Tal como la parashá de la semana pasada presentó una gran cantidad de desconcertantes detalles sobre la construcción del Tabernáculo y sus utensilios, la parashá de esta semana nos bombardea con instrucciones sobre la confección de las vestimentas de los kohanim.

Como señalamos en nuestra discusión sobre el Tabernáculo, la clave para apreciar dichos detalles es entender que ni el Tabernáculo ni los Templos que le siguieron tenían como objetivo servir como “catedrales”; lugares de culto diseñados para infundir un sentimiento de reverencia por la majestuosidad de Dios en los corazones de sus visitantes. Estas estructuras judías fueron diseñadas en torno a la idea de servir como una morada para Dios; lugares en los cuales la Presencia Divina podía manifestarse de forma física. Como tales, no había una necesidad de que la estructura misma despertara un sentimiento de reverencia por Dios y por su majestuosidad. Dicho sentimiento estaba allí sin la necesidad de utilizar ningún tipo de apoyo físico; la Presencia Divina lo generaba.

Por lo tanto, debemos analizar las vestimentas de los kohanim con la misma perspectiva. El propósito de las vestimentas no era deslumbrar a la audiencia. No había ninguna necesidad de exponer ante los fieles la importancia de los kohanim por medio de vestirlos con maravillosas vestimentas. Su importancia era obvia dado que ellos servían en la casa de Dios. Para entender las instrucciones de Dios sobre dichas vestimentas debemos comprender que la apariencia de aquellos que las vestían era placentera ante Sus ojos. Intentaremos dilucidar qué es lo que Dios encontraba tan placentero en dichas vestimentas en particular. El primer paso para esto es explorar el poder de estas vestimentas.

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Ropas con el poder para expiar

Rabí Inimi bar Sason dijo: “¿Por qué la Torá enlistó las instrucciones sobre la ofrenda de sacrificios de forma adyacente a las instrucciones relativas a las vestimentas de los kohanim? Para enseñarte que tal como los sacrificios son ofrecidos para expiar por los pecados, asimismo las vestimentas de los kohanim también expían por los pecados (como sigue):

  • La túnica expía el pecado del derramamiento de sangre humana, como está escrito: “Ellos degollaron una cabra y sumergieron su túnica en sangre” (Génesis 37:31).

  • Los pantalones expían por los pecados resultantes del libertinaje sexual, como está escrito: “Les harás pantalones de lino para cubrir la carne de los órganos sexuales” (Éxodo 28:42).

  • El turbante expía por el pecado de la arrogancia. ¿Cómo sabemos esto? Rabí Janina dijo: algo que es vestido en lo alto [la parte superior de la cabeza es el punto más alto de un ser humano erecto] expía por el pecado de tenerse a uno mismo en alto.

  • El cinturón limpia el corazón de los pensamientos impuros; [también] sabemos esto de su ubicación (el cinturón estaba enrollado en torno al cuerpo del kohen justo por debajo de sus brazos, en la sección media).

  • El pectoral expía por el pecado de la mala ejecución de la justicia, como está escrito: “Harás un pectoral de justicia” (Éxodo 28:15).

  • El efod expía por el pecado de la idolatría, como está escrito: “Sin efod y trafim (talismán)” (Hoshea 3:4).

  • La bata expía por el pecado de lashón hara. ¿De dónde sabemos esto? Rabí Janina dijo: Sólo algo con una voz (la bata tenía campanas que sonaban cuando el Kohen Gadol caminaba) puede expiar por la voz del mal.

  • El tzitz expía por el pecado de la insolencia, como está escrito: “Estará en la frente de Aharón siempre” (Éxodo 28:38). Y fue escrito sobre la característica de personalidad de la insolencia: “Tienes la frente de bronce de una ramera” (Yirmiahu 3) (Talmud, Zevajim 88b).

¿Cómo puede ser que expiemos los pecados cometidos simplemente con el hecho de vestir ciertas ropas? La expiación es un proceso espiritual que requiere arrepentimiento, y el verdadero arrepentimiento sólo tiene lugar en las partes más internas del corazón humano, sin embargo ¡las ropas son completamente externas! El arrepentimiento y la expiación se tratan de quién eres realmente, ¡mientras que las ropas se tratan solamente de cómo te ves!

