Una de las leyes que aparece en esta parashá es conocida como la ley de la sotá, la cual describe cómo debe tratar una corte judía con una mujer adúltera (Números 5:12-31).

Si una mujer es acusada de adulterio por su marido, y hay razones serias para sospechar que dicha acusación es cierta, entonces ella debe tomar una decisión: aceptar un divorcio o someterse a una extraña prueba. La prueba, si opta por hacerla, requiere que beba “aguas amargas” en las cuales fue disuelto el nombre de Dios, y si es culpable entonces morirá instantáneamente.

Si pudiéramos hacer un concurso para determinar cuál es el mandamiento que ha sido más malinterpretado de todos, entonces la ley de sotá probablemente sería declarada la amplia vencedora.

El principal problema recae en la noción errada de que esta ley busca menoscabar a las mujeres. Pero eso está lejos de la verdad. Al igual que en todas las cosas, la verdad está en los detalles.

Aclaremos primero los hechos:

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Aclarando los hechos

A pesar de que es la mujer que fue acusada quien debe tomar las aguas amargas, estas aguas afectan de igual forma a su pareja en el adulterio. Tal como las aguas la examinan a ella, también lo examinan a él (Talmud, Sotá 27b).

Es más, la Torá le da el poder de decisión a la mujer en lugar de dárselo al hombre que deberá compartir su destino. Ella no está forzada a beber las aguas amargas. Ella puede admitir su adulterio y aceptar un divorcio. Y la verdad es que ella ni siquiera tiene que admitir algo. Puede simplemente rehusarse a beber las aguas por cualquier razón. Puede decir que siente demasiada ansiedad, que prefiere perder su dinero antes de hacer que sea borrado el nombre de Dios, que de todas formas no puede vivir con un esposo que sospecha de ella, etc. Todo lo que pierde si decide no beber de las aguas es su ketubá, su contrato matrimonial, lo que implica solamente una pérdida monetaria. Ella queda libre para casarse con quien quiera y para salir de ese embrollo sana y salva.

En esta situación, el hombre depende de la misericordia de la mujer.

El hombre, por otro lado, depende de la misericordia de la mujer. Si ella se declara inocente e insiste en beber de las aguas, entonces a él no le serviría de nada admitir sus culpas. Después de que ella ha decidido beber, si las aguas la matan a ella también lo matarán a él.

En general, la ley judía trata a ambas partes del adulterio de la misma forma. Lo que es un delito punible para ella también lo es para él.

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Cooperación de Dios

Najmánides señala que de los 613 mandamientos, sólo la ley de la sotá requiere la cooperación específica de Dios para que funcione. Las aguas amargas sólo pueden ser efectivas de forma milagrosa. La Torá les asegura a los adúlteros que luego de tomar las aguas morirán instantáneamente, y le promete a la mujer inocente —que fue acusada injustamente y que decidió someterse a la humillante experiencia de sotá para demostrar su inocencia— que quedará embarazada incluso si es infértil.

De hecho, el Talmud cuenta que Jana —una profetiza, madre del profeta Shmuel y que además era infértil—, amenazó a Dios que si Él no la ayudaba a concebir mediante sus rezos entonces ella se haría sotá y Lo forzaría a ayudarla de cualquier manera (Brajot, 31b).

La ley de la sotá es también el único mandamiento cuyo cumplimiento requiere que el nombre de Dios sea borrado, un acto que por lo general está prohibido y quien lo hace recibe el castigo de latigazos. Los comentaristas explican que es tanto lo que está en juego con la pureza familiar judía y con la confianza marital, que Dios está dispuesto a permitir que se borre Su propio nombre y a no aplicar esta vez Su política de conducir el mundo por medio de las leyes de la naturaleza con tal de restaurar la confianza doméstica y la paz marital.

Todo milagro es una completa violación de la política divina de permanecer en el anonimato.

Por lo tanto, cualquiera que sea escéptico de la existencia de Dios o del hecho que Él interviene en las vidas humanas, puede asumir con seguridad que todo el tema de la sotá según como lo describe el Talmud nunca pasó en realidad. Por otro lado, quien acepta la verdad de la Torá según como es interpretada por nuestros sabios no puede evitar conmoverse por la preocupación de Dios por la santidad del matrimonio judío.

Todo milagro es una completa violación de la política divina de permanecer en el anonimato tras los fenómenos naturales y de mantenerse fuera del camino del hombre, para no interferir así con el ejercicio del libre albedrío. Sin embargo, a pesar de que los rabinos más santos y las tragedias más grandes no han sido suficientes para persuadir a Dios de que altere su política de ocultamiento, toda mujer sotá tenía el poder de forzar a Dios a salir al descubierto.

