Yaakov estaba muy atemorizado e intranquilo (Génesis 32:8).

Todos los comentaristas hacen la misma pregunta. Dios le había prometido protección a Yaakov dos veces: una vez cuando dejó la casa de su padre y otra vez cuando dejó la casa de Labán. Si Yaakov tenía estas promesas explícitas de protección, ¿por qué estaba asustado de Esav?

Rashi (Génesis 32:11) explica que Yaakov estaba asustado de que esas promesas hubiesen expirado debido a sus pecados. Pero de todas formas, hay otro problema que debemos resolver.

La pregunta que debemos hacer es: ¿Acaso Dios no controla lo que pasa en el mundo?

La pregunta que debemos hacer es: ¿Acaso Dios no controla lo que pasa en el mundo? ¿Si Yaakov estuviese desprovisto del escudo que le proveía la promesa expresa de protección Divina, entonces, por qué se vería inmediatamente expuesto a ser asesinado por Esav? Ciertamente ni Yaakov ni los miembros de su casa habían cometido grandes crímenes. Es difícil imaginarse que Yaakov temiera que sus esposas o hijos merecieran ser asesinados. Entonces, ¿por qué tenía miedo? ¿Acaso el mal ocurre de manera aleatoria en el mundo?

De hecho, esta pregunta es probablemente la más compleja que debe enfrentar un potencial creyente. ¿Cómo podría alguien pensar en servir a un Dios que permite el asesinato indiscriminado de sus propios hijos? ¿Acaso Abraham mismo no lloró con angustia cuando Dios le informó sobre la inminente destrucción de Sodoma?

Sería un sacrilegio siquiera atribuirte un acto como ese a Ti; matar a los inocentes con los culpables, dejando que los rectos y los malvados paguen por igual. ¡Sería un sacrilegio atribuirte esto a Ti! ¿Acaso el juez de todo el mundo no actúa de manera justa? (Génesis 18:23)

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Aparente sacrilegio

Y sin embargo, este aparente sacrilegio es un hecho recurrente en el mundo real, donde los inocentes son asesinados de forma frecuente y en mayor cantidad que los culpables. Es más, la Torá misma parece establecer que esta es la política divina:

Rabí Iosef enseñó: “Encontramos que está escrito (Éxodo 12:22) ‘Ninguno de ustedes saldrá de su casa hasta el amanecer’. Una vez que el Destructor ha obtenido permiso para circular, no distingue entre los justos y los malvados; es más, él comienza su trabajo sucio destruyendo primero a los justos”. Rabi Iosef lloró por su propia enseñanza: “¿Acaso los hombres buenos son de tan bajo valor que no cuentan para nada?”. Abaye le respondió: “Por el contrario, este es un beneficio para los justos” [ya que al ser destruidos primeros no tienen que presenciar la destrucción], como está escrito (Isaías 57) ‘A causa del mal inminente fueron tomados los justos’ (Talmud Baba Kama 60a).

¿Cómo podemos entender esto?

Para encontrar una respuesta, primero debemos responder otra pregunta. ¿De dónde viene el mal que hay en el mundo?

¿De dónde viene el mal que hay en el mundo?

Rav Moshé Jaim Luzatto ofrece la siguiente explicación en su obra Dérej Hashem (sección 1, capítulo 5). Desde la creación, Dios sólo se asocia con la ejecución del bien. Incluso cuando Dios se sienta a juzgar, es sólo para el bien. Sus castigos nunca son vengativos. Nunca se salen de Su control. El castigo siempre es impartido según la regla de “medida por medida” y su propósito siempre es terapéutico. Esto no es considerado mal. Puede que a veces sea doloroso, pero sigue siendo bueno.

En contraste, el mal es la destrucción sin un fin ulterior. El propósito de esta destrucción nunca es terapéutico y no tiene restricciones de proporcionalidad. Se lleva al inocente junto con el malvado y destruye todo lo que esté a su paso. Dios nunca se involucra en hacer el mal.

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Opciones de mal

Sin embargo, el mal que hay en el mundo también fue creado por Dios. Es más, Dios creó este mal incluso antes de crear el mundo según es descrito en Génesis 1. Sin el mal, no habría opciones en el universo fuera de distintas formas de bien, y en un mundo como ese no existiría la opción del libre albedrío, ya que el libre albedrío que posee el hombre es irrelevante si no tiene opciones para escoger. La existencia del mal en el mundo era absolutamente necesaria para que el hombre pudiera ejercer su libre albedrío.

