“Cuando crucen el [río] Jordán hacia la tierra de Canaán, designarán ciudades para ustedes, ciudades de refugio serán para ustedes, y el asesino huirá allí, aquel que mate a alguien de forma involuntaria. Las ciudades serán para ustedes un refugio del vengador, para que el asesino no muera sino hasta que se presente ante la asamblea para ser juzgado” (Números 35:10-12).

La ley de las ciudades de refugio es una de las leyes de la Torá más difíciles de comprender para la mente moderna. Según como es explicada en el Talmud (Makot, capítulo 2) y como es descrita por Maimónides (Leyes de asesinato y preservación de la vida, capítulos 5-8), está ley puede ser caracterizada de la siguiente manera:

Las reglas

1. El perpetrador de un homicidio debe huir a una de las ciudades de refugio inmediatamente luego de la muerte de la víctima, para evitar ser asesinado por el vengador, que es el pariente más cercano de la víctima. Esto aplica a todos los homicidios, inadvertidos o premeditados, y es independiente a si el perpetrador es culpable por el homicidio bajo el debido proceso judicial o no. La única excepción es un homicidio que es claramente el resultado de un accidente fortuito.

2. La corte escolta entonces al perpetrador a enfrentar el juicio en la zona en la cual fue cometido el acto. Si es encontrado culpable de asesinato, entonces es debidamente ejecutado. Si la corte encuentra que el homicidio fue un resultado de un accidente fortuito, el cual era absolutamente impredecible, entonces es exonerado y puede volver a su vida normal. Pero si el homicidio fue resultado de un accidente previsible (es decir, hubo algún grado de negligencia involucrada), entonces debe huir nuevamente a una ciudad de refugio para evitar que el vengador —quien aún tiene derecho de asesinarlo— lo mate.

3. El perpetrador del homicidio debe quedarse en la ciudad de refugio hasta que muera el Gran Sacerdote que ostenta el cargo en el momento del asesinato. Si deja la ciudad de refugio por cualquier razón antes de la muerte del Sumo Sacerdote, entonces puede ser matado por el vengador. Estará a salvo sólo si se confina a una ciudad de refugio.

4. Si el asesinato fue consecuencia de un imprudente descuido, o si fue un acto de asesinato premeditado que no es punible bajo la ley de la Torá (por ejemplo, si no hubo una advertencia formal al asesino antes de que cometiese su acto, o si sólo hay evidencia circunstancial, o si sólo hay un testigo), entonces incluso las ciudades de refugio no podrán salvarlo del vengador, quien tendrá el derecho de asesinarlo en cualquier lugar.

Este proceso pareciera haber sido extraído directamente del salvaje oeste. ¿Cómo podemos reconciliar este aparentemente salvaje proceso con el alto estándar de comportamiento civilizado que generalmente demanda la Torá, en lo que se refiere a las relaciones interpersonales? ¿Qué paso con el debido proceso judicial?

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La culpa

Veamos primero el tema de la culpa, un problema que presenta un aspecto dual. Cuando a una víctima le ocurre un accidente involuntario, la muerte pareciera ser mucho más atribuible a la providencia divina que a la culpa del perpetrador. ¿Por qué el asesino debe enfrentar la posibilidad de ser asesinado por el vengador por una tragedia que pareciera ser más culpa de Dios que suya? Además, todo el proceso está mal. Si él es considerado culpable, entonces debería merecer la muerte por medio de un proceso judicial apropiado o no merecerla del todo; ¿cuál es el sentido de poner su destino en las manos del vengador? Es más, ¿acaso no hay una prohibición específica de la Torá sobre vengarse?

No tomarás venganza y no guardarás rencor contra los miembros de tu pueblo; amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18).

Rabí Shimón ben Lakish comenzó su clase sobre el tema del homicidio con el versículo:

Pero si él no le preparó una emboscada, sino que Dios causó que viniera a su mano…” (Éxodo 21:13).

Sobre este versículo, el profeta Shmuel dijo:

Como dice el proverbio de los antiguos, ‘del malvado brota la maldad’” (Shmuel I 24:13).

¿De qué está hablando este versículo? Se refiere a dos asesinos, uno que mató sin querer y el otro que lo hizo de forma intencional. No había testigos para ninguno de estos eventos. Dios arregla entonces que ellos se queden en el mismo hotel, donde la siguiente escena se desarrolla en presencia de testigos. El que mató deliberadamente termina sentándose bajo una escalera por la cual está descendiendo el que mató sin intensión. Éste resbala y cae sobre el asesino, quien está sentado bajo la escalera, y lo mata. El resultado: el asesino que era culpable recibe su justo castigo, la ejecución, mientras que quien había asesinado sin querer es forzado al exilio, recibiendo de esta manera su justo merecido (Talmud, Makot 10b).