La ley de la sotá es el completo opuesto de la discriminación hacia la mujer judía. Esta ley enfatiza su supremacía en todas las áreas importantes de la pureza familiar. Cuando se trata de estos temas, el hombre judío es un mero agregado.

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El problema de la aguná

Para la mente moderna, el fenómeno de la sotá es tan sólo un capítulo en lo que es conocido como el problema de la aguná, el cual también es tristemente malentendido.

En resumen, el problema de la aguná surge del hecho que bajo la ley judía un divorcio no está completo sino hasta que el esposo le dé a su esposa el guet, el documento de divorcio. Esto le permite al esposo negarle la libertad a su esposa cuando el matrimonio se torna insostenible hasta que ella pague un rescate. La mujer no se puede volver a casar sin obtener un guet. Pero para obtener el guet, ella debe obtener la cooperación de su esposo, un requerimiento que abre la puerta a todo tipo de chantajes y abusos.

El sentimiento entre los judíos progresistas es que los rabinos podrían idear una solución halájica para el problema si así lo quisieran, y por lo tanto, el hecho que no lo hayan ideado sería un indicativo de que ellos apoyan estas actitudes en contra de la mujer. Este sentimiento —de que los rabinos ignoran el sufrimiento de la mujer— es el responsable de la falta de estima que tienen los judíos progresistas por los rabinos ortodoxos.

Para aclarar las cosas, vale la pena aclarar también los dictámenes de la ley judía con respecto a la situación de la aguná:

De acuerdo a la ley judía (Shuljan Aruj, Even Haezer Capítulo 77) toda mujer judía tiene el derecho a forzar a su marido a darle el divorcio. Si ella va a la corte y declara que no puede seguir viviendo con su marido por la simple razón que ya no siente aprecio por él, y ella está dispuesta a condonar el valor de su ketubá, entonces él está obligado a darle el divorcio.

Si el se rehúsa a darle el divorcio, la corte lo obliga a dárselo por la fuerza.

Si el se rehúsa a darle el divorcio, la corte lo obliga a dárselo por la fuerza.

En una situación como esa, la mujer toma su dote y todas las propiedades que ella llevó consigo al matrimonio, y sólo condona los pagos de pensión alimenticia, la suma total de 200 zuz, junto a lo que sea que el esposo acepto voluntariamente a pagar en su acuerdo prenupcial si eventualmente se divorciaban.

Ninguna mujer judía, bajo ninguna circunstancia, tiene una obligación de hacer ningún tipo de pago a su esposo como parte de un divorcio según lo establece la ley judía.

Por lo tanto, si las cortes rabínicas tuvieran algún poder, entonces el problema de la aguná simplemente no existiría. Pero dado que no tienen poder en el mundo moderno, son incapaces de forzar el cumplimiento de cualquier ley de la Torá, y es por eso que han proliferado los problemas de agunot en el mundo.

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Tesoro espiritual

Pero hay un gran tesoro espiritual enterrado aquí que está esperando ser descubierto.

Tal como la sotá tiene el poder de demostrar la existencia de Dios al forzarlo a revelarse, asimismo una corte rabínica puede hacer uso del problema de la aguná para demostrar la santidad que reside en toda alma judía.

Consideremos un pasaje sobre este tema en la obra de Maimónides, Iad Jazaká.

Si la ley judía exige que el hombre le de a su esposa el divorcio y él no quiere hacerlo, entonces es el deber de la corte judía en cualquier lugar y en cualquier época aplicar coerción física hasta que el esposo exprese abiertamente su deseo de darle el divorcio, y entonces la corte escribe el documento de divorcio, el cual es casher bajo estas circunstancias.

Pero, ¿por qué no es invalido este guet, siendo que fue obtenido por coerción?

La razón es que sólo consideramos que la persona estaba actuando bajo coerción si es presionada o forzada a hacer algo que la Torá no le comandó hacer. Pero alguien que se ve superado por su inclinación negativa —la cual lo fuerza a violar un mandamiento positivo o a transgredir un mandamiento negativo—, no se considera que esté actuando bajo coerción; por el contrario, su inclinación negativa lo forzó a hacer el mal.

Por lo tanto, el esposo que no quiere darle el guet a su esposa, dado que quiere seguir siendo judío, entonces realmente quiere cumplir con todos los mandamientos positivos y evitar transgredir los mandamientos negativos; es sólo que su inclinación negativa se está sobreponiendo a él. Por lo tanto, cuando es presionado físicamente hasta que su inclinación negativa se debilita y él declara abiertamente su voluntad de cumplir con su deber, se considera que está dando el guet por su propio libre albedrío (Maimónides, Iad Jazaká, Leyes de Divorcio, 2:20).

En estas leyes hay un mensaje muy conmovedor.

