La vida es una prueba. Nos esforzamos para ganarnos la vida, para educar a nuestros hijos, para construir nuestras comunidades. Nada llega fácilmente, y nuestra prueba es enfrentar las dificultades y las frustraciones de la mejor manera posible.

¿Pero qué ocurriría si recibiéramos el dinero servido en una bandeja de plata? ¡Qué maravilloso sería! No tendríamos que preocuparnos más por cómo pagar los estudios de nuestros hijos o una nueva casa. ¿Qué pasaría si todo lo que necesitáramos nos llegara como el maná del cielo? ¿Consideraríamos que eso es una prueba? No me parece. Lo consideraríamos una bendición. Sin embargo, la Torá nos dice lo contrario.

Poco después de haber salido de Egipto, el pueblo judío comenzó a quejarse (Shemot 16:3): "¡Ojalá hubiésemos muerto en manos de Dios en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta la saciedad! Pues ustedes nos han traído a este desierto para matar a toda esta generación de hambre".

Hashem les respondió (Ibid. 16:4): "He aquí que Yo haré llover para ustedes pan del cielo, y el pueblo saldrá y recogerá la porción diaria en su día, para ponerlo a prueba si seguirá o no Mi Torá".

Los comentaristas se preguntan qué clase de prueba es esta. ¿Qué puede ser mejor que recibir cada día en tu puerta todo lo que necesitas? ¿Eso es una prueba? ¡Eso es una bendición!

Rashi explica que Hashem se estaba refiriendo a las leyes que gobiernan el maná. Uno no podía guardar maná de un día al otro. El viernes había que recolectar una porción doble de maná… Esa era la prueba. ¿Acaso el pueblo judío iba a observar meticulosamente las leyes del maná?

Esta prueba también se menciona en la Parashat Ekev: "Quien te alimentó en el desierto con maná…a fin de ponerte a prueba". El Sforno explica que la prueba era ver si los judíos seguirían la Torá cuando no tuvieran que preocuparse por su manutención.

Sí, que el "pan caiga del cielo" es una gran prueba. La riqueza sin esfuerzo es algo peligroso. Brinda mucho tiempo libre y libertad de acción. ¿Qué hacemos con ese tiempo libre y esa libertad de acción? ¿Lo usamos para probar lo prohibido? Esta era la gran prueba del maná.

Todos tenemos consciencia de la prueba de la pobreza. Conocemos las dificultades y las tribulaciones del pobre. Sin embargo, el Sforno dice que la riqueza también trae grandes tentaciones. La riqueza coloca una enorme responsabilidad sobre la persona. Esta era la prueba del maná y es la prueba de muchos judíos en estos tiempos de abundancia.

El Jovot Halevavot escribe en Shaar Habitajón (la puerta de la confianza), que una de las razones por las que las personas, a diferencia de las aves y los animales, debe esforzarse mucho para ganarse el pan, es para controlar al ietzer hará. Si tuviéramos demasiado tiempo libre en nuestras manos, seríamos incapaces de resistir a las tentaciones que él pone ante nuestros ojos. De esta manera, la mayor parte del tiempo estamos demasiado ocupados o demasiado cansados. E incluso así debemos luchar para resistir la tentación.

El Maguid de Mezritch dijo que cuando las personas enfrentan problemas, enfermedades o un peligro mortal, que Dios no lo permita, todos se vuelven religiosos. Van a la sinagoga. Rezan fervientemente. Dicen Tehilim y las lágrimas caen por sus mejillas. Dan caridad con generosidad. Pero cuando las cosas marchan bien, ¿dedican aunque sea un pensamiento a Hashem? Esta es la prueba del maná.

La mezuzá: el testigo silencioso

La mezuzá está como un centinela en la puerta. Pasamos a su lado cada vez que entramos o salimos de la habitación. ¿Qué debemos pensar al mirar la mezuzá? ¿Qué debemos contemplar al ver la letra shin de su caja y recordar el rollo sagrado que hay adentro?

El Rambán, al final de su presentación sobre las leyes de la mezuzá, nos dice que debemos pensar sobre la naturaleza eterna de Hashem. Esto nos inspirará a despertarnos de nuestro letargo y llegar a comprender que nada en el mundo es permanente fuera de Hashem y Su Torá.

¿Por qué la mezuzá nos recuerda estos conceptos?

Quizás porque la mezuzá es un testigo silencioso del flujo de la historia y los acontecimientos humanos. Piensa en la mezuzá de una antigua sinagoga o de algún otro edificio importante. Ella estuvo allí colgada durante décadas, sino siglos. Vio que llevaron niños para ser circuncidados, y vio a esas mismas personas cuando envejecieron, cuando las llevaron a la sinagoga para elogiarlas antes de enterrarlas. La mezuzá vio ir y venir generaciones. Vio surgir y caer imperios. Vio nacer ideologías y luego desaparecer.

Sólo en el último siglo, nuestra hipotética mezuzá pudo ver el humanismo, el capitalismo, el materialismo, el existencialismo, cada una de estas corrientes aceptadas como filosofías de vida y luego desacreditadas. Ella pudo ver el surgimiento de la Unión Soviética y el comunismo y su infame colapso. Vio la creación del Tercer Reich, el Reich de mil años, cómo perpetró el Holocausto contra el pueblo judío y finalmente su derrota y destrucción. Vio el nacimiento de Israel y su madurez.

Cuando en el siglo XIX apareció el ferrocarril, la gente pensó que la nueva tecnología era tan perfecta que nunca cambiaría. Las compañías ferroviarias vendieron anticipadamente bonos corporativos por siglos. ¿Dónde está todo eso hoy? En una montaña de chatarra, junto con sus trenes oxidados.

Los seres humanos constantemente buscan la inmortalidad. Este invento, esa idea, este edificio, ese libro, esto va a capturar esa elusiva inmortalidad, esto es lo que va a superar la prueba del tiempo, esto es para todos los siglos, esto es lo que me va a hacer inmortal. Pero no funciona.

La Torá nos dice (Bamidbar 32:42): "Nóbaj fue y conquistó Kenat y sus poblados y la llamó (lah) Nóbaj en su nombre". De acuerdo con las reglas de gramática hebrea, la palabra lah debe terminar con un mapik hei, una marca de énfasis, pero aquí no la tiene. Termina con una hei débil. El Midrash nos dice que la hei débil nos enseña que la ciudad no duró. Eventualmente fue destruida.

¿Por qué la Torá considera que es importante transmitirnos esta información? Porque tiene el objetivo de enseñarnos la futilidad de la inmortalización. Nóbaj quiso inmortalizarse al crear algo permanente (¡nada menos que una ciudad!) y coronarla con su propio nombre. Pero falló. La ciudad fue destruida y su nombre hubiese sido olvidado de no haber sido mencionado en la Torá.

Todo cambia constantemente. Nada es permanente. Sólo Dios y Su Torá. La mezuzá puede dar testimonio.