Rabí Shimón obviamente está lidiando con el tema de la culpa. Intentemos seguir su línea de razonamiento.

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¿Quiénes son los antiguos?

Los comentaristas explican que ‘el proverbio de los antiguos’ es una referencia a la Torá. No hay duda de que esto es verdad, pero no explica por qué se refiere a la Torá de esta extraña forma particularmente en relación al tema de los asesinos. La referencia claramente no es accidental; esta forma de referirse a la Torá es un fenómeno único en todas las escrituras. El Maharshá, un gran comentarista talmúdico, insinúa la respuesta.

El exilio fue el primer castigo que mencionó la Torá, el cual fue impuesto a Adam por haber traído inadvertidamente la mortalidad a la humanidad, permitiéndole al ángel de la muerte entrar a este mundo por el hecho de haber comido del Árbol del Conocimiento. Poco después, Caín sufrió del mismo destino por el asesinato inadvertido de su hermano Abel (este asesinato también es considerado inadvertido; Caín no sabía que uno podía matar a un ser humano, el cual es principalmente espiritual, por medio de apuñalar repetidamente su cuerpo).

Rabí Shimón nos está diciendo que el exilio es un fenómeno tan antiguo como el hombre, y que sólo podemos comprenderlo si estudiamos las vidas de los antiguos, es decir, los arquetipos de la humanidad: Adam y Caín.

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El exilio de Adam

Cuando Adam fue exiliado del Jardín del Edén, Dios declaró los motivos:

Y dijo Dios: ‘He aquí que el hombre se ha vuelto similar al Único entre nosotros, que conoce el bien y el mal; y ahora, no vaya a ser que extienda su mano y tome también del Árbol de la Vida, y coma y viva por siempre’” (Génesis 3:22).

Los motivos específicos del destierro: el exilio es necesario para que los medios para tener vida eterna estén más allá del alcance del hombre.

Rav Jaim de Volozhin, en su obra Nefesh HaJaim (Capítulo 1:6), encuentra esto desconcertante. La tradición judía enseña que Dios creó al hombre con la intensión específica de darle vida eterna. ¿Por qué habría Dios, el Benevolente Supremo, de oponerse a la idea de que el hombre adquiera dicha vida eterna siendo que eso es lo que Él pretendía darle al hombre de cualquier forma?

Agreguemos otra pregunta a la que hizo Rav Jaim. Todos los castigos divinos son ‘medida por medida’. La expulsión de Adam del Jardín del Edén no podría justificarse sólo como un paso de precaución diseñado para prevenir que el hombre coma del Árbol de la Vida. Siendo que la expulsión del Jardín del Edén claramente es un castigo, tiene que ser una consecuencia ‘medida por medida’ del pecado del hombre. Por lo tanto, es justo preguntar, ¿en que forma la expulsión del Jardín del Edén constituye una respuesta apropiada al pecado de comer del Árbol del Conocimiento?

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La respuesta de Rav Jaim

Primero veamos la respuesta de Rav Jaim a su propia pregunta: morir es para el propio beneficio del hombre. Luego de su pecado, el hombre perdió la capacidad de transformar su fisicalidad en espiritualidad. Si adquiriese de alguna manera la habilidad de vivir por siempre en ese estado post-pecado, se vería condenado a un conflicto eterno, a una lucha entre sus lados físico y espiritual, cada uno de los cuales estaría jalando en una dirección opuesta por toda la eternidad. Mientras el lado físico de su naturaleza permanezca sin transformarse, el hombre nunca será capaz de apegarse a Dios con todo su corazón, lo cual es la única forma de disfrutar de la vida eterna. La guerra presente entre su Neshamá —o alma, la cual naturalmente desea apegarse a Dios— y su parte física —la cual es incapaz de apreciar dicha conexión y por lo tanto se resiste a ella con todas sus fuerzas— continuaría indefinidamente sin cesar.

