Dios le habló a Moshé en el desierto del Sinaí, en la Tienda del Encuentro, en el primer día del segundo mes, en el segundo año después del Éxodo de la tierra de Egipto, diciendo: ‘Hagan un censo de toda la asamblea de los Hijos de Israel según sus familias, según sus casas paternas, por número de los hombres de acuerdo a la cuenta de sus cabezas” (Números 1:1-2).

Rashi explica que siempre que Dios pidió un censo, su propósito no era determinar, sino demostrar. Él no pedía el censo porque le interesaba saber la cuenta, sino que lo pedía para mostrar Su afecto por el pueblo judío.

El censo de nuestra parashá es en realidad el tercer censo que ordenó Dios en los dos años que habían pasado desde el Éxodo. Él pidió un censo cuando salieron de Egipto (Éxodo 12) para establecer el tamaño del ganado. Luego, cuando algunos de la congregación participaron en el pecado del Becerro de Oro, entonces Él pidió un segundo censo (Éxodo 32) para determinar el número de los faltantes.

El ímpetu que había detrás de este último censo era la construcción del Tabernáculo. Su completitud inició el período de 800 años en que la Shejiná, la ‘Presencia Divina’, habitó en el campamento judío. Dicho período terminó con la destrucción del Primer Templo por los Babilonios.

Dios pidió este censo en particular para determinar no sólo el número, sino también la identidad del pueblo judío entre quienes Su Presencia habitaría. A diferencia de los anteriores, este censo fue por tribu, familia y nombre.

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Corrigendo un malentendido

Si examinamos el argumento que hay detrás de la explicación de Rashi, su razonamiento parece ser como sigue:

Dado que Dios es omnisciente y que por lo tanto por definición sabe todo, Él claramente sabía el número de integrantes del pueblo judío sin la necesidad de ningún censo. Por lo tanto, dado que el propósito del censo no podía ser obtener información, entonces el censo debe haber sido ordenado por Dios para mandarle a Israel un mensaje sobre Su amor.

El censo emerge como el método que seleccionó Dios para corregir un malentendido sobre Su rol con el pueblo judío.

Al pedir lo que todos consideraban información superflua, Dios estaba enfatizando que todo judío era preciado ante Sus ojos, y que todo individuo era un factor igualmente relevante en Su decisión de establecer Su Presencia dentro del campamento judío.

Si examinamos esta teoría en un nivel más profundo, el censo emerge como el método que seleccionó Dios para corregir un malentendido, un malentendido sobre cómo tener una relación con Él.

Nuestra relación con Dios se puede describir de dos formas:

  1. Por un lado, Dios es descrito como nuestro Padre. De esta forma, Moshé declaró en nombre de Dios: “Mi hijo primogénito es Israel” (Éxodo 4:22), y proclamó “Acaso no es Él tu padre…” (Deut. 32:6).

  1. Por otro lado nos referimos a Dios como nuestro Rey en cada bendición que recitamos. De acuerdo a nuestros sabios, el primer mandamiento de los Diez Mandamientos, “Yo soy Hashem tu Dios” (Éxodo 20:2) nos obliga a aceptar a Dios como el Rey absoluto.

En el mejor de los casos, un entendimiento superficial de esta conexión de dos facetas pondría a estos dos aspectos de la unión humano-divina en áreas separadas. El aspecto de Rey describiría la interacción de Dios con el pueblo judío como un todo, mientras que el aspecto de Padre describiría el rol de la Providencia Divina, la cual le da a cada individuo una guía y escrutinio separado.

Y digo “en el mejor de los casos” porque también es posible interpretar de forma completamente errónea la descripción de Dios como Padre de Israel y creer que se refiere a lo mismo que se refiere la gente en Estados Unidos cuando dice que George Washington es el padre de la nación.

