De acuerdo con la tradición (Avot 5:3), Dios puso a prueba a Abraham diez veces y él las superó a todas con éxito. Por lo general se acepta que la dificultad de las diez pruebas fue progresiva, cada una más difícil que la prueba previa. Hashem fue presentándole cada vez una prueba más difícil, hasta que Abraham probó tener el grado más elevado de fe. También es algo generalmente aceptado que la décima y más difícil prueba fue la Akeidá. A fin de cuentas, ¿qué puede ser más difícil que el hecho de que le ordenaran sacrificar a su amado hijo cuando él ya era un anciano?

Sin embargo, Rabenu Iona en Avot (Ibíd.) enumera a la Akeidá como la novena prueba. ¿Cuál fue la décima? Cuando Abraham no pudo encontrar un lugar para enterrar a Sará y se vio obligado a comprarle un terreno a Efrón por una suma exorbitante.

La pregunta salta de la página. Es cierto, para Abraham debe haber sido muy frustrante verse obligado a pagar cualquier precio, mucho más una suma exorbitante, por la tierra que Hashem le había prometido como un derecho innato. Sin lugar a dudas debe haber sido difícil enfrentar esa frustración en medio del duelo por la muerte de su esposa Sará. Pero de todos modos, ¿cómo puede compararse eso con la prueba de la Akeidá? ¿Acaso esto llega a acercarse a la dificultad de que le pidieran sacrificar a su hijo en un altar?

La gente tiende a esperar que lleguen sus años dorados, cuando podrán jubilarse. Trabajan muy duro. Se esfuerzan por tener éxito, para construirse una reputación y proveer a sus familias con un buen nivel de vida. Entonces llega un punto en la vida en el cual la persona da un paso atrás, ve todo lo que ha logrado, y dice: "¡Suficiente! Hice todo lo que se podía esperar de mí y todavía más. Llegó el momento de detenerme, de calmar el paso, de sentarme y disfrutar la vida. A fin de cuentas, ¡me lo he ganado!". De hecho, es cierto. No hay ninguna razón para que no deba disfrutar sus años dorados de descanso.

Pero en el reino espiritual no es así. Nunca hay un punto en el que la persona pueda sentarse y decir: "¡Ya hice suficiente!". En el reino espiritual la persona sube o baja; nunca se queda en un mismo lugar. Si se "jubila", de inmediato comienza a decaer. La lucha por el crecimiento espiritual sólo termina cuando la persona da su último suspiro.

Cuando Abraham regresó de la Akeidá, había llegado a un nivel de logros tan exaltados que el pueblo judío a lo largo de la historia se mantuvo por ese mérito. Indudablemente, para superar una prueba tan espantosa debió invertir hasta la última gota de coraje y fortaleza espiritual que tenía. ¡Y Abraham lo logró! Él encontró esas reservas ocultas de fuerza y fe y mostró que estaba dispuesto a sacrificar a su hijo si eso era lo que Hashem le ordenaba hacer. Finalmente, todo resultó de la mejor manera. Él probó su fe, y la vida de su hijo se salvó. Abraham regresó a su hogar con una sensación de alivio ilimitada, dispuesto a compartir su experiencia con su esposa. Podemos imaginar su shock cuando descubrió que ella había muerto, y su frustración al enfrentar tantas dificultades para poder darle un descanso eterno.

Fácilmente Abraham hubiera podido elevar la voz en justa indignación y quejarse. "¡Suficiente! ¿Cuánto más tengo que soportar? ¿No es suficiente que haya pasado por las dificultades de la Akeidá? ¿También tengo que sufrir esto? He dedicado demasiados años de esfuerzo. Glorifiqué el Nombre de Hashem en muchos lugares durante muchos años. Hice mucho Kidush Hashem. ¿No me merezco un poquito de respiro para sentarme y disfrutar mis años dorados?".

Esta, la última, fue una prueba muy sutil, y Abraham fácilmente hubiera podido reaccionar de forma instintiva, como lo hubieran hecho la mayoría de las personas. Pero no lo hizo. Él comprendió que tenía otra lección importante que enseñar al mundo. Con su ejemplo, pudo demostrar que no existe la posibilidad de "jubilarse" del servicio a Dios, que ser un siervo fiel del Creador es literalmente un trabajo de toda la vida. No existe la jubilación. Pero sin duda los años son dorados.

Rav Eliahu Dessler, en Mijtav meEliahu, ofrece una explicación diferente. Él ve en esta décima y última prueba la demostración de dos de los aspectos más críticos de la personalidad de Abraham.

