Y Él llamó a Moshé, y Dios habló con él desde la Tienda del Encuentro, diciendo…” (Levítico 1:1).

El verbo ‘llamar’ en hebreo es Vaikrá; si lees el texto en el hebreo original, podrás ver que esta palabra está escrita con una letra alef minúscula. Esto hace que la palabra se parezca superficialmente a una palabra distinta, vaikar, que significa “encuentro al azar”. Ambas palabras suelen ser asociadas en la Torá con la profecía, sólo que la palabra vaikar se utiliza específicamente para referirse a la idea opuesta de ‘llamar’: la intención es retratar la experiencia profética descrita como un mero encuentro casual.

Las personas que son elegidas por Dios para ser profetas están por lo general en un nivel espiritual sumamente elevado; los profetas son amados por Dios (ver Maimónides, Fundamentos de la Torá, Capítulo 7). En ocasiones Dios mantiene una conversación con una persona que está lejos de ser amada; una persona con quien Él se rehúsa a ser asociado. Él habla con este tipo de gente cuando necesita comunicar alguna información vital específicamente mediante ellos; cuando esto ocurre, Dios se preocupa de describir estas conversaciones como que ‘ocurrieron de forma casual’. Él quiere enfatizar que fueron motivadas por la necesidad, y no por la existencia de una relación. Por ejemplo, la palabra vaikar es utilizada para describir el contacto entre Dios y el profeta no judío Bilam (Números 23:16).

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Humildad fuera de lugar

En el contexto de una conversación con Moshé, quien claramente era amado por Dios, la implicancia que conlleva la pequeña alef es falsa e inapropiada. El Baal HaTurim, un comentarista medieval, explica basándose en el comentario de Rashi:

En su humildad monumental, Moshé deseó describir la revelación de Dios a su persona con la misma palabra poco halagadora que es utilizada para describir la conexión de Dios con Bilam; él quería omitir la alef. Dios insistió que escribiese la alef; Él quería enfatizar que Su llamado a Moshé no había sido por azar. Había sido emitido voluntariamente y era la expresión de un profundo afecto. Demasiado humilde como para hacer esto sinceramente, Moshé insertó una pequeña alef.

A pesar de que la humildad es una característica de personalidad admirable, su expresión en esta instancia pareciera ser totalmente inapropiada. El llamado a Moshé no fue emitido a él a título personal, sino como representante del pueblo judío. Este mismo humilde Moshé peleó como un león cuando Dios amenazó con retirar Su conexión especial con el pueblo judío o con él mismo como su representante:

¿Cómo se sabrá que he hallado gracia ante Tus ojos, yo y tu pueblo?; a menos que Tú nos acompañes, y yo y tu pueblo nos distingamos de entre todos los pueblos sobre la faz de la tierra” (Éxodo 33:16).

Rashi (ibid.) interpreta este pasaje como una súplica de que se relacione con los profetas judíos de manera especial: los profetas judíos deben ser tratados con afecto especial como representantes de su nación sin importar cuáles sean sus méritos personales. La descripción de la profecía judía como vaikrá, en contraste con la profecía no judía que es descrita como vaikar, es una consecuencia directa de la propia petición de Moshé.

¿Cómo se entiende que Moshé intente deliberadamente anular la distinción que él mismo luchó para obtener? No es su honor personal el que está en juego; lo que está en juego con la omisión de esta pequeña y crucial alef es la manifestación del estatus especial del pueblo judío ante los ojos de Dios. Por lo tanto, esta no es una ocasión apropiada para demostrar humildad personal.

Para encontrar una respuesta a este problema, primero debemos examinar el tema del libro de Levítico, llamado Vaikrá en hebreo. Luego de una exploración minuciosa nos daremos cuenta que el origen de todo el libro se encuentra en la pequeña alef de nuestra historia.

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El problema con los sacrificios

La parashá de esta semana, Vaikrá, es el comienzo de un libro entero que está dedicado principalmente a la descripción de los diferentes tipos de ofrendas animales y de las reglas que están asociadas con los sacrificios de éstas.

A la mente moderna le es difícil relacionarse con la idea de realizar sacrificios a Dios; no podemos dejar de considerar a los ceremoniosos sacrificios de animales como algo barbárico, una práctica que pertenece a una época más primitiva. Sin embargo, nosotros los judíos rezamos por la reconstrucción del Templo y por el reestablecimiento de los sacrificios de animales tres veces por día; por lo tanto, es importante obtener una mayor comprensión sobre dicha práctica, e intentar entender cómo un ser humano sensible puede aceptarla como una parte esencial para mantener una relación cercana con Dios.

La tradición judía nos enseña que una persona tiene dos almas. Tiene un néfesh ha-Elohit, un ‘alma Divina’, y una néfesh ha-behemit, literalmente un ‘alma animal’. El alma animal está apegada a la sangre y sirve como la fuente de energía de la vida; es la cualidad a la que nos referimos como ‘fuerza vital’. Dios mismo estableció en la Torá:

"Todo hombre de la casa de Israel y de los prosélitos que habitan entre ellos que consumiere sangre, Yo concentraré Mi atención sobre el alma que consuma la sangre y la separaré de entre medio de su pueblo. Pues el alma de la carne está en la sangre y Yo la he asignado para vosotros sobre el Altar, para procurar expiación para vuestras almas; pues es la sangre la que expía por el alma" (Levítico 17:10-11).

