Antes de responder a la invitación de Yosef para trasladar a toda su familia judía a Egipto y evitar así el sufrimiento de los años de hambruna, Yaakov fue a Beer Sheva a pedirle permiso a Dios para dejar la Tierra Santa. Los siguientes versículos describen la conversación:

Israel inició el viaje, tomando todas sus posesiones, y llegó a Beer Sheva. Él ofreció sacrificios al Dios de su padre Itzjak. Dios le habló a Israel en una visión nocturna, y le dijo: “¡Yaakov! ¡Yaakov!”, y él respondió: “Heme aquí”. Dios le dijo: “Yo soy el Dios de tu padre. No temas ir a Egipto pues allí haré de ti una gran nación. Yo iré a Egipto contigo, y Yo también te traeré de vuelta; y Yosef pondrá sus manos sobre tus ojos” (Génesis 46:1-4).

Najmánides explica estos versículos en un nivel más profundo; Yaakov vio que la larga noche de la diáspora egipcia estaba descendiendo sobre el pueblo judío, y temió por ella. Dios le informó que a pesar de que su sospecha era cierta —el pueblo judío efectivamente estaría exiliado en Egipto durante mucho tiempo— igualmente no había razón para temer. El exilio, en lugar de debilitarlos, transformaría al pueblo judío en una gran nación, y Dios le garantizaba personalmente su supervivencia y retorno.

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Un terrible sufrimiento

A pesar de su propósito manifiesto de transformar a los judíos en una gran nación, la diáspora egipcia fue una experiencia muy dura. El pueblo judío no sólo fue esclavizado por más de doscientos años, sino que fueron tratados con una dureza que va mucho más allá del peor tipo de tratamiento descrito en la novela La cabaña del tío Tom. El edicto de ahogar a los bebes judíos en el río Nilo es lo primero que se viene a la mente, pero hubo otras muchas instancias de gran opresión descritas en el libro de Éxodo.

La proposición de que Dios creó el mundo como un medio para expresar Su característica de benevolencia es algo axiomático para el verdadero creyente; creer que algún sufrimiento humano es infligido sin propósito por alguna deidad malvada es un anatema. Si el pueblo de Israel sufrió en Egipto, entonces tenía que haber alguna razón para ello; algún pecado debía ser expiado, pero, ¿cuál era?

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¿Dónde está el pecado?

Quienquiera que lea los libros de Yejezkel, Yirmiyahu o Yeshayahu notará que las amenazas de destrucción y exilio con las que se amonesta al pueblo judío no son como los desastres naturales que atacan sin advertencia. Los profetas reprenden al pueblo respecto a sus pecados y señalan la necesidad de un pronto arrepentimiento para evitar una determinada destrucción. Las tragedias son claramente descritas por adelantado de forma tal que cuando finalmente se materializan, son percibidas como el resultado de las deficiencias espirituales que, más allá de toda duda, fueron desatendidas por un largo tiempo. El exilio egipcio no calza en lo absoluto con este patrón. No fue la consecuencia de ningún pecado obvio.

Dios ya había tomado la decisión de imponer el exilio varias generaciones antes de que realmente pasara, y se lo había comunicado a Abraham en el Pacto entre las partes. En ese entonces, Dios le dijo a Abraham:

Debes saber con certeza que tus descendientes serán extraños en una tierra que no será suya. Serán esclavizados y oprimidos por cuatrocientos años” (Génesis 15:13).

El Talmud explica:

Rabí Abahu dijo en el nombre de Rabí Elazar: “¿Por qué fue castigado nuestro padre Abraham con la esclavitud de sus hijos en Egipto por 210 años? Porque reclutó eruditos para su ejercito, como está escrito: ‘Él armó a sus discípulos que habían nacido en su casa’ (Génesis 14:14)”. Shmuel dijo: “Porque Abraham fue más allá de lo apropiado y le preguntó a Dios ‘¿Cómo sabré realmente que [esta tierra] será mía?’ (Génesis 15:8)”. Rabí Iojanan dijo: “Él no trajo a toda la gente que podría haber traído bajo el alero de Dios, como está escrito: ‘Dame la gente y tú quédate con los bienes’ (Génesis 14:21)” (Talmud, Nedarim 32a).

