El mundo ha estado al borde de la perfección dos veces en la historia. La primera ocasión fue la creación de Adán, quien nació en el Jardín del Edén, obra de las manos de Dios. La segunda fue el Éxodo, cuando Israel recibió la Torá en el monte Sinaí.

Si el pecado no hubiera asomado su fea cabeza, nuestra existencia actual habría llegado a un abrupto final y Dios habría dado paso al Mundo por Venir. Esta idea aparece en el siguiente pasaje del Talmud:

Rabí Iojanán enseñó: “Cuando la serpiente tuvo relaciones sexuales con Eva, insertó su defecto en la especie humana. Israel, que estuvo en el monte Sinaí, fue limpiado de dicho defecto; quienes no estuvieron en el monte Sinaí nunca lo perdieron” (Talmud, Yevamot 103b).

El Maharshá (quien probablemente fue el primer comentarista en explicar de forma sistemática las porciones hagádicas del Talmud) explica:

Adán fue creado a imagen de Dios. Su neshamá, o alma, fue tomada de los cielos. Su cuerpo fue formado de una porción especial de tierra tomada del lugar espiritualmente más puro del mundo, el lugar que más adelante serviría como la base para el Altar del Templo, el mismo punto a partir del cual fue creada la Tierra. Adán era único en el mundo inferior —tal como Dios era único en los cielos—, y como una expresión de su singularidad los seres humanos fueron creados solos y sin pareja, a diferencia de los otros seres vivientes, los cuales hicieron su aparición inicial como especies completas.

¿Qué significa “la serpiente tuvo relaciones sexuales con Eva?”.

La expresión de que “la serpiente tuvo relaciones sexuales con Eva por medio del pecado” significa realmente lo siguiente:

La serpiente planeó la muerte de Adán causando que él pecase (Dios le había dicho a Adán que el día que él pecase, se convertiría en una criatura mortal), para así poder casarse con Eva. La idea de relación sexual o matrimonio con Eva simboliza el hecho de que luego de su pecado, Adán se volvió parcialmente tamé, o espiritualmente impuro, al igual que las otras criaturas del mundo inferior con quienes la serpiente podía entrar en contacto.

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Pérdida de la singularidad

Como resultado de su pecado, Adán perdió su singularidad: ser una imagen perfecta de Dios. Como consecuencia de esto, él se volvió vulnerable al contacto con la serpiente y, por lo tanto, perdió su inmortalidad, dado que el Ángel de la Muerte es uno de los secuaces de la serpiente.

Esta era la condición humana hasta que Israel se paró a los pies del monte Sinaí, momento en el cual perdieron todo defecto tamé que había causado el pecado de Adán y, nuevamente, una porción de la humanidad recuperó su singularidad y recuperó la pureza de haber sido creados completamente a imagen de Dios, como está escrito:

Yo dije: ustedes son como Dios… pero sin embargo morirán como los hombres” (Salmos 82:6-7).

A pesar de que no lo cita, el Maharshá claramente se está refiriendo al pasaje del Talmud que declara que el pueblo judío sólo aceptó la Torá para que el Ángel de la Muerte no tuviera nunca más ningún tipo de dominio sobre ellos, “como está escrito, Yo dije: ustedes son como Dios… pero sin embargo [dado que se impurificaron con sus propias acciones] morirán como los hombres” (Avodá Zará 5a).

La pureza de Adán antes del pecado lo mantenía fuera del alcance de la serpiente y por lo tanto a salvo de las garras del Ángel de la Muerte, y los judíos que se pararon a los pies del monte Sinaí recuperaron dicho estado de pureza y fueron nuevamente candidatos para la inmortalidad. El pecado del becerro de oro es, por lo tanto, la contraparte exacta del pecado de comer del fruto del Árbol del Conocimiento. Estos dos pecados reintrodujeron la muerte por medio de reestablecer el contacto entre el hombre y la serpiente.

Cada uno de estos pecados se originó en un deseo de conectarse totalmente con Dios.

Pero también tenían otra cosa en común. Cada uno de estos pecados se originó a partir de una falla en la represión de un deseo —que todos nosotros deberíamos aspirar a sentir y que estaríamos agradecidos de alcanzar—, el deseo de conectarse totalmente con Dios.

Para poder conectarse completamente, Adán sabía que tenía que emular a Dios. Ésta es la forma de acercarse más a Él: elegir con nuestro libre albedrío parecernos a Dios por medio de imitar Sus características de personalidad que están reveladas. El mandamiento de vahalajta bidrajav, “irás en los caminos de Dios”, expresa esta idea fundamental del judaísmo.