Por lo tanto, Dios creó el mal. Sin embargo no lo creó como una realidad, sino que lo creó como energía potencial, la cual tiene la capacidad de transformarse en energía cinética sólo si le dan la oportunidad. Dios lo creó de esta forma porque no quería asociarse con él. De hecho, sólo asociamos a Dios con los atributos de bondad, ya que él sólo hace bondad. El mal fue diseñado de forma tal que funciona de manera automática sin que Dios tenga que asociarse con él. El sistema que estableció Dios opera de la siguiente manera.

El mal se asemeja a la oscuridad, mientras que el bien se asemeja a la luz. La relación entre el bien y el mal es paralela a la relación que gobierna la interacción entre la luz y la oscuridad. Esto significa que un poco de luz tiene la capacidad de disipar una gran cantidad de oscuridad. Asimismo, todo el tiempo que haya en el mundo luz de bondad, la oscuridad del mal será totalmente suprimida y existirá sólo como un potencial. La oscuridad del mal sólo podrá expandirse cuando la gente tome decisiones de libre albedrío que apaguen la luz del bien.

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Lleno de luz

La Torá resume los seis días de la creación con la siguiente declaración:

Y Dios vio todo lo que había hecho y he aquí que era muy bueno (Génesis 1:31).

Por lo tanto, cuando Dios le entregó el mundo al hombre, el hombre recibió un mundo lleno de luz. La oscuridad se encontraba reducida a su mínima expresión. Si Adam hubiese seguido la orden de Dios y hubiera evitado comer del árbol del conocimiento del bien y el mal, entonces el mal y la oscuridad habrían sido erradicados por completo del mundo.

Pero cuando el hombre comió del árbol del conocimiento del bien y el mal, él —y no Dios— materializó la oscuridad potencial del mal. Le dio una expresión concreta en sí mismo y en el mundo. Él pasó de ser completamente bueno —“una imagen de Dios”— a ser una mezcla entre bien y mal.

Cuando el hombre comió del árbol del conocimiento del bien y el mal, materializó la oscuridad potencial del mal.

Examinemos algunos de nuestros atributos de personalidad para entender esto de mejor manera. Por ejemplo, analicemos el fenómeno del enojo.

Una persona llega a su casa de forma inesperada y encuentra a su esposa teniendo relaciones con otro hombre. A él le baja un ataque de celos y los asesina a ambos. En los antecedentes penales de todas las jurisdicciones legales aparecen en innumerables ocasiones varias versiones de este tipo de crimen. La mayoría de las jurisdicciones se inclinan hacia la clemencia con este tipo de asesino. De hecho, la defensa por “demencia temporal” ha sido utilizada exitosamente en más de una ocasión en este tipo de situaciones y algunos de los asesinos han salido en libertad.

Si les preguntas a estos asesinos acerca de sus acciones en retrospectiva, por lo general ellos serán los primeros en reconocer que sus acciones fueron totalmente irracionales (después de todo, las esposas no son una posesión y los esposos no tienen el derecho de tomar una vida sólo porque sus sentimientos fueron heridos y se sintieron traicionados). La represalia fue totalmente desproporcionada respecto al crimen cometido. No fue la razón lo que los llevó a cometer el asesinato, sino que fue el enojo, un impulso que les exigía destruir a cualquier costo. Este impulso por destruir que se escapa del control de la razón es la personificación del mal. Sin embargo, no sentimos horror y aberración cuando escuchamos acerca de este tipo de asesinatos, ya que a pesar de que en realidad nunca hemos asesinado a nadie, la mayoría de nosotros hemos sentido impulsos similares de rabia y frustración.

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Actos de destrucción

¿Cuántos de nosotros podemos afirmar nunca haber dejado escapar la rabia y frustración interior que producen las desilusiones inevitables de la vida a través de proferir comentarios hirientes a nuestra pareja e hijos con el solo propósito de herirlos profundamente? Obviamente no es comparable destruir el buen estado de ánimo de alguien con asesinarlo, pero sí es un buen ejemplo de cómo a veces nos involucramos en la destrucción sin ningún fin ulterior. Este tipo de comportamiento también es una expresión del enojo que se ha liberado del control de la razón, y por lo tanto, también es considerado parte del mal. La diferencia entre nosotros y los asesinos es una diferencia en el grado, pero no en el tipo de acción. El mal del enojo destructivo esta vivo en cada uno de nosotros.

