Harán un santuario para Mí, y Yo moraré en medio de ellos. De acuerdo a lo que Yo te mostraré, la forma del Tabernáculo y la forma de todos sus utensilios, así harás” (Éxodo 25:8-9).

El Talmud comenta sobre el final del versículo, “así harás”, lo cual significa: “Así harás por todas las generaciones” (Sanhedrin 16b).

Rav Jaim de Volozhin, el famoso estudiante del Gaón de Vilna, dice quedar perplejo por este pasaje del Talmud. Si Dios declaró un mandamiento de construir un Tabernáculo por todas las generaciones, entonces ¿cómo es posible que no intentemos cumplir con este mandamiento en cada generación? Y si la explicación para esto es que es imposible de cumplir, entonces ¿por qué Dios diría que este mandamiento es aplicable a todas las generaciones? Si Él considera que es importante llevar a cabo este mandamiento aquí y ahora, ¿por qué no arregla las cosas para que sea posible hacerlo?

Cada judío es un Tabernáculo en miniatura.

Rav Jaim explica que la respuesta a esta pregunta se encuentra en el mismo versículo: “Yo moraré en medio de ellos”, lo cual literalmente significa en medio de cada uno de ellos. El mandamiento de construir un Tabernáculo es principalmente un mandamiento personal; cada judío es un “Tabernáculo en miniatura”. Dios hace descansar la Shejiná, Su presencia divina, principalmente en el corazón humano.

Cuando la Shejiná encuentra un lugar cómodo para morar en la mayoría de los corazones judíos, entonces, también tenemos un Tabernáculo en el mundo exterior. Pero la Shejiná que mora en este Tabernáculo es una emanación de la Presencia Divina que hay en los corazones judíos. La conexión entre el hombre y Dios no es reemplazada por edificaciones u objetos, sin importar cuán santos sean. Dicha conexión puede originarse sólo en el alma humana. El corazón humano judío es la verdadera morada de la Presencia Divina en este mundo.

La obligación de construir el Santuario de Dios por todas las generaciones puede cumplirse en cualquier momento y lugar, ya que cada judío puede transformarse a sí mismo en una cómoda morada para la Shejiná. ¿Cómo se logra esto?

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Una morada para lo Divino

Rav Jaim explica:

El Zohar compara a cada judío con el Templo (es decir, el Tabernáculo permanente). Tal como el centro del Templo es el Santo Sanctórum, el centro del ser humano es su corazón. Su cabeza está sobre él y sus pies están por debajo, de forma que su corazón, el cual está en la parte media de su tronco, se ubica efectivamente en el centro de su ser. Tal como la santidad que es la fuente de todo lo que es bueno en el mundo emana del Santo Sanctórum, asimismo la fuerza motora del ser humano emana de su corazón.

Pero los paralelos son más profundos aún. En el Santo Sanctórum se encontraba el Arca del Pacto, sobre la cual se encontraban los dos querubines, uno representaba a Dios y el otro a Israel. La voz Divina emanaba de entre los querubines.

Cuando Moshé llegaba a la Tienda del Encuentro a hablar con Él, oía la voz que le hablaba desde lo alto de la cubierta que había sobre el Arca del Pacto, de entre los dos querubines, y Él le hablaba” (Números 7:89).

En términos humanos, el espacio en el Santo Sanctórum por sobre los querubines pertenecía a lo Divino, mientras que el área que estaba por debajo era territorio humano. El punto de interacción de la esfera de lo humano con la dimensión de lo Divino estaba localizado justo entre los querubines.

El paralelo a este punto focal del Templo, que ocupa por lo tanto el lugar del Arca en el Santo Sanctórum del ser humano, es la porción del alma conocida como ruaj y su paralelo físico, el corazón humano.

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Anatomía del alma

De acuerdo a la tradición judía, el alma humana tiene tres partes: nefesh, ruaj y neshamá. Cada uno de estos aspectos espirituales tiene una contraparte física en el cuerpo humano cuya función asignada es servir como una antena perfectamente afinada para recibir y traducir las señales espirituales al lenguaje de la fisicalidad.

El cerebro captura y traduce los mensajes de la neshamá a conceptos e ideas. El corazón recolecta las señales del ruaj y las traduce a carácter, emociones y habla. El hígado está dedicado al nefesh y traduce sus mensajes en deseos y motivaciones.

El Gaón de Vilna explica que la neshamá está por sobre el nivel del hombre. El nefesh, el cual es un símil de la fuerza de vida de los animales, esta por debajo de él. Y el ruaj representa perfectamente el nivel espiritual esencial del hombre.

El corazón humano sirve como la antena física receptora de la fuerza espiritual del ruaj.

Así, vemos que el corazón humano, el cual sirve como la antena física receptora de la fuerza espiritual del ruaj, es la contraparte exacta de los querubines que estaban sobre el Arca en el Santo Sanctórum.

