Siempre leemos la parashá Devarim en el Shabat previo a Tishá B’Av. Esto se debe a la combinación de dos factores:

Uno de los temas principales de la parashá Devarim es la repetición del relato de los espías. Nuestra tradición dice que el lamento público que hubo luego del reporte de los espías, según como es descrito en el libro de Números (14:1), ocurrió el día 9 del mes de Av, y fue la razón por la cual Dios estableció este día como un día de lamento nacional a lo largo de las generaciones (ver Talmud, Taanit 29a). En este catastrófico día de la historia judía, el Primer Templo fue destruido por los babilonios; el Segundo Templo fue destruido por lo romanos; los judíos de España recibieron un ultimátum por parte de la Inquisición: váyanse, conviértanse o mueran; comenzó la Primera Guerra Mundial (que fue la antesala del Holocausto); se realizó la conferencia nazi que dio vida a la “Solución Final”, etc.

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Punto de confusión

Sin embargo, hay algo borroso sobre la historia de los espías, un punto de confusión que aplica por igual a todas las grandes tragedias históricas, incluyendo la destrucción de los Templos.

“Entonces hablaron y me dijeron: ‘¡Hemos pecado a Dios! ¡Subiremos y libraremos batalla según todo lo que Hashem, nuestro Dios, nos ha ordenado!’. Todos los hombres de entre ustedes alistaron sus armas de guerra y estaban dispuestos a ascender la montaña. Dios me dijo: ‘Diles que no asciendan la montaña, ni libren batalla, pues Yo no estoy entre ustedes; para que no sean abatidos ante sus enemigos’. Entonces yo les hablé, pero no me escucharon. Se rebelaron contra la palabra de Dios y fueron obstinados y subieron a la montaña… Entonces retrocedieron y lloraron ante Dios, pero Él no escuchó su voz ni les hizo caso” (Devarim 1:41-45).

Pareciera que, de acuerdo al testimonio de Moshé, el pueblo judío se arrepintió sinceramente de su pecado. Y si esto efectivamente fue así, ¿por qué continuó entonces el castigo?

La tradición judía enseña que todo el objetivo del castigo es causar que el pecador se arrepienta. Y si esto es cierto, entonces el arrepentimiento debería detener la tragedia inmediatamente.

Cuando ocurren grandes tragedias, una nación de creyentes probablemente llegará a un estado de arrepentimiento.

Cuando ocurren grandes tragedias, una nación de creyentes probablemente llegará a un estado de arrepentimiento. Por lo tanto, el hecho que la tragedia continué ocurriendo e intensificándose es una muestra de que Dios no quiere aceptar su arrepentimiento. ¿Pero por qué no? ¿Por qué Dios no quiso perdonar al pueblo judío en el desierto, o en las posteriores tragedias a lo largo de la historia judía?

El Talmud ofrece el siguiente comentario sobre el tema:

El arrepentimiento siempre es efectivo, ya sea que llegue antes de que Dios emita Su veredicto final o que llegue después de éste, como está escrito: “Engruesa el corazón de este pueblo, cierra sus oídos y ciega sus ojos; para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni su corazón entienda; ni se arrepienta y sea sanado” (Isaías 6:10). ¿Cuándo un pecado necesita ser sanado? Cuando el edicto de castigo ya ha sido emitido.

El Talmud luego continúa probando que ésta sólo es la política Divina con respecto a las transgresiones públicas (y no a las transgresiones individuales). Las puertas del arrepentimiento siempre permanecen abiertas para el pueblo judío.

El Talmud luego ataca esta propuesta citando el rechazo del arrepentimiento público que hubo después del pecado de los espías; este rechazo pareciera demostrar que Dios no quiere aceptar arrepentimiento alguno —incluso del pueblo judío— una vez que ha emitido el edicto.

El Talmud responde:

La política Divina hacia el pueblo es efectivamente nunca cerrar las puertas del arrepentimiento. El edicto respecto al pecado de los espías fue un caso especial. Fue emitido con un juramento, como está escrito, “Pero por Mi vida y la gloria de el Eterno que colma el mundo entero: Todos los hombres que vieron mi gloria y mis señales que realicé en Egipto y en el Desierto, y me pusieron a prueba estas diez veces y no han hecho caso a mi palabra, ¡si vieran la Tierra que he prometido dar a sus antepasados! Todos los que me hacen enojar no la verán” (Números 14:21). Las palabras “por mi vida” constituyen un juramento en nombre de Dios. Incluso para el pueblo, los edictos que son emitidos con un juramento Divino no son revocables (Rosh Hashaná 18a).

