró con la ofrenda de Najshón ben Aminadav, el primer príncipe, así también se alegró con las ofrendas de todos los demás. Por esto la Torá consideró apropiado especificar cada grupo de ofrendas por sí mismo.

Esto brinda una enseñanza fundamental sobre el pensamiento judío, en contraste con el de otros sistemas de creencias. El ateo, por ejemplo, no puede creer que cada individuo tenga un valor intrínseco, sino que es meramente uno de varios miles de millones de seres humanos de carne y hueso, similar a todos los otros seres vivientes que residen en un planeta minúsculo e insignificante en un pequeño sistema solar ubicado en una de las miles de millones de galaxias. Cuando un ateo llega a esta conclusión lógica de su creencia, siente una gran falta de valor propio, porque se desvanece en una absoluta insignificancia.

En contraste, de acuerdo a la perspectiva de la Torá, toda persona tiene un valor infinito, porque es amada por Dios. Esto está estipulado en muchas fuentes rabínicas. La Mishná, en Pirkei Avot, dice: “El hombre es amado porque fue creado a imagen [de Dios]…” (2). Esta Mishná nos enseña que, dado que toda persona tiene un alma, es amada por Dios.

La Mishná en Sanhedrín es aún más explícita sobre la importancia individual de cada persona. Explica por qué el hombre fue el único ser creado en soledad, mientras que todas las otras criaturas fueron creadas en grandes cantidades. La Mishná explica: “El hombre fue creado en soledad para enseñar que, todo aquel que destruye un alma de Israel, la Torá lo considera como si hubiese destruido un mundo entero. Y todo aquel que salva un alma de Israel, la Torá lo considera como si hubiese salvado a todo el mundo” (3).

Estas fuentes enfatizan el gran valor de cada individuo y nos enseñan las consecuencias lógicas de esta creencia. Primero, como dijimos arriba, uno debería tomar conciencia de su valor propio. Más aún, esto nos enseña que ninguna persona es insignificante a los ojos de Dios y, por lo tanto, toda persona debe ver a los demás así y tratarlos acordemente.

Vemos cómo la Torá se tomó el trabajo de enumerar las ofrendas de los 12 nesiim para enseñarnos que a Dios le importan las acciones de todos los individuos. Esto nos instruye a respetarnos más a nosotros mismos y a tratar a los demás con el respeto que merecen.

Hay una última consecuencia de este principio básico del judaísmo: dado que Dios se interesa por cada acción de cada persona, debemos desarrollar un agudo sentido de responsabilidad por nuestras acciones. De acuerdo a esto, el Rambam escribe que toda persona debe ver el mundo como si estuviera constantemente en una balanza, con las mitzvot a un lado y los pecados en el otro, y en donde cada mitzvá que la persona realiza puede inclinar la balanza para bien y cada pecado puede hacer lo opuesto. Esto debería ayudarnos a tomar conciencia de la importancia de cada acción que realizamos.


Notas:

¹ Lékaj Tov, Nasó.

² Pirkei Avot, 3:18.

³ Sanhedrín, Cap. 4, Mishná 5.