La parashá de esta semana comienza de la siguiente manera:

Y estas son las leyes que pondrás delante de ellos” (Éxodo 21:1).

Utilizamos la letra “y” para conectar ideas o palabras entre sí. Por lo tanto, es desconcertante encontrarnos con la letra “y” al comienzo de un nuevo capítulo que aparentemente está desconectado del anterior. Rashi cita un Midrash que explica la presencia de la letra “y”:

Cuando se utiliza la palabra eleh, “estos”, se descalifica lo que le precedía. Pero ve eleh [la sintaxis del primer versículo de nuestra parashá], que significa literalmente “y estos”, es una continuación de aquello que le precedió. [Esto viene a enseñarte que] tal como las palabras anteriores [los Diez mandamientos, del capítulo anterior] fueron recibidas en el monte Sinaí, asimismo estas [leyes] también se originan en el monte Sinaí (Mejilta).

Pero esta explicación genera una nueva pregunta. De acuerdo a la tradición judía, todos los mandamientos de la Torá fueron entregados en el monte Sinaí, ¿cuál es la necesidad de resaltar particularmente el origen sináico de las leyes de nuestra parashá? ¿Por qué pensaríamos de otra manera? Debe haber algo sobre las leyes de la parashá de esta semana que puede hacernos dudar sobre su origen.

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¿Quién necesita mishpatim?

La verdad es que este misterioso factor es bastante obvio. Las leyes de la parashá de esta semana abarcan temas que son tratados universalmente de forma adecuada por todos los sistemas legales. Pareciera ser que estos asuntos no necesitan directivas específicas de Dios.

Todas las sociedades humanas tienen leyes relativas a agravios, robos, propiedades y otros asuntos de índole civil. Estas leyes varían según la época y el lugar, pero siempre que estas leyes están claramente establecidas y son aplicadas de forma justa, sus variaciones no tienen efecto alguno en el armónico funcionamiento de la sociedad. ¿Por qué habría Dios de preocuparse de este tipo de leyes? ¿Qué diferencia hay en cómo se resuelven los agravios? ¿Por qué no dejar que la sociedad se preocupe por sí misma de este tipo de problemas?

De hecho, con la excepción del pueblo judío, efectivamente Dios parece haber seguido esta política de laissez faire. Una de las siete leyes de Noaj que fueron decretadas al mundo luego del diluvio obliga a toda sociedad humana a establecer sistemas de justicia, es decir, cortes que legislen y fuerzas policiales que ejecuten la ley. Estas cortes deben asegurar que se respeten las otras seis leyes de Noaj, pero también tienen el deber de supervisar un cuerpo de ley civil que se encargue de resolver las disputas sociales (ver Maimónides, Yad, Melajim 9:14). Las leyes de Noaj no decretan un contenido específico para estas leyes civiles ni tampoco especifican su forma de administración. Lo importante es que exista un sistema de justicia. Los detalles específicos de dicho sistema parecen ser irrelevantes.

¿Por qué el pueblo judío sería distinto con respecto a esto? ¿Acaso los judíos son menos capaces que los otros seres humanos de crear leyes para manejar sus problemas civiles? ¿Por qué estas leyes —conocidas como mishpatim— tienen que originarse en el monte Sinaí?

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La lección del Jazon Ish

El Jazon Ish, uno de los gigantes del mundo de la Torá que supervisaron el reestablecimiento de la vida de Torá en Israel después del Holocausto, desarrolló una respuesta sistemática a esta pregunta en su obra Emuná Ubitajón. Él comienza su discurso sobre el tema con la siguiente ilustración dramática:

Un nuevo carnicero se muda a una comunidad en la que hay un viejo carnicero que ha trabajado allí durante años. Este nuevo hombre es mucho más joven; tiene ideas más modernas sobre marketing y sistemas de empaque, y está lleno de entusiasmo y vitalidad. Entonces, él abre una tienda nueva muy atractiva. El carnicero viejo no puede competir; su fuente de ingresos gradualmente comienza a verse amenazada.

Algunas de las personas de la ciudad se sienten conmovidas por la situación y acuden en ayuda del viejo carnicero. Ellos declaran su indignación a quienquiera que desee escuchar: el antiguo carnicero es un mercader honesto que ha servido fielmente a la comunidad por muchos años. Él no merece que le roben su fuente de sustento justo cuando está a punto de retirarse. El nuevo carnicero está cometiendo el peor tipo de hurto al robarle los clientes al antiguo carnicero.

Ellos organizan un boicot en contra de la nueva tienda, averiguan cada hecho negativo que pueden sobre el nuevo carnicero y hacen su mayor esfuerzo por aislar a su esposa e hijos. En poco tiempo logran que éste se vaya de la ciudad.