La historia de Romeo y Julieta es otro ejemplo del mal que estamos dispuestos a condonar. Dos jóvenes, frustrados por no obtener el consentimiento de sus familias, deciden suicidarse. Si mi deseo de gratificación romántica no puede ser satisfecho inmediatamente, entonces destruiré tanto el objeto de mi deseo como a mí mismo. Este fenómeno también está sumamente difundido en nuestra sociedad en una forma menos extrema. En la búsqueda por la gratificación que provee una nueva experiencia romántica/sexual, gente que por lo general es responsable, muchas veces termina destruyendo su matrimonio y causando un daño sicológico irreparable a sus hijos, pareja y a sí mismos.

Nuevamente la razón rechaza este tipo de comportamientos. La satisfacción de mi propio deseo romántico/sexual no me da el derecho de destruir la salud mental y la felicidad de otros o de mí mismo. Este es otro ejemplo del mal que todos somos capaces de hacer.

El mayor mal que hay en todos nosotros es el impulso a considerarnos a nosotros mismos el centro del universo.

Esto nos lleva directamente a evaluar el mayor mal que hay en cada uno de nosotros, el impulso del mal que hace que todos los otros males sean posibles: nuestra capacidad de considerarnos a nosotros mismos el centro del universo. Es sólo por causa de esta percepción que podemos terminar creyendo que la satisfacción de nuestro propio deseo egoísta es tan importante que incluso justifica la destrucción de otros. En un mundo que es dirigido por Dios y que fue creado con un propósito, una actitud como esta obviamente es absurda.

Estos aspectos del mal que son parte de cada ser humano desde la caída de Adam proveen las bases de los tres pecados capitales: idolatría, asesinato y relaciones sexuales ilícitas (como violación o incesto). Dios le ordenó a los judíos que debían sacrificar incluso sus vidas con tal de no transgredir estos tres pecados. Rendirse ante el impulso del mal que hay en estos tres pecados transformaría al hombre en un ser puramente malo (en vez de ser una creación compuesta por una mezcla de bien y mal), al menos durante el lapso de tiempo que esté involucrado en dicho acto. La razón demanda que un estado como ese —en el cual uno se convierte en un recipiente de puro mal— debe ser evitado a toda costa. No podemos preservar nuestras vidas al costo de involucrarnos en la destrucción sin un fin ulterior.

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El mal de Esav

Yaakov temía a Esav porque Esav era malvado. Él estaba dispuesto a asesinar a su hermano y a destruir a toda una familia como retribución por el daño que según su percepción le habían hecho. La razón rechaza una reacción como esa, ya que sería completamente desproporcionada en relación al daño recibido. Por lo tanto, quiere decir que ésta era una expresión de la fuerza del mal, aquella ira destructiva que hay en el interior de toda persona.

Dado que el mundo mismo es una mezcla de bien y mal, por lo tanto permite la expresión de este tipo de enojo. El ser humano que tiene un nivel espiritual ordinario necesita la protección de Dios para evitarlo, ya que él mismo tiene dicho impulso en su interior en forma menos extrema.

Sólo los tzadikim más grandes —quienes han llegado a un estado de perfección espiritual tal que han dejado de ser una mezcla de bien y mal y se han transformado en puro bien— no tienen nada que temer ante las fuerzas del mal. El mal no puede penetrar en un hábitat que está lleno de la luz del bien. Cuando el mal entra en contacto con un hábitat como ese, es reducido nuevamente a puro potencial y por lo tanto no puede dañar a nadie. Pero el mal siempre puede causar algún tipo de daño ante la ausencia de la poderosa luz del bien.

En su humildad, Yaakov no sentía que él o su familia poseyeran tales niveles de perfección espiritual. Por lo tanto creían que a menos que contaran con la protección de Dios, serían vulnerables al poder del mal de Esav. Y dado que Yaakov temía no tener más dicha protección especial que le había otorgado la promesa explícita de Dios, entonces era entendible que tuviese miedo.

