La parashá Pinjas nos muestra la visión de la Torá sobre el problemático tema de los fanáticos.

Todos vivimos en democracias liberales modernas y uno de los pocos principios que son sagrados para nuestras sociedades es la estricta observancia de los procedimientos civiles correspondientes. Las sociedades civilizadas reconocen los derechos básicos humanos. Y probablemente el más fundamental de estos derechos es el derecho a tener un proceso judicial como es debido. Negar este proceso es mucho más que una afrenta personal. Aceptar que alguien tomase la justicia en sus manos en cualquier grado sería una marca de un desarrollo social primitivo. Una sociedad que tolera a quienes toman la justicia en sus manos está necesariamente negando los derechos básicos humanos.

La tradición judía ve a la generación de israelitas que vagaron por el desierto como la “generación de los sabios”. Ninguna otra generación de judíos en toda la historia logró que tanta gente tuviera un nivel espiritual tan elevado como para permitir una reunión pública con Dios, y ninguna otra generación tuvo el privilegio de que Moshé —el maestro de Torá por excelencia— les enseñara. Los judíos nunca volvieron a alimentarse de maná o a habitar en la nube de Dios. La generación del desierto, desde el punto de vista judío, representa lo más elevado de la civilización humana. ¿Cómo podemos reconciliar esto con el hecho de que Pinjas haya tomado la justicia en sus propias manos?

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Los trece atributos de misericordia

La búsqueda de una respuesta nos conducirá por el camino de los trece atributos de misericordia y su relación con el mandamiento de “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Números 19:18), el cual constituye la piedra angular sobre la cual se construye el concepto judío de responsabilidad mutua. Rav Moshé Cordovero, el líder de los cabalistas antes de la llegada del Arizal, conecta estos dos principios en su libro Tomer Devora.

Los trece principios de misericordia deben ser vistos como manifestaciones externas de los rasgos de personalidad Divinos.

En su libro, él nota que el profeta Mija entiende los trece atributos en términos de características de personalidad de Dios (Mija 7:18). Por lo tanto, los trece atributos de misericordia descritos en el libro de Éxodo (34:6) deben ser vistos como formas de comportamiento que son manifestaciones externas de los rasgos de personalidad Divinos. La enseñanza de Mija es que la práctica de la misericordia por parte de Dios debe ser vista como la consecuencia de lo que nosotros los seres humanos consideraríamos “emociones”.

Rav Cordovero explica que la Torá nos ordenó “ir en Sus caminos” (Deut. 28:9), y que él escribió el Tomer Devora para enumerar y explicar los caminos de Dios que son los que debemos seguir. Como Mija proveyó una descripción del carácter Divino, el Tomer Devora es un estudio del carácter Divino según fue descrito por Mija y su traducción a los equivalentes humanos correspondientes. La tesis de la obra es que el objetivo final del mandamiento de ir en los caminos de Dios es motivarnos a tener una conducta similar a la de Dios.

Sólo por medio de desarrollar características de personalidad Divinas que se expresen en el mundo real en el contexto de las relaciones humanas es que el hombre podrá darle vida a la idea de haber sido formados ‘a imagen de Dios’. La ausencia de dichas características de personalidad en el hombre le daría una connotación de estatua inerte a la sagrada metáfora de haber sido creados ‘a imagen de Dios’ y la dejaría vacía de significado.

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Parientes cercanos

De acuerdo al profeta Mija, el cuarto atributo mencionado en Éxodo, la gracia de Dios, es una expresión del hecho de que Dios se siente relacionado con el pueblo judío. En las palabras del profeta, Él se relaciona con Israel como “el remanente de su heredad”. El Tomer Devora explica la relevancia de esta característica de personalidad de practicar la misericordia de la siguiente manera: Dado que Dios considera al pueblo de Israel como Sus parientes cercanos, cuando ellos hacen algo que merece retribución Él se dice a sí mismo, “¿Cómo podría castigar a Israel? Si los castigo Yo también sufriré, ¡por lo que en realidad estaría castigándome a mí mismo!”.

¿Pero de que manera es que están tan relacionados Dios e Israel?