Y así como ese era el punto desde el cual la voz Divina le hablaba al hombre, así también el ruaj del corazón del hombre es el punto de conexión con la neshamá, la cual representa la divinidad que hay en el hombre.

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con construir un Tabernáculo o un Templo? Si el hombre fue diseñado de esta manera por Dios, entonces él automáticamente simboliza el Templo incluso sin haberlo construido.

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Pensamientos versus acciones

Para comprender cómo es que esta construcción es una tarea humana a pesar de todos las herramientas espirituales que recibimos Divinamente, debemos entender desde una perspectiva de Torá la diferencia que hay entre pensamientos y emociones por un lado, y acciones en el otro.

La gran mayoría de los 613 mandamientos de la Torá están enfocados en acciones. Hay 248 mandamientos positivos, que requieren de acciones proactivas (como comer matzá en Pesaj, o circuncidar al recién nacido en el octavo día, etc.), y hay 365 mandamientos negativos que prohíben otras formas de acción (como profanar Shabat, robar, etc.). Sin embargo, hay muy pocos mandamientos en relación a los pensamientos o sentimientos. Es tan fuerte el énfasis que pone la Torá en las acciones versus los pensamientos, que el Talmud establece lo siguiente como política Divina:

Dios considera un buen pensamiento como equivalente a una buena acción completa, como está escrito: “…entonces los temerosos de Dios hablaron entre ellos, y Dios prestó atención y escuchó, y fue escrito frente a Él un libro del recuerdo de los temerosos de Dios y de aquellos que piensan en Su nombre” (Malaji 3:16).

¿Quiénes son aquellos que piensan en Su nombre? Rabí Assi enseñó: “Incluso una persona que planeó llevar a cabo un mandamiento positivo y fue incapaz de ejecutarlo debido a las circunstancias, será recompensado como si realmente lo hubiera hecho. Por otro lado, un pensamiento malvado no tiene el mismo peso que la acción misma [incluso si fueron las circunstancias las que hicieron que su ejecución fuera imposible], como está escrito (Salmos 66:18) ‘si yo hubiera tenido inequidad en mi corazón, Dios no habría escuchado’”. (Talmud, Kidushin 40a).

Desde el punto de vista de premio y castigo, sólo son contadas las acciones, no los pensamientos. Como una muestra especial de Su bondad, Dios está dispuesto a asignarle a los pensamientos sobre buenas acciones el peso de las acciones mismas, de forma que también sean recompensados.

Sin embargo, en otro lugar el Talmud (Ioma 29a) enseña que los pensamientos sobre malas acciones son peores que las acciones mismas. ¿Cómo pueden entenderse estas ideas contradictorias? ¿Acaso los pensamientos son más importantes que las acciones en realidad?

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Secreto de construcción

Rav Jaim explica que esta pregunta es precisamente la clave para entender cómo se construye el ser humano como un Templo para Dios.

El vínculo entre el ruaj en el corazón y la neshamá en la mente, que es donde se produce la unión con Dios, ocurre en el mundo de los pensamientos y sentimientos, no en el de las acciones. Si este vínculo es poderoso, entonces el cerebro, que es el receptor de los mensajes de la neshamá, llenará el corazón de imágenes de santidad. Consecuentemente el corazón, que es dónde se ubica el ruaj, arderá en flamas y será consumido por los sentimientos de amor y temor a Dios.

Las poderosas emociones del corazón pasarán después al nefesh para relacionarse con él. Y luego el hígado, que es la contraparte física del nefesh, llenará la sangre —la cual está bajo su control—, con la fuerza vital que deriva de estas emociones. A medida que la sangre circule por el cuerpo, todos los órganos serán imbuidos con el deseo y entusiasmo de llevar a cabo los mandamientos de Dios.

Entonces, el ser humano estará completamente lleno de la Shejiná, la presencia de Dios.

Es por esto que los pensamientos malignos son peores que el pecado mismo. Si el corazón está lleno de pensamientos de promiscuidad, o si está lleno del fuego de la ira hacia otro judío, o del frío fuego de los celos, entonces la neshamá no podrá conectarse con él. ¿Cómo se supone que la neshamá, la cual representa a la Shejiná, resida en un corazón como ese?

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Una conexión profana

Ante la ausencia del vínculo que une la neshamá con el ruaj, la conexión entre el cerebro y el corazón no puede ser santa.

Al verse forzada a romper su conexión con el ruaj, la neshamá retira sus señales al cerebro. El corazón no recibe por lo tanto ningún pensamiento o imagen de santidad. En lugar de arder con un fuego sagrado, la llama profana que ya se encontraba en el corazón se expande al cerebro y la mente comienza a ocuparse con pensamientos sobre cómo llevar a cabo de mejor manera los deseos profanos del corazón.