Ahora, imagina la misma historia, sólo que reemplaza un colegio por la carnicería. Lo que está en juego es una nueva escuela más moderna que ha llegado para reemplazar a la escuela tradicional de la comunidad, lo cual dejará a los maestros sin trabajo.

Las emociones que despiertan estas historias son idénticas. Quizás exista un mayor sentimiento de rabia por la injusticia moral de usurpar el sustento a unos ancianos maestros, ya que muchas personas de la ciudad se sienten emocionalmente apegadas a ellos desde los años de juventud (cuando asistían a la antigua escuela). Los maestros también tienden a ser seres humanos idealistas e inteligentes, quienes por lo general son admirados dentro de la comunidad.

El sentido humano de justicia emite un veredicto idéntico en ambos casos. La decencia común obliga a la gente de buena voluntad a defender lo antiguo en contra de lo nuevo. Sin embargo, la Torá considera que ambos casos son radicalmente diferentes.

En el caso de los carniceros, hay circunstancias bajo las cuales la apertura de la nueva carnicería constituiría un acto de hasagat gvul, o invasión ilegal del territorio ajeno de acuerdo a la ley de la Torá.

En dichas circunstancias, la ley de la Torá considera que el nuevo carnicero es un rodef, alguien que persigue a su prójimo para matarlo, mientras que el antiguo carnicero es considerado un nirdaf, la persona que está siendo perseguida. Desde el punto de vista moral, hay muy poca diferencia entre amenazar la vida de una persona o amenazar su habilidad para ganar un sustento y proveer a su familia.

Por lo tanto, quien defienda al antiguo carnicero en contra del nuevo carnicero estará haciendo la mitzvá de proteger al nirdaf. La organización del boicot en contra del nuevo carnicero, la divulgación de las malas características de personalidad que él posee y el aislamiento de su familia son actos justificables que se realizaron para proteger a la víctima. Dios recompensará a la gente que se involucró en actividades para ayudar al antiguo carnicero.

En el caso de las escuelas, la ley de la Torá favorece la competencia. El Talmud declara el principio guía: “Los celos entre los sabios llevan a una mayor sabiduría” (Baba Batra 21a). La sabiduría es un bien supremo ante los ojos de la Torá, un valor que va por sobre los derechos territoriales. Por ende, la Torá considera que el personal de la nueva escuela es nirdaf —los perseguidos injustamente—, mientras que quienes defienden a los antiguos maestros son considerados rodef.

Por lo tanto, las personas que atacan a la nueva escuela y a su personal están involucradas en actos maliciosos. Las actividades idénticas que se realizan por las mismas causas pasan de ser consideradas mitzvot, meritorias de recompensa, a ser consideradas el peor tipo de trasgresión. El boicot de la nueva escuela es considerado robo; la divulgación de las características de personalidad negativas de los nuevos maestros es considerado la peor forma de lashon hará, o habla prohibida, y el aislamiento de las familias de los maestros es considerado un acto de asesinato. Dios castigará a quienes estén involucrados en dichas actividades.

Nuestro sentido interno de justicia, o nuestro instinto para distinguir entre el bien y el mal, son una guía en la que no podemos confiar. Si la seguimos ciegamente terminaremos dañando a otros y destruyéndonos a nosotros mismos. Dios, Quien nos creó y puso en nosotros aquel instinto de correr a ayudar al desprotegido, consideró que era Su responsabilidad enseñarnos a aplicar nuestros instintos de forma adecuada. Nos dio mishpatim. ¿Pero por qué a los judíos en particular? ¿Por qué no se las dio a todos los seres humanos?

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Los hijos de Dios

Hijos son ustedes, de YHVH su Elo-him” (Deuteronomio 14:1).

Así dijo Dios, ‘Mi hijo primogénito es Israel” (Éxodo 4:22).

Dios llama al pueblo judío ‘Sus hijos’. ¿Pero como se expresa la relación padre-hijo que tenemos con Dios?

No puede ser en el hecho que Dios es nuestro creador, ya que Él es el creador de todos.

Claramente no puede expresarse en el hecho que Él nos dio mandamientos. Son los amos los que dan órdenes y mandatos a sus sirvientes, y no los padres a sus hijos (al menos no en mi casa).