El Tomer Devora explica que el alma colectiva judía, desde la cual se extiende una pequeña hebra hacia cada individuo, es una parte de Dios mismo, por decir así. De la misma forma en que un esposo y su mujer son considerados por la Torá como seres que provienen de una sola entidad —dado que la mujer fue sacada del cuerpo del hombre como es descrito en Génesis 2—, Israel es una entidad separada de Dios.

¿Pero de que manera es que están tan relacionados Dios e Israel?

Esta idea es el tema de la obra maestra del Rey Shlomó, el Cantar de los Cantares. Dicha obra describe la relación que une a Dios con Israel en términos de una historia de amor entre un gran rey y su mujer, quienes consumaron su intenso y duradero amor pero que se alejaron después de la boda por causa de una serie de malos entendidos. Toda la obra es una descripción de la intensidad de su anhelo mutuo y de su determinación de reanudar su relación.

La Torá describe al marido y a su mujer como remanentes de la carne del otro (Levítico 21:2), y ésta es la base sobre la cual se basa la descripción de Mija sobre Israel como un remanente de Dios.

El Tomer Devora señala que la imagen del remanente de Mija tiene grandes implicancias en relación a alcanzar un entendimiento adecuado de la relación entre un judío y su prójimo. Porque si los judíos somos un remanente de Dios en términos de nuestra alma colectiva, entonces quiere decir que somos también remanentes unos de los otros. Dado que cada uno de nosotros es una pequeña parte del alma colectiva judía, entonces resulta que cada uno de nosotros necesariamente tiene una parte de cada judío en su interior.

Por lo tanto, cuando uno de nosotros hace algo que lo daña espiritualmente, esto también daña inevitablemente a su hermano judío. La parte de sí mismo que reside en el alma de su prójimo —y que por lo tanto constituye parte de la fuerza vital de dicha persona— también se ve dañada. Por lo tanto, nuestras faltas tienen el efecto de reducir la fuerza vital total que hay disponible para nuestro prójimo y para nosotros mismos.

Dado que lo positivo siempre es más poderoso que lo negativo en los asuntos espirituales, lo mismo aplica cuando uno de nosotros hace algo meritorio que fortalece la expresión de su alma en el mundo físico. Tal como su propia fuerza vital se vuelve más fuerte, lo mismo ocurre con la parte correspondiente de sí mismo que constituye parte del alma de su hermano judío, por lo que la fuerza vital de cada judío vivo se vuelve fortalecida por medio de sus esfuerzos y, por lo tanto, multiplica el efecto de su meritorio acto.

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El rol del tzadik

De acuerdo a Rav Moshé Jaim Luzatto, este concepto tiene una fuente en el Talmud (Ketubot 8b). Rabi Jiya bar Aba era el maestro de los hijos de Reish Lakish. Uno de sus propios hijos [de Rabi Jiya] murió trágicamente y Reish Lakish, quien era un gran hombre, lo visitó para consolarlo. Sus palabras de consuelo se basaron en el versículo “Dios verá y será provocado por el enojo de Sus hijos e hijas” (Deut. 32:19). Reish Lakish interpretó el versículo de la siguiente manera: Una generación en la que los adultos provoquen a Dios Lo incitará a expresar Su ira en contra de sus hijos e hijas y, consecuentemente, morirán niños inocentes.

El Talmud se pregunta cómo pueden ser ofrecidas palabras como estas como consuelo. En lugar de consolar generan el efecto contrario y causan un sufrimiento aún mayor. El Talmud responde: Reish Lakish pretendía decirle a Rabi Jiya que era sumamente meritorio ser llamado a rendir cuentas por los pecados de la generación. Rashi explica: Tú debes ser muy preciado ante los ojos de Dios dado que Él te seleccionó a ti —y tú claramente no tienes culpa de nada— para expresar Su enojo con la generación.

La purificación de nuestra alma mediante el sufrimiento tiene el poder de purificar también el alma de todo judío.