El Maharal de Praga, un gran cabalista y filósofo medieval, nota en su trabajo Guevurot Hashem que el factor común que hay entre las tres respuestas que aparecen en el Talmud es una falta de emuná de Abraham.

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La falta de fe de Abraham

El reclutamiento de eruditos constituye una falta de fe, ya que es Dios quien gana las guerras y no los soldados. Pese a que no tenemos permitido confiar en milagros y debemos por tanto desplegar un ejército cuando peleamos una guerra, nosotros creemos que el esfuerzo de organizar un ejército y de pelear las batallas no es más que hishtadlut, un esfuerzo que debemos hacer pero que no es la causa verdadera de nuestras victorias o derrotas. No tiene sentido interrumpir a los eruditos que están involucrados en el estudio de Torá y reclutarlos para la guerra; es por medio de su estudio que nos conectamos con Dios y es precisamente dicha conexión la que nos permite vencer a nuestros enemigos. Reclutar a los eruditos es por lo tanto una forma negativa de hishtadlut. Lo único que nosotros podemos aportar para lograr un éxito militar es hishtadlut, 'hacer un esfuerzo'; pero un “esfuerzo tonto” sólo es contraproducente.

Pedir una garantía respecto a su herencia es una muestra de falta de fe mucho más clara; pedir garantías demuestra un deseo de controlar la entrega de lo que fue prometido y es una muestra de inseguridad con respecto al cumplimiento de las promesas de Dios. Cualquier tipo de “control” es ilusorio por definición ante los ojos del verdadero creyente. El ser humano nunca puede aferrarse a nada sin la ayuda de Dios, y por lo tanto la única seguridad que es teóricamente posible es la fe misma. El creyente no necesita ninguna garantía más allá de la palabra de Dios, y para quien no confía en Su palabra, no existe ninguna garantía posible.

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Los cautivos

La Torá relata (Génesis 14) el fin de la rebelión de los cinco reyes, liderada por el rey de Sodoma, en contra de la coalición de los cuatro reyes, que estaban bajo el liderazgo de Kadorlaomer. El ejército que resultó victorioso tomó cautivos a todos los habitantes de Sodoma y a sus posesiones, incluyendo al sobrino de Abraham, Lot, quien era un residente de Sodoma en esa época. Abraham fue a ayudar a su sobrino y, mientras rescataba a Lot, Abraham prácticamente venció al ejército de Kadorlaomer y adquirió como posesión a la gente cautiva de Sodoma y a sus propiedades. El rey de Sodoma le pidió que le devolviese a sus súbditos y le ofreció quedarse con las posesiones como recompensa. Abraham devolvió todo y rechazó la oferta con la famosa respuesta “Ni un hilo, ni un cordón de zapato, ni nada que sea tuyo tomaré!” (Génesis 14:23).

La decisión de Abraham de devolver a los cautivos es una clase diferente de “falta de fe”. Él debería haberse dado cuenta por sí mismo que no era posible que la voluntad de Dios fuese que esa gente, quienes habían sido liberados del dominio de una cultura malvada por los azares de la guerra, cayesen nuevamente bajo la influencia de dicha cultura. Abraham estaba consciente de la maldad de Sodoma y por lo tanto él debería haber hecho su máximo esfuerzo para proteger a esas personas —que la Providencia Divina había puesto a su cuidado—, de dicha influencia nociva.

De hecho, el gran gesto de Abraham de devolverlos, terminó costándoles sus vidas. La destrucción de Sodoma fue apenas trece años después de esta guerra. Al devolver a los cautivos de Sodoma, Abraham selló su suerte. Él estaba demasiado preocupado por la posible profanación del nombre de Dios que habría si el rey de Sodoma andaba por ahí diciendo “Yo fui el que hizo rico a Abraham”, “esa es mi gente que fue cautivada en contra de su voluntad”. Su preocupación fuera de lugar de no causar Jilul Hashem causó en realidad una mayor profanación del nombre de Dios; en ese momento la cultura de Sodoma estaba en ruinas; si él no hubiera devuelto a la población, permitiendo así que se reanudara la vida normal en Sodoma, entonces Dios no habría tenido que destruirlos.