La serpiente tentó a Adán y le mostró que el hecho de comer del fruto prohibido lo haría como Dios, ya que Dios sabe que en el día que comas del fruto, tus ojos se abrirán y serás como Dios, conocedor del bien y del mal (Génesis 3:5).

Y el deseo de Adán por alcanzar dicha cercanía con Dios era tan grande, que fue incapaz de resistirse a la tentación de desobedecer las órdenes de Dios cuando estas se interponían en su camino. De hecho, el Zohar nos dice que Dios mismo pretendía permitirle a Adán hacer la bendición sobre el fruto prohibido —la uva según una escuela de pensamiento— tan pronto como comenzara Shabat. La Torá nos relata que Adán fue creado el viernes, el sexto día. Shabat es una reminiscencia actual del Mundo por Venir. Si Adán no hubiera pecado, la llegada de aquel primer Shabat habría marcado el verdadero comienzo de dicho mundo.

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El pecado del becerro de oro

El pecado del becerro de oro provino de un deseo similar. La Torá nos informa que cuando Moshé no regresó a tiempo como se esperaba, el pueblo judío fabricó inmediatamente el becerro de oro. Los comentaristas explican que en realidad él sí llego a tiempo, sólo que hubo un pequeño problema de cálculo: los cuarenta días que habían sido asignados para la escritura de la Torá llegaron realmente a su fin un día después de eso. Por lo tanto, el pecado del becerro de oro fue en realidad el resultado de un error de cálculo de un solo día. A su vez, este error en el cálculo fue causado por la impaciencia.

Un estudio de los comentaristas revela que la fuente de dicha impaciencia fue la intensa frustración del pueblo judío por su falta de habilidad para conectarse con Dios. El amor de Israel por Dios luego del encuentro en Sinaí era tan grande que los judíos sintieron que la falta de contacto directo con Dios —en ausencia de Moshé— era simplemente intolerable. Si pensamos en ellos, podemos relacionarnos fácilmente con sus sentimientos colectivos, ya que todos nos relacionamos de la misma forma con quienes amamos.

El amor de Israel por Dios era tan grande que los judíos sintieron que la falta de contacto con Dios era simplemente intolerable.

Nosotros no tenemos que estar en contacto constante con quienes amamos, pero sí necesitamos saber que hay una forma en que podemos contactarlos en caso de necesidad. Si no hay ninguna forma de verlos, o de contactarlos por teléfono, o al menos de comunicarnos por e-mail, la situación se torna bastante difícil, e incluso dolorosa. Si en tales circunstancias la posibilidad de establecer un canal de comunicación directo con el objeto de nuestro amor estuviera a nuestro alcance, entonces seguramente estaríamos dispuestos a pagar grandes sumas de dinero por ello.

Rashi y Najmánides discuten sobre el origen del mandamiento de construir el Tabernáculo. Rashi opina que el mandamiento era una señal de Dios de que Israel había sido finalmente perdonado por el pecado del becerro de oro. Pero de acuerdo a Najmánides, la idea de un Tabernáculo siempre fue una parte integral de la entrega de la Torá y del encuentro cara a cara en Sinaí. El Tabernáculo fue diseñado por Dios para preservar el nivel de contacto que había sido establecido con Dios en el monte Sinaí. Por lo tanto, Dios mismo estaba de acuerdo con el deseo judío de siempre tener disponibles los medios necesarios para acceder a la experiencia de Sinaí.

Al igual que en el caso de Adán, el pecado del becerro de oro consistió en intentar alcanzar de forma prematura un nivel de cercanía con Dios que siempre estuvo en los planes.

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Por qué está tan mal

¿Cómo puede ser que estas dos expresiones de sobreabundancia de amor por Dios —las cuales claramente emergen de los deseos más nobles— sean consideradas pecados tan grandes? ¿Qué hay de malo en querer parecerse a Dios lo más posible, o de sentir de forma demasiado intensa la necesidad de conectarse con Él constantemente?

Dios debe considerar que esto es algo terriblemente malo, ya que el castigo de Adán fue sumamente severo:

“…maldita es la tierra por tu culpa; con sufrimiento comerás de ella todos los días de tu vida. Ella producirá espinos y abrojos para ti, y comerás las hierbas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que retornes a la tierra de la cual fuiste tomado; pues tú eres polvo y al polvo retornarás” (Génesis 3:17-19).