El escéptico que no se conmovió con la inspiradora demostración de preocupación divina que percibió el creyente en la ley de la sotá, se relacionará con estas palabras de Maimónides con el mismo escepticismo. Pero para quien acepta las Leyes de la Torá como divinas, entonces estas palabras de Maimónides revelan la siempre presente e inextinguible chispa divina en el alma judía.

Hay un mensaje muy conmovedor en estas leyes.

Todo el fenómeno de la santidad en nuestro mundo descansa sobre los pilares de la Providencia Divina y el alma humana. Y estos pilares sólo pueden ser expuestos públicamente por medio del proceso de disolución de un matrimonio judío. Aparentemente, un matrimonio como este contiene una abundancia tan grande de santidad que cuando el recipiente se destroza sale desparramada santidad hacia todos lados.

¿Realmente el matrimonio judío es un fenómeno tan lleno de santidad? ¿Cómo podemos relacionarnos con esto?

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Dos tipos de matrimonio

Resulta que hay dos tipos de matrimonio que son reconocidos por la Torá.

Antes de que fuera entregada la Torá, un hombre conocía a una mujer en el mercado. Si llegaban a un acuerdo mutuo de casarse, él la llevaba a su casa, tenía relaciones con ella en privado y ella se convertía en su esposa (Maimónides, Mujeres 1:1)

Con respecto a la disolución de un matrimonio como este, Maimónides continúa:

¿Y cuándo se consideraba que una mujer estaba divorciada? Cuando el hombre la expulsaba de su casa y la enviaba a valerse por sí misma, o cuando ella decidía dejarlo y se iba. Ellos no necesitaban un documento de divorcio, y la decisión no dependía de él; ya sea que él o ella decidían separarse, así era (Maimónides, Reyes 9:8).

Bajo este sistema que precede a la Torá —y el cual aún es practicado en el mundo no judío hoy en día— todos los aspectos del matrimonio son completamente mutuos. El matrimonio comienza con una cohabitación consensuada, y se disuelve por la decisión de cualquiera de las partes de dar fin a la cohabitación. El adulterio sólo es considerado adulterio cuando es un hecho escondido. Si una mujer decide abiertamente tener relaciones con otro hombre sin esconder el asunto de su marido, entonces no se considera adulterio; en realidad, ella le está diciendo a él que quiere ser libre, de lo cual tiene absoluto derecho. Si él escoge estar de acuerdo con ella, entonces ella podría ir y tener relaciones con el segundo hombre, y luego regresar donde su antiguo marido y retomar su vida marital.

Contrastemos las leyes de este tipo con las leyes de la Torá, que son las que definen un matrimonio judío:

Una vez que fue entregada la Torá, los judíos fueron comandados de que cuando un hombre quiere casarse con una mujer, él debe hacer primero un contrato marital formal ante la presencia de testigos y sólo después de dicho acto es que ella se puede considerar su esposa... Una vez que un matrimonio formal como este ha tenido lugar y que la mujer ha sido santificada, a pesar de que él nunca haya tenido relaciones con ella y a pesar de que ella nunca haya entrado a su casa, ella se considera una mujer casada. Quien tenga relaciones con ella es punible con pena capital, y si él quiere divorciarla, entonces ella necesita un documento de divorcio (Maimónides, Mujeres 1:3).

En otras palabras, la Torá introdujo para los judíos un concepto completamente nuevo de matrimonio.

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El matrimonio como kidushin

Estos aspectos del matrimonio también son reconocidos por la ley judía bajo el título de nisuin. Pero la creación del lazo matrimonial no tiene nada que ver con la cohabitación, sino que se origina puramente en un acto simbólico. El estado de ‘casado’ es algo separado y distinto de su manifestación externa en el mundo real, y se trata principalmente de un lazo espiritual.

De hecho, la misma palabra con la que se denomina a este acto de matrimonio es kidushin, que significa ‘santidad’. Bajo la jupá, cuando el novio pone el anillo en el dedo de la novia, le dice: "He aquí que tú eres consagrada para mí por medio de este anillo, de acuerdo al ritual de Moshé e Israel". La esposa es consagrada y, una vez consagrada, ella no puede ser tocada por otro. Para romper este lazo se requiere un documento de divorcio. Y el esposo, al ser él quien la consagró, debe ser también él quien deshaga este acto de consagración.

El matrimonio judío es un fenómeno espiritual.

En otras palabras, el matrimonio judío es un fenómeno espiritual, y las leyes que gobiernan su inicio y disolución deben ser consideradas y estudiadas como fenómenos espirituales, y no en términos de acuerdos físicos. Todas las leyes de un matrimonio judío recaen incluso si no ha habido cohabitación y sin que la esposa haya entrado a la casa de su esposo. Los fenómenos espirituales pertenecen a la realidad de las almas, no de los cuerpos.