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El exilio como un remedio

En otras palabras, estos incidentes sirven para demostrar que la fe de Abraham en Dios no era perfecta. A pesar de que sus caídas (según son descritas en el Talmud) representan deficiencias infinitesimales, Abraham es la base sobre la que se construye el pueblo judío e incluso el error más pequeño hace que la base deje de ser apta para soportar el peso de la estructura que debe ser erguida sobre ella. Incluso sus errores más pequeños debían ser corregidos, y la diáspora egipcia, con todo su sufrimiento, fue el mecanismo que Dios utilizó para enmendar los defectos que habían en la fe de Abraham.

Intentemos entender esto un poco mejor.

El Midrash se refiere a Abraham como el gigante espiritual de la humanidad:

¿Por qué Abraham es llamado gigante entre los hombres? Porque él realmente debería haber sido creado incluso antes que Adam, pero Dios dijo: “Quizás él errará y no va habrá quién corrija las cosas; por lo tanto, crearé a primero a Adam, y en caso de que se equivoque, Abraham corregirá las cosas por él” (Bereshit Rabá 14:6).

Por lo tanto, el verdadero progenitor de la humanidad es Abraham y no Adam. Adam no tenía el poder espiritual para arreglar un mundo que hubiera sido arruinado por Abraham, mientras que Abraham sí podía arreglar el mundo que arruinó Adam, y así lo hizo. Si quisiéramos encontrar la locación precisa de este enorme poder que tenía Abraham, tendríamos que enfocarnos en su emuná. Maimónides presenta una clara imagen de Abraham que ilustra perfectamente la centralidad de su fe:

“Tan pronto como este poderoso ser fue destetado, comenzó a dar vueltas en su mente —hasta el punto de la obsesión— la siguiente idea: ¿Cómo puede ser que el mundo siga girando sin que haya nadie que lo gire? ¡No puede girar solo! Él no tenía ningún maestro ni un grupo de sabios a quienes preguntar; él estaba en medio de Ur Kasidim, en medio de idólatras. Sus padres adoraban ídolos al igual que el resto, por lo que él también lo hacía, pero su corazón siguió buscando hasta que encontró el camino de la verdad y la doctrina correcta por medio de su propio entendimiento superior”.

“Se dio cuenta que había un Dios que hacía girar las constelaciones y Quien creó todo lo que hay, y que no había otro Dios fuera de Él. Y se dio cuenta que todo el mundo estaba equivocado… en ese entonces, él tenía cuarenta años de edad. Tan pronto como se dio cuenta de aquello, comenzó a hacer preguntas y a debatir con los habitantes de Ur, y comenzó a decirles que estaban en un camino de falsedad. Comenzó a destruir los ídolos y a decirle a la gente que sólo tenía sentido servir a Dios…. Cuando los venció con sus argumentos, el rey quería matarlo; pero él se salvo milagrosamente y se fue a Jarán” (Leyes de Idolatría 1:3).

El poder de Abraham radicaba en su deseo de vivir constantemente en base a su percepción de la verdad, independientemente del costo asociado. Lo llamaron “Abraham el ibrí”, porque ibrí significa “del otro lado”; todo el mundo estaba de un lado y él estaba del otro (Bereshit Rabá 42:8). Para apreciar el gran poder de la emuná de Abraham, sólo debemos notar que todas las religiones monoteístas del mundo se originan en él. Además del judaísmo, el cristianismo y el islam también toman su legitimidad del evento del Monte Sinaí que aparece en el antiguo testamento. Todos los monoteístas aceptan el rol pionero que desempeñó Abraham en esparcir la palabra de Dios. ¡Eso significa que más de la mitad de los seres humanos que viven actualmente aún están aprovechando el poder de la fe de Abraham a pesar de los muchos siglos que han pasado desde que él estuvo en la tierra!