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Perdón

En hebreo existen tres palabras distintas para expresar la idea del perdón: mejilá, slijá y kapará. El Gaón de Vilna explica que estas palabras no son sinónimos; cada una de ellas expresa una idea diferente. Podemos tener una idea de los diferentes significados que expresan por medio de observar cómo utilizamos estas palabras en el rezo de la amidá: “Perdónanos (slaj) Padre ya que hemos pecado (jatanu), perdónanos (mejal) nuestro Rey ya que hemos transgredido (pashanu)”.

El texto de la plegaria asocia slaj con Dios Padre y con el tipo de pecado llamado jet, mientras que mejal se asocia con Dios Monarca y con el tipo de pecado conocido como pesha. El Gaón explica que esto no se trata de elocuencia poética, ¡sino de precisión quirúrgica!

El pueblo judío tiene una relación dual con Dios; somos Sus hijos y también sus súbditos. En términos de la relación padre-hijo, la principal consecuencia de nuestros pecados es la profanación del nombre de Dios ante los ojos de la humanidad. La gente tiende a evaluar a los padres en base a cuán pulidos y exitosos resulten ser sus hijos; cuando por alguna razón los hijos fallan, los padres sufren inevitablemente una pérdida de prestigio. ¿Cuán serio podemos tomarte siendo que criaste hijos tan patéticos? Cuando no vivimos según los estándares que nos fijó Dios —incluso si nuestra falla fue causada por dejadez o por falta de atención, y no por un acto activo de rebelión en contra de los edictos de Dios— estaremos pecando contra el aspecto de padre de Dios.

Este tipo de pecado es un jet, una palabra cuyo significado exacto es “un acto ilícito cometido sin pensar”, y el tipo de perdón que requiere se llama slijá en hebreo. Los padres que están decepcionados de sus hijos aún los aman, pero ya no están dispuestos a invertir en ellos. Si no puedo confiar en mi hijo, ya que quizás él desperdiciará los recursos que yo invertiré en su desarrollo, entonces prefiero no malgastar mi dinero y energía. En lugar de ayudar a mi hijo a hacer un mayor desastre, lo dejaré hacer el desastre a él solo y guardaré mis recursos para limpiar el inevitable caos que seguirá a continuación. Slijá significa que Dios, nuestro Padre, conservará su optimismo en relación a nuestro éxito y continuará invirtiendo en nosotros a pesar de nuestro pobre desempeño hasta ahora.

Como súbditos de Dios, nuestros pecados son dañinos actos de rebelión. A diferencia del padre, quien es vulnerable ante el descuido de sus hijos, el rey siempre tendrá suficientes sirvientes competentes para gobernar su reino, siempre y cuando sea percibido como alguien poderoso. Pero cuando su poder parece decaer, entonces la gente deja de tomar su régimen de manera seria. El respeto por la autoridad desaparece y cada uno comienza a preocuparse por sus propios deseos egoístas y se olvidan del bien común.

Los pecados de rebelión son conocidos como pshaim y el tipo de perdón que se requiere para ellos se conoce como mejilá. Este tipo de perdón representa la decisión del rey de continuar aceptando a sus desobedientes súbditos y de continuar otorgándoles los beneficios de la ciudadanía a pesar de su rechazo a la autoridad.

Pero incluso cuando el padre supera su reticencia y decide invertir más recursos en su decepcionante hijo; e incluso cuando el rey es persuadido y perdona al súbdito rebelde, las cosas nunca son iguales a como eran antes. El entusiasmo y la confianza se han ido irrevocablemente. Sin embargo, con Dios, tenemos la oportunidad de superar completamente el pasado mediante un proceso conocido como kapará.

Kapará, o “expiación”, es un nivel de perdón que no deja ninguna huella o marca del pecado y que le permite al pecador aparecer frente a los ojos de Dios como un ser fresco espiritualmente y limpio como en el día en que nació. Nosotros no pedimos por kapará en nuestros rezos diarios. Este nivel de perdón sólo puede ser alcanzado en ocasiones especiales como Iom Kipur.

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Cubriéndose

De acuerdo a nuestros sabios, las ropas de los kohanim no sólo traen perdón, sino que traen kapará, aquel nivel especial de perdón que borra todo recuerdo de pecado. Debemos investigar cómo esta idea —la cual pareciera simplemente profundizar el problema—, nos provee en realidad la clave para entender la expiación de las vestimentas de los kohanim.