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Juramento irrevocable

La conclusión lógica del principio que fue expuesto en este pasaje del Talmud es que, aparentemente en el caso del pecado de los espías, Dios agregó específicamente un juramento a su sentencia de forma que fuera irrevocable incluso ante un eventual arrepentimiento público, el cual efectivamente ocurrió según describe la Torá.

¿Pero cuál es el sentido de todo esto?

Si efectivamente ante la ausencia de un juramento de Dios dicho arrepentimiento habría sido efectivo, pareciera un acto vengativo por parte de Dios hacer un juramento para específicamente cerrar la puerta en la cara del arrepentimiento del pueblo judío. ¿Por qué Dios haría una cosa como esa?

Hay ocasiones en las que el arrepentimiento trae un gran costo junto a él. Rav Jaim de Volozhin, el famoso estudiante del Gaón de Vilna, solía decirle a la gente que uno tiene que estar dispuesto a sacrificar su propia vida por el arrepentimiento. Él basaba su enseñanza en un pasaje del Talmud (Avodá Zará, 17a).

Este pasaje relata la historia de Elazar ben Dordaya, quien se arrepintió sinceramente del pecado de sexo ilícito y murió en su arrepentimiento. Pero nuestra tradición nos dice que sólo es necesario dar nuestra vida al arrepentirnos del pecado de alejar a los judíos de su fe en Dios. En el caso de los otros pecados, el arrepentimiento debe traer vida, no muerte. El Talmud concluye que cualquier pecado que ha llegado a ser visto como parte de la vida diaria para el pecador es visto de la misma forma que el pecado de alejar a los judíos de Dios. El Talmud le da a Elazar ben Dordaya el título de Rabí por enseñarnos esta profunda lección.

Rav Jaim explica:

El pecador arrepentido puede continuar viviendo siempre y cuando su vida como persona arrepentida lo lleve en un flujo continuo hacia fuera de su vida como pecador. Todo el tiempo que aún haya un poco de Divinidad en él a pesar de ser un pecador, cuando se arrepienta podrá continuar viviendo. Su yo luego del arrepentimiento no es una criatura completamente nueva, no ha renacido completamente. Pero si antes de su arrepentimiento ha alcanzado un estado en el que siente que el pecado es una actividad absolutamente ordinaria para él, entonces una parte de él ha muerto. Para este tipo de persona, el arrepentimiento no es un revivir espiritual, sino que es una resurrección espiritual. Una resurrección parcial es posible en el mundo del presente. Una resurrección total debe esperar al final de los días. Por lo tanto, esta persona arrepentida en ocasiones debe morir y esperar la resurrección.

Continúa Rav Jaim:

Desafortunadamente, nos hemos acostumbrado a hacer tantas cosas mal durante períodos de tiempo tan largo que ellas ya no se sienten como pecados para nosotros. Por lo tanto, si nos arrepintiéramos sinceramente, tendríamos que estar dispuestos a morir. Rabí Elazar ben Dordaya nos enseñó no sólo que la muerte puede resultar del arrepentimiento, sino que también nos enseñó que vale la pena y es permisible morir para lograr el arrepentimiento. [Para más detalle ver Mijtav MeEliahu, Vol 1].

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Arrepentimiento público

Veamos cómo esta enseñanza de Rav Jaim aplica al arrepentimiento público. Una cosa es que el individuo muera para lograr el arrepentimiento. ¿Pero qué ocurriría si todo el pueblo judío estuviera en un estado en el que el arrepentimiento sólo pudiera llegar por medio de dicho sacrificio? Si Dios aceptara su arrepentimiento, entonces todos tendrían que morir. Pero la supervivencia continua del pueblo judío es más importante incluso que el arrepentimiento perfecto.