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El jefe de la oposición

Si Abraham representa el enorme poder de la emuná, entonces Egipto se encuentra en el extremo opuesto. El Talmud explica las palabras del profeta Yeshayahu:

La fe de tus tiempos será la fuerza de tus salvaciones, sabiduría y conocimiento; temor a Dios, ese es el tesoro del hombre” (Yeshayahu 33:6).

La fe que se menciona en este versículo se refiere a la sección de la Mishná conocida como Zeraim, en la cual se discute sobre las leyes de la Torá respecto a plantar, cosechar y el tratamiento general de los cultivos. Tosafot explica la conexión especial que hay entre la fe y esta sección particular de la Mishná, en nombre del Talmud de Jerusalem: “Porque la persona que planta pone su fe en Aquel que vive por siempre” (Shabat 31a).

La percepción del profeta es que el acto de plantar un cultivo es una evidencia de la emuná del agricultor. Los cultivos necesitan lluvia y una gran cantidad de aportes impredecibles que siempre permanecen en las manos de Dios. El hecho de invertir energía y recursos en cultivar y cosechar requiere de una gran dosis de emuná. Hay muchas cosas que pueden salir mal.

Cuando Moshé le describió la tierra de Israel al pueblo judío, este fue precisamente el punto que destacó:

Porque la tierra hacia la que van para poseerla no es como la tierra de Egipto de la cual salieron, en la cual podías plantar tu semilla e irrigarla al igual que un huerto. La tierra a la que están cruzando para poseer es una tierra de montañas y valles; de la lluvia del cielo tomará agua. Es una tierra que Dios busca constantemente; los ojos de Dios siempre están sobre ella, desde el comienzo del año hasta su fin” (Devarim 11:10-12).

La característica principal de la tierra de Israel es que ahí sólo puedes sobrevivir con emuná.

Analicemos la profundidad del contraste entre Israel y Egipto al que se refería Moshé. Los cultivos de Egipto dependían del caudal anual del río Nilo, y no de las lluvias. Cada año el río Nilo se desbordaba y no sólo proveía agua, sino que también depositaba un nuevo y rico sedimento aluvial en los campos egipcios, eliminando la necesidad de utilizar fertilizante. El campesino egipcio nunca tuvo que esperar con ansias la lluvia; él tenía un ingenioso sistema de canales y acequias mediante las cuales obtenía el agua que necesitaba para sus cosechas. No necesitaba emuná. Él tenía el control.

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La fe y la necesidad de espiritualidad

Cuando tienes que rezarle a Dios por lluvias, eso te motiva a enfocarte en el lado espiritual de la vida. Tu salvación claramente está en el cielo y no en la tierra. Cuando la tierra misma es la que te provee el agua para tus cultivos, entonces incluso tu espiritualidad se mezcla con lo físico. Esto queda demostrado por el hecho que incluso desde un punto de vista espiritual, Egipto era un lugar sumamente físico. Las grandes pirámides aún son una de las maravillas del mundo. Desde entonces, ninguna sociedad del mundo ha invertido tal proporción de recursos en la construcción de monumentos físicos a sus deidades.

Esto nos lleva a un segundo, pero no por eso menos importante, aspecto de la emuná. La persona a quien su ambiente la fuerza a vivir con emuná tiende a verse a sí mismo como un alma cubierta con un cuerpo. Dado que él es primordialmente espiritual, sus relaciones deben ser por lo tanto de la misma forma. Si yo soy primordialmente espiritual, eso debe ser cierto también para los otros seres humanos. Sólo puedo tener una relación con mi prójimo de alma a alma. Establecer relaciones netamente físicas con otra gente tiene la misma relevancia que colgar dos trajes uno al lado del otro en el armario. Para esa persona, el acto de unión física entre los sexos es percibido naturalmente como la culminación de la unión de dos almas en una. Una persona como esa tiene una tendencia innata a rechazar las relaciones sexuales puramente físicas, ya que están totalmente bajo su nivel.

