De acuerdo con el Midrash, Moshé estaba preocupado respecto al sistema de banderas que Hashem le había ordenado instituir. El temía que eso trajera problemas y llevara a "divisiones y disputas entre las tribus". Moshé temía que si le decía a esta tribu que viajara al occidente, ellos insistirían en viajar al oriente, y que los que enviara al norte desearan viajar al sur. Cualquier cosa que hiciera no sería suficientemente buena. Las tribus se quejarían y pelearían entre ellas respecto a su posición, y la lucha reinaría en el campamento judío.

Peor Hashem le aseguró que todo estaría bien. Iaakov ya había establecido el patrón con el que se formarían al viajar al asignarles a sus hijos posiciones específicas al dar las instrucciones para la procesión de su funeral desde Egipto hacia Canaán. Las posiciones alrededor del ataúd de Iaakov eran las mismas que las tribus tenían alrededor del Mishkán. Por lo tanto, ya estaban acostumbrados a las posiciones que les habían designado.

Pero la pregunta sigue vigente. ¿Por qué iban a aceptar una formación basada en los puestos que ocuparon en un funeral cientos de años antes? ¿De qué manera el patrón de la procesión para el funeral de Iaakov evitaría el disenso y la lucha en la formación para viajar por el desierto?

Rav Mordejai Rogov explica que la naturaleza humana es muy sensible al ambiente. Cuando las cosas marchan bien en la sociedad, cuando hay paz y prosperidad en la tierra, las personas son más proclives a ser civilizadas, incluso gentiles con los demás. Pero cuando las cosas se ponen difíciles, el barniz de cortesía se quiebra rápidamente. Los nervios se sensibilizan. Hay poca paciencia. Antes de que te des cuenta, la cortesía desapareció y todos están atacando a quien tienen al lado.

A Moshé le preocupaba que el pueblo judío no reaccionara bien al rigor del viaje por el desierto, un lugar repleto de animales feroces y naciones hostiles. A pesar de la protección de las Nubes de Gloria, estarían tensionados. Eso llevaría a que dejaran de lado los modales civilizados y pelearan para obtener mejores posiciones. Una cosa es ser civilizado en tiempos ordinarios y otra en tiempos de guerra y hambre.

Hashem le aseguró a Moshé que no tenía que preocuparse. La muerte de Iaakov también había sido una crisis para la naciente nación judía. Eso hubiera podido desembocar fácilmente en peleas y disensión entre los hermanos. Bajo la presión de la situación, podrían haber peleado por sus puestos alrededor del ataúd. Pero Iaakov les dio instrucciones especificas respecto a cómo debían ir alrededor de su ataúd, y al seguir esas instrucciones aprendieron a llevarse bien en momentos de crisis. Esa lección había quedado granada en su conciencia y formaba parte del carácter nacional. Por lo tanto, Moshé no tenía que preocuparse de que el pueblo judío llegara a luchas internas. Ellos estaban condicionados a mantener un nivel elevado. No sólo ahora sino a lo largo de la historia, a través de los peores pogromos, inquisiciones y masacres, el espíritu judío mantendría su refinamiento y nobleza. Moshé, no tienes que preocuparte.

Todos escuchamos historias sobre el comportamiento de los judíos durante el Holocausto, el heroísmo silencioso, el espíritu indómito. Pero hay una historia que escuché hace poco, no algo especialmente dramático, pero ilustra claramente el punto del Midrash.

Muchos relatos autobiográficos del Holocausto dedican una atención excesiva al pan, porque en ese momento el pan consumía sus pensamientos todas las horas que estaban despiertos. Para un prisionero en un campo de concentración, una porción de pan era la vida misma. Cada prisionero recibía una porción de pan una vez al día y tenía que decidir qué hacer con ella. ¿Qué debía hacer? ¿Debía comer el pan de inmediato o debía dividirlo a lo largo del día? ¿Debía guardarlo hasta que tuviera mucha hambre al final del día para no irse a dormir con el estomago vacío? Preguntas difíciles.

En un campo de concentración, le ordenaron a un judío presentarse en la oficina del comandante. Eso sólo podía significar una cosa. Su tiempo en esta tierra había llegado a su fin.

Cada judío tenía consciencia de que el momento de la muerte llegaría en cualquier momento, y con esta persona no era diferente. Él suspiró y dijo el Vidui, haciendo las paces con su Creador. Luego cambió sus prendas con otros prisioneros. Le dio sus zapatos a un hombre que tenía los pies envueltos en trapos. Le dio su abrigo a un amigo. Y la valiosa porción de pan que tenía en el bolsillo, el pedazo de pan que había guardado durante todo el día… ¿qué sentido tenía desperdiciar un buen pedazo de pan si le quedaban unos pocos minutos de vida? Le dio el pan a otro amigo y salió rumbo a la oficina del comandante.

Sorprendentemente, el comandante quería algo trivial y no tenía la intención de asesinarlo, por lo menos no en ese mismo momento. Al regresar a su barraca, esta persona estaba segura de que iba a recibir nuevamente sus prendas. ¿Pero qué pasaría con el pan? El amigo a quien se lo había dado podía fácilmente decir que ya lo había comido.

Al llegar a la barraca, la primera persona que lo recibió fue ese amigo. "¡Estas vivo!", grito emocionado. "No te mataron. Aquí tienes tu porción de pan. Debes comerla, es tuya. Gracias a Dios que sigues entre los vivos".

¿De dónde obtiene un judío la fuerza para comportarse como un ángel cuando es tratado como un animal? Esto se remonta a la procesión del funeral de Iaakov desde Egipto hacia Canaán, cuando sus hijos aprendieron a conducirse en los niveles más elevados de humanidad en medio de tragedias.