En una sección anterior de la Torá podemos encontrar también la relación entre ropa y pecado. Luego del pecado de Adán y Eva en el paraíso, cuando ambos comieron del fruto del Árbol del Conocimiento, está escrito:

Entonces los ojos de ambos se abrieron y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosieron una hoja de higuera y se hicieron cobertores” (Génesis 3:7).

Más adelante, después de que Dios terminó de explicar las variadas consecuencias de aquel pecado, está escrito:

Dios confeccionó para Adán y su esposa vestimentas de pieles y los vistió” (Génesis 3:21).

En el capítulo 2 de la Guía de los perplejos, Maimónides señala un sorprendente fenómeno que se observa en la relación entre el primer pecado y la consecuente necesidad de cubrir la desnudez. Uno esperaría que el hecho de cometer un pecado debiera dejar al pecador en un estado menos sublime con respecto al nivel en el cual estaba antes de pecar. Sin embargo, lo contrario pareciera haber ocurrido luego del primer pecado de la historia.

Antes de que Adán pecara, él no percibía su desnudez y no se avergonzaba por ella. Fue sólo después de este pecado que “se abrieron sus ojos”. Aparentemente, el hombre adquirió su atributo más preciado —su gran inteligencia— como consecuencia de su pecado. ¿Acaso esto tiene algún sentido? Debemos analizar la respuesta de Maimónides, ya que ésta se relaciona directamente con nuestra discusión.

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Transformaciones

Maimónides explica que la consecuencia del pecado fue un incremento en las emociones, y no un incremento en el intelecto. Antes de cometer el pecado, si Adán percibía intelectualmente que cierta acción era necesaria para su supervivencia y/o que era moralmente correcta, el mismo hecho de darse cuenta de ello generaba el deseo emocional necesario para realizarla. Por otro lado, cuando él percibía que cierta acción era moralmente incorrecta o contraproducente, la percepción intelectual era suficiente para generar un sentimiento de repulsión hacia ella. Esta predominancia del intelecto por sobre las emociones desapareció después del pecado.

Hay un destacable pasaje del Talmud que describe la condición humana después del pecado de Adán:

El Talmud relata que luego de la destrucción del Primer Templo, los miembros de la Gran Asamblea abolieron con éxito la inclinación del mal hacia la idolatría. Inspirados por su éxito, ellos dirigieron su atención a la inclinación del mal por la sexualidad y decidieron destruirla también. Afortunadamente fueron precavidos y decidieron hacer una prueba de tres días de duración antes de realizar la destrucción final; para su sorpresa, descubrieron que luego de tres días sin inclinación del mal por la sexualidad no pudieron encontrar ni siquiera un huevo fresco. Consecuentemente, ellos decidieron dejar la inclinación sexual prácticamente intacta (Talmud, Sanhedrin 64a).

Este pasaje del Talmud indica que después del pecado de Adán, el hombre necesita la ayuda de la inclinación del mal para realizar incluso las acciones más necesarias. Debemos sentir lujuria para tener relaciones sexuales y reproducirnos, pese a que es obvio que la reproducción es necesaria para la supervivencia. Si no hay deseo, la gente no puede involucrarse en relaciones sexuales simplemente porque es necesario. Esto no es culpa de Dios. Cuando Él nos creó, nuestra inteligencia era nuestro principal motivador; fue nuestro propio pecado el que redujo el estatus de nuestra inteligencia y la transformó en “perro guardián” en vez de motivador.

Todo el tiempo que la mente de Adán controlaba sus motivaciones, sus deseos físicos tenían el mismo efecto en su comportamiento que la comezón que sentimos en nuestros pies cuando nos hacen cosquillas. Una comezón definitivamente es una sensación poderosa, pero en ningún caso es un motivador.

Desde el punto de vista netamente intelectual, los órganos sexuales no tienen ninguna diferencia con el resto de las partes del cuerpo humano y no hay nada vergonzoso en exponerlos a plena vista. Pero cuando el control sobre el comportamiento humano se traslada de la mente a las emociones, entonces los órganos sexuales se diferencian del resto de la anatomía humana y su exposición se vuelve de hecho vergonzosa. Veamos si podemos apreciar cómo ocurre esto.

