La parashá de esta semana comienza con la historia de la increíble bondad que exhibió Abraham con los tres ángeles; Abraham hizo todo lo posible para satisfacer sus necesidades a pesar de sentirse débil por la circuncisión que se había hecho tres días antes. Inmediatamente después, la Torá continúa con el relato del descenso de los ángeles a Sodoma y la subsecuente destrucción de la ciudad.

Rav Yaakov Kamenetsky señala un factor muy interesante en la yuxtaposición de estos dos eventos: ambos tienen un gran énfasis en hajnasat orjim (recibir huéspedes)1. La historia de Abraham es la demostración clásica de la actitud que debe tener una persona hacia la mitzvá de hajnasat orjim y de cuál es la forma óptima de servir y proveer a los huéspedes. Vemos como Abraham ignora su propio malestar y no escatima en esfuerzos con tal de hacer que sus huéspedes se sientan bienvenidos. Acto seguido, la Torá nos lleva a la ciudad de Sodoma y nos muestra la absoluta antipatía por la mitzvá de hajnasat orjim; podemos ver cómo la gente de Sodoma amenazó la vida de Lot por haberse atrevido a darle alimento y refugio a unos extraños que estaban de visita. ¿A qué se debe el énfasis que pone la Torá en el claro contraste que hay entre Abraham y el pueblo de Sodoma?

Rav Kamenetsky sugiere una respuesta basada en otro aspecto de la historia de Sodoma. Dios le contó a Abraham sobre sus planes de destruir Sodoma debido a que sus habitantes eran absolutamente indiferentes con las otras personas. Abraham reaccionó mostrando una gran preocupación por estas malvadas personas, y habló con Dios en un tono tan fuerte que se vio obligado a pedirle primero que, antes que nada, no se enojara con él por hablarle con tal franqueza.

Rav Kamenetsky explica que la Torá nos está mostrando un aspecto menos conocido del increíble nivel de Abraham respeto a su interés por las otras personas. Escribe que, normalmente, cuando una persona sobresale en un área o en una característica personal, esta persona es particularmente estricta en la forma de juzgar el comportamiento de los demás en la misma área o comportamiento, y consecuentemente, tiende a juzgarlos con gran dureza. La Torá yuxtapone el relato de la grandeza de Abraham en hajnasat orjim con la situación despreciable de Sodoma en ese aspecto para mostrarnos que Abraham le pidió a Dios que tratase a Sodoma con misericordia. Esto nos enseña que Abraham no fue presa de la inclinación a ser más estricto al juzgar a otros en un área en la que uno mismo se destaca. A pesar de la gran distancia que había entre su bondad y la de Sodoma, Abraham mostró una gran preocupación por el bienestar de ellos.

Podemos aprender de aquí que no es fácil ver con buenos ojos las debilidades de los demás en las áreas en las cuales nosotros mismos sobresalimos. ¿Por qué nos resulta tan difícil?

Cuando una persona se destaca en un aspecto de su personalidad, encuentra muy difícil entender cómo puede ser que las otras personas sean menos cuidadosas en esa misma área. Por ejemplo, si una persona es muy puntual, le resulta muy difícil comprender por qué otra gente llega siempre tarde. A esta persona le es muy claro que la impuntualidad revela una falta de consideración por el tiempo de los demás. La prueba que debe intentar superar esta persona es por lo tanto intentar reconocer que todos tenemos fortalezas diferentes y que puede que haya áreas en las que él es mucho más débil que los demás.

Es más, esta persona debería recordar la Mishná en Pirkei Avot (Ética de nuestros padres) que nos dice: "No juzgues a tu prójimo hasta que hayas estado en su lugar", lo cual nos enseña que la personalidad de cada uno está basada en sus circunstancias de vida particulares y que nunca podemos juzgar a otra persona con precisión porque no sabemos cómo nos hubiésemos comportado nosotros si hubiésemos estado en esa situación.

Al internalizar esta enseñanza, uno puede llegar a darse cuenta que cada persona tiene sus propias fortalezas y debilidades, que estas características están basadas en muchos factores y que está mal frustrarse por las debilidades que tienen los demás en las áreas donde uno tiene una fortaleza.

Hay muchas formas en las que una persona puede imponer de mala manera su propio estándar a los demás. Por ejemplo, puede que una persona sea muy prolija y ordenada, lo cual es un rasgo muy bueno que le permite tener una vida organizada. Sin embargo, es muy probable que en algún momento de su vida esta persona comparta su hogar con otra gente, como por ejemplo con su propia familia o con algún compañero de cuarto, y suele ocurrir que los demás no se esmeran para llegar al mismo nivel de pulcritud en el hogar. Esto genera consecuentemente que la persona ordenada se frustre con ellos y les exija que limpien la casa de acuerdo a sus altas exigencias, imponiéndoles injustamente su forma de hacer las cosas.

En lugar de esto, una persona excesivamente ordenada debería aceptar que los demás no pueden mantener la casa tan ordenada como a él le gustaría. Si la persona ordenada no puede funcionar adecuadamente en esta situación, entonces debería encargarse él mismo de mantener su entorno de acuerdo a sus exigencias.

Hay muchas cosas que se pueden decir sobre la grandeza de Abraham, pero Rav Kamenetsky nos enseña otro aspecto de su excelencia en las relaciones interpersonales: Abraham no imponía sus elevados estándares sobre los demás y no los trataba de manera estricta.


1 Emes LeIaakov, Parashat Vaieira.