El estado de dicha y tranquilidad máximas que reflejan la total unidad con Dios —que es el estado que Él planeó como recompensa para el hombre en el Mundo por Venir—, sólo puede ser alcanzado si el alma del hombre se las ingenia para transformar su cuerpo en una entidad que pueda estar en completa armonía con la espiritualidad, llevando al conflicto entre su alma y su cuerpo a una pacífica conclusión. Este poder de transformar el cuerpo fue de hecho programado en el alma del hombre en el momento de la creación, pero fue neutralizado por el pecado del hombre. Su cuerpo se volvió demasiado manchado para permitir una transformación instantánea. Debía ser desterrado del Jardín del Edén para asegurarse que experimentara la muerte por su propio bien.

¿Cómo ayuda la muerte al hombre? Cuando el hombre fallece, su cuerpo retorna a sus elementos básicos y se purifica. Entonces puede ser devuelto al hombre en su estado puro y prístino en el momento de la resurrección, en las condiciones perfectas para que el alma tenga el poder de transformarlo. Para poder disfrutar de su vida eterna, el hombre primero debe morir. Muere para poder vivir.

Expresamos esta conexión entre la muerte y la vida eterna tres veces al día en nuestras plegarias:

Quién es como Tú, Oh Amo de todas las fuerzas, y quién se compara a Ti, Oh Rey que causa la muerte y restaura la vida y hace brotar la salvación. Y Tú eres fiel en resucitar a los muertos…”

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Medida por medida

Si examinamos las implicaciones, nos están diciendo que el pecado destruye el potencial de vida eterna que hay dentro del ser físico. Al ganar un poco de entendimiento del lado espiritual de la fisicalidad podremos entender cómo esto debe ser así de acuerdo a las leyes de ‘medida por medida’. Podremos llegar al centro de la idea de Rav Jaim.

La fisicalidad es en realidad una expresión externa del estado espiritual de separación. Para poder percibirme a mí mismo como una criatura separada e independiente de Dios, debo encontrar una fuente alternativa de la cual obtener la fuerza de vida que me mantiene vivo. Si tengo un cuerpo, entonces la explicación es obvia. Me puedo decir a mí mismo que estoy vivo porque mi cuerpo me mantiene. Esta respuesta es suficiente siempre y cuando yo sea mortal. Pero mi cuerpo no puede mantenerme en la eternidad. Si yo viviera por siempre, no podría proveerme una fuente de vida alternativa.

La ley de la entropía es la que prevalece en el universo físico. Todos los sistemas físicos tienden hacia el desorden. Para mantener el orden local en un sistema en el que todo tiende al desorden se necesita una infusión de energía. Para evitar eternamente que un sistema se desintegre se requeriría una infusión de infinita energía. No hay una fuente de energía infinita en el mundo físico. Para encontrar una fuente de energía infinita no hay alternativa sino dirigirnos a Dios. El hombre, como ser físico que es, sólo puede sobrevivir eternamente si Dios sigue bombeando nueva energía a su sistema para vencer la ley de entropía.

Una persona podrá pecar —incluso accidentalmente— sólo si puede imaginarse siendo capaz de existir como una entidad separada de Dios. Quienes caminan por los bordes de los precipicios raramente resbalan y caen. Ellos están demasiado cargados con ansiedad para permitirse tropezar; la inseguridad objetiva de la situación en la que se encuentran los mantiene vigilantes y alertas. Pero si sacas a esa gente del borde del abismo y los pones a caminar en alguna planicie, seguramente tropezarán fácilmente con objetos que están a plena vista. Sólo tenemos accidentes cuando nos envuelve una sensación de seguridad.

Quien sólo puede imaginar la vida en un estado de conexión con Dios está perfectamente protegido de caer en pecados inadvertidos, al igual que la persona que camina por el borde del precipicio. El pecado es el borde del precipicio que lo amenaza con cortar su conexión con Dios y por lo tanto su vida. Pero para quien siente que su cuerpo lo mantendrá vivo incluso si se desapega de Dios, entonces la posibilidad de pecar no es tan aterradora. Es verdad, finalmente tendrá que enfrentarse a las consecuencias negativas de sus acciones, pero la muerte instantánea no está en la agenda. Es demasiado fácil para esta persona tropezar y caer en pecado.

El pecado de Adam testifica sobre este sentimiento de separación de Dios. Como tal, debe ser equivalente a definirse a sí mismo como un ser vivo en términos de la fisicalidad. Cuando pecó, el cuerpo de Adam perdió la capacidad para vivir eternamente porque debía servirle a Adam como fuerza de vida aparentemente independiente a Dios. Como señalamos anteriormente, sólo un cuerpo mortal cae en esta descripción. Como él fue reducido a la mortalidad, consecuentemente fue desterrado a un mundo físico que se adecuase a las reglas de existencia en un estado de separación de Dios. El exilio de Adam fue efectivamente medida por medida. Y el exilio de Adam también fue un refugio. Sólo el mundo de la fisicalidad podía albergarlo de acuerdo a su auto definición.