Quizás podemos obtener una pista al observar cómo se expresa la dinámica de dicha relación entre nosotros, los seres humanos. La relación padre-hijo se expresa entre los humanos en el hecho que los padres e hijos comparten un pequeño e íntimo mundo. Ellos viven juntos y comparten sus ideas y opiniones. Tras muchos años de intimidad, los hijos interiorizan los valores, opiniones y prioridades de sus padres respecto a las cosas importantes de la vida. Ellos adoptan la postura de sus padres respecto al matrimonio y a las relaciones en general. Aprenden a imitar sus maneras de relacionarse con los demás. Ésta es la forma en que debe trabajar la relación padre-hijo.

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Aprendiendo de maestros, compañeros y medios de comunicación

Uno de los problemas más grandes de nuestro mundo moderno es que dicho tipo de interacción con los padres ya no es parte del mundo. Los niños de hoy en día aprenden más de sus maestros, compañeros y de los medios de comunicación que de sus padres, no porque la naturaleza humana se haya modificado, sino por la simple razón que muchos padres ya no pasan mucho tiempo de calidad con sus hijos. La sociedad moderna es una cultura de huérfanos. La familia unida que transmite sus valores de generación en generación ha dejado de existir en el mundo de lo ‘real’ y ha pasado a ser parte del mundo de lo ‘ideal’.

Pero si la estrecha interacción a lo largo de los años es una condición indispensable para el desarrollo de una relación apropiada entre padre e hijo, entonces, ¿cómo es posible que los seres humanos lleguen a ser descritos como los hijos de Dios? ¿En qué momento compartimos con Dios tal nivel de intimidad?

Debemos dirigirnos a los mishpatim nuevamente y aplicar la enseñanza del Jazon Ish en un nivel más profundo.

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Las instrucciones de un padre

Si reflexionamos, podremos ver que es precisamente a través de esta parashá que Dios se transforma en nuestro padre y hace posible que nosotros nos transformemos en Sus hijos. Es a través de los mishpatim que Él comparte Sus juicios, valores y opiniones con nosotros. Él nos explicó Su visión del matrimonio, nuestras obligaciones como hijos y la forma correcta de relacionarnos con la sociedad en general. Mediante estas leyes de la Torá que gobiernan las situaciones del día a día de la vida, Él infunde en nosotros Su sentido del bien y el mal. Esta necesidad de interiorizar el sistema valórico de Dios como hijos ha tenido una influencia determinante en la forma en que estudiamos Torá y en las áreas de estudio dentro de la Torá que enfatizamos más.

Un sistema valórico no puede impartirse por medio de mandamientos y rituales o rezos. Sólo puede ser interiorizado mediante la discusión y el intercambio de opiniones. Por lo tanto, esta es exactamente la forma en que estudiamos Torá: discutimos sobre el sentido del bien y mal de Dios de forma intensa, cosa que podamos aprender a seguirlo con fidelidad.

Si vas al salón de estudios de una Ieshivá en cualquier parte del mundo encontrarás a los jóvenes estudiando en grupos, envueltos en un acalorado debate sobre alguna lección del Talmud. Los tópicos que cubren dichas lecciones son justamente aquellos que mencionamos. Cubren las leyes de matrimonio, propiedad, cómo hacer tratos de negocios, cuándo estos tratos se consideran definitivos, cuán atadas están las personas por su promesas voluntarias, etc.

A lo largo de los siglos, e incluso hoy en día, mucha gente, incluyendo judíos, han repudiado este tipo de estudio considerándolo irrelevante y han despreciado a quienes lo practican considerándolos parásitos sociales.

La mayoría de la gente puede entender que el estudio de halajá es necesario para aquellos que están interesados en respetar las leyes rituales judías. Ellos pueden entender que el estudio de filosofía judía o de misticismo (cábala) es importante para todo aquel que esté interesado en desarrollar una relación más cercana con Dios. Pero ellos no ven la utilidad de estudiar el Talmud de forma intensiva, y de dominar las minucias de un sistema legal que no está en efecto desde hace dos mil años, desde que el reino judío sucumbió ante los romanos.

Estos críticos están errando por no apreciar la genialidad de Dios o del pueblo judío. Ellos olvidan que debemos convertirnos en hijos de Dios.

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Cómo interiorizar la visión del mundo de Dios

Los judíos hemos logrado mantener nuestro estatus de ‘hijos de Dios’ a pesar de todas las dificultades de nuestra historia sólo por medio del estudio del Talmud.

Toda acalorada discusión sobre un tema del Talmud trae como resultado la interiorización de la visión del mundo de Dios en algún aspecto de la vida. Una persona que pasa la mayoría de su día estudiando Talmud está empapándose con la atmósfera y la cultura de la casa de Dios. La cabeza del sabio talmúdico está llena de las opiniones de Dios sobre los distintos temas de la vida. Él ha logrado interiorizar con éxito la visión de Dios sobre el mundo. Él es realmente un hijo de Dios.