La transformación que trajo el pecado no alteró nuestra imagen sobre nosotros mismos. Nosotros todavía sentimos que somos criaturas racionales y que nuestra mente está en control de lo que hacemos. Obviamente nosotros sabemos que este sentimiento de control es más ilusorio que la realidad. ¿Cuántas veces hemos tenido el sentimiento de “Por qué tengo tantos problemas para hacer esto si yo sé que es lo correcto”? Puede que experimentemos este sentimiento en muchas áreas de la vida, pero por lo general lograremos hacernos creer —tanto a nosotros mismos como al resto—, que de todas formas somos seres racionales.

Desafortunadamente, la pérdida del control intelectual sobre el comportamiento humano está claramente manifiesta en nuestra anatomía. El recordatorio constante de nuestra pérdida de control mental es la aparente independencia de los órganos sexuales, los cuales no le prestan ninguna atención a nuestro raciocinio y reaccionan como quieren, sin importar cuán inapropiadas sean las circunstancias. Si alguna vez nos las arreglamos para olvidar nuestro poderoso lado irracional, ellos siempre estarán allí para recordarnos quiénes somos en realidad. Cubrir esta desnudez fue la forma de Adán de intentar esconder su vergonzoso secreto: la dicotomía que había entre sus pasiones y su razón.

De hecho, la existencia de dicha dicotomía es la fuente de todas nuestras transgresiones. Por cuanto que no podemos hacer nada que no deseemos al menos un poco —incluso si estamos totalmente convencidos de que es lo correcto—, estamos en serios problemas cuando nuestras mentes y nuestros deseos entran en conflicto.

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Conflicto de mente y corazón

Imagina un inmigrante judío que llega a América convencido de que su negocio sólo tendrá éxito si él abandona su observancia de Shabat. En su mente, él sabe que observar Shabat es lo correcto de hacer, y que la ley judía exige que él observe las leyes de Shabat incluso si la consecuencia de esto es la bancarrota y el fracaso.

En su corazón, él quiere desesperadamente triunfar en el nuevo mundo y escapar finalmente de la despreciable pobreza de la cual había huido. Su cabeza es totalmente inflexible. Él no puede controlar su deseo de tener éxito y de volverse independiente financieramente, ni tampoco puede eludir su constatación de que lograr el éxito depende de dejar de observar Shabat.

Él tiene que tomar una de las siguientes tres opciones:

  1. Puede renunciar a su sueño de ser exitoso.
  2. Puede dejar de observar Shabat, pero igualmente seguir creyendo que está cometiendo un gran pecado cada vez que va a trabajar en Shabat.
  3. Puede cambiar su pensamiento sobre la necesidad moral de observar Shabat e ir a trabajar con la conciencia tranquila.

Lo único que no puede hacer es desear observar Shabat bajo tales circunstancias. ¿Acaso nos sorprende el hecho de que cerca de tres millones de judíos que inmigraron a Estados Unidos entre 1800 y la Segunda Guerra Mundial hayan dejado de observar Shabat?

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Las vestimentas como constructoras de imagen

Resumamos lo que hemos descubierto hasta ahora. La historia del pecado de Adán nos enseña que protegernos del exterior no es la principal razón para utilizar vestimentas. Las vestimentas fueron inventadas principalmente para ocultar el hecho de que nosotros somos en realidad gobernados por nuestras pasiones. Ellas están diseñadas para dar la impresión de que nosotros no hemos cambiado, sino que todavía seguimos los dictámenes de nuestra razón.

A pesar de la caída que causó el pecado de Adán en la humanidad, nosotros aún creemos que somos controlados por nuestra razón, e instintivamente cubrimos el hecho de que en realidad es la pasión la que nos domina, al ocultar los principales símbolos de nuestra pasión.

 

Las vestimentas, al servir como una capa aislante ente nosotros y el mundo exterior, nos permiten proteger la imagen que deseamos proyectar y ser capaces de superar el trauma que sería permitir que otros den un vistazo a quienes somos en realidad.

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La verdadera imagen

Pero hay otro aspecto sobre las vestimentas.

Supón que alguien trabajó realmente duro para perfeccionar su personalidad y logró situarse bajo el dominio de la mente hasta que su comportamiento realmente llegó a parecerse al de Adán antes del pecado. ¿Cómo podría uno lograr dicha hazaña? ¡Obviamente mediante la observancia de la Torá! La multitud de mandamientos y prohibiciones que hay en la Torá están allí para enseñarnos a comportarnos como seres racionales controlados enteramente por el poder de la razón.