¿Pero acaso tiene sentido tomar a Adán —aquel sublime ser humano, quien fue creado para alcanzar las vertiginosas alturas de los niveles espirituales más grandes y quien aspiraba con todo su corazón a transformarse a sí mismo hasta llegar a ser una perfecta imagen de Dios— y someterlo a una vida de eterno trabajo agrícola, lo cual efectivamente sofocaría todos sus nobles deseos y aspiraciones?

La clave para entender esto involucra el entendimiento de un concepto llamado midot, el cual suele ser traducido incorrectamente al español como “características de personalidad”. Estamos tratando aquí con un concepto que es tan extraño para la mente secular que no existe una palabra en español para describirlo. Sin embargo, las midot son tan centrales para el judaísmo que el Gaón de Vilna declara en reiteradas ocasiones que el propósito principal de enviar al hombre a este mundo es para que trabaje sus midot (ver Even Shlema 1:1).

La palabra midá en hebreo significa “medida”. Todas nuestras interacciones con el mundo deben ser medidas. Supón que A insulta a B. B se llena de un sentimiento de cólera. El sentimiento está más allá de su control, pero su respuesta a partir de dicho sentimiento no lo está. Por lo tanto, B tiene muchas opciones: él puede insultar de vuelta a A. Puede golpearlo o tomar un arma y matarlo. Puede desafiarlo a un duelo. O puede simplemente tragarse su rabia e irse de allí.

La palabra midá en hebreo significa “medida”. Todas nuestras interacciones con el mundo deben ser medidas.

Si B es una persona que no tiene autocontrol, entonces él seleccionará la opción de comportamiento que calce con la intensidad de su rabia y que le permita expresarse al máximo. La mayoría de los humanos tienen una buena cantidad de autocontrol, por lo que es poco probable que esto ocurra. Muchas de las opciones teóricas de B pueden no existir realmente por las leyes de la sociedad o por convenciones sociales, lo cual le deja una selección más limitada de opciones para escoger. Todo el tiempo que B exprese su rabia sólo con estas consideraciones en mente —es decir, cuál es la mejor manera de comunicar sus sentimientos y cuál es la forma socialmente aceptable para expresarlos— él no estará ni cerca de expresar verdaderamente sus midot, a pesar de que esté actuando con autocontrol.

Para comportarse con midot, B deberá someterse a un ejercicio totalmente diferente de los mencionados anteriormente, los cuales son automáticos e instintivos para todos los seres humanos. Él deberá preguntarse a sí mismo qué haría Dios en dicha situación y deberá intentar modelar su propia respuesta en base a la supuesta respuesta Divina.

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Ir en Sus caminos

Maimónides nos informa que el método correcto para lidiar con las situaciones está comandado por el más central de los mandamientos positivos de la Torá, el mandamiento de “ir en Sus caminos”.

Entonces los rabinos nos enseñaron sobre el contenido de este mandamiento. Tal como Dios es llamado misericordioso, así mismo tú debes ser misericordioso. Tal como Él es descrito como piadoso, asimismo tú deberás ser piadoso, Tal como Él es llamado santo, tú también deberás ser santo. Y de esta manera, los profetas describieron a Dios en términos de características de personalidad —lento en enojarse, abundante en bondad, recto, perfecto, poderoso, etc.— para enseñarnos que hay características rectas y positivas, y que una persona está obligada a comportarse de acuerdo a ellas y asemejarse a Dios tanto como le permita su poder (Maimónides, Leyes de Personalidad, 1:6).

Es por medio de seguir los caminos de Dios que nos conectamos con Él, y no por medio de simplemente expresar nuestros deseos y emociones, sin importar cuán nobles o espirituales sean.

Por lo tanto, Adán, quien era una creación de las propias manos de Dios, sintió naturalmente un deseo de ser como Dios. Este deseo no fue el resultado de ningún desarrollo personal metódico y reflexivo, sino que era algo natural en Adán. Dado que él fue creado por Dios, su misma naturaleza era necesariamente santa y espiritual. La irrestricta expresión de los sentimientos espontáneos de aquella noble naturaleza no eran más meritorios ante los ojos de Dios que la expresión irrestricta de cualquier otra emoción humana innata. No era ‘medida’. No representaba un compromiso de seguir los caminos de Dios. Como una expresión de midot, Adán nunca habría intentado ser como Dios haciendo precisamente lo opuesto de lo que Él le había comandado hacer.

De la misma forma, cuando Dios sacó a Israel de Egipto con señales y milagros, alimentó al pueblo judío con maná en el desierto, se reunió con ellos cara a cara y les entregó Su Torá, Él elevó de forma natural al pueblo judío a un plano espiritual sumamente elevado en el cual el amor por Dios y la interacción constante con Él eran una parte esencial del día a día. Cuando Israel expresó este apego emocional sin restricción alguna y falló en filtrarlo por medio de los lentes de las buenas midot, su expresión no encontró favor alguno ante los ojos de Dios.

