Y le imploré a Dios en ese momento, diciendo: ‘Mi Señor, Dios, Tú has comenzado a mostrarle a Tu servidor Tu grandeza y Tu mano fuerte, pues, ¿qué poder hay en el cielo o en la tierra que pueda realizar como Tú, Tus proezas y Tus actos temibles? Ahora déjame cruzar y ver la buena Tierra que está del otro lado del Jordán, esa buena montaña y el Líbano’” (Deut. 2:23-25).

Rashi nos dice que la palabra hebrea vaetjanán, “y le imploré”, la cual proviene de la raíz tejiná, es uno de los diez términos que significan “plegaria” en el idioma hebreo. Esta palabra en particular es empleada para describir plegarias que son ofrecidas para solicitar un favor no merecido. De acuerdo a Rashi, Moshé seleccionó deliberadamente este tipo de plegaria por una cosa de principios. “A pesar de que los justos están en una posición en la que le pueden pedir a Dios que acceda a sus peticiones a cambio de las buenas acciones que han realizado, no es esa su forma de actuar; por lo tanto, Moshé le rogó deliberadamente a Dios que le permitiera ingresar a Israel como si fuera un favor no merecido en lugar de solicitarlo como recompensa por sus buenas acciones”.

Dado que Rashi destaca que él no exigió entrar como una merecida recompensa sólo por una cosa de principios, pareciera que Moshé sí estaba en una posición para pedirlo si así hubiese querido. Aparentemente, el peso combinado de sus buenas acciones era más que suficiente para que su petición fuese honrada como una cuestión de derecho. Y sin embargo, incluso después de que Dios no aceptó su plegaria, de todas formas se abstuvo y no exigió sus derechos. ¿Por qué?

¿Acaso todo el punto de esta vida no es ganar recompensas espirituales por nuestro servicio divino? Después de todo, como dice el Talmud, ¿por qué Moshé quería entrar a Israel? ¿Para comer de sus frutas, o para recibir su recompensa? [¡Obviamente no!]. Esto es lo que dijo Moshé: “Israel fue comandado a hacer muchas mitzvot que sólo pueden ser cumplidas en la tierra de Israel. Déjame entrar a la tierra para que así tenga la oportunidad de cumplirlas personalmente” (Talmud, Sotá 14a).

¿Cuál es el sentido de todos nuestros esfuerzos si al final no obtenemos la recompensa espiritual que hemos ganado con el sudor de nuestra frente? ¿Por qué Moshé no capitalizó parte de sus ganancias en este mundo, como seguramente estaba dispuesto a hacer? ¿Tiene algo que ver con la naturaleza de la plegaria?

De hecho, expandamos un poco la pregunta para abarcar toda la plegaria. ¿Por qué le rezamos a Dios después de todo?

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Por qué rezamos

Si creemos que toda la gente recibe lo que merece mediante un proceso de Providencia Divina, la cual sitúa también a cada persona en la vida apropiada para que pueda cumplir con las tareas que le fueron encomendadas en este mundo, entonces, ¿para qué necesitamos rezar? Es más, ¿cómo puede el rezo lograr algo? Si merecemos tener lo que estamos pidiendo en el rezo, o si lo necesitamos para cumplir nuestra misión en la vida, entonces presumiblemente lo recibiremos sin la necesidad de tener que rezar por ello, y si no lo merecemos o si no necesitamos tenerlo, entonces, ¿cómo podrían nuestras plegarias ayudarnos a obtenerlo?

Comencemos por el principio. Uno de los mandamientos más conocidos de la Torá se origina en la parashá de esta semana. Cada uno de nosotros tiene una mitzvá de aceptar el “yugo del reinado celestial” sobre nosotros de forma diaria. Cumplimos con esta mitzvá por medio de la recitación del Shemá dos veces al día; la esencia del cumplimiento es recitar el pasaje que comienza con “Escucha, oh Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es uno” (Deut. 6:4), y este mismo versículo es la esencia de la esencia. La tradición judía nos enseña que las seis palabras de este versículo (en hebreo) encapsulan el concepto del “yugo del reinado celestial” perfectamente. De hecho, es la segunda frase que un padre le debe enseñar a un niño apenas comience a hablar (Talmud, Sucá 42a).

Este versículo es claramente una declaración de la aceptación de la unicidad esencial de Dios. ¿Dónde y cómo está encapsulada la idea del reinado celestial en esta declaración sobre la unicidad esencial de Dios?

