Moav y Amón eran naciones protegidas. La Torá prohibió atacarlas debido a las dos grandes mujeres que descenderían de ellas, Rut y Naamá respectivamente. Pero había una diferencia entre estas dos naciones.

En sus relaciones con Amón, el pueblo judío no debía adoptar una postura hostil ni hacer nada que pudiera interpretarse como un acto beligerante. Sin embargo, en sus relaciones con Moav tenían permitido realizar cualquier movimiento amenazante y beligerante, siempre que se detuvieran antes de las hostilidades directas. Podían reunir tropas con armaduras y equipo de batalla en la frontera moabita. Podían hacer ruido, emitir gritos espeluznantes y blandir sus espadas al aire. Pero no podían disparar con ira. Esto explica por qué Moav estaba "asustado del pueblo".

¿Por qué la Torá diferenció entre Moav y Amón? El Talmud (Bava Kama 38b) explica que las diferencias se remontan a las circunstancias del nacimiento de sus fundadores. Cuando Sodoma fue destruida, las hijas de Lot pensaron que ellas y su padre eran los únicos seres humanos que habían quedado sobre la faz de la tierra. Ellas creyeron que para que sobreviviera la raza humana debían concebir un hijo con su propio padre. Y eso fue lo que hicieron.

Cada hija dio a luz a un niño. La hija mayor llamó a su hijo Moav, "de mi padre", publicitando la relación incestuosa. Por eso está permitido amenazar y molestar a la nación que emergió de ese nacimiento. La hija menor llamó a su hijo Amón, "mi nación", sin ninguna mención a la relación incestuosa con su padre. Ella no publicitó al mundo la ilegitimidad del nacimiento de su hijo. Por eso está prohibido molestar a la nación e Amón ni siquiera con una pretensión de hostilidad.

¿Cuál es la conexión entre el nacimiento de Moav y Amón y la forma en que debe tratarlos el pueblo judío? El Zóhar afirma que "jutzpá engendra jutzpá". La hija mayor fue inmodesta y atrevida; ella tomó una postura agresiva. Por eso se nos permite adoptar una postura agresiva hacia sus descendientes. La hija menor fue modesta y discreta, lo contrario de agresiva. Por eso se nos prohíbe ser agresivos con sus descendientes.

Consideremos a estas dos mujeres. Ambas tuvieron una relación incestuosa con su padre. Ambas dieron a luz un hijo ilegítimo. La diferencia es que una sintió vergüenza y la otra no. Y esta diferencia tuvo ramificaciones para naciones enteras cientos de años más tarde.

Uno de los cambios más profundos en la escena cultural contemporánea en Norteamérica y en el mundo durante los últimos 40 años, fue que se acabó la vergüenza. La gente siempre tuvo defectos y deficiencias, pero no estaba orgullosa de eso. No los publicitaban. Hicieron lo que hicieron, lo ocultaban y mentían al respecto. Hoy en día es popular ser franco, abierto y honesto acerca de las propias debilidades, salir del armario y hacer lo que deseas. La vergüenza es cosa del pasado.

¿Qué es mejor? ¿Recatado y no honesto u honesto y no recatado?

La Torá nos da la respuesta al recompensar el recato y la falta de honestidad de la hija menor de Lot.

Un milagro asombroso

Bilam no era una persona común y corriente. Él era un mago famoso, un hombre que tenía un poder extraordinario en su lengua. Aquellos a quienes bendecía eran benditos, y aquellos a quienes maldecía, eran malditos. Él no dirigía ejércitos, pero era más poderoso que los generales. Una palabra de Bilam podía destruir a todo un país.

Balak, el rey de Moav, mandó a llamar a este famoso y poderoso mago para emplear su poder en contra del pueblo judío. Bilam tenía plena conciencia de que Hashem no lo aprobaba, pero de todas formas fue a encontrarse con Balak. En el camino, su asno se detuvo y se negó a dar otro paso. Bilam le pegó al asno y entonces, milagrosamente, el asno abrió la boca y habló.

Nunca en la historia del mundo había sucedido algo similar. ¿Un asno que habla? ¿Un asno sostiene una conversación con un ser humano? Imposible. Sin embargo, eso estaba ocurriendo frente a sus ojos. ¿Acaso este milagro increíble sorprendió a Bilam? ¿Logró que volviera a pensar sobre su plan de viajar a encontrarse con Balak?

Imagínate que viajas por la carretera y de repente tu auto se detiene. Presionas una y otra vez el acelerador y el auto te dice: "¡Ya es suficiente! ¿No ves que no quiero ir en esa dirección?". ¿Qué harías? ¿Seguirías intentando arrancar el auto? ¿O te quedarías sentado reconsiderando tu viaje? Sin dudas todos nos estremeceríamos ante semejante situación. Pero Bilam, el sabio y extraordinario Bilam, el famoso mago Bilam, no se inmutó.

El Sforno compara el sorprendente milagro de que Dios permitiera que el asno hablara con el versículo (Tehilim 51:17): "Dios, abre mis labios y deja que mi boca proclame Tus alabanzas". En otras palabras, el habla humana también es un milagro. La capacidad de comunicarse, de expresarse, de articular no es menos milagrosa que el hecho de que un asno hablar. Bilam debería haber tenido esto muy claro.

Bilam debería haberse dicho a sí mismo: "Mi fuerza es mi palabra. ¿Quién me dio ese poder? Hashem. Y el mismo Dios que me dio el poder de la palabra también le dio el poder de la palabra a un asno. Tal como es un milagro que un asno hable, también es un milagro que un ser humano hable. Esto debe ser un mensaje Divino para mí, una señal de que debo usar mi poder del habla de una manera que Hashem apruebe. Debo regresar y abandonar este viaje con malas intenciones".

Sin embargo, por alguna razón, todo esto pasó de largo ante los ojos de Bilam. Él nunca se detuvo a considerar el significado de lo que acababa de ver y las ramificaciones de lo que tenía la intención de hacer. A pesar de todas sus habilidades y sabiduría, no entendió el mensaje más claro. Se vio afectado por una extraña clase de miopía.

¿Qué lección nos enseña esto? ¡Que si pudo pasarle a Bilam también nos puede suceder a nosotros! Si Bilam pudo cerrar los ojos y no verlo, también nosotros podemos cerrar los ojos. Cuando una persona se ve impulsada por un motivo personal, ya sea dinero, poder u otra cosa, se ciega ante la realidad. Sólo ve lo que desea ver. Ve aquellas cosas que benefician su propósito y es insensible a todo lo demás.

No hay nadie tan ciego como el que no quiere ver.