Si esto continúa sin ningún tipo de resistencia, entonces el cerebro enviará instrucciones para la implementación de esto deseos profanos a los órganos externos, lo cual causará la ejecución de dichos deseos que se originaron en el corazón. Y entonces, el ser humano albergará los deseos ilícitos del corazón como su fuerza espiritual.

Por lo tanto, el corazón humano es el punto central de la santidad del ser humano. La construcción del Templo humano implica aprender a controlar los deseos negativos. Cuando el corazón es capturado por las llamas de la ira o del deseo ilícito (como le ocurre a todos los corazones humanos de vez en cuando), el judío que desea transformarse a sí mismo en un lugar apropiado para que resida la Shejiná deberá liberar a su corazón de estos fuegos profanos y restaurar en su lugar la luz de la Shejiná. Pero, ¿cómo puede hacer esto?

La respuesta: llenando su corazón con palabras de Torá y plegaria.

El ruaj, la contraparte espiritual del corazón humano, es también el lugar de residencia del poder humano del habla.

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Un espíritu que habla

Onkelos traduce la frase hebrea de nishmat jaim, “ser viviente” (en la historia de la creación, Génesis 2:7) como “un espíritu que habla”. Y en realidad la representación de Onkelos es la más apta, ya que el propósito del ruaj es captar los mensajes de la neshamá y transmitirlos al nefesh para que puedan ser ejecutados como acciones en el mundo exterior. Por lo tanto, la esencia del ruaj es la comunicación, la cual también es la esencia del habla.

Las sagradas palabras de Torá tienen la capacidad de apagar las llamas profanas.

Las sagradas palabras de Torá y de la plegaria tienen la capacidad de llenar el corazón y de apagar cualquier llama profana que se haya encendido en su interior. Son los bomberos que nos dio Dios para contrarrestar las llamas profanas de los deseos ilícitos que son innatos a todos nosotros.

Pondrás estas palabras sobre tu corazón y sobre tu alma [nefesh en este versículo] (Deuteronomio 11:18).

Pondrás [en hebreo la palabra es vesamtem]. Nuestros sabios aprenden de esto que la Torá es comparada a un elixir de la vida, o sam tam.

Podemos expresar la lección que nos está enseñando Dios por medio de la siguiente metáfora: Una persona le hizo una gran herida a su hijo, pero colocó un efectivo parche sobre ella. Y le dijo a su hijo: “Hijo mío, todo el tiempo que seas cuidadoso y mantengas este parche sobre tu herida, podrás comer lo que quieras, beber lo que quieras y bañarte en agua caliente o fría según prefieras, sin ningún temor. Pero si remueves el parche, entonces la herida se infectará con gangrena”. De la misma forma, Dios le dijo a Israel, “Mi hijo, He creado la inclinación al mal en ti, pero te He dado la Torá como un efectivo antídoto. Si te ocupas de ella, entonces nunca caerás en las manos de la inclinación al mal, como está escrito, si te mejoras, serás elevado (Génesis 4:7). Pero si no te ocupas de las palabras de Torá, entonces de seguro caerás en manos de la inclinación al mal, como está escrito, el pecado espera en la puerta (ibid.)” (Talmud Kidushin 30b).

Pero hay una ramificación más profunda de todo esto. Todo el tiempo que la Shejiná ocupa el Templo, éste no puede ser destruido. Ya que, ¿de qué sirve la maquinaria de destrucción humana en contra de la Presencia Divina de Dios? De la misma manera, todo el tiempo que el judío sea un Templo humano y que el vínculo entre su neshamá y su ruaj —entre su cerebro y su corazón­— no pueda ser destruido, él será invulnerable ante los poderes del mal.

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Partida de la Shejiná

La destrucción del Templo físico siempre es precedida necesariamente por la partida de la Shejiná. En el caso del ser humano, esto significa que la muerte sólo puede ocurrir cuando la neshamá se separa del ruaj.

Rav Jaim señala que este es un pensamiento realmente escalofriante. Implica que un ser humano con pensamientos y deseos impuros en su corazón está experimentando en realidad una especie de muerte en vida. Rashi expresa esta idea en nombre del Midrash en Génesis 11:32; los malvados son llamados muertos incluso cuando están vivos, mientras que quienes hacen el bien son considerados vivos incluso cuando están muertos.

Pero quizás la lección más importante que podemos aprender de este ensayo tiene que ver con la ubicación de la fuente de la inspiración Divina. No hay necesidad de recurrir a medidas heroicas como largos ayunos o intensa meditación para sentir la presencia de Dios. Todo lo que necesitas es pureza de corazón. La Shejiná irá automáticamente a residir en cualquier judío observante que mantenga su corazón puro. Y por el contrario, en cualquier judío que permita que el odio, la ira, los celos o el libertinaje ocupen su corazón, no importa cuantos actos heroicos haga, éstos nunca serán suficientes para sentir la inspiración de la presencia Divina.