Pareciera que Rashi estaba aproblemado por esta pregunta, y parece enfocado en responderla en su traducción del versículo: “Hashem, que es sólo nuestro Dios [de Israel] en esta era de la historia, y no el Dios de las naciones, está destinado a ser el único Dios, aceptado por toda la humanidad al final de los días”. En otras palabras, de acuerdo a Rashi, cuando declaramos que Dios es uno, nos referimos a que a pesar de la multiplicidad de divinidades que hay en el mundo en estos tiempos, sólo hay un Dios, y no dos o tres, y su verdad será aceptada eventualmente por todos. Pero incluso de acuerdo a esta interpretación, la relación conceptual entre las dos ideas —la idea de la unicidad esencial de Dios y la exclusividad de Su monarquía— está lejos de estar clara.

Comencemos por analizar las profundas implicancias del concepto de que Dios es uno.

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Dios es uno

Los comentaristas explican (ver Nefesh HaJaim, sección 3) que esta declaración equivale a una declaración de que no hay otra existencia fuera de Dios. A nosotros nos parece que nosotros y el universo que habitamos también existen además de Dios. Puede que Dios nos haya creado a nosotros y a nuestro universo, pero después del acto inicial de creación, las cosas y criaturas que Dios creó también existen como parte de la realidad. Si desenmarañamos las implicancias de esta observación, veremos que en realidad hay una dualidad de divinidad en la creación. Está Dios, y está el universo y todo lo que contiene, especialmente a nosotros mismos, y esto también es Dios en cierta forma.

Esta implicación proviene del hecho que todo lo que creó Dios fue formado a partir de energía divina. El universo creado en realidad no es nada más que energía divina empacada. Dios por lo tanto, ya no es Uno, sino que se ha vuelto dos. Todavía está Dios Mismo, y también está Su energía divina en el universo, la cual ya no es Dios porque se ha separado de Su esencia debido a Su voluntad y ha formado una realidad separada, el universo y nosotros mismos. [Obviamente hay temas filosóficos sumamente profundos detrás de la información de este pequeño párrafo, pero este no es el lugar para profundizar en ellos].

Es más, esta aparente dualidad tiene implicaciones aún más profundas. No sólo pareciera que después de la creación Dios es dos, sino que incluso pareciera como que Dios ha perdido el control sobre la energía divina que entregó a la creación. Esta energía creativa que aportó Dios al universo se ha alejado de Dios con Su propio consentimiento. De acuerdo a Su Torá, Él le dio al ser humano libre albedrio y por lo tanto puso al universo creado bajo nuestro control; en efecto, nos dio el poder de controlar el mundo como consideremos apropiado, incluyendo la posibilidad de su destrucción.

No hay dudas de que Dios tiene el poder de retomar las riendas si así lo quisiera, pero de la forma en que son las cosas en el presente, Él no es quien controla el universo; nosotros, los seres humanos, somos quienes lo controlamos. El dominio de Dios está limitado actualmente a Sí mismo. Su control sobre el universo creado es dependiente de nuestra aceptación voluntaria de Su voluntad.

Cuando recitamos el Shemá rechazamos este punto de vista. Declaramos nuestra convicción de que incluso luego de la creación, las cosas no se han alterado. No hay dualidad. Sólo existe Dios y no hay nada fuera de Él. ¿Pero cómo puede ser cierta una declaración como esta? ¿Acaso nosotros no existimos también?

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La forma en que se ve desde el trono de Dios

La respuesta es relatividad. La aparente dualidad es un resultado del punto de vista del observador, en este caso nosotros mismos. Si nosotros fuéramos capaces de ver el universo con los lentes de Dios, por decir así, nos daríamos cuenta que la visión no fue alterada en lo más mínimo por la creación. Tal como no había nada fuera de Dios antes de la creación, asimismo no hay nada allá afuera actualmente. Puede que esto sea incomprensible para nosotros, pero esa es la declaración que hacemos cuando decimos que Dios es uno.

Fue enseñado: "Escucha, Oh Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es uno". Una persona que recita el Shemá debe saber con claridad lo que está diciendo y enfocar su mente en la idea que hay detrás de las palabras hasta que termine el versículo (es decir, si no lo hace debe repetir todo el Shemá una vez más; sin el foco apropiado en el significado del primer versículo, no ha cumplido su obligación de recitarlo...).