El hecho que George Washington sea el padre de su país no tiene nada que ver con su relación con los estadounidenses, tanto de forma individual como colectiva, en cualquier generación, incluyendo la propia. Simplemente sirve para identificarlo como el fundador de Estados Unidos, con la implicancia adicional de que fue un fundador que se tomó a pecho el establecimiento de un país libre e independiente. Él no fue simplemente un general victorioso, un héroe popular de la guerra que serviría como primer presidente de la nación, sino que fue un idealista que realmente creía en la importancia de establecer una nación que se basara en los principios que detalló en la constitución de los Estados Unidos. En el contexto del judaísmo, esta descripción de “George Washington” haría referencia a Abraham, Itzjak y Yaakov, pero no a Dios.

Dios es descrito como el Padre de Israel en un sentido paternal genuino. En su trato hacia Israel, Dios cumplió con todas las funciones de un padre consciente al pie de la letra. Él se preocupó de la educación de Israel durante el exilio egipcio, instruyó y educó a la nación judía personalmente mediante el encuentro en Sinaí, y les proveyó para su futuro al llevarlos a la tierra prometida.

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Padre y Rey

Esta descripción dual de Dios como el Rey y Padre de Israel busca realmente transmitir un profundo pensamiento. En los asuntos de los seres humanos, el foco del gobernante y el foco del padre por lo general son mutuamente excluyentes. El foco del gobernante es el bien público, mientras que el foco de los padres es el bien individual del hijo.

Podemos ver una ilustración simple de la dicotomía que resulta de esta diferencia en el foco si observamos el conocido fenómeno de la discriminación inversa.

Como sociedad tenemos una necesidad urgente de hacer avanzar a las minorías.

Como sociedad tenemos lo que muchos consideran una necesidad urgente de hacer avanzar a las minorías. Si falláramos en hacerlo de forma inmediata y veloz, eso haría que se intensificara la poderosa percepción de discriminación que sienten esas minorías y podría generar fácilmente una gran discordia y descontento social. Desde el punto de vista de políticas públicas, la discriminación inversa es una excelente estrategia social.

Por otro lado, desde un punto de vista individual esto es sumamente injusto. La persona menos competente o merecedora obtiene un lugar en la universidad o un mejor trabajo simplemente por ser miembro de una determinada minoría. Los individuos que pertenecen a lo que se considera la mayoría deben injustamente enfrentar numerosas dificultades en sus esfuerzos por avanzar en la carrera del desarrollo personal y del éxito social. Un gobernante responsable claramente se preocuparía de implementar la discriminación inversa. Pero el padre de un niño que pertenece a la mayoría claramente se opondría a ésta.

Por lo tanto, a primera vista parecería que las áreas de acción de Dios-Rey y de Dios-Padre deberían ser completamente separadas. Así, Dios-Rey establecería las políticas sociales generales, y Dios-Padre haría su máximo esfuerzo para maximizar las posibilidades de cada individuo en las áreas en las que su interés individual no entra en conflicto con el correcto desarrollo de las políticas sociales. Sin embargo, cuando éstas sí entran en conflicto, entonces Dios-Padre se rendiría ante la primacía de Dios-Rey.

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El censo

El censo de nuestra parashá viene justamente a corregir este malentendido. En términos simbólicos, el hecho de que la Presencia Divina resida en el Tabernáculo es paralelo al fenómeno en el cual la monarquía humana asume formalmente su trono en su recién construido palacio. El mensaje del censo es que a diferencia de los gobernantes humanos, Dios no sólo asume Su trono sobre el pueblo como un todo, sino que también lo hace sobre cada individuo. Las instrucciones del censo enfatizan que Dios está viendo más allá de las tribus y familias y se está enfocando en los nombres individuales.

Dios ordenó el censo para asegurarse que el individuo nunca se pierda en medio del bien común y que el bien común tampoco sufra para promover el bienestar de los individuos. Dios maneja el mundo y al pueblo judío de forma tal que nunca hay conflicto. Él no esta vistiendo dos sombreros, uno de Padre y uno de Rey, sino que mezcla y combina ambas funciones bajo un solo paraguas. Él es Padre-Rey.