El Ramjal explica: Dado que cada uno de nosotros contiene una parte del alma de su hermano judío, la purificación de nuestra alma mediante el sufrimiento tiene el poder de purificar también el alma de todo judío. Dios selecciona al tzadik como el receptor de la expresión de Su enojo, no porque sea el que más merece sufrir, sino porque es quien más merece que su alma sea purificada. Como un beneficio adicional para el tzadik, si mediante su sufrimiento él logra expiar por los pecados de la generación, entonces todos se volverán sus dependientes espirituales.

Esta dependencia es eterna y por lo tanto tiene una expresión incluso en el próximo mundo. Al dirigir Su enojo hacia el tzadik, Dios se asegura de que:

a. La generación logre llegar al Mundo por Venir, lo cual es el propósito principal de toda la existencia en este mundo.

b. El tzadik ocupe la posición superior allí, tal como merece.

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Amor por uno mismo

Rav Cordovero emplea este concepto para explicar la lógica que hay detrás del mandamiento de amar a tu hermano judío como a ti mismo. Dios nunca nos pide lo que es contrario a la razón o a la naturaleza humana. Es verdad que los mandamientos de la Torá están divididos entre Jukim —leyes sobre las que no tenemos explicación— y Mishpatim —leyes que podemos entender y con las cuales podemos relacionarnos fácilmente—, pero incluso los Jukim de la Torá nunca son contrarios a la razón.

Simplemente no disponemos de la información necesaria para comprenderlas y por lo tanto debemos aceptarlas con fe, pero eso no quiere decir que contradigan los dictámenes del sentido común. Dios nos dio mentes para que nunca actuemos de forma no razonable. ¿Por qué habría de comandarnos amar a nuestro hermano judío tanto como nos amamos a nosotros mismos, siendo que esto contradice a la naturaleza humana y al sentido común?

El punto es que si percibimos la realidad de forma correcta, entonces este mandamiento tiene mucho sentido y pertenece a la categoría de Mishpatim. Amor por el prójimo es en realidad amor por uno mismo, porque el prójimo es en realidad uno mismo, literalmente. Dado que cada uno de nosotros contiene una parte del alma del otro, cuando mi hermano judío está mejor, también lo estoy yo. Cuando está herido, también lo estoy yo. Su honor es mi honor.

Es más, una vez que aceptamos este concepto, se vuelve evidente que los contratos sociales no pueden ser nuestro parámetro para definir las formas permisibles de interacción con nuestro prójimo. La interacción entre judíos sólo puede ser analizada adecuadamente en términos de las consideraciones que aplican a los núcleos familiares. Las interacciones entre miembros cercanos de la familia no están gobernadas por las reglas objetivas del procedimiento adecuado, sino que reflejan las fuerzas emocionales de la dinámica familiar.

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Fanatismo excesivo

¿Acaso esto significa que una sociedad judía cuyas interacciones sociales se encuentren bajo el paraguas del mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo está condenada al tipo de caos que vemos en la historia de Pinjas? ¿Acaso los judíos deberían estar constantemente en un estado de ansiedad, temerosos de ser víctimas del fanatismo excesivo del otro?

Todos nos damos cuenta que nosotros, como sociedad, pagamos un gran precio por el grado de libertad civil que deseamos. Sabemos perfectamente que si todos utilizaran el transporte público, tendríamos mucha menos contaminación y podríamos eliminar substancialmente las tragedias vehiculares. Sabemos que si legisláramos en contra de las cadenas de comida rápida, reduciríamos substancialmente los problemas de obesidad y las enfermedades que vienen como consecuencia de esta. Sabemos que si censuráramos el sexo explícito y la violencia de nuestras televisiones, reduciríamos drásticamente la violencia social y las violaciones. Nuestros hijos se ven expuestos a drogas y violencia en las escuelas públicas porque no damos los pasos necesarios para restringir la libertad de quienes son responsables de propagar estas enfermedades sociales. Estamos conscientes de que leyes serias de control de armas salvarían las vidas de muchas víctimas inocentes, especialmente niños.

Toleramos los problemas sociales porque no queremos vivir bajo una tiranía.

