La Torá registra la primera orden que emitió Dios al primer judío, y ésta marca la pauta para toda la historia judía que sigue a continuación. En la primera de Sus órdenes, Dios le ordenó a Abraham abandonar su tierra natal, su cultura y su familia, y seguir a Dios hacia lo desconocido.

Más aún, Dios le informó a Abraham que el hecho de cortar sus lazos terrenales no tenía únicamente como propósito su edificación espiritual; sino que su prosperidad material también dependía de ello. El obtendría fama, riqueza y descendencia si seguía a Dios hacia lo desconocido, mientras que moriría sin hijos si se quedaba donde estaba.

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Los parámetros de la existencia judía

El pueblo judío no es como los demás pueblos. Su prosperidad no depende de los factores típicos de la economía, de sus habilidades o de sus conexiones (que son los inputs significativos de: país de nacimiento, cultura y familia), sino que son dependientes de Dios. Para sobrevivir y prosperar, los judíos tienen que vivir donde Dios les dice, no donde ellos consideran más apropiado, y tienen que hacer lo que Dios les dice, en vez de seguir su propio juicio en base a las alternativas disponibles.

Si siguen esta receta entonces prosperarán tal como lo hizo Abraham, a pesar de que todo esté inclinado en su contra: que sean demasiado viejos para empezar una familia o abrir un negocio, que no hablen el idioma o que los habitantes locales sean generalmente hostiles. (Muchos de nosotros tenemos padres o abuelos que son testimonios vivientes de esta realidad. Establecieron segundas familias y obtuvieron éxito financiero en el nuevo mundo después del Holocausto, cuando eran realmente demasiado viejos, no podían hablar el idioma y no tenían ninguna conexión o familia).

Para entender las profundas implicancias del patrón establecido por Lej Lejá, debemos tener en mente que la aceptación de esta orden es llamada una de las diez pruebas de Abraham que son mencionadas en Pirkei Avot (5:4). Estas pruebas son descritas en gran detalle en Pirkei de-Rabí Eliezer (Capítulos 26-32), donde Lej Lejá es listada como la tercera prueba (Cap. 26).

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Lej lejá como una prueba

A primera vista parece extraño referirse a esta orden como una prueba. ¡Visualiza la situación! Dios mismo se le aparece a un hombre perseguido (ver la historia de su confrontación con Nimrod más adelante en este mismo ensayo), de 75 años y sin hijos. Él le informa que todo lo que tiene que hacer es seguir las instrucciones de Dios y mudarse a otro país, y entonces, Dios mismo asumirá la responsabilidad de transformarlo en un hombre rico, famoso y con hijos. Aquellos que le ayuden gozarán de buena fortuna, mientras que aquellos que se le opongan serán maldecidos por Dios. Dios le promete que la magnitud de su éxito será tal que el más ferviente deseo de la humanidad será “¡si tan sólo yo pudiera ser como Abraham!”. A primera vista, ¡esto parecería ser una prueba que todos estaríamos muy felices de aceptar!

Sólo podemos llegar a comprender la enormidad de lo que está en juego en esta prueba si la analizamos en términos de seguridad. Dios le hizo otra promesa a Abraham en nuestra parashá:

Después de estos eventos, la palabra de Dios vino a Abram en una visión, diciendo, “No temas Abram, Yo soy un escudo para ti; tu recompensa es muy grande” (Génesis, 15:1).

Esta idea de Dios como ‘escudo de Abraham’ es tan fundamental en nuestra relación con Él, que terminamos la primera bendición de nuestra plegaria silenciosa, la Amidá, con las palabras: “Bendito eres Tú, Dios, escudo de Abraham”.

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La seguridad es la preocupación más grande del hombre

El escudo es un símbolo universal de seguridad. Dado que la seguridad es siempre nuestra mayor preocupación, es la primera idea que mencionamos en la plegaria de la Amidá.