De hecho, el mal entendimiento del rol de las midot y de la importancia de trabajar en ellas, es la causa de las ideas erróneas más comunes respecto a qué constituye una relación humana-Divina sana.

Aquellos de nosotros que hemos dedicado al menos una parte de nuestras vidas a desarrollar dicha relación, tenemos el sentimiento equivocado de que nuestros esfuerzos son en vano a menos que experimentemos una cercanía emocional con Dios por medio de nuestros rezos y servicio Divino. De hecho, a muchos de nosotros nos molesta una pregunta existencial que remece las mismas bases de nuestra fe en Dios, pese a que raramente es expresada de forma abierta. “Si Dios está interesado en todo esto, ¿cómo puede ser que no me acerque a Él? ¿Cómo puede ser que no me permita sentir la inspiración de Su presencia?”.

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El error de Shaúl

La respuesta es clara. Recientemente leímos la historia de la guerra de Shaúl con los amalekitas (la haftará de parashat zajor). En contra del mandamiento de Dios, Shaúl no destruyó lo mejor del ganado de los amalekitas. Cuando el profeta Shmuel lo confrontó por esto, él respondió:

De amalek los he traído, porque la gente se apiadó de lo mejor de los ovinos y bovinos para ofrendarlos a Dios, pero lo demás lo destruimos” (Shmuel I 15:13).

Y nuevamente, cuando Shmuel continuó reprimiéndolo por su desobediencia, dijo:

¡Pero yo escuché la voz de Dios y caminé en el camino por el cual Él me envió! ¡Traje a Agag, el rey de Amalek, y destruí a Amalek! El pueblo tomó a los ovinos y bovinos del botín, lo mejor de lo que debía ser destruido, para ofrendarlo a Dios en Gilgal” (Shmuel I 15:20-21).

Vemos que Shaúl creía genuinamente que él se había quedado con lo mejor de los ovinos y bovinos sólo para ofrendarlos a Dios, y que no estaba violando de ninguna manera el mandamiento de destruir todo lo que perteneciese a los amalekitas. La respuesta de Shmuel a esto fue la siguiente:

¿Acaso Dios disfruta de los holocaustos y sacrificios así como de la obediencia a Sus palabras? He aquí que la obediencia es mejor que los sacrificios y prestar atención es mejor que las grasas de los carneros” (Shmuel I 15:22).

¿Pero qué respuesta es esta ante el argumento de Shaúl? Él declaró haber obedecido a Dios, diciendo “yo escuché la voz de Dios”.

El verdadero punto de disputa es precisamente el tema de este ensayo.

El propósito de todos los mandamientos es imbuir buenas midot, y no alcanzar grandes alturas espirituales.

Para Shaúl, la culminación de una exitosa guerra con los amalekitas requería que la experiencia fortaleciera el lazo emocional de Israel con Dios. Esto, a su vez, implicaba ofrecer sacrificios. Guardar lo mejor del ganado para estos sacrificios fue interpretado por él como un aspecto fundamental de la guerra.

Pero Shmuel sabía que esto no era así.

El propósito de todos los mandamientos es imbuir buenas midot, y no alcanzar grandes alturas espirituales. La búsqueda de estos puntos altos es en sí misma el mayor malentendido de todo lo que Dios pretendía lograr mediante Sus mandamientos.

Shmuel sabía que Shaúl había desobedecido de una forma sumamente fundamental.

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El propósito de las midot

El carácter es el único aspecto que puede ser considerado “una creación propia del hombre”. El cuerpo es algo que le fue dado y el alma viene directamente de Dios. Es sólo a través de sus midot —la mezcla única de mente y emoción que cada persona desarrolla mediante el ejercicio de su libre albedrío—, que él se convierte en un ser que perdura. Es más, también es mediante sus midot que él puede modelarse, que cada ser humano puede desarrollar su propia forma de cumplir con el mandamiento de vahalajta bidrajav, de “ir en los caminos de Dios”.

La conexión con Dios en un nivel maduro sólo es posible a través de las midot. El contacto íntimo espiritual con Dios —la fuente del disfrute que experimentaremos en el próximo mundo—, sólo puede ocurrir en las personas que han alcanzado un verdadero acuerdo en sus mentes. La efímera inspiración de los altos espirituales es tan temporal como lo es todo el resto de las cosas de nuestra existencia presente. La Torá persigue algo más permanente.