Obviamente si el pueblo judío efectivamente muriera, estaríamos automáticamente al final de los días y sería el tiempo de la resurrección, y por lo tanto no morirían realmente después de todo. Pero sin embargo, mientras no hayan logrado aún lo que Dios siente que deben lograr antes de que la presente etapa de la historia humana finalice, sería prematuro traer el final del mundo y comenzar con la resurrección. Por lo tanto, para prevenir todo esto, Dios hizo un juramento de no aceptar el arrepentimiento que vendría a continuación.

Dios hizo un juramento de no aceptar el arrepentimiento que vendría a continuación.

En realidad, este pensamiento está perfectamente encapsulado en el propio discurso de Dios en el que explica Su juramento, el cual citamos anteriormente. Dios acentúa el hecho de que el pueblo judío lo había probado con su falta de fe diez veces; que esas pruebas vinieron a pesar de Su clara demostración a ellos de Su omnipotencia y de Su compromiso con ellos, tanto en Egipto como en el desierto. Por lo tanto, Dios está claramente explicando que dicha falta de fe era ahora un pecado habitual, el cual ya no se sentía como un pecado para su perpetrador y se había vuelto su forma natural de actuar en el mundo. El arrepentimiento de esto constituiría un punto de partida nuevo y no podría ser considerado como una continuación de un estado anterior de consciencia. Como tal, Él estaba forzado a hacer Su juramento para salvar la vida del pueblo judío.

Pero hay algo aún más profundo en la relación entre continuidad, pecado y arrepentimiento. La falta de continuidad lógica entre el presente y el pasado siempre es la marca espiritual de la tragedia, y esta es la emoción que expresa la palabra hebrea Eijá, la cual literalmente significa: “¿Cómo es posible?”.

Tres personas profetizaron utilizando la expresión Eijá: Moshé, Yeshayahu e Irmiyahu. Moshé dijo “Cómo es posible que sólo yo cargue con tu carácter contencioso…” Yeshayahu dijo [en la Haftará de esta semana, lo cual no es una coincidencia] “Cómo es posible que ella se haya vuelto una ramera; una ciudad creyente; estaba llena de justicia, en la cual podían pernoctar los justos, ahora esta llena de asesinos” (Yeshayahu 1:21), e Irmiyahu dijo “Cómo es posible, ¡ella se sienta en soledad! La ciudad que era tan poblada, ahora se ha vuelto como una viuda” (Lamentaciones 1:1).

Rabí Levi enseñó: “Estas tres profecías son una metáfora a una gran mujer con tres damas de honor: una que la vio en toda su majestad, una que la vio en sus días de locura y una que la vio en sus días de disolución final. De esta forma, Moshé vio a Israel en su grandeza y dijo: ‘Cómo es posible para una persona soportar…’ Yeshayahu vio a Israel en sus días de locura y dijo: ‘Cómo es posible que una mujer tan honorable se haya vuelto una ramera…’ Irmiyahu vio a Israel en su destrucción y dijo: ‘Cómo es posible que algo tan popular y de alto estatus se haya vuelto tan asolado’” (Eijá Rabá 1:1).

Al observar un fenómeno que parece no tener conexión racional con el mundo que le precede, la reacción humana natural es declarar “Esto no puede ser posible”. Estos tres grandes profetas estaban expresando su asombro por medio de la palabra Eijá. Es más, el pasaje del Midrash nos enseña que estas cosas aparentemente imposibles tienen una conexión entre sí.

Estos tres grandes profetas estaban expresando su asombro por medio de la palabra Eijá.

Moshé, quien no tuvo problemas para enfrentar solo al Faraón y para guiar solo al pueblo judío a su encuentro con Dios, miró al mismo pueblo en sus últimos días y declaró: “No es posible para un solo individuo guiar a un pueblo que se ha vuelto tan peleador. Yo podía guiarlos cuando hablaban con una sola voz, con un solo deseo; ya no puedo guiarlos cuando son tan desunidos y peleadores. Pero no logro comprender cómo una unidad espiritual tan grande pudo desintegrarse en el carácter contencioso que veo frente a mí hoy en día”.

Yeshayahu se refirió al tema de la desintegración espiritual en términos de justicia social. ¿Cómo es posible que el pueblo judío, el cual organizó a su sociedad en torno al mandamiento de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18) y al principio de responsabilidad mutua, se haya vuelto tan tolerante a la injusticia social? ¿Dónde está la continuidad con la gente que se paró a los pies del Monte Sinaí?

