La parashá de esta semana comienza con una descripción de la salida del pueblo judío de Egipto y del yugo de Paró. Cuando llegaron al Mar de los Juncos, los judíos vieron, de repente, que el ejército egipcio los perseguía. Después de clamarle a Dios y quejarse ante Moshé, caminaron hacia el mar y ocurrió el milagro de kriat Yam Suf (la ‘partición del Mar de los Juncos’). Después de cruzar el mar, atestiguaron la destrucción final del ejército egipcio.

En este punto, la Torá nos dice: “Y salvó Hashem en ese día a Israel de la mano de Egipto, e Israel vio a Egipto muerto sobre la costa del mar” (1).

Ibn Ezra nota el énfasis de la Torá en que, recién en ese día, los judíos fueron completamente libres del yugo de los egipcios, y explica que, incluso después de haber dejado Egipto, ellos aún temían mucho a Paró, y es por eso que se liberaron del yugo sólo al ver la destrucción final del poderoso ejército egipcio en el Mar de los Juncos. Su sensación de subyugación a los egipcios no se apaciguó con sólo escapar. Recién cuando vieron a los egipcios destruidos, pudieron liberarse completamente de su autoimagen como ‘esclavos de Paró’ (2).

La descripción de la Hagadá de la naturaleza de la subyugación a los egipcios nos brinda una enseñanza similar a la de Ibn Ezra. La Hagadá nos dice: “Fuimos esclavos de Paró en Egipto. Hashem, nuestro Dios, nos sacó de allí con mano dura. Y si Hakadosh Baruj Hu no hubiera sacado a nuestros padres de Egipto, nosotros y nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, aún seríamos esclavos de Paró en Egipto” (3).

La pregunta obvia a la Hagadá es que es difícil imaginar que, si el Éxodo no hubiera ocurrido, aún hoy continuaríamos siendo esclavos de los egipcios, ¡siendo que su imperio se desintegró hace miles de años! Una respuesta, es que la Hagadá no implica que estaríamos esclavizados físicamente a Egipto, sino que el elemento psicológico de la esclavitud aún continuaría. Físicamente, seríamos libres, pero jamás habríamos escapado psicológicamente de los egipcios. Seríamos libres por accidente y no por una acción de Dios, por lo que nunca habríamos terminado de superar nuestra autoimagen de ‘pueblo controlado por otra nación’, y no seríamos libres para expresarnos por completo.

Estas explicaciones nos brindan una base importante sobre el desafío que representa lidiar con fuerzas negativas que ejercen un poder sobre nosotros. Esto incluye personas que nos controlan de manera dañina, adicciones destructivas y armas generales del iétzer hará, como la lujuria.

Pareciera del ejemplo del Éxodo que la liberación de una influencia negativa tiene dos etapas. La primera es escapar de la fuente de la negatividad, así como el pueblo judío dejó Egipto. La segunda es superar o eliminar esa fuente, algo que ocurrió con la destrucción del ejército egipcio en el mar.

Ibn Ezra nos enseña que, mientras que escapar a la fuente de shiavud (esclavitud) es, a menudo, una etapa esencial, no es suficiente para liberarse por completo. La liberación absoluta se logra con la segunda etapa. En consecuencia, fue recién cuando el pueblo judío vio a los egipcios finalmente destruidos, que consiguió liberarse por completo de la esclavitud egipcia.

Hay dos enseñanzas claves que podemos aprender de lo explicado.

Primero, una persona necesita reconocer en qué etapa de libertad se encuentra. Es particularmente importante ser consciente cuando no se ha superado por completo la “esclavitud” a una influencia negativa, sino que sólo se ha escapado a ella. Una estrategia de quienes renuncian a adicciones es reconocer que no han superado la adicción por completo, sino que sólo han abandonado la misma.

Por ejemplo, algunas personas que han dejado de fumar por muchos años, continúan describiéndose como fumadores. De esta manera, se recuerdan que continúan en riesgo de volver a caer en la trampa de la adicción a la nicotina y, por ende, se esmeran para evitar incluso un solo cigarrillo. Sin embargo, si se convencieran de que no les queda ningún vestigio de la adicción, podrían sentirse en libertad para fumar un cigarrillo y no volver al vicio. A menudo, no es esto lo que ocurre, y un “inofensivo” cigarrillo puede ponerlos de nuevo en las garras de su peligrosa adicción.

La segunda enseñanza, y más difícil, es que uno debe esforzarse para alcanzar la segunda etapa de libertad; superar por completo la esclavitud, al punto de ser completamente libre.

Puede que el Rambam aluda a estas dos etapas en su explicación de los diferentes niveles de teshuvá, arrepentimiento’ (4). Él escribe que la teshuvá completa sólo puede alcanzarse cuando una persona es puesta exactamente en la misma situación en la que falló y, ahora, es capaz de superar la prueba. Un nivel inferior de teshuvá es cuando la persona atraviesa las cuatro etapas requeridas para el arrepentimiento, pero aún no ha alcanzado el nivel en que superaría a su iétzer hará si fuera puesto en la misma situación (5). Pareciera que el nivel inferior es la etapa de escapar al iétzer hará, mientras que el nivel superior, de la teshuvá completa, es la segunda etapa.

Vimos del ejemplo del Éxodo que la liberación de influencias negativas tiene dos etapas: escapar es el primer nivel; superar, el segundo. Podemos preguntarnos cómo es posible superar fuerzas que ejercen tanto poder sobre nosotros. Obviamente, no es simple, y cada caso específico necesita ser analizado por sí mismo. Sin embargo, la historia de la Partición del Mar nos ofrece dos consejos vitales para tener la esperanza de lograrlo.

Como señaló Ibn Ezra, el pueblo judío no destruyó a los egipcios, sino que Hashem lo hizo por ellos. De aquí aprendemos que superar tal iétzer hará está más allá de la capacidad humana, como dice la Guemará cuando afirma que “el iétzer del hombre [intenta] superarlo y destruirlo todos los días… y si no fuera porque Dios lo ayuda, no podría superarlo (6).

En consecuencia, es esencial apoyarnos en la guía Divina para lograr derrotar cualquier fuerza que nos esté deteniendo. Sin embargo, también vemos con la Partición del Mar que meramente relajarse y apoyarse en Dios no es suficiente, porque cuando Moshé le rezó a Dios, Dios le respondió que dejara de rezar y que le dijera al pueblo que ingresaran al mar para que este se abriera (7).

Aprendemos de aquí que, si bien es imposible superar al iétzer hará sin la ayuda de Dios, uno debe igualmente estar dispuesto a hacer el esfuerzo. Cuando demostramos que estamos preparados para hacerlo, entonces Dios hace el resto. Que todos ameritemos emular a los judíos en el Yam Suf y liberarnos por completo de las fuerzas que nos impiden materializar nuestro potencial.


Notas:

(1) Shemot, 14:30.

(2) Ibn Ezra, 14:30.

(3) Hagadá de Pésaj.

(4) Ver Rambam, Hiljot Teshuvá, Cap. 2, Halajá 2.

(5) Rambam, Hiljot Teshuvá, Cap. 2, Halajá 1.

(6) Kidushin, 30b.

(7) Shemot, 14:15.