Puede que ésta sea una hermosa idea, pero tenemos que traerla a la tierra. La clave para apreciar esto se encuentra en la distinción que hay entre necesidades y deseos.

El deber de un padre es preocuparse de las necesidades de su hijo. De hecho, su deber muchas veces implica suprimir los deseos del niño.

Analicemos por ejemplo la necesidad de ganar un sustento. Todos deben estar equipados para valerse por sí mismos en este mundo y todos reconocen que parte de la obligación del padre es equipar a su hijo con los medios para ganar un sustento. Supón que el niño quiere ser doctor con todo su corazón. El padre toma en cuenta el C.I. de su hijo, sus malas notas en biología y su incapacidad de manejar situaciones de alta presión, y llega a la conclusión de que su hijo probablemente no tiene lo que se necesita para tener éxito en la escuela de medicina.

Por otro lado, el padre siente que su hijo sería un excelente contador dada su comprobada habilidad para las matemáticas. Un padre responsable haría todo lo posible para que su hijo abandone sus sueños de seguir una carrera médica y se conforme con ser contador. Es verdad que estaría reduciendo su felicidad al no dejar a su hijo seguir su corazón, pero su deber es preocuparse de proveer de acuerdo a sus necesidades.

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El deber de un gobernante

Pero por otro lado, el deber de un gobernante es preocuparse por la satisfacción de los deseos. La gente lo considerará un gobernante exitoso sólo si bajo su gobierno logran obtener más de lo que quieren de la vida. Si él se enfoca en proveer lo que él considera que son las necesidades de la gente e ignora sus deseos, entonces probablemente se encontrará prontamente sin trabajo. Puede que incluso tenga razón en su juicio sobre qué es lo que necesita la gente, pero de todas formas eso no haría ninguna diferencia. Él fue elegido para maximizar deseos y cuando en lugar de eso él se enfoca en las necesidades entonces está descuidando su misión. La mayoría de nosotros tenemos poca paciencia para una legislación o liderazgo paternalista y consideramos que el hecho de que el gobernador decida qué es lo mejor para nosotros es una violación injustificada de nuestra libertad.

En la práctica, las necesidades y los deseos suelen confundirse y los gobernantes y padres suelen perder el rumbo.

A pesar de que esto es claro en la teoría, en la práctica las necesidades y los deseos suelen confundirse y los gobernantes y padres suelen perder el rumbo. La razón de esta confusión es muy simple. Desde un punto de vista secular, es casi imposible distinguir entre necesidades y deseos salvo en casos muy específicos como el que mencionamos anteriormente. Mientras más avanzada sea la sociedad, más difusa se volverá la línea entre necesidades y deseos. ¿Quién puede determinar si tener un automóvil es un deseo o una necesidad? ¿Y que hay con estar a la moda? ¿Y la necesidad de vacaciones?

Dios no tiene este problema. Él sabe exactamente lo que necesita la gente. Él diseñó y construyó a cada persona de forma individual, y sabe exactamente por qué envió a cada uno de nosotros a este mundo. De acuerdo al pensamiento judío, cada alma fue enviada a este mundo para perfeccionarse a sí misma a través de vencer a su inclinación negativa. En lo que concierne a Dios, cada persona tiene que tener lo necesario para poder pelear su propia batalla y alcanzar así su propia perfección.

Las necesidades de una persona están inicialmente en las manos de Dios. Él es quien las define y por lo tanto Él puede suplirlas. De hecho, Él debe suplirlas. Sería absurdo meterse en el problema de enviar a una persona al mundo para perfeccionarse y no proveerle lo que necesita para desempeñar su trabajo correctamente. No habría absolutamente ninguna excusa para que un Dios omnipotente tuviera un comportamiento tan extraño como ese. Por otro lado, la única forma de perfeccionarse es por medio del libre albedrío. Dios puede proveer a cada uno con el equipamiento necesario para cumplir su misión y efectivamente lo hace, pero lo que cada uno haga con este equipamiento no está bajo Su control.