Seguridad es el defecto oculto en las bellas promesas de Lej Lejá. Ser de los beneficiarios del tesoro de Dios es fabuloso, pero aceptar a Dios como la fuente de nuestra seguridad no es una idea tan confortable. Nunca me puedo sentir realmente tranquilo cuando mi seguridad está en manos de otro. La sangrienta historia del pueblo judío ampliamente atestigua las desventajas de la falta de control sobre nuestra propia seguridad. De hecho, los sabios del Talmud, cuyo absoluto compromiso a los dictámenes de Dios está fuera de cuestionamiento, reconocían en forma unánime que ceder el control sobre nuestra seguridad constituía una pesada carga. Ellos lo llamaron “aceptar el yugo de los mandamientos”.

“Rabí Yehoshua ben Karja enseñó: ¿Por qué el primer párrafo del Shemá precede al párrafo de Vehayá im shamoa?: Para que de esta forma la persona acepte sobre sí misma el yugo del cielo antes de aceptar sobre sí misma el yugo de los mandamientos” (Brajot, 13a).

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El yugo de los mandamientos

El segundo párrafo del Shemá es el lugar donde la Torá declara en forma más explícita que Dios es la fuente de la seguridad del pueblo judío.

Y ocurrirá que si ustedes prestan continuamente atención a mis mandamientos que les He ordenado hoy, de amar a YHVH su Dios, y servirle con todo el corazón y toda el alma, entonces Yo proveeré lluvia para sus tierras en el tiempo adecuado, las lluvias tempranas y las tardías, para que puedas recolectar tu grano, tu vino, y tu aceite. Proveeré la hierba en tus campos para tu ganado, y comerás y estarás satisfecho. Pero tengan cuidado, no sea que el corazón de ustedes sea seducido y tomen el mal camino y sirvan a otros dioses y se postren ante ellos. Entonces la ira de Dios arderá en contra de ustedes. Él restringirá el cielo de manera que no habrá lluvia, y la tierra no otorgará su producción. Y serán rápidamente desterrados de la buena tierra que Dios les ha dado.

Así, resulta que el “yugo de los mandamientos” es la innovadora noción de seguridad presentada en este párrafo. Se nos informa que nuestra seguridad física no está relacionada con la calidad o la intensidad del esfuerzo que le dediquemos a la cría de ganado o a la defensa del país. Nuestro apego a Dios, y nuestro nivel de observancia de Sus mandamientos, son los únicos determinantes de nuestra prosperidad y seguridad en este mundo. A diferencia de otros miembros de la humanidad, quienes controlan sus propias vidas —en el sentido de que su prosperidad y seguridad es al menos estadísticamente proporcional al esfuerzo y al trabajo invertido— el bienestar del judío se encuentra únicamente en las manos de Dios, y es completamente producto de la relación hombre/Dios.

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La noción de seguridad de Dios parece ser limitante

Tal noción de seguridad es limitante por decir lo menos. Al suscribirse a tal acuerdo de seguridad, los judíos ceden el control de sus vidas a Dios, transformándose efectiva y voluntariamente en Sus dependientes. Ya no poseen más la autonomía o la autosuficiencia generalmente asociada a la libertad y a la confianza en uno mismo. Son constantemente forzados a mendigar miserablemente por la ayuda de Dios y sus vidas están llenas de la ansiedad característica de alguien que depende de otro. Es justamente por esto que el mandamiento de Lej Lejá mencionado anteriormente es considerado una de las diez pruebas de Abraham; quizás incluso la más grande de sus pruebas.

Rashi explica Lej Lejá: “[Vete de tu tierra] por tu propio bien y beneficio”. ¿Cómo es beneficioso Lej Lejá? ¿Por qué Dios le ofreció a Abraham, su amado sirviente, un acuerdo de seguridad que tenía un inconveniente tan poderoso?

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El poder de Lej Lejá para liberar

Cuando observamos este novedoso acuerdo más de cerca, encontramos que en vez de limitante resulta liberador. Los seres humanos no ejercen un aporte significativo al universo físico. Dios creó este universo con leyes fijas que no son enmendables ni están sujetas a cambios. No podemos hacer que la fuerza de gravedad aleje a los objetos, no podemos alterar la velocidad de la luz y tampoco podemos manipular la fórmula química del agua. A través de la ciencia somos capaces de descubrir las leyes que gobiernan el universo, y de hecho, se ha alcanzado un gran desarrollo en esta área, especialmente en los últimos dos siglos, pero una vez descubiertas las leyes del juego habremos alcanzado nuestro límite. Teóricamente, cuando la ciencia descubra todos los misterios del mundo natural, el procedimiento a seguir que maximizará las posibilidades de cualquier situación dada resultará obvio.