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Lleno de las opiniones de Dios

Es ampliamente sabido que el hecho de que los judíos hayan sobrevivido 2.000 años de exilio y persecución está relacionado con su ferviente dedicación al estudio y al cumplimiento de la Torá durante dicho período, pero el mecanismo que causó dicha dedicación por lo general no está claro. Los rituales religiosos e incluso las creencias teológicas no sobreviven automáticamente la prueba del tiempo; basta tan sólo con observar el gran abandono que ha habido de las tradiciones judías en el último siglo para darnos cuenta de lo frágil que es la estructura de la observancia. Al identificar la lealtad a las tradiciones durante el exilio de 2.000 años, estamos simplemente situando el misterio de la supervivencia del pueblo judío un nivel más atrás. Claramente está relacionado con la observancia de la Torá, pero ¿cuál es el secreto de la supervivencia misma?

Confío en que la respuesta quede clara ahora. En Su genialidad, Dios nos dio un sistema que nos permite, ante cualquier situación, ser cercanos a Él como lo son los hijos de sus padres. De todos Sus regalos, el regalo de mishpatim fue probablemente el más grande de todos. Todo el tiempo que los judíos estudien el Talmud, la dedicación a los principios básicos del judaísmo está garantizada. Pero si abandonan el estudio del Talmud, el abandono del judaísmo tradicional siempre seguirá a continuación.

Las bases de nuestra relación con Dios siempre se han apoyado en el estudio de la Torá, independientemente del período histórico. Nuestros sabios nos enseñan:

La importancia del Talmud Torá, ‘la Mitzvá de estudiar Torá’, supera en importancia a todos los otros mandamientos combinados (Peá 1:1).

El estudio de las leyes de mishpatim es el que hace que nuestra relación con Dios se mantenga joven y vibrante.

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Conocerlo es Amarlo

Una de las mitzvót más importantes de entre las 613 mitzvot es el mandamiento de amar a Dios. Este mandamiento es uno de los seis mandamientos que estamos obligados a cumplir de forma constante durante cada segundo de nuestras vidas. (Ver Biur Halajá, Or Hajaim, Capítulo 1:1). Pero, ¿cómo se supone que debemos cumplir con este mandamiento? ¿Cómo es posible amar a Dios sin conocerlo realmente? La respuesta obviamente es que ¡en realidad lo conocemos muy bien! Mediante el estudio constante de la Torá llegamos a conocerlo tan bien como los hijos conocen a sus padres. Y uno ciertamente ama a sus padres de forma constante. Por lo tanto, de esta misma forma podemos amar a Dios.

El estudio de la Torá contribuye enormemente a la calidad de nuestro servicio Divino. Si logramos interiorizar la visión del mundo de Dios por medio del estudio de la Torá, entonces cuando recemos no nos estaremos conectando con algún extraño que se encuentra lejos de nosotros, sino que nos estaremos conectando con alguien familiar. Cuando llevemos a cabo los dictámenes de la ley judía, no estaremos haciendo simplemente una ceremonia solemne. Estaremos pasando tiempo en la casa de nuestro Padre, donde naturalmente hay reglas de comportamiento distintas de aquellas que prevalecen en la realidad mundana en la que habitamos.

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Midiendo

Pero la lección del Jazon Ish tiene aún otro nivel de profundidad. Resulta que las leyes de mishpatim contienen la esencia de nuestra estadía en la tierra. Para ver cómo, debemos explorar un concepto de la Torá conocido como midot.

Todos tenemos emociones y deseos que nos ayudan a liberar la energía que potencia nuestras actividades diarias. Tenemos los sentimientos de ambición, amor, odio, enojo, generosidad, etc., y en cada situación que enfrentamos en la vida, se despierta en nosotros una combinación de dichas emociones.

Pero estas emociones no pueden expresarse en acciones sin pasar primero por una revisión. Por ejemplo, imagínate que alguien hace un comentario incisivo a costa tuya. Todos se ríen y tú te sientes profundamente herido e insultado. Te consume la rabia y te llenas de un deseo de venganza. En lugar de actuar en base a estos sentimientos, te frenas a ti mismo y piensas: “Sí, él no debería haber dicho eso; su comentario realmente me hirió. Pero expresar la rabia que siento estaría fuera de lugar. Su comportamiento fue perfectamente aceptable en la sociedad común en la que vivimos, y yo también me he comportado de esa forma en el pasado”. La mente siempre debe sopesar y medir las respuestas emocionales y debe seleccionar la respuesta apropiada de acuerdo a las circunstancias.