Rabí Irmiya estaba sentado frente a Rabí Jía bar Aba; observó que él se tomaba un tiempo realmente largo en la recitación de la palabra ejad, que significa uno (y único). Entonces le dijo: 'Todo el tiempo que tengas en mente establecer a Dios como el Rey sobre los cuatro rincones del universo así como arriba y abajo, eso es suficiente'.

Rashi explica: Todo el tiempo que te enfoques el tiempo suficiente como para mantener en tu corazón el pensamiento de que Dios es uno en los cielos y en la Tierra y en las cuatro direcciones (Talmud, Brajot 13b).

Es verdad que somos reales y que estamos aquí, pero sólo si miramos la realidad desde nuestro extremo. Si miramos desde el extremo opuesto y vemos de la forma que Dios lo ve, no somos reales y no estamos aquí. Él necesita recrearnos constantemente sin cesar. No es ninguna sorpresa que la realidad física está gobernada por el principio de la relatividad. Lo que hemos descrito puede parecer bizarro a primera vista, pero difiere muy poco en esencia de la Teoría de la Relatividad de Einstein, la cual es universalmente aceptada como la base de la ciencia física.

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La conexión con el rezo

En este punto ya estamos listos para volver a enfocarnos en el rezo. Nuestro libro de rezos fue ordenado de forma tal que recitamos el Shemá como preludio a la Amidá, que es nuestro rezo principal. Mientras nos percibamos a nosotros mismos como viviendo en un universo dual, en el cual Dios y nosotros coexistimos, la lógica del rezo será tenue en el mejor de los casos. Dios creó el universo y a nosotros los seres humanos de acuerdo a ciertas reglas y regulaciones, y no es fácil para nadie —incluyendo a Dios— alterar estas leyes. Al menos desde nuestro punto de vista, las leyes de la naturaleza parecen algo fijo que no puede ser manipulado, ya que toda la estructura de la realidad según como la conocemos se desmoronaría.

Sin embargo, cuando rezamos, le estamos pidiendo exactamente eso a Dios: “Por favor Dios, modifica las leyes del universo para nuestro beneficio”. Antes de que le hagamos cualquier pedido a Dios, recitamos primero el Shemá y aceptamos sobre nosotros el yugo del reinado celestial, la unicidad esencial de Dios. Nos recordamos a nosotros mismos que Dios es uno, y no dos. Porque desde Su punto de vista, que es el punto de vista desde el cual Él responde a nuestras plegarias, sólo Él existe y no nosotros o el universo. De hecho, nosotros y el universo estamos constantemente en el proceso de devenir, y la forma en la cual lo hacemos puede verse sumamente influenciada por nuestros rezos. El verdadero poder de la plegaria se encuentra contenido en el siguiente pensamiento. Dios toma nuestros rezos y los utiliza para dar forma al universo.

Desde el punto de vista de la plegaria, nada en el mundo está fijo. La unicidad de Dios implica que Él recrea constantemente la existencia y que por lo tanto lo hace de la forma en que considera correcto hacerlo. En el universo que está siendo formado ahora, todo es posible. Puede ser creado de forma tal que contenga exactamente las cosas por las que rezamos. Es más, esto no interferiría con la cadena de continuidad entre lo que fue y lo que es, ya que la conexión entre el pasado y el presente es sólo una cosa de percepción humana y es relativa a la forma en que comprendemos la realidad desde nuestro extremo.

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Cuando la realidad se vuelve inflexible

Por eso es tan maravilloso estar vivo. Esta flexibilidad de la realidad está allí sólo mientras estemos vivos. Cuando completamos esta etapa de nuestra existencia, las cosas se vuelven fijas. Entonces, el proceso de devenir llega a su fin y comienza el proceso de ser.

Todo ser espiritual está esencialmente basado en algún tipo de apego al propio ser de Dios. En la fase posterior a la muerte, nuestra existencia continua ya no presenta ninguna contradicción aparente con la unicidad de Dios. Ya no somos bits separados de energía divina que deambulan sueltos, habiendo escapado del control de Dios. Hemos regresado a la Fuente y finalmente nos hemos vuelto una porción de Su propia unicidad.

Hemos llegado a la correlación que hay entre ‘unicidad’ y ‘monarquía’. La creencia de que Dios puede hacer cualquier cosa que quiera con su creación y que por lo tanto la plegaria puede cambiar el mundo y afectar la realidad requiere primero la aceptación de la idea de la unicidad de Dios. Mediante la aceptación del concepto de unicidad, la creación se vuelve una empresa cooperativa entre nosotros y Dios, una empresa en la cual nuestro aporte es apreciado y deseado.