Las elecciones creativas no existen en el universo natural. Puesto que las reglas son fijas, la solución óptima siempre está presente. Una vez que entendamos los procesos de la naturaleza completamente, tendremos tres opciones: 

  1. Seguir la solución optima dictada por nuestro conocimiento.

  1. Elegir permanecer ignorantes de las reglas y por lo tanto desconocedores de la solución.

  1. Ignorar la solución optima y seleccionar una alternativa peor.

En términos humanos, nuestras únicas verdaderas opciones son permanecer ignorantes o ser indisciplinados.

Las alternativas existenciales disponibles para la humanidad en el universo físico son igualmente limitadas. Las elecciones más significativas en la vida del ser humano se reducen a seleccionar una de entre similares alternativas, tales como elegir una carrera en medicina versus una en leyes o contabilidad, seleccionar a un buen amigo de entre un grupo de personas bastante homogéneo, y así sucesivamente. Tales aportes en aras de la expresión de nuestra individualidad parecen bastante triviales en su conjunto.

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Apuntando a la inmortalidad

No es que tales alternativas no sean importantes para el individuo en cuestión. Pero la tradición judía nos enseña que Dios está interesado en otorgarle al hombre la inmortalidad. La adquisición de vida eterna requiere expresiones del espíritu humano que puedan servir racionalmente como bases de la inmortalidad individual. Si el hombre ha de sobrevivir a su muerte física como un individuo, él debe mostrar aportes trascendentales para la expresión de su espíritu creativo. Sabemos que su cuerpo muere; es sólo su mente la que puede perdurar. Si la mente carece de formas significativas de expresión creativa mientras el hombre se encuentra en este mundo físico, ¿puede acaso la inmortalidad personal ser realmente aceptada como una expectativa realista?

Es en términos de esta pregunta que debemos entender los beneficios del nuevo acuerdo de seguridad que fue descrito más arriba. El universo físico es meramente el escenario para las actividades significativas del hombre, y no el determinante de su destino. Su misión en la vida se trata únicamente de Kidush Hashem, la santificación del nombre de Dios.

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La habilidad del hombre para santificar el nombre Divino

Todo ser humano es creado a imagen de Dios y representa una expresión única del espíritu Divino. La forma en que cada ser humano expresa este espíritu Divino en el mundo es el único producto trascendente de su visión y personalidad particular, y constituye la expresión más verdadera de la creatividad individual innata del hombre. La tarea del hombre no es alcanzar estabilidad económica o seguridad, y fue advertido respecto al trágico error que resulta de invertir demasiada energía creativa en esta área.

En el mandamiento de Lej Lejá Dios le informa a Abraham que él no necesita preocuparse del universo físico; éste se adaptará siempre a sus requerimientos siempre y cuando él se mantenga ocupado en su verdadera tarea: el servicio de Dios y la santificación de Su nombre. No existe verdadera seguridad en la lucha por la supervivencia física durante el breve período de tiempo que el hombre se encuentra vivo en este planeta. Este preciado tiempo debe ser utilizado para llevar a cabo la tarea real del hombre, la búsqueda de un lugar para “mantenerse en pie” eternamente.

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La seguridad es en términos de la recompensa

El acuerdo de seguridad es exactamente como fue enunciado; “No temas Abram, Yo soy un escudo para ti; tu recompensa es muy grande”. La promesa no ofrece seguridad física en este mundo, sino que promete asegurar la recompensa de Abraham. En efecto, Dios le garantiza a Abraham su recompensa en el mundo por venir a cambio de depositar su seguridad en este mundo en las manos de Dios.

Al emitir la orden de Lej Lejá, Dios liberó a Abraham y a sus descendientes de la tiranía del cuerpo, y les dio la oportunidad de concentrar sus esfuerzos en el desarrollo de sus almas. Fueron invitados a invertir sus energías en el área que no está definida por las rígidas reglas que dominan el universo creado, el único lugar donde Dios dejó una apertura para la introducción de un genuino aporte novedoso.