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El denominador común

Para apreciar completamente el denominador común que sigue a la secuencia de Eijá debemos enfocarnos en la Eijá de Irmiyahu:

Cómo es posible, ¡ella se sienta en la soledad! La ciudad que era tan poblada se ha vuelto como una viuda. La más grande de entre las naciones, la princesa entre las provincias, se ha vuelto tributaria.

Uno se cuestiona un poco lo que dijo Irmiyahu. No hay dudas de que no es placentero perder el poder y prestigio y quedar reducido al estatus de un estado tributario, pero ¿es así como habríamos elegido describir la tragedia de la destrucción y del subsecuente exilio? ¿No deberíamos haber lamentado primero la trágica pérdida de vidas judías y del hogar nacional? ¿Cuál es el significado de esta comparación con una viuda? ¿Por qué no lo compara con un huérfano?

La esencia del rol de del pueblo judío en el mundo es servir como intermediarios entre Dios y las naciones, “un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo 19:6). Una metáfora útil para expresar este rol sería comparar nuestra situación con la esposa de un importante y poderoso rey, un rey al que sólo se puede llegar por medio de la reina. Mientras el rey está vivo y funcionando, siempre hay una larga fila de gente esperando ver a la reina. Ella es halagada y elogiada y siempre está rodeada de quienes se quieren acercar a ella. Cuando el rey muere, su viuda lo pierde todo.

Ella ya no es buscada o requerida. Nadie hace fila para verla, y ella se sienta solitaria, rechazada e ignorada. Para una mujer como esta, la pérdida de su esposo representa la pérdida de todo lo que le daba propósito, importancia y estatus.

El Talmud (Guitin 56b) nos cuenta la siguiente historia: Cuando Titus entró al Templo antes de su destrucción, clavó su espada en la cortina que separaba el Santo Sanctórum del santuario y salió sangre del agujero que dejó su espada. Él gritó triunfantemente pensando para sí mismo que había asesinando a Dios.

El Maharal explica:

La partida de la presencia Divina de este mundo es similar a la muerte de un ser humano. La definición de vida humana, jaim en hebreo, es un alma habitando un cuerpo. El alma nunca muere; es el cuerpo el que se convierte en una masa inerte una vez que la vida lo deja. De la misma forma, todo el tiempo que el espíritu Divino descanse sobre el Templo, el Templo —como el corazón de la creación— latirá al pulso de la vida espiritual, y junto con él lo harán la tierra de Israel y el resto del mundo. Cuando la presencia de Dios se va, el Templo se convierte en tan sólo una estructura de ladrillos y cemento, un edificio igual a cualquier otro. En un sentido real, Israel, el guardián del Templo, puede ser llamado viuda. Dios, el esposo de Israel, ha removido Su presencia del mundo físico, igual como lo hace un alma humana.

Mientras el Templo estuvo en pie, Israel era un poder espiritual.

Mientras el Templo estuvo en pie, Israel era un poder espiritual. Era el sistema nervioso del mundo, una cultura que exportaba ideas. Las naciones se dirigían a ella para buscar guía en temas espirituales. Los judíos eran los pioneros y modelos a seguir. La destrucción del Templo nos transformó en un pequeño estado tributario en comparación a la corriente cultural del mundo. Ahora eran las superpotencias del mundo las que exportaban su cultura a nosotros en lugar de que fuese a la inversa. Su agenda espiritual era la que definía lo políticamente correcto.

Finalmente seremos capaces de entender el denominador común que hay entre las tres instancias de Eijá.

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Tres instancias de Eijá

El judío que se paró a los pies del Monte Sinaí no tenía ni siquiera un poco de carácter contencioso en él. Vivía en un mundo de perfecta claridad. Sabía que la vida de cada judío era valiosa y que tomaba su propio curso bajo la directa supervisión de Dios. No tenía ni siquiera un poco de deseo de pelear con nadie por ningún motivo. Pero este mismo judío perdió un poco de la claridad de esta visión al final de los cuarenta años de deambular por el desierto cuando Moshé le traspasó el mando a Yehoshua. Se había vuelto habitual para él cuestionar su fe, y como resultado de esto, había perdido permanentemente parte de la claridad de su visión. Ya no era perfecto en observar el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo. Se había vuelto contencioso.