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Deseos versus necesidades

Los deseos de una persona son mucho más complejos que sus necesidades. Dado que toda persona tiene libre albedrío y que cada uno elige lo que desea, entonces la determinación de estos deseos no está en lo absoluto en las manos de Dios.

Ahora bien, Dios no necesita ser elegido, y teóricamente podría haber asumido el reinado sin el consentimiento humano. Pero sin embargo Él decidió no hacerlo así. Porque el reinado pertenece a Dios, y Él gobierna sobre las naciones (Salmos 22:29).

Dijo el Gaón de Vilna: “Un rey es electo por consentimiento; alguien que gobierna a la fuerza puede ser un gobernante, pero no es un rey. Sobre Israel, Dios es el Rey ya que ellos aceptaron Su dominio voluntariamente en el monte Sinai. Sobre las naciones Él meramente gobierna como si nunca hubieran aceptado Su autoridad voluntariamente”.

Al igual que cualquier otro jefe de estado que conozcamos en el mundo moderno, Dios debe gobernar con el consentimiento popular. Pero esto significa que Él debe proveer lo que el pueblo quiere o si no será depuesto. ¿Cómo podría Dios hacer esto siendo que Él no tiene control sobre lo que la gente desea?

La respuesta está en la profundidad de las palabras del Gaón y penetra en lo más profundo del judaísmo. Cuando el pueblo judío eligió a Dios como su Rey, ellos no lo eligieron por ser el candidato que mejor podía darles lo que ellos querían. Ellos lo eligieron en cambio porque Él era quien mejor podía decirles qué es lo que ellos realmente deseaban.

La diferencia entre necesidades y deseos surge de la confusión entre las ideas de “lo que yo quiero” y “lo que es mejor para mí”. Teóricamente, toda persona pensante quiere lo que es mejor. ¿Pero cómo alguien puede estar seguro de qué es exactamente lo mejor para él? Para saber la respuesta tendrías que ser omnisciente.

Los seres humanos no son omniscientes, y dado que no tienen forma de saber qué es lo mejor para ellos, terminan eligiendo lo que ellos quieren. Lo que es mejor es desconocido, pero lo que se desea es claro como el agua. A lo máximo que pueden aspirar los seres humanos por sí mismos es a evitar lo que claramente es dañino. Pero, para obtener lo que es mejor, debes confiar en Dios.

A lo máximo que pueden aspirar los seres humanos por sí mismos es a evitar lo que claramente es dañino.

Cuando el pueblo judío eligió a Dios como su líder, ellos dijeron: “Nosotros sabemos que Tú sabes exactamente qué es lo que necesitamos. Si nosotros poseyéramos tu omnisciencia, entonces la confusión que hay entre nuestras necesidades y nuestros deseos se desvanecería instantáneamente. Pero dado que no somos omniscientes como Tú, estamos dispuestos a confiarte nuestras vidas a ti. Estamos seguros que cuando sigamos Tus reglas, obtendremos finalmente lo que realmente queremos”.

El Talmud nos cuenta (Shabat 88a) que cuando Dios le ofreció la Torá a Israel, ellos expresaron su aceptación con las palabras “haremos y después entenderemos”. Esta declaración encapsula todas las ideas que hemos discutido en este ensayo. La única forma que tienen los seres humanos para igualar sus deseos con sus necesidades y para obtener realmente lo que es mejor para ellos es mediante una revelación Divina. Sin la ayuda de una revelación como esa, por definición sería imposible obtener dicho conocimiento.

Al aceptar a Dios como su Rey sabiendo que Él sólo asumiría la posición utilizando los sombreros combinados de Padre-Rey, el pueblo judío se puso a sí mismo en una situación en la que sus necesidades y deseos se combinan a la perfección.

Siempre leemos parashat Bamidbar antes de Shavuot —el aniversario del encuentro en Sinaí—, el día en que aceptamos la Torá de Dios con las palabras “haremos y después entenderemos”. El censo de nuestra parashá es el recordatorio anual de la sabiduría de nuestra elección.