Considera la situación. Abraham se ve obligado a negociar con el astuto y engañoso Efrón. Abraham se siente sumamente frustrado tanto por sus circunstancias personales como por el comportamiento del oportunista Efrón. ¿Cómo se comporta Abraham?

Imagina que decides comprar un auto usado y te encuentras con el típico vendedor de autos usados. Él luce un saco a cuadros y una sonrisa fluorescente, y te bombardea con una corriente incesante de discursos de venta. No le importa en absoluto cuáles son tus preferencias de precio o modelo y se empeña en persuadirte para que compres la chatarra cara que tu no deseas en absoluto. Después de cinco minutos, ya rechinas tus dientes y aprietas los puños.

¿Cómo le hablas a esta persona? ¿Lo tratas con el respeto y la deferencia que merece cualquier ser humano creado a la imagen de Dios, con tzelem Elokim? ¿O respondes a su rudeza con tu propia rudeza? ¿Permites que la frustración externa saque lo peor de ti?

¿Y qué ocurre con las frustraciones internas?

Hace poco fui al supermercado, y le pedí a la persona que embolsaba mi compra que no llenara mucho las bolsas para que no fueran demasiado pesadas.

—¡Si no le gusta cómo lo hago, hágalo usted mismo! —bramó.

—Perdón, ¿le dije algo desagradable? ¿Por qué merezco semejante respuesta? —le pregunté.

—Lo siento, tuve un mal día —me respondió con una sonrisa avergonzada.

Supongo que eso lo explica todo. Él tuvo un mal día, lo que le da el derecho de darme a mí un mal momento, supongo.

Tener un "mal día", obviamente no justifica un mal comportamiento. ¿Pero qué pasa cuando algo llega más allá de un "mal día" común y corriente? Imagina que acabas de llegar de un vuelo transatlántico. Pasaste una hora mirando pasar equipaje por la cinta transportadora hasta llegar a memorizar cada valija con todos sus detalles, pero tu equipaje parece haberse esfumado. Vas a la oficina a reportar la pérdida de tu equipaje. ¿Tienes justificado gritarle al empleado debido a lo que te está pasando?

Llevemos esto un poco más lejos. Estás en el hospital ayudando a un pariente que está en un estado grave, quizás incluso en peligro mortal. Un médico, una enfermera o algún empleado del hospital te hace pasar un mal momento, y tú le respondes de forma cortante. ¿Acaso tu ansiedad por la salud de tu pariente justifica ese comportamiento?

Ahora consideremos las circunstancias de Abraham. Él acababa de regresar de la Akeidá, donde casi sacrifica a su propio hijo. ¿Puedes imaginar su estado mental y emocional? Entonces llegó a su hogar y descubrió que había fallecido Sará, su esposa durante un siglo, y tiene que soportar duras negociaciones para conseguir un lugar para poder enterrarla. Supongo que podemos decir con certeza que Abraham tuvo un "mal día". Encima de todo eso, debe enfrentarse con Efrón, quien tal vez no tenía un saco a cuadros, pero sin duda no era mucho mejor que el vendedor de autos usados.

Esta fue la prueba de Abraham. Él podría haber tratado mal a Efrón. Podría haberlo pisoteado. Pero no lo hizo. Lo trató con el respeto y la deferencia que merece todo ser humano. Sólo porque él tuvo un mal día no tenía que hacer sufrir a Efrón.

La noche que falleció la esposa de Rav Shlomo Zalman Auerbach, él estaba en un corredor del hospital tratando de procesar su profundo dolor. En ese momento también estaba en el hospital uno de sus alumnos, cuya esposa acababa de dar a luz. El estudiante vio a Rav Shlomo Zalman en el corredor y corrió hacia él para darle la buena noticia. Estaba tan emocionado que ni siquiera se le ocurrió preguntar qué hacía allí el Rosh Ieshivá a esa hora de la noche.

Rav Shlomo Zalman le dio al estudiante una cálida bendición y le brindó una de sus famosas sonrisas, llena de amor y alegría. El estudiante partió feliz, sin haberse enterado que a su Rosh Ieshivá le habían informado unos pocos minutos antes que su propia esposa había fallecido.

Siguiendo el ejemplo de nuestro patriarca Abraham, Rav Shlomo Zalman no vio ninguna razón para disminuir la alegría de su estudiante porque él mismo estaba sufriendo.