El pecado de Adán sólo transfirió el control sobre sus emociones y deseos desde su mente a su corazón. Pero la mente de todas formas se quedó con el control sobre las acciones. El comportamiento humano refleja las decisiones que toma la mente humana. Lo que hemos descubierto es que la mente se ha vuelto incapaz de tomar decisiones totalmente racionales por causa del poder de los impulsos y las emociones, las cuales ya no controla. La Torá nos enseña a comportarnos como si la mente aún controlara nuestras motivaciones más básicas y elimina así la confusión que causa la confrontación mente-emoción.

Tú eres mi oveja, el rebaño que yo pastoreo; tú eres Adán” (Ezequiel 34:31), eso quiere decir que tú, Israel, eres llamado Adán; sin embargo, las naciones del mundo no son Adán” (Talmud Yevamot 61b).

Al verse enfrentado al desconcertante laberinto que forman una gran cantidad de motivaciones, ninguna de las cuales se origina en la mente, el hombre necesita una guía que le enseñe a comportarse como si aún fuera un ser puramente racional. Las Mitzvot de la Torá fueron diseñadas para esto y por lo tanto Israel, que aceptó la Torá, aún es un reflejo de Adán tal como era antes de su pecado.

Por lo tanto, la información que contiene la mente del judío que sigue la Torá es la misma que contenía la mente de Adán antes de su pecado: un producto solamente de la razón. Su comportamiento es el mismo; solamente sus emociones son diferentes.

En el caso del judío, vestir ropas que estén diseñadas para representar el estado ideal del ser humano no sería una falsedad; ya que dichas ropas proyectan con precisión el ser interno ideal que su comportamiento exterior refleja realmente. Este tipo de vestimentas realmente constituyen un tipo de kapará, la remoción de la mancha que dejaron las trazas del pecado.

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Las vestimentas del Kohen Gadol

El Kohen Gadol vestía ocho prendas:

Túnica

La capa más interna, junto a la piel, representa las emociones más básicas y primitivas del ser humano. En el nivel más primitivo, yo sé que mis asuntos no son más importantes que los del resto, pero en mi corazón yo estoy listo para matar a cualquiera que se interponga entre yo y mis intentos por satisfacer mis deseos.

La túnica es una kapará para estos agresivos impulsos. El comportamiento del kohen hacia otros está gobernado por el mandamiento de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18) y esto refleja su mente en lugar de su corazón.

Pantalones

En mi mente me doy cuenta que el propósito del impulso sexual es poblar el mundo y ayudar a consolidar la relación entre hombre y mujer con el poderoso lazo del amor romántico. En mi corazón quiero inmiscuirme en el sexo tan sólo para satisfacer mi lujuria.

Los pantalones son una kapará para los impulsos sexuales ya que el comportamiento en esta área de quien los viste está gobernado por las leyes de la Torá.

Turbante

En mi mente entiendo que mi importancia en el gran esquema de las cosas no puede estar por sobre la de otros seres humanos; después de todo, todos somos creaciones de Dios. Pero en mi corazón siento que yo soy el centro del universo.

El turbante sirve de kapará para estos sentimientos de altivez en aquella persona que actúa con humildad ante los demás.

Cinturón

La agitación y confusión internas que me llevan por el mal camino provienen de mi incapacidad de distinguir entre los pensamientos que son generados por los deseos de mi corazón y aquellos que son productos puramente de mi razón.

El cinturón que vestía el kohen representa la determinación de eliminar esta confusión por medio de contrastar cada pensamiento con los dictámenes de la Torá.

Tanto el kohen gadol como el resto de los los kohanim vestían estas cuatro prendas. Sin embargo, las cuatro prendas restantes eran vestidas sólo por el kohen gadol.

Concluyamos con el siguiente pensamiento. La palabra para referirse a vestimentas en hebreo es begued, la cual está compuesta por las letras bet, guimel y dalet. La palabra en hebreo para ‘traición’, beguidá, está formada por las mismas letras.

Estas letras también son secuenciales; son la segunda, tercera y cuarta letra del alfabeto hebreo.

Las vestimentas tienen un aspecto dual. O bien son un disfraz que viste el traidor para intentar ocultar su fechoría, o bien fluyen naturalmente desde el número uno, y nos permiten rastrear al usuario hasta su verdadera Fuente.