Pero hay algo muy desconcertante en todo esto. La tradición judía enseña que el propósito de la creación fue ofrecer vida eterna a todos los seres humanos. ¿Por qué Dios seleccionó a Abraham de entre todo el resto de la humanidad para hacerle únicamente a él esta oferta? ¿No debería acaso habérsela hecho a todo el mundo?

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Qué hace a Abraham tan especial

El Gaón de Vilna en cierta ocasión ofreció lo que él consideraba era el mayor elogio posible a la famosa obra de ‘mussar’ de Rabí Moshe Jaim Luzatto, Mesilat Iesharim (La senda de los justos). Él dijo que no hay ni una sola palabra extra en los primeros capítulos del libro.

Este elogio aplica incluso aún más a la monumental obra de Maimónides, Iad Jazaká. Maimónides se las arregló para incorporar cada una de las leyes de la Torá que aparecen tanto en el Talmud Babli como en en el Ierushalmi y en otros textos Tanaicos, en los catorce relativamente cortos tomos que componen esta monumental obra. La estima que todos los grandes eruditos de la Torá tienen por esta obra es tan alta, que los comentaristas acuñaron la frase, “Desde los días de Moshé [ben Amram, quien escribió la Torá según le era dictado por Dios] hasta los días de Moshé [ben Maimón, Maimónides] no hubo ninguno que estuviera a la altura de Moshé”.

Alejándose en forma muy extraña de lo que constituye su usual estilo de escritura, Maimónides dedica el primer capítulo completo de sus Leyes de Idolatría a una exposición histórica de la idolatría y de cómo Abraham fue el primer ser humano en refutarla. Él hace hincapié en el hecho de que Abraham alcanzó la verdadera visión de Dios —la cual le permitió sobreponerse a la ancestral equivocación humana de la idolatría— todo por su propia cuenta, sin ningún tipo de ayuda. Fue en reconocimiento de la grandeza de este logro y de la exactitud de la visión de Abraham, que Dios elevó a Abraham al nivel de profecía y le otorgo el mayor reconocimiento posible al comunicarse con él personalmente.

Nuestros Sabios también elevan a Abraham a un status casi súper-humano. “Estos fueron los productos del cielo y la tierra cuando fueron creados…” (Génesis 2:4, el párrafo que describe la creación del hombre en detalle). La palabra “creados” en este versículo se lee en hebreo como behibaram; reordenando las letras obtenemos b’abraham; de aquí es que los sabios aprenden que el mundo fue creado por causa de Abraham: el hecho de que existiría en el futuro un ser humano como Abraham justificaba todo el esfuerzo Divino de la creación (Bereshit Raba 12,9).

Pero, ¿por qué Abraham era tan especial? ¿Qué hay de Noaj? Ciertamente él no era un idólatra. ¿Y qué hay de Shem y Ever, quienes establecieron una Ieshivá en la cual estudió Iaakov? Estas personas eran mayores que Abraham, entonces, ¿cómo sabemos que Abraham no aprendió todo lo que sabía de ellos? ¿Por qué estas personas justas no reprendieron y corrigieron a los idólatras mucho antes de que Abraham entrara en escena?

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El horno ardiente

Una de las historias más conocidas de Abraham es la historia de su confrontación con el malvado emperador Nimrod. Maimónides relata que cuando Abraham llegó a la conclusión de que la idolatría era una tontería, no se quedó callado al respecto, sino que inició una agresiva campaña para convertir y convencer a toda la humanidad de su punto de vista. La clave del secreto de Abraham es que él fue el primero en tomar para sí mismo la misión de santificar el nombre de Dios. Es cierto que la Torá nos ordena santificar el nombre de Dios, pero él vivió antes de la era de los mandamientos; él aceptó esta misión en forma voluntaria.

Maimónides nos cuenta que Abraham fue tan exitoso en su misión, que con el transcurso del tiempo llegó a tener decenas de miles de seguidores. Su inmensa popularidad eventualmente amenazó la estabilidad del régimen de Nimrod y el rey decidió arrestarlo.

