En el tercer día después de su circuncisión a la edad de 99 años, Dios decidió visitar al convaleciente Abraham. El Talmud (Sotá, 14a) aprende de esta visita la obligación de visitar a los enfermos que incumbe a todo judío como una faceta de nuestra obligación general de la Torá de emular a Dios. Dios no tenía ningún tema específico que tratar con Abraham, ningún mandamiento que emitir; Él simplemente fue a visitarlo para animarlo y para hacerlo sentir mejor.

Todos sabemos que una visita de Dios está muy lejos de ser una experiencia ordinaria. Dios no anda por ahí visitándonos de vez en cuando a nosotros, incluso cuando estamos enfermos. Una visita como esta sería semejante a ser transportados al Olam Habá, al 'Mundo por Venir'. El Talmud (Berajot 17a) describe al Mundo por Venir como un lugar donde los justos se sientan y disfrutan de la presencia de Dios. Una visita de Dios seguramente pondría al recipiente en una posición idéntica a aquella.

Sin embargo, ¿cómo reaccionó Abraham ante el hecho de haber sido seleccionado para semejante honor? Le dijo a Dios que por favor lo esperase un momento mientras salía el encuentro de tres desconocidos que había divisado a la distancia. De aquí aprendemos que “ofrecer hospitalidad a desconocidos es más grande que comunicarse con Dios” (Talmud, Shabat 127a). De hecho, el comportamiento de Abraham durante este incidente nos enseña la enorme importancia de la obligación de ofrecer hospitalidad a los desconocidos (Ibid). Del comportamiento de Dios aprendemos la obligación de visitar a los enfermos, mientras que el comportamiento de Abraham nos enseña la importancia de ser hospitalarios.

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El absurdo de la historia

¿Pero no hay acaso algo notoriamente defectuoso detrás de la lógica de esta historia? Por muy importante que sea, ofrecer hospitalidad a los desconocidos es sólo uno de los tantos mandamientos de la Torá. El objetivo de observar los mandamientos de la Torá es llegar al Mundo Venidero para disfrutar de la presencia Divina. La Mishná (Pirkei Avot 4:21) compara al próximo mundo con un palacio y a este mundo con la sala de espera del palacio; el Rey, ante cuya presencia buscamos ser admitidos, vive del otro lado de la puerta.

El resto de nosotros nos encontramos en este mundo (en la sala de espera) manteniéndonos ocupados con los mandamientos, esperanzados de ser lo suficientemente meritorios como para que se nos conceda una audiencia con el Rey. A diferencia de nosotros, Abraham no tuvo que esperar hasta después de la muerte para que le ofrecieran ingresar; se le otorgó permiso de entrar al palacio y de disfrutar de una audiencia con la presencia Divina mientras aún estaba vivo. Sin embargo, él rechazó la entrada y eligió permanecer afuera, en la sala de espera, cumpliendo el mandamiento de ofrecer hospitalidad, cuyo propósito es convertirlo en alguien digno de ser admitido. ¿Tiene esto algún sentido?

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El misterioso comportamiento de Dios

Y la historia se torna aún más confusa. Nuestros Sabios nos cuentan que estos tres desconocidos que aparecieron simultáneamente con la visita de Dios eran en realidad ángeles. Rashi (Génesis 18:1) explica que puesto que Abraham estaba enfermo, Dios hizo que ese día fuera especialmente caluroso para evitar la presencia de posibles transeúntes, para que así Abraham no se desgastara extendiendo hospitalidad a los visitantes. Pero cuando Dios vio que la ausencia de invitados sólo le causaba a Abraham una terrible angustia mental, Él envió tres ángeles en forma humana para que Abraham pudiera de todas maneras tener la oportunidad de ofrecer hospitalidad.

Como si esto no fuera lo suficientemente extraño, Dios eligió precisamente el mismo momento para visitarlo, forzando entonces a Abraham a elegir entre darle la bienvenida a Dios u ofrecerle hospitalidad a los angelicales invitados. Es difícil escapar de la sensación de que todo este incidente era en realidad una prueba. Al parecer, era de esperar que Abraham descifrara la respuesta correcta; debía dejar a Dios esperando y darle prioridad a sus invitados. ¿Pero cuál era la idea de someterlo a tal prueba? Más aún, en ausencia de un precedente en el cual basarse, ¿cómo se supone que Abraham debía darse cuenta que pedirle a Dios que lo esperase mientras él atendía a sus invitados eran modales espirituales adecuados?