En hebreo, esta habilidad para evaluar una situación y responder apropiadamente se llama midá (el singular de midot). Este concepto no tiene un equivalente exacto en español y suele ser traducido erróneamente como “características de personalidad”. Pero en realidad, la palabra midá significa literalmente “medida”. Hace referencia a la habilidad de “medir” instintivamente con nuestras mentes cuán apropiadas son nuestras emociones.

Las buenas midot (aquí es donde entra la traducción de “características de personalidad”) indican que la persona mide de forma acertada. Sus acciones siempre están balanceadas por la razón. Las malas midot indican que la persona no ha trabajado bien un sistema de medición sobre cuán apropiadas son sus respuestas ante las distintas situaciones.

Desarrollar buenas midot no sólo es importante para la popularidad social; es otro de los seis mandamientos constantes que están con nosotros en todo momento.

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Siguiendo los caminos de Dios

El desarrollo de buenas midot encaja dentro del mandamiento de vehalajta bidrajav, de “seguir los caminos de Dios”.

Dios nos ordenó modelarnos a nosotros mismos de forma que nos parezcamos a Él dentro de lo posible, como está escrito: “seguirás Sus caminos...” (Deuteronomio). Tal como Él es descrito como afable, asimismo nosotros debemos ser afables. Tal como Él es llamado misericordioso, asimismo nosotros debemos ser misericordiosos. En palabras más simples: Imita las buenas acciones y las midot nobles de Dios (Talmud Sotá 14a; Maimónides, Libro de las Mitzvot, Asé 8).

Es el estudio del Talmud el que nos permite interiorizar las actitudes de Dios. El hecho de aplicar las soluciones que provee el Talmud a los eventos y relaciones de nuestras vidas nos permite transformar nuestras actitudes naturales y nuestras respuestas emocionales instintivas en buenas midot.

La providencia Divina ordena los eventos de nuestra vida de forma tal que nos encontremos precisamente con las situaciones que necesitamos para poder expresar el conocimiento que hemos adquirido mediante nuestro estudio de Torá y transformarlo en midot. De acuerdo al Gaón de Vilna, el hecho de trasladar las actitudes de la Torá al día a día de nuestras vidas es el propósito de nuestra estadía en este mundo (Even Shlemá, Capítulo 1).

“Todo está en las manos del Cielo, salvo por el temor al Cielo” (Talmud, Brajot 33b)

Dios nos dio a cada uno de nosotros un cuerpo y un alma. Ambos están programados por Él y nos tiran en ciertas direcciones previamente programadas. Dios también determina las influencias externas que actuarán sobre nosotros por medio de un sistema de hashgaja pratit, o providencia Divina. Entonces, ¿qué queda en nuestras manos?

La respuesta es Torá y midot.

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Balanceando el cuerpo y el alma

La interiorización de la Torá y el desarrollo de buenas midot son las únicas cosas que fueron dejadas en manos del hombre. Nuestras midot son la verdadera expresión de nuestra individualidad. Puede que nuestras características de personalidad fundamentales hayan sido implantadas en nosotros de forma Divina, pero son invisibles y sólo pueden ser observadas por medio de la ventana de nuestras midot. Nuestras midot reflejan la forma única en que hemos elegido cumplir con el mandamiento de “seguir los caminos de Dios”; las midot nos distinguen del resto de Sus hijos y nos hacen únicos. Son las ropas que vestiremos por toda la eternidad (Even Shlemá, capítulo 1).

Independientemente de si está bien o no, los padres son juzgados en base a cuán bien o mal salen sus hijos. Nosotros obtenemos la posibilidad de ser hijos de Dios a través de nuestro estudio de Torá y nuestra interiorización de las leyes de mishpatim. Las buenas midot que desarrollamos son el reflejo que le devolvemos a nuestro Padre. El siguiente fragmento del Talmud lo resume hermosamente:

Amarás a Hashem tu Dios” (Deuteronomio 6), Dios debe ser alabado a través de tus acciones. Una persona debe aprender cómo leer la Torá, luego debe dominar la Mishná y luego debe estudiar con un erudito; después de todo esto, su interacción con la gente deberá ser encantadora y placentera. ¿Qué dirá la gente de una persona como esta? “Su padre fue sabio al enseñarle Torá”, “su maestro hizo bien al enseñarle Torá”, “es una pena por quienes no estudian Torá”, “tal persona estudió Torá”, “mira cuán placenteros son sus caminos, cuán trabajadas son sus acciones”; sobre él está escrito “Él me dijo, tú eres mi siervo Israel, y Yo puedo presumir contigo [y así me llenaré de orgullo] (Yeshayahu 49)” (Talmud, Ioma 86a).