Para poder apreciar la lógica que hay detrás de esta forma de ver la relación matrimonial, estudiemos primero la naturaleza espiritual del hombre y la mujer y la esencia de la conexión que forman mediante el matrimonio. Un hombre en hebreo es ish, y se deletrea alef-yud-shin; una mujer es una ishá, y se deletrea alef-shin-hei. Cuando ellos se casan él contribuye una yud a la relación y ella una hei, formando entre ellos el nombre sagrado de Dios.

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El nombre de Dios

Nuestra tradición dice que este mundo fue creado con la letra hei, mientras que el próximo mundo fue creado con la letra yud (Talmud, Menajot 39b). En el mandamiento de reproducirnos y multiplicarnos, el hombre judío, quien contribuye con la yud, trae una nueva alma judía del próximo mundo y la implanta en la mujer judía, quien provee la hei que le da expresión en este mundo.

Las almas, al ser sagradas, sólo pueden entrar a este mundo si tienen un lugar sagrado en el cual residir. Pero este no es un mundo sagrado. En este mundo, toda la santidad es resultado de consagración, dedicación y esfuerzo. El hombre judío debe poner su tesoro —el alma que trae desde el próximo mundo— en un lugar consagrado. El único lugar en este mundo que es lo suficientemente sagrado es el útero de la mujer judía.

Por esta razón la ley judía indica que la judeidad depende completamente de la madre. Sólo la tribu y la familia del bebé judío son determinadas por su padre. Una buena forma de traer esto a la tierra es mediante nuestros patriarcas y matriarcas. Tenemos cuatro matriarcas, Sara, Rivka, Rajel y Lea, pero sólo tres patriarcas, Abraham, Itzjak y Yaakov. ¿Esto es mera coincidencia o hay algún mensaje simbólico?

El mundo se distribuye en cuatro direcciones; la Torá habla de los límites de una prenda de cuatro puntas. Por otra parte, una cadena debe tener al menos tres eslabones. El espacio en el que vive Israel es simbolizado por las matriarcas, quienes por lo tanto son cuatro. Ellas son el suelo que pisamos y son ellas las que determinan los límites que no podemos traspasar. Dentro de estos límites seguros debemos construir la cadena espiritual que nos une con Dios, y esta es la contribución de los patriarcas, quienes por lo tanto son tres.

El propósito del matrimonio judío es crear una unión espiritual entre la yud y la hei, entre la santidad de este mundo y la santidad del próximo, una unión que sea tan poderosa que incluso la yud del próximo mundo pueda encontrar su expresión física en la hei de este mundo. La yud no puede expresarse sola sin la ayuda de la hei.

Las uniones espirituales requieren actos de dedicación espiritual. Un matrimonio judío es principalmente una entidad espiritual y es formado por un proceso de santificación. La yud provee el grado extra de santidad que se requiere para completar el nombre de Dios en la hei. La dedicación requiere de auto sacrificio. La forma en que Dios creó este mundo en Su sabiduría es que la hei no puede ser puesta dentro de la yud. Para encontrar nuestro camino hacia el próximo mundo debemos pasar primero por este mundo, el reino de la hei. Los hombres no engendran niños; la yud debe ser puesta dentro de la hei.

El sacrificio, que es prerrequisito para la dedicación espiritual, es requerido por lo tanto de la mujer judía. Pero ella es también quien gana. Mediante su dedicación, ella es capaz de contener tanto la yud como la hei en su propia persona, el nombre completo de Dios, mientras que el hombre judío sólo puede unirse con la hei cuando está en unión con ella.

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Marco apropiado

La idea de las leyes de la Torá es proveer el marco apropiado en el cual se puedan expresar los aspectos espirituales en el mundo físico. Siempre que es posible, los caminos de la Torá siguen la máxima de Sus caminos son caminos placenteros y sus sendas son dulces (Proverbios 3). Pero la realidad espiritual tiene sus propios parámetros, tal como la realidad física tiene los suyos.

Cuando hay más espiritualidad en el mundo entonces hay balance y armonía entre los aspectos físicos y espirituales de la realidad. Como hemos mostrado, cuando la corte religiosa de ley judía tiene poder, ni la ley de sotá ni las leyes de divorcio infligen humillación o sufrimiento alguno a la mujer judía.

Pero cuando el aspecto físico y el aspecto espiritual de la realidad se encuentran separados, entonces inevitablemente habrá dolor. Ambos deben continuar existiendo en sus propias esferas de realidad, las cuales ahora chocan una con la otra. El mayor ejemplo de este tipo de dolor que resulta cuando lo físico y lo espiritual son separados por la fuerza es la muerte. El sufrimiento que hay en el mundo moderno producto de la aplicación de las leyes de la Torá es el mismo tipo de sufrimiento. Quiera Dios que todos vivamos para presenciar el fin de este tipo de sufrimiento.