Por otro lado, una persona sin emuná se identifica a sí misma como un cuerpo. Su cuerpo es su yo verdadero tanto como su mente o su alma. Una unión puramente física es aceptable como una expresión del yo verdadero de la persona. El egipcio que vivía sin emuná también estaba cautivado por las relaciones físicas, como aprendemos de Rashi:

El Faraón le dijo (a Abraham) que dejara Egipto, que no se quedara, porque los egipcios estaban llenos de lujuria, como está escrito: “Su carne es carne de burros y su semilla es semilla de caballos” (Yejezkel 23:20).

El exilio egipcio fue una inmersión en un ambiente que era la antítesis misma de la emuná. Para sobrevivir a dicho exilio —y Dios le había prometido a Yaakov que sobrevivirían— debían adquirir emuná en toda su completitud.

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Resistir la asimilación

Sobrevivir el exilio significa, por definición, no asimilarse. Dicho rechazo a asimilarse se basa necesariamente en el poder que tienen las personas exiliadas de percibir que ellos son un tipo de ser humano distinto a la cultura en la que viven.

Rav Huna dijo en nombre de Bar Kapara: “Los judíos fueron redimidos de Egipto por el mérito de cuatro cosas: no adoptaron nombres egipcios, no adoptaron el lenguaje egipcio, no se delataron unos a otros ante las autoridades y no tuvieron relaciones sexuales con los egipcios” (Vaikrá Rabá 32:5).

Nombres, lenguaje, lealtad y relaciones íntimas son indicadores sumamente poderosos de la imagen que tenían de sí mismos. Mantener una separación en estas áreas es una protección mucho más poderosa en contra de la asimilación que, por ejemplo, la observancia religiosa. Si cambio mi lenguaje y mis lealtades y se vuelven indistinguibles con los de la cultura local, entonces mi orientación religiosa no me protegerá de la asimilación. El Midrash testifica cuán obstinadamente se aferraba el pueblo judío a su identidad. Este sentido de singularidad como judío es la esencia de la emuná, ya que se basa en la visión del destino único del pueblo judío que nos legaron nuestros patriarcas.

Si te las arreglas para sobrevivir entonces la adversidad es un gran forjador de la personalidad. Las personas que se encuentran en desventaja suelen terminar sobrepasando a sus prójimos más aventajados. La emuná que Abraham no pudo perfeccionar alcanzó finalmente su perfección mediante sus hijos en Egipto, quienes fueron forzados a mantener su visión de sí mismos ante la gran adversidad.

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La grandeza del pueblo judío

Dios le prometió a Yaakov que los judíos descenderían a Egipto para convertirse en una gran nación. La grandeza del pueblo judío nunca se ha expresado en número de habitantes, territorios masivos o un gran poder militar. La grandeza del pueblo judío siempre ha significado grandeza de espíritu. La grandeza espiritual sólo puede ser alcanzada mediante superar las limitaciones físicas, un proceso que se alimenta de la energía de la emuná. El cuerpo y el mundo físico son limitados, pero no hay límites para el alma.

Después de 210 años en Egipto, los judíos estaban listos para saltar al mar y forzarlo a dividirse, para sobrevivir cuarenta años en el desierto ante condiciones imposibles, sobreviviendo sólo mediante milagros, y para vencer a las poderosas naciones de Canaán sin tener experiencia militar. La grandeza de su emuná quedó claramente en evidencia.

Estas antiguas manifestaciones del poder de la emuná judía también tienen sus paralelos modernos. ¿Cómo puede sobrevivir una nación a dos mil años de exilio y persecución, y volver a su tierra y revivir su lenguaje? ¿Cómo puede una minúscula parte de la humanidad ser la fuente de todas las religiones monoteístas? ¿Cómo puede haber desarrollado una minúscula parte de la humanidad los valores morales del resto del mundo? ¡La grandeza del pueblo judío viene del poder de su emuná!