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El principio de reciprocidad

Comencemos nuestro intento de resolver estas preguntas estudiando un pasaje del Talmud que trata sobre la hospitalidad que Abraham le ofreció a los ángeles (Baba Metzia 86b). Por medio de analizar y comparar cuidadosamente la historia de la hospitalidad de Abraham con la forma en que Dios cuidó del pueblo judío en el desierto luego del Éxodo, el Talmud descubre un asombroso paralelo: Dios cuidó de los hijos de Abraham precisamente de la misma manera en que Abraham se ocupó de atender a sus angelicales huéspedes. La implicancia es clara, los dos incidentes están relacionados a través de algún tipo de principio de reciprocidad. La forma en que Dios trató a los hijos de Israel en el desierto es aparentemente un tipo de recompensa por el trato que Abraham le brindó a Sus ángeles:

Abraham corrió hacia su ganado, y seleccionó un buen y tierno ternero” (Génesis 18:7).
“Un viento salió de Dios y sopló codornices desde el mar” (Números 11:31).

Él tomó crema y leche y el ternero que había preparado y puso estas cosas delante de ellos” (Génesis 18:8).
“Dios le dijo a Moshé: ¡Observa! Yo haré llover comida para ustedes desde el cielo” (Éxodo 16:4).

El se paró cerca de ellos bajo el árbol y ellos comieron” (Génesis 18:8).
“¡Observa! Yo me pararé delante de ti en la roca en Horeb” (Éxodo 17:6).

Abraham caminó con ellos para escoltarlos” (Génesis 18:16).
“Dios iba delante de ellos durante el día en un pilar de nube para guiarlos por el camino” (Éxodo 13:21).

Traigan un poco de agua para que laven sus pies…” (Génesis 18:4).
“Golpearás la roca y agua saldrá de ella” (Éxodo 17:6).

El Talmud enfatiza que esta relación recíproca entre los incidentes no es apreciable sólo en la similitud de los servicios provistos, sino también en la manera en que fueron proveídos. Los servicios que Abraham realizó con sus propias manos para los ángeles fueron correspondidos con los beneficios que Dios otorgó al pueblo judío personalmente; y los servicios que Abraham delegó, Dios también los delegó. Dios se relaciona con los seres humanos exactamente de la misma manera en que nosotros nos relacionamos con nuestros pares. Él da según cómo nosotros damos.

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El paradigma de los Mundos

Intentemos comprender este principio de reciprocidad dentro del contexto de la siguiente suposición: La hospitalidad de Abraham hacia los ángeles puede ser comparada con nuestro servicio Divino en este mundo, mientras que el comportamiento de Dios hacia el pueblo judío en el desierto es un paradigma útil de cómo opera el Mundo por Venir. La correlación desarrollada por el Talmud entre los dos eventos es también un paralelo de la relación entre los dos mundos.

El Mundo por Venir es un lugar en el cual toda nuestra existencia será en una modalidad receptora. A pesar de que tal existencia pareciese ser un poco parasitaria a primera vista, en realidad no lo es. El hecho de que se nos otorgue vida en modalidad receptora en el Mundo por Venir no es más que la justa compensación por haber pasado toda nuestra vida en este mundo completamente en la modalidad de entrega (al menos en lo que concierne al servicio Divino). El Talmud (Kidushin, 39b) nos informa que no existe absolutamente ninguna recompensa en este mundo por el cumplimiento de las mitzvot. Esto es así a pesar de que las mitzvot requieren concentración y esfuerzo, y muy a menudo requieren también de una buena cantidad de auto sacrificio. En términos generales, en este mundo nosotros damos y Dios recibe, mientras que en el próximo mundo los roles están invertidos; Dios da y nosotros recibimos.

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Todo depende de la forma en que lo mires

Pero este intercambio de roles es más complejo de lo que pareciera a simple vista. Técnicamente, dado que no recibimos recompensa alguna en este mundo por el esfuerzo que invertimos en nuestro servicio Divino, todos funcionamos netamente en modalidad de entregar, pero emocionalmente y sicológicamente nuestros actos de auto sacrificio en el cumplimiento de mitzvot pueden incluir otros aspectos. Podemos por ejemplo relacionarnos con nuestros actos de auto sacrificio de la forma en que la gente se relaciona con sus inversiones monetarias; puede que tome un tiempo hasta que se materialicen, pero eventualmente generarán enormes utilidades. Es verdad que la persona que realiza mitzvot con esta actitud sí está ocupada en la actividad de dar, pero en realidad no está entregando nada. Su enfoque principal continúa siendo recibir, no dar.