Sin embargo no somos estúpidos. Toleramos todos estos problemas por una simple razón. No queremos vivir bajo una tiranía. En esta sociedad que hemos intentado perfeccionar, una sociedad en la cual el gobierno tiene la menor injerencia posible en las vidas de las personas, la libertad individual sólo puede ser restringida cuando hay un peligro claro para otros seres humanos. Sólo podremos preservar nuestra libertad de expresión si aceptamos tolerar las expresiones de las propias individualidades del resto. Obviamente esto es siempre y cuando dichas expresiones no sean un peligro.

Hemos reconocido y consagrado un derecho humano universal de establecer un espacio privado en el cual cada individuo pueda gozar de completa libertad de acción. El espacio vacío que se crea en la penumbra de estos derechos es la única área de libertad individual. Cualquier violación de este espacio es una invasión a la libertad y, por lo tanto, constituye una amenaza a la compleja y frágil estructura que hemos erguido con tanto esfuerzo.

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Dinámica social judía

Nosotros los judíos entendemos perfectamente esta dinámica de mundo, pero en realidad no calza con nuestra dinámica social. Nosotros no somos una sociedad de individuos que velan sólo por su propio bienestar, sino que estamos unidos unos a otros por medio de nuestra alma común. Cada uno de nosotros contiene una pieza de todo el resto. Cuando hacemos algo, sin importar qué, estamos expresando el alma de todo el resto del pueblo junto con la propia. En lugar de que el foco social esté en “ocúpate de tus propios asuntos”, nosotros tenemos un mandamiento de “reprenderás a tú prójimo y no cargarás con un pecado por su causa” (Levítico 19:17). Preocuparte de tus propios asuntos resulta en cargar con el pecado de la otra persona.

Pero sin embargo, la Torá nos provee un marco en el cual a pesar de todo esto podemos evitar con facilidad el inconveniente de invadir el espacio del otro y tiranizar a nuestro prójimo. Nuestra responsabilidad por el comportamiento del otro es expresada en el siguiente versículo:

Los pecados ocultos son para Hashem, nuestro Dios, pero los pecados revelados son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para cumplir todas las palabras de nuestra Torá” (Deuteronomio 29:28).

Los pecados ocultos siguen siendo ocultos si seguimos la ley de la Torá. De acuerdo a las leyes de Lashón Hará (“habla perniciosa”), está estrictamente prohibido exponer el pecado oculto de alguien a excepción de circunstancias sumamente restringidas. Por lo tanto, si veo a mi prójimo haciendo algo malo, no tengo permitido revelar su trasgresión a nadie. A pesar de que yo tengo la obligación de reprenderlo, esto es lo más lejos que puedo llegar. El Talmud estipula:

Hay tres tipos de persona que Dios odia: Las que hablan de una forma con sus bocas pero piensan de otra dentro de sus corazones, las que pueden testificar por sus amigos pero prefieren preocuparse en cambio de sus propios asuntos, y las que observan a su prójimo cometiendo una trasgresión sexual y van a testificar en su contra cuando eran el único testigo. Como en la siguiente historia: Tuvia cometió un pecado y Zigud fue donde Rabi Papa para testificar en su contra. Rabi Papa le dio latigazos a Zigud. Él protestó: “¿Tuvia peca y Zigud recibe latigazos?”. Rabi Papa le respondió: “¡Claramente! Está escrito, “Un testigo solitario no debe testificar en contra de nadie” (Deut. 19), y tú viniste solo a testificar. Todo lo que lograste fue decir calumnias de Tuvia”. (Pesajim 113b).

Para exponerse a sí mismo a la posibilidad de censura pública, el judío tiene que ir y cometer la trasgresión en público. Todo el tiempo que mantenga sus transgresiones en privado, estas seguirán siendo un problema que debe solucionar Dios, no nosotros. Tal como yo le confío a Dios mi propia vida, asimismo le confío que se haga cargo de las partes de mi alma que están implantadas en mis hermanos judíos.

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Trasgresión pública

Un judío que vive de acuerdo a las leyes de la Torá entiende perfectamente bien que no debe cometer una trasgresión en público. Él sabe que no le será permitido rebajar el estándar moral público. Sus hermanos judíos fueron instruidos por Dios de reprenderlo y detenerlo tan pronto como lleve su acción al dominio público.