En un juicio público muy publicitado, Nimrod le ofreció a Abraham dos opciones: renunciar a sus radicales ideas o morir en un horno ardiente. Abraham se negó a renunciar a sus creencias y fue consecuentemente arrojado dentro del horno, del cual salió milagrosamente intacto. Así cuenta la historia.

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La clave de la grandeza de Abraham

La clave de la grandeza de Abraham se encuentra en esta historia. Abraham todavía no había hablado con Dios en este punto de su carrera. Él no tenía noción alguna del mandamiento de santificar el nombre de Dios por medio de entregar su vida. No tuvo ningún ejemplo que lo guiara.

Los grandes tzadikim que vivieron antes que él no tomaron para sí mismos la misión de santificar el nombre de Dios hasta el punto del auto sacrificio. Ellos enseñaban este concepto a quien preguntara, pero no intentaron sacudir al mundo. Ellos sabían que esto los llevaría a un enfrentamiento con las autoridades. Si Dios les hubiera ordenado predicar la verdad al mundo incluso arriesgando sus vidas, ciertamente lo hubieran hecho. Pero en la ausencia de tal mandamiento Divino, ¿qué es lo que hacía que arriesgar sus vidas fuese lo correcto?

Entonces, ¿qué fue lo que hizo que Abraham decidiera someterse a tal martirio? ¿Quién le dijo que eso era lo correcto? ¡Seguro que habría sido más sabio continuar viviendo! ¿Qué es lo que lograría por medio de morir voluntariamente? ¿Por qué no era mejor continuar viviendo y predicando?

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Abraham inventa “Lej Lejá”

La respuesta es que fue realmente Abraham quien inventó “Lej Lejá”, y no fue Dios quien lo impuso sobre él. Abraham concluyó por sí mismo: Si mi visión del mundo es correcta, yo no fui puesto en el mundo para preocuparme de mi bienestar físico o económico. Dios no dotó al hombre con inteligencia para que pueda convertirse en un mono o caballo más exitoso. Dios me dotó de inteligencia para que yo pueda descubrir el camino para encontrarlo a Él y para hacer Su voluntad.

Si esto es correcto, entonces tiene sentido dejar la preocupación por mi bienestar físico y económico en las capaces manos de Dios y preocuparme de cómo puedo servirlo a Él. Esta situación en la que me encuentro involucrado no pasó por accidente, ocurrió porque intenté servir a Dios santificando su nombre. ¿Realmente pienso que actué de manera incorrecta?

Si realmente creo en mi visión, entonces tengo que considerar que la situación en la que me encuentro es una prueba enviada por Dios. Él quiere ver realmente cuán serio soy respecto a santificar Su nombre. Si lo miro desde esta perspectiva, lógicamente, ¿qué es lo que Dios quiere de mí? ¿Acaso dediqué mi vida a enseñar que la santificación del nombre de Dios es el único verdadero propósito de la existencia humana sólo para terminar renunciando a Dios en público y sometiéndome a este tirano, demostrando así que la supervivencia física y la seguridad toman precedencia por sobre todos los otros valores?

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La garantía de redención

El final de la primera bendición de la Amidá recalca también el hecho de que Dios traerá al Redentor a los tataranietos de Abraham. El acuerdo de seguridad está plenamente vigente. La sangrienta historia judía encontrará su compensación. Quizás renunciamos a la seguridad en este mundo, pero nuestra recompensa está asegurada. Ninguno de nosotros habrá vivido en vano.

La seguridad de la que hablamos es sobre la supervivencia de los logros de la humanidad, y no sobre la entrega de bienes materiales. La parte que le corresponde a Dios en el acuerdo que hizo con Abraham consiste en que Él se encargará de que todos sus descendientes retengan los beneficios de sus logros, asegurándose que cada uno de ellos obtenga su recompensa. Creemos que las grandes dificultades de la historia judía son causadas por la necesidad de cumplir con esta promesa.

La historia judía es la más clara santificación del nombre de Dios. Después de todo este tiempo y de haber atravesado grandes sufrimientos, todavía nos encontramos aquí y todavía seguimos ocupándonos de nuestro negocio nacional de santificación del nombre de Dios por medio de someternos a nuestro especial y único acuerdo de seguridad. Hemos emergido vivos de cientos de hornos ardientes y aún seguimos a Dios rumbo a lo desconocido.