El español no es un lenguaje espiritual; le falta el vocabulario necesario para diferenciar entre las diferentes partes del alma. Un alma es simplemente un alma. Pero esto no es así en hebreo —el lenguaje de la Torá—, el cual es muy rico en palabras para describir los fenómenos espirituales.

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Niveles del alma

De acuerdo a la tradición judía, el alma Divina tiene varios niveles:

  1. El nivel más bajo del alma es el néfesh ha-Elohit, una "fuerza vital" espiritual que es un paralelo exacto del néfesh ha-behemit.

  1. Este néfesh está pegado a algo de un nivel espiritual superior, llamado ruaj, lo cual significa ‘espíritu’.

  1. El ruaj por su parte está pegado a la neshamá, lo cual significa literalmente ‘aliento’ de Dios.

  1. Esta neshamá se encuentra eventualmente (por medio de otros dos niveles) pegada a la Shejiná, una manifestación de Dios.

Ya explicamos con gran detalle en nuestro ensayo de la parashá de la semana pasada, Pekudei, a qué nos referimos cuando decimos que la manifestación de la presencia de Dios llamada Shejiná “reside” en el Templo. Nuestra tesis era que dado que el Templo es una parte del mundo físico, la Presencia de Dios, que claramente es un fenómeno espiritual, no podría residir directamente en él. El lugar de residencia de la Shejiná es el alma humana. Cuando el apego espiritual del alma humana a la Shejiná es intenso puede ser "sentido" en términos tangibles, y es precisamente este “apego” el que es detectable en el Templo. Ahora debemos intentar traer esta idea más a la tierra.

Al enfocar su vida en apegar su néfesh ha-behemit —o ‘fuerza vital’— a su néfesh ha-Elohit —su alma Divina— y al extender la conexión a través de los niveles del alma Divina hasta llegar a la Shejiná, el hombre tiene la capacidad de conectar todo el mundo físico —del cual su alma animal es la máxima expresión—, directamente con la Presencia de Dios. La completitud de dicha conexión le provee a la Shejiná una autopista que conecta el Trono Divino con el mundo físico. La Shejiná puede utilizar esta autopista para hacer que la Presencia de Dios se manifieste en nuestro mundo.

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Apegos espirituales

¿Pero cómo apegamos nuestro néfesh ha-behemit a nuestro néfesh ha-Elohit? ¿Y cómo extendemos esta conexión a través de los distintos niveles del néfesh ha-Elohit hasta la Shejiná?

Nuestra ‘fuerza vital’ no es sólo una expresión de nuestro néfesh ha-behemit, sino que también es la esencia concentrada del mundo físico. Para poder vivir, debemos comer y beber, debemos tener un techo, y ropas, etc.; extraemos innumerables insumos del mundo físico para mantenernos con vida. La fuerza vital que se apega a nuestra sangre y que circula por nuestros cuerpos no es sólo una expresión de nuestro néfesh ha-behemit, sino que también es la esencia destilada de todos los recursos del mundo físico que son necesarios para mantenerlo.

Cuando aplicamos la energía que nos provee esta fuerza vital para realizar los mandamientos de la Torá, transformamos la esencia del mundo físico en una expresión viviente de las enseñanzas de la Torá. Pero a pesar de que obtenemos la energía necesaria para realizar los mandamientos de la Torá del mundo físico, el empuje y el entusiasmo para cumplir las mitzvot son generados por nuestra alma Divina. El alma animal no siente ningún tipo de deseo de respetar los mandamientos… ¿por qué habría de hacerlo? Sus requerimientos sólo pueden ser satisfechos por insumos que sean extraídos del mundo físico.

Esto significa que cuando utilizamos nuestra fuerza vital para llevar a cabo los dictámenes de la Torá, en realidad estamos transformando nuestras almas animales en vehículos de expresión de nuestras almas Divinas. Dado que el néfesh ha-behemit, la ‘fuerza vital’, es también la esencia destilada del mundo físico, el mundo físico en su totalidad se subyuga al alma Divina del hombre mediante el cumplimiento de los mandamientos de la Torá. La subyugación de la porción animal del hombre ante su parte Divina es el fenómeno que une las distintas partes del alma unas con otras, por lo que ahora podemos apreciar por qué es necesario respetar las mitzvot si deseamos que la Shejiná sea una Presencia en el mundo físico.

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Guerra de almas

¿Pero qué pasa si el alma animal se rehúsa a someterse a su contraparte espiritual? ¿Qué pasa si hace que su dueño viole los mandamientos de la Torá para satisfacer sus propios intereses: el consumo de más insumos del mundo físico?

Como describimos anteriormente, ambas almas tienen una porción de