Pero aún estaba completamente comprometido con el concepto de la responsabilidad mutua que era la contraparte de su amor perdido. Para cuando Yeshayahu vio a este mismo judío, su claridad había disminuido aún más y ya no estaba comprometido con la justicia social ni con la responsabilidad mutua. Amar a tu prójimo es un asunto de fe privada. Mantener una responsabilidad social es un tema de visión de grupo.

Cuando esta claridad de visión se debilita tanto en forma privada como pública, el judío que se paró a los pies del Monte Sinaí se vuelve una criatura completamente confundida. Al no tener la claridad de su propia visión, comienza a importar ideas de otra gente. Quizás las naciones tienen respuestas a los problemas que lo confunden, y quizás pueda liberase de esta confusión replicando su éxito.

Pero cuando el judío comenzó a importar estas ideas, comenzó a fallar en su propia misión.

Pero cuando el judío comenzó a importar estas ideas, comenzó a fallar en su propia misión de ser un reino de sacerdotes y una nación santa. Cuando esta falla llegó a cierto punto, el Templo, el foco central de esta visión, fue destruido; fue retirado por Dios.

Desde la destrucción del Templo, la lucha principal del judío que se paró a los pies del Monte Sinaí ha sido defenderse de la arremetida de las culturas extranjeras de forma de no desaparecer completamente de la faz de la Tierra. Como cualquiera puede ver si mira alrededor, esta lucha ha mostrado ser sumamente compleja. El judío que una vez estuvo parado a los pies del Monte Sinaí disfrutando de total claridad es a lo más una tenue sombra de sí mismo. Apenas ha sobrevivido.

Cuando Dios no acepta el arrepentimiento, el rejuvenecimiento espiritual que viene con el perdón y con la reconciliación nunca llega. El espíritu humano nunca se recupera. El verdadero significado de esperar por el Mesías es el intenso deseo por una recuperación espiritual. Mientras tanto, abofeteado por la historia, el espíritu humano sigue encogiéndose, y la claridad de su visión es cada vez más tenue.

Pero él aún es la misma persona, sólo que más pequeña. Aún es una continuación de lo que fue alguna vez, y la cadena que lo une con el judío que se paró a los pies del Monte Sinai en toda su majestad aún no se ha cortado. Aún no hay una necesidad absoluta de aceptar su arrepentimiento y de llevar la historia humana a un abrupto final. Todo el tiempo que no haya un quiebre entre el judío que se paró en el Monte Sinaí y el judío de hoy en día, el mundo podrá continuar a pesar de las lamentaciones de Eijá.

La tragedia más grande es la Eijá expresada por Dios a Adam luego de su pecado.

“Oyeron la voz de Dios que andaba en el jardín al atardecer; y Adam y su mujer se escondieron de Dios entre los árboles del jardín. Dios llamó al hombre y le dijo: ‘¿Dónde estás?’” (Génesis 3:8-9).

Este “dónde estas” está escrito como Eijá, y no tiene respuesta. A diferencia del judío que se paró a los pies del Monte Sinaí, quien puede ser una pálida sombra pero aún así estar vivo, Adam después de su pecado ya no podía ser encontrado.

Rabí Avahu abre su discusión sobre el Libro de las Lamentaciones (Eijá en hebreo) como sigue: “Pero ellos como Adam han transgredido el pacto” (Hoshea 6:7), este versículo es una referencia a Adam. Dios dijo: Yo traje a Adam al Jardín del Edén, le comandé y él transgredió; lo sentencié a exilio, lo expulsé y lamenté… Similarmente, con sus hijos: los traje a la Tierra de Israel; les comandé y ellos transgredieron; los sentencié al exilio, los expulsé y lamenté. Eijá, ella se sienta en soledad (Eijá Rabá, cuarta apretura).

A pesar de la comparación, nuestra Eijá es sumamente diferente a la de Adam. Su expulsión del paraíso fue permanente. Cuando Dios buscó a Adam, no pudo reconocer a la persona que Él había creado. Cuando Dios nos mira a nosotros, a pesar de todos nuestros errores, aún puede reconocer en nosotros el remanente de nuestros patriarcas. Mientras esto siga siendo cierto, nuestro pacto podrá sobrevivir, nuestra misión histórica podrá continuar y aún podremos esperar por el Mesías.