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Justicia

Cuando Dios le contó a Abraham sobre la inminente destrucción de Sodoma, le informó que Él mismo llevaría a cabo dicha destrucción por medio de utilizar Su propio atributo de justicia. Abraham por lo tanto protestó vehementemente —y con justa razón— que Dios mismo no podía perpetrar el mal de la destrucción indiscriminada; sería una enorme profanación a Su propio Nombre Sagrado comportarse de la misma manera que las fuerzas del mal.

La relación entre Yaakov y Esav tiene exactamente la misma dinámica que la relación entre el bien y el mal.

La relación entre Yaakov y Esav tiene exactamente la misma dinámica que la relación entre el bien y el mal. Como muestra la siguiente analogía talmúdica entre las ciudades de Jerusalem y Cesárea —que era el lugar en el que se ubicaba el gobierno romano en la época del Segundo Templo—, sólo uno de ellos podrá sobrevivir finalmente.

Cesárea y Jerusalem; si alguien te dice que ambas están en ruinas, no le creas. Si alguien te dice que ambas son prósperas, no le creas. Pero si te dicen que Cesárea está en ruinas y que Jerusalem es próspera, o que Jerusalem está en ruinas y que Cesárea es prospera, puedes creerle, como está escrito: “llenaré las ruinas” (Yejezkel 26), es decir, si una es construida, será sobre las ruinas de la otra.

Rabí Najman bar Itzjak dijo que está escrito en la Torá (Génesis 25:23): “Dos naciones hay en tu vientre, dos gobiernos se separarán desde tus entrañas; el poder pasará de uno al otro” (Talmud, Meguilá 6a).

Esav es la fuerza del mal que Dios estableció antes de que Yaakov llegara al mundo. Él es el mellizo mayor. El antagonista contra el que Yaakov debe probarse constantemente a sí mismo, la fuerza del mal que debe vencer para sobrevivir.

Como todo mal, Esav no está directamente bajo el manejo de Dios. Su poder incrementa y disminuye de acuerdo a la fluctuación de la fuerza de la luz que llegue al mundo mediante la relación de Yaakov con Dios.

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Holocausto

Cuando la intensidad de esta luz se encuentra por debajo de cierto umbral, entonces la furia de mal de Esav se desborda en contra de Yaakov y sus hijos y se desencadena una ráfaga de destrucción indiscriminada que no obedece a ningún propósito, destruyendo al justo junto con el malvado. El resultado es una destrucción masiva, un holocausto.

Todo el bien es personal e individual. Lo que es bueno para A muchas veces es dañino para B. Puede que la riqueza sea buena para quien tiene un carácter templado, pero para aquellos que tienen un carácter impulsivo, la riqueza los conduce a los excesos. El atributo del bien siempre es sintonizado con precisión y de forma delicada. Pero el mal es impersonal e igualitario. Dado que su meta es simplemente destruir todo lo que esté a su paso, no le interesa destruir a A en vez de B.

El pueblo de Israel tiene tanto aflicciones públicas como privadas. Los problemas individuales son una marca del atributo de la justicia, un ejemplo de la Divina Providencia. Y como tales, estos problemas son terapéuticos en su naturaleza y se imparten según la regla de Dios de “medida por medida”.

Pero los eventos de gran destrucción —como el Holocausto— son una expresión de la fuerza del mal. Sólo quienes son salvados están bajo el manejo de la Divina Providencia. Quienes perecen son destruidos por las fuerzas del mal.

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La batalla con Amalek

Nosotros, el pueblo judío, hemos heredado el deber de conducir la guerra de Adam en contra de las fuerzas del mal en la forma del mandamiento de luchar contra Amalek, que es la personificación misma de Esav.

La mano está sobre el Trono de Dios. Dios estará en guerra con Amalek de generación en generación (Éxodo 17:16).

La mano de Amalek llega incluso hasta el trono de Dios. Dios no puede detenerlo sin erradicar el mal del mundo, y un acto como ese eliminaría también la posibilidad de libre albedrío y dejaría al mundo sin propósito.

El deber de detener el mal nos incumbe a nosotros, no a Dios. Nosotros debemos someter al mal que hay en nuestro interior al estricto control de nuestra razón con la ayuda y guía de los mandamientos de la Torá. Si destruimos la oscuridad interior que hay en nuestros propios corazones, entonces los poderes destructivos del mundo también quedarán bajo el control de la razón. La luz de la civilización dispersará la oscuridad de la necesidad primitiva de destruir.