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La adición

Podemos encontrar una fascinante ilustración de este concepto en la adición al Shemá que recitamos en voz baja: “Bendito es el nombre de Su glorioso reino por toda la eternidad”. Es bastante poco común que insertemos una frase externa a un versículo de la Torá escrita que es citado textualmente; también es muy llamativo que recitemos esta frase en voz baja excepto en Iom Kipur, cuando la pronunciamos con toda nuestras fuerzas.

¿Por qué la decimos? Como explicó Reish Lakish: Está escrito “Yaakov llamó a sus hijos y les dijo: ‘Reúnanse y yo les revelaré…’” (Génesis 49:1). Yaakov quería revelarles el final de los días a sus hijos, pero la Presencia Divina lo dejó antes de que pudiera hacerlo. Él dijo: “Quizás, Dios no lo quiera, hay una manzana podrida en mi cama, tal como fue el caso de mi abuelo Abraham que tuvo a Ishmael, y de mi padre Itzjak, que tuvo a Esav”. Sus hijos lo apaciguaron. Le dijeron: “Escucha, Oh Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es uno. Tal como sólo hay sólo Uno en tu corazón, ¡hay sólo Uno en nuestro corazón!”. Entonces, Yaakov dijo: “Bendito es el nombre de Su glorioso reino por toda la eternidad”.

Los rabinos deliberaron: “¿Qué debemos hacer? ¿Debemos recitarlo? Moshé nuestro maestro no lo decía. ¿No debemos decirlo? Yaakov sí lo dijo”. Entonces decidieron que sí debería ser dicho, pero en voz baja…

Una metáfora que encapsula el razonamiento: Imagina una princesa a la que le gusta comer el residuo que queda al final de la olla. Si dices [“Tráiganselo”], se va a sentir avergonzada. Si dices [“No se lo traigan”], va a sufrir. Sus sirvientes más cercanos comenzaron a llevárselo a escondidas (Talmud, Pesajim 56a).

Rav Jaim de Volozhin aclara el concepto para nosotros en su obra Nefesh HaJaim (sección 3, capítulo 6). El reinado de Dios sólo puede ser apreciado en un universo creado que existe realmente. Mientras Él sea Uno y no haya ninguna otra existencia fuera de Él, no podrá ser dicho que tiene un reino. Pero por otro lado, la existencia de un universo como una realidad separada, a pesar de que Le permite tener un reino, implica una dualidad que le resta valor a Su absoluta unidad.

Nuestro reconocimiento de que esta dualidad existe sólo para permitir la expresión de Su monarquía restaura la integridad del carácter absoluto de Su unidad. Nuestra afirmación equivale a una declaración sobre nuestra fe en que el universo nunca se puede salir del control de Dios. Su razón de ser es servir como una expresión del reinado de Dios. Si alguna vez dejara de hacer Su voluntad como si existiera de forma independiente, entonces dejaría de existir instantáneamente. Ese es el significado de la frase añadida “Bendito es el nombre de Su glorioso reino por toda la eternidad”.

La lógica de la metáfora del residuo al final de la olla se vuelve obvia. La existencia del reinado de Dios depende de criaturas tan bajas como nosotros, quienes ni siquiera prestamos mucha atención a su reconocimiento. ¡Cuán vergonzoso, pero cuán necesario!

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El resto del Shemá

Dado que hemos comenzado a explicar el Shemá, sería una pena dejar el tema antes de completar la idea. El resto del primer párrafo es un conjunto de instrucciones relativas a cómo demostrar el principio de la unicidad de Dios en nuestras vidas diarias.

"Amarás a Hashem tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todos tus bienes".

"Con todo tu corazón": Toda inclinación que tienes, ya sea buena o mala, debe estar dedicada al servicio divino.

"Con toda tu alma": En ciertas ocasiones debes sacrificar tu vida para santificar el nombre de Dios.

"Con todos tus bienes": Tienes que sacrificar todos tus bienes terrenales antes de transgredir un mandamiento negativo de la Torá.

"Y todas estas cosas que te comando hoy estarán en tu corazón": Siempre debes estar pensando en qué espera Dios de ti en cualquier situación que te encuentres por medio de consultar su Torá.