La sociedad secular no tiene otro recurso sino proteger la privacidad y libertad individual tras la barrera protectora de los derechos que fueron creados socialmente, ya que no hay otra forma en la Tierra de impedir que una acción privada se vuelva pública en el mundo secular. No hay una ley secular de Lashón Hará, y nunca podría haber una. Va en contra del principio de libertad de expresión, el cimiento mismo que soporta la barrera tras la cual se protegen todos los otros derechos. La verdadera privacidad, por lo tanto, por definición no puede existir en el mundo secular. Dado que no hay una manera práctica de mantener la distinción entre las acciones públicas y privadas, la sociedad debe proteger el comportamiento público definiendo el área en el cual se desarrolla como privada para poder preservar las libertades individuales.

La Torá toma una ruta alternativa. Si Zimri hubiera tenido relaciones con Kozbi en privado, él podría haber mantenido todos sus honores y aún así habría sido reconocido en el futuro como el líder de una de las tribus de Israel. Incluso si Pinjas hubiera visto a Zimri cometer su pecado, él se habría visto obligado —dado que era un judío que respetaba la Torá— a ocultar su hallazgo y a brindarle a Zimri respeto público como si nada hubiese pasado.

Zimri fue y cometió su pecado frente a una audiencia masiva.

Es más, incluso si cientos de personas hubiesen presenciado el pecado, si cada uno lo hubiera visto desde una ventana separada entonces no habría estado permitido que el pecado de Zimri se volviera de conocimiento público de acuerdo a las leyes de Lashón Hará. Ninguna de esas personas habría podido ir a la corte por sí misma, y no habrían tenido permitido compartir la información con otros; por lo tanto, nunca habrían podido descubrir que había más de un observador. Y él no sólo se habría salvado de la amenaza de los fanáticos, sino que su estatus social se habría mantenido completamente intacto.

Pero Zimri fue y cometió su pecado frente a una multitudinaria audiencia. Por lo tanto, él estaba haciendo una declaración; estaba enviando un mensaje y no sólo satisfaciendo sus deseos personales. Él le estaba diciendo a todos que no había necesidad de esconder lo que estaba haciendo, porque era lo correcto de hacer. Y si le hubiese permitido continuar como si nada hubiese pasado, una pequeña esquina en el alma de cada individuo habría comenzado a proclamar que en realidad no había nada de malo en la acción de Zimri.

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La responsabilidad de ser un modelo a seguir

Todos sabemos que cuando alguien conocido (un modelo a seguir para mucha gente) comete una trasgresión pública, esta resuena en toda la sociedad y tiene un efecto sumamente dañino especialmente en la juventud. Cuando descubren por ejemplo que consumen drogas, esto hace que las drogas sean aceptables ante sus ojos. Si él o ella puede hacerlo y aún así es admirado/a, entonces ¿por qué no podría hacerlo yo también? Quién sabe cuántas vidas más se pierden por causa de esto.

Cuando dicha gente no toma en serio su fidelidad matrimonial, todos sabemos que se debilita la estructura familiar. Quién sabe cuál sería el estándar predominante de fidelidad marital si los famosos fuesen fieles a sus parejas.

En el mundo secular, nos vemos obligados a enfrentar estos peligros y a tolerar estos males para evitar vivir en tiranía, lo cual a su vez es el mayor de los males. La incapacidad de garantizar privacidad nos deja sin alternativa.

En el mundo de la Torá, somos capaces de garantizarle a la gente una absoluta privacidad. El mismo sistema que le permitió a Pinjas matar a Zimri sin el beneficio de un proceso judicial como es debido le habría garantizado a Zimri el derecho de hacer lo que considerase adecuado en privado.

Cualquier intento de interferir con sus acciones o de exponerlo habría causado censura pública al metiche en lugar de a Zimri y habría sido considerado el mayor mal.

Los judíos no nos vemos forzados a aceptar el ‘mal menor’ como la sociedad secular. ¿Hay alguna razón por la que nos someteríamos a esto cuando no es necesario hacerlo?