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El exilio de Caín

Veamos ahora el caso de Caín:

Por eso, maldito eres más que la tierra, que abrió su boca para recibir la sangre de tu hermano de tu mano. Cuando trabajes la tierra, ésta ya no te dará su fuerza. Serás un vagabundo y un errante sobre la tierra” (Génesis 4:11-12).

Caín fue el primero en sufrir el castigo de destierro según como es descrito en nuestra parashá.

Al igual que el asesino de nuestra parashá, Caín se volvió vulnerable al vengador:

Caín le dijo a Dios: ‘¿Acaso mi iniquidad es demasiado grande como para soportarla? He aquí que Tú me has exiliado este día de la faz de la tierra. De Tu presencia deberé ocultarme. Me convertiré en un vagabundo y un errante en la tierra; todo el que me encuentre me matará” (Ibid. 13-14).

Dios también le ofreció a Caín un refugio. Como en ese entonces no había ciudades de refugio, Él las sustituyó con la famosa marca de Caín:

Y Dios colocó una marca sobre Caín, para que nadie que lo encontrara lo asesinara” (Ibid. 15).

El Tania (Capítulo 24) explica: El hombre fue creado a imagen de Dios. Todo el tiempo que él esté libre de pecado personal, no sólo inspirará temor entre los animales, sino que los otros humanos también se le aproximarán con reverencia; todas las criaturas vivientes son subconscientemente sensibles a la imagen divina que encarna el hombre. Cuando Caín mató a Abel, perdió su capacidad de encapsular la imagen divina en su persona física. Dios es el dador de vida supremo; lo que es más, Él creó el universo para proveer una plataforma en la cual puedan funcionar y operar los seres humanos. Un asesino es la antítesis misma de la imagen divina; no sólo destruye vida en lugar de darla, sino que también retira el tapete del universo de debajo de los pies de su víctima.

Al convertirse en esta antítesis viva de Dios, Caín renunció a su derecho de beneficiarse del escudo protector que le proveía su imagen divina y se volvió vulnerable a los ataques de las criaturas salvajes; perdió el aura de santidad que genera confianza instantánea en los otros seres humanos, incluso si son desconocidos, y se volvió en cambio un blanco de sospecha y desconfianza. La creación misma ya no funcionaba para él. Dios creó el universo para servir a la humanidad; el destructor de la humanidad no puede demandar ninguno de sus beneficios. Por lo tanto, Caín era incapaz de asentarse en ningún lugar; ningún lugar en la tierra lo albergaría. La única forma en la que podía sobrevivir era vagando. Todo el tiempo que él no reivindicara ningún lugar como exclusivamente suyo, su presencia no tendría el efecto de afectar la productividad del área en la que estuviese.

La ‘marca de Caín’ que le dio Dios como protección no reemplaza al escudo protector que le da la imagen divina a los justos. La imagen divina es algo inherente en los seres humanos inmaculados, proviene de su interior; la marca de Caín es una marca de vergüenza que fue artificialmente impuesta desde el exterior.

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Daniel y el pozo del león

De acuerdo al Tania, esta idea nos provee la explicación de la historia de Daniel y el pozo del león. Como Daniel era un tzadik —un hombre justo— que estaba en total posesión de su inmaculada imagen divina, no estaba bajo la amenaza de ninguna bestia salvaje. Los leones no reaccionaban ante él como una criatura física y por lo tanto una potencial fuente de comida; ellos se sentían sobrecogidos ante el poder del alma humana que se manifestaba por medio de la imagen divina de Daniel. El hecho que no lo atacaran no es algo milagroso, sino que es un fenómeno natural que debiese marcar la pauta en toda confrontación entre el rol del hombre como imagen de Dios y un animal salvaje.

A diferencia de la expulsión de Adam, el exilio de Caín es un fenómeno que puede ser entendido en términos de nuestro mundo presente. Incluso después de su exilio del Jardín del Edén y de su retiro a una vida que podía ser completamente soportada por el cuerpo humano, el ser humano inmaculado aún carga con la marca de haber sido creado a imagen de Dios. Pero el cargará con esta marca sólo mientras sea sensible a la marca que hay en otros.