"Las enseñarás a tus hijos y hablarás de ellas cuando estés sentado en tu casa, cuando vayas caminando, cuando te acuestes y cuando te levantes": Tu conversación siempre debe estar centrada en las palabras de la Torá, y estas son las palabras que son la base de la comunicación entre tú y tu hijo. Quien pase tiempo contigo deberá poder apreciar que los mandamientos de Dios son el foco de tu existencia.

Y las atarás como una señal sobre tu brazo, y serán un ornamento entre tus ojos. Y las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas": Quien mire a un judío en la calle o quien entre a su casa deberá ser capaz de concluir instantáneamente que "ahi va un sirviente de Dios, esta es la casa de un sirviente de Dios".

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Sirviente de Dios

En todas sus interacciones con el mundo, el judío vive el Shemá; su existencia misma declara con orgullo que él es un sirviente de Dios y que Dios es su verdadero monarca. Todo lo que posee y todo lo que es proclama el reinado de Dios. Él es un testimonio viviente de la unicidad de Dios. De hecho, la última letra de la primera palabra del Shemá está escrita más grande, ayin, y la última letra de la última palabra también está escrita más grande, dalet. Estas dos letras deletrean la palabra hebrea ed, que significa ‘testigo’. Un judío es un testimonio viviente de la unicidad de Dios.

Moshé estaba en un nivel espiritual tan alto que no había una diferenciación clara entre su alma y la Presencia Divina. Sobre Moshé está escrito "la Shejiná [Presencia Divina] hablaba desde su garganta" (ver Rashi en Números 12:2). Él experimentaba literalmente la unicidad de Dios por medio de conectar el núcleo de su ser con Dios. Para él, no había otra existencia que tuviera que ser nulificada. No necesitaba hablar del reinado de Dios. Él vivía con la unicidad de Dios.

Yaakov no estaba en un nivel tan sublime. Él vivía en el mundo. Pero dedicó toda su existencia y la de su familia a la misión de enseñarle al mundo sobre la unicidad de Dios estableciendo su exclusiva monarquía sobre toda la existencia. Él fue el primero que declaró: “Bendito es el nombre de Su glorioso reino por toda la eternidad”.

Moshé no pidió entrar a Israel como premio por sus buenas acciones. Si su entrada hubiese servido para hacer progresar el establecimiento de la unicidad de Dios, entonces Dios mismo lo habría propuesto. Si Dios se rehusaba a dejarlo entrar, él entendió que el mundo como era en ese momento no podía acomodar de forma positiva su presencia en Israel. Moshé le suplicó a Dios que modificara el mundo, que lo recreara de tal forma que pudiese promover el propósito de Dios incluso si él cumplía con las mitzvot que sólo podían ser cumplidas en la Tierra Prometida. Él no quería servir a Dios a menos que su servicio hiciera progresar la causa de la difusión del reinado celestial.

El pueblo judío lee la parashá Vaetjanán en el Shabat que sigue al 9 de av. La haftará, del libro de Isaías, capítulo 40, comienza así:

"'Sean consolados, sean consolados mi pueblo', dice su Dios".

Por esto se le llama el Shabat del consuelo.

Podemos encontrar consuelo por la destrucción de nuestro Templo en la mitzvá de recitar el Shemá que nos fue dada en la parashá Vaetjanán. El establecimiento del reinado celestial es nuestra tarea como pueblo. La falta del Templo hace que este trabajo sea mucho más difícil. Ya no tenemos una prueba física de que fuimos elegidos, y hemos perdido la materialización de la unicidad de Dios y el símbolo principal de Su monarquía.

Pero no hemos perdido el Shemá. No hemos perdido nuestra habilidad de rogarle a Dios que le dé una nueva forma al mundo. Todavía podemos rezar y nuestros rezos son más necesarios y significativos. Si vivimos el Shemá podremos lograr todo lo que necesitamos lograr, incluso sin un Templo, mediante el vivo testimonio de nuestras vidas.

"Elévate sobre una gran montaña, Oh, anuncia a Sión, eleva tu voz con fuerza, Oh, anuncia a Jerusalem; eleva [tu voz], no temas; diles a las ciudades de Yehudá: "He aquí su Dios". He aquí que Dios vendrá con [una mano] fuerte, y Su brazo gobernará; he aquí que Su recompensa está con Él, y Su recompensa está frente a Él" (Isaías 9:10 ).