Por otro lado, podemos considerar el cumplimiento de mitzvot como una oportunidad de hacer algo asombroso que se encuentra más allá de nuestra imaginación. Dios es Omnipotente por definición. Es axiomático que Él no necesita nada, y que nadie puede hacer absolutamente nada por Él. Sin embargo, en este mundo físico, nosotros nos encontramos en la increíble posición de tener la oportunidad de ofrecerle a Dios un servicio que Él genuinamente necesita. Hablando en términos espirituales, es este maravilloso aspecto de nuestra existencia en este valle de lágrimas el que compensa por toda la angustia que sufrimos en este mundo.

Dios creó el universo de una forma extremadamente ingeniosa. Él encontró una forma de establecer una realidad creada que requiriese de la adición de nuestros insignificantes aportes a Su propia Omnipotencia para funcionar correctamente. La Torá enseña que el propósito de la creación fue proveer al hombre de una oportunidad para ganar su recompensa en el Mundo por Venir por medio del ejercicio de su libre albedrío en este mundo. Sólo a través de involucrarnos voluntariamente en el servicio Divino y de nuestra libre elección en el cumplimiento de las mitzvot es que le damos a Dios la facultad de entregarnos todas las recompensas del Mundo por Venir. La Torá también nos enseña que el único propósito por el cual Dios creó el universo fue para que tuviésemos la oportunidad de que Dios nos entregase esta recompensa. Resulta ser entonces que Dios necesita de nuestra ayuda para tener éxito en Su proyecto de Creación.

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La historia del etrog

Hay una historia muy conocida acerca del Gaón de Vilna que ilustra en forma brillante este punto. Cierto año, el Gaón se encontró sin un etrog adecuado en la víspera de la festividad de Sucot. El único etrog en el área estaba en posesión de un simple judío que se negaba a venderlo por dinero, pero que estaba dispuesto a darle el etrog al Gaón con la condición de que fuera él, y no el Gaón, quien recibiría la recompensa por el cumplimiento de esa mitzvá en el Mundo por Venir.

Según cuenta la historia, el Gaón nunca experimentó tanta alegría cumpliendo la mitzvá de sacudir las cuatro especies como lo hizo ese año. Él estuvo en la posición de ofrecerle a Dios la oportunidad de entregar recompensa por el cumplimiento de una mitzvá sin obtener ningún beneficio personal en absoluto. Finalmente había sido capaz de hacer una mitzvá únicamente para Dios sin la posibilidad de que existiese ningún motivo ulterior que enturbiase la pureza de su servicio divino. 

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¿Cómo puedes saber?

¿Cómo es posible distinguir entre una persona que sirve a Dios por los beneficios que obtendrá a futuro y que funciona únicamente como un receptor, y la persona que actúa motivada por un genuino deseo de ayudar a Dios para que Su diseño de la creación sea exitoso y que funciona en modalidad de dador? Esta pregunta nos abre una rendija a través de la cual podemos entrever la idea que hay detrás del sacrificio de Itzjak.

En el que probablemente es el incidente más conocido de las vidas de los patriarcas, Dios decidió probar a Abraham y le ordenó sacrificar a su hijo Itzjak. Puesto que Dios obviamente nunca tuvo la intención de permitirle a Abraham que realmente llevara a cabo el sacrificio, y dado que Dios no tiene ninguna necesidad de demostraciones externas de compromiso con el fin de poder ver dentro del corazón de una persona, ¿cuál era el sentido de la prueba?

En términos de la tesis que hemos desarrollado hasta ahora, podemos conjeturar que Dios quería demostrar la pureza y el desinterés que eran subyacentes a todos los actos del servicio divino de Abraham. Porque si Abraham hubiera estado sirviendo a Dios por interés propio, con el fin de acumular beneficios para sí mismo, es posible que en general igualmente hubiera servido a Dios tan intensamente y con el mismo grado de compromiso que lo hacía, para poder así incrementar el tamaño de su recompensa, pero nunca habría llevado a cabo el mandamiento de sacrificar a su hijo Itzjak. Resulta bastante obvio que Abraham habría cambiado gustosamente su porción en el Mundo por Venir o cualquier otro beneficio concebible que le correspondiera a cambio de salvar la vida de Itzjak.

Puesto que el servicio de Abraham a Dios era un regalo que le ofrecía a Dios incondicionalmente, cuando la voluntad de Dios fue quitarle el hijo que Él mismo le había mandado, Abraham no la cuestionó. Abraham estaba tan listo para entregar a su hijo a Dios como lo estaba para entregarle cualquier otra cosa. Su enfoque estaba en entregarse a sí mismo a Dios, no en recibir los beneficios que Dios tenía para ofrecerle a él.