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La relación con la consciencia de sí mismo

El acto de asesinato de Caín, a pesar de haber sido inadvertido, demostró su falta de sensibilidad al aspecto divino de los seres humanos. Nuevamente estamos al borde del precipicio. Si soy sensible a la marca de divinidad de mi prójimo, entonces es imposible que mate a alguien de forma inadvertida. El sentimiento de reverencia ante la presencia de la manifestación física de la imagen divina hace que la idea de reaccionar ante otro humano como si fuera simplemente otra forma de vida se vuelva algo impensable. Nadie que esté en su sano juicio sería tan insolente como para atacar a Dios o al ser que refleja Su gloria ni siquiera de forma inadvertida. Para ser capaz de cometer un asesinato, sin importar cuán sin querer sea, debes volverte primero insensible a la imagen divina que hay en tu prójimo.

La lógica nos dice que quien sea insensible ante la imagen divina que hay en otros también será probablemente inconsciente de la presencia de este atributo en sí mismo, lo cual nos lleva a la conclusión de que el asesino debe haber perdido la consciencia de su propia espiritualidad mucho antes de haber tenido que enfrentar la situación que culminó en un crimen. En este aspecto, él no es diferente al resto de nosotros. Y si esto es así, ¿entonces por qué no somos sometidos a exilio todos quienes somos insensibles ante la divinidad que encarnamos? La respuesta está en el concepto de ‘medida por medida’.

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Volviendo a medida por medida

El resto de nosotros puede que hayamos perdido nuestro sentido de divinidad por nuestra falta de preocupación, pero la pérdida no es irreparable. No hemos hecho ningún acto que nos condene a perder el beneficio de representar a Dios. Siempre tenemos el potencial de recuperar nuestro sentido de divinidad por medio de rededicar nuestras vidas a conectarnos con Dios, y este potencial por sí mismo es suficiente para permitir que la vida continúe para nosotros como si nada.

Pero el asesino merece perder su imagen divina. La retribución es ‘medida por medida’. Él privó a su prójimo de su habilidad de encarnar esta imagen en el mundo, y por lo tanto se privó a sí mismo —por medio de su acto— del derecho de encarnarla:

Todo aquel que derrame sangre del hombre, por el hombre será derramada su sangre; pues a imagen de Dios Él hizo al hombre” (Génesis 9:6).

La tierra ya no albergará al asesino, y él estará destinado a deambular.

Pero él está en una mejor situación que Caín. Las ciudades de refugio son también las ciudades de los levitas, quienes poseen la habilidad única de albergar al asesino (Talmud, Makot 10a). Los levitas son una clase especial de seres humanos entre el pueblo judío que fueron apartados para personificar la forma en que los seres humanos que son creados a imagen de Dios deben vivir. En lugar de que se les asignara una porción tribal separada para sí mismos, fueron repartidos entre el resto de los judíos, en tierra que es considerada como la porción de Dios.

Dios le dijo a Aharón:

En su Tierra no tendrás posesión, y no tendrás una parte entre ellos; Yo soy tu parte y tu posesión entre los Hijos de Israel” (Números 18:20).

Dado que la tierra de los levitas es la porción de Dios, no puede ser separada de Él por nadie. La porción propia del asesino no lo puede albergar, pero él es incapaz de afectar la porción de Dios. Mientras se mantenga en la ciudad de Dios, él tendrá un lugar en el mundo y podrá obtener refugio.

Esta idea es enfatizada por el hecho de que el asesino también puede obtener refugio al dirigirse a la parte superior del Altar en el Templo (Ibid. 12a). La idea es que todo el tiempo que el asesino se mantenga en el dominio de Dios, estará protegido de las consecuencias de haberse separado de Dios por medio de perder su derecho a encarnar la imagen divina.

Pero el asesino que deja la ciudad de refugio queda entendiblemente sujeto a la posibilidad de que el vengador lo mate. Un ser humano que es permanentemente privado del privilegio de ser la encarnación de la imagen de Dios es más peligroso que cualquier animal salvaje. A diferencia del animal salvaje, él se parece superficialmente al resto de nosotros. Y dado que desafortunadamente todos somos insensibles a nuestra propia imagen divina, tampoco podemos reconocer la falta de imagen divina que hay en él. No podemos protegernos de él, y debemos protegernos, porque su misma existencia es una amenaza para todos nosotros. Una amenaza pública no tiene derecho a misericordia. Debe ser eliminado por el bien de todos.