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Reconsiderando la hospitalidad

Ahora estamos listos para retomar la pregunta de cómo es que se suponía que Abraham se daría cuenta que “la hospitalidad a desconocidos es más grande que hablar con Dios”. La respuesta yace en la idea de dar a Dios versus recibir de Dios. Cuando le brindo hospitalidad a un desconocido, estoy por definición dándole a Dios, mientras que cuando recibo una visita de Dios, funciono meramente como un receptor. Alguien cuyo servicio divino es desempeñado desde el deseo de dar, no tendría ningún problema para llegar a la conclusión correcta. Dios sabía que Abraham funcionaba completamente en la modalidad de entregar, y por lo tanto confiaba en que lo descifraría sin problemas.

El Maharal explica por qué esta idea de dar a Dios es especialmente prominente en la mitzvá de hospitalidad. Todo desconocido que necesita hospitalidad es un ser humano que fue creado a imagen de Dios. Cuando es forzado por las circunstancias a deambular desatendido, sin acceso a refugio o comida, esta situación constituye una profanación de la imagen divina. Es como si Dios mismo no tuviera un lugar para dormir ni nada para comer.

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Dar versus recibir

Los ángeles que Abraham cuidó representan la personificación de esta idea. Si los seres humanos son hechos a imagen de Dios, cuánto más deben ser considerados Sus ángeles un reflejo de Su imagen. La aparición de los ángeles fue una presentación de la imagen de Dios en un estado de necesidad. Uno no podría imaginarse una mejor oportunidad para expresar el deseo de darle a Dios. El deseo de Abraham era darle a Dios, no recibir de Él. Por lo tanto, le dijo a Dios que esperara y corrió a encargarse de sus invitados.

Tal como los tres ángeles que fueron enviados en forma humana por Dios eran extranjeros en un inhóspito (para ellos) mundo físico, los hijos de Abraham luego del Éxodo también eran extranjeros en el hostil ambiente del desierto. Poner seres humanos en el desierto, lugar donde las necesidades básicas de la vida no se encuentran disponibles, es precisamente equivalente a situar a los ángeles en el mundo físico, lugar donde el sustento espiritual se encuentra ausente. Ambos participantes se encontraban atrapados en un ambiente hostil. Y en cada caso, la supervivencia dependía de la hospitalidad.

Tal como Abraham saltó de su cama, dejando de lado su experiencia que se asemejaba a encontrarse en el Mundo por Venir para poder ofrecer hospitalidad a los ángeles de Dios, motivado por su entusiasmo de dar en vez de recibir, Dios no podía hacer menos que proveer el mismo tipo de hospitalidad cuando los hijos de Abraham fueron lanzados desamparados al desierto.

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Reconsiderando el principio de reciprocidad

Estas imágenes nos proveen de una ventana perfecta a través de la cual podemos vislumbrar la conexión espiritual que hay entre nuestro mundo y el Mundo por Venir. La percepción común del Mundo por Venir como una especie de centro turístico mágico en el cielo al cual puedes ganar tu derecho de admisión pagando con un leal servicio en este mundo es errónea. No es un lugar donde las recompensas son distribuidas; es un lugar construido a partir de la energía que los seres humanos dieron en el contexto de su servicio divino. No es un lugar donde vives en modalidad de receptor; es un lugar donde vives dentro del mundo que fue fabricado a partir de la energía de tu propia benevolencia.

Todo lo que Abraham hizo por los ángeles personalmente, Dios pudo hacer personalmente para sus hijos, pero todo lo que delegó, Dios también se vio forzado a delegar. Dios sólo devuelve lo que nosotros Le damos, sólo que Él lo devuelve de forma Divina. El sirviente de Dios le provee a Dios la oportunidad de transformar su servicio a la moneda Divina, la cual puede ser a continuación devuelta a él; es un dador, y no un receptor, ya que le ofrece a Dios la habilidad de entregarle de vuelta, una habilidad cuyo ejercicio es el más grande deseo de Dios.

Nuestro mundo persigue la realización personal, basado en la errónea creencia de que no hay nada más elevado que esté disponible. Abraham estaba experimentando la realización personal más grande que puede haber —la unión con Dios— y sin embargo decidió voluntariamente abandonarla. Él no estaba buscando una forma de autorrealización, sino lo opuesto. Estaba buscando una forma de entregar su propio ser a Dios. En todo el universo, sólo los seres humanos son capaces de tomar la decisión de entregarse a sí mismos.

Cuando el hombre se entrega a Dios, la respuesta de Dios es entregarse a sí mismo al hombre. El Mundo por Venir es el lugar donde estos dos dadores se encuentran y celebran el amor que desarrollaron por medio de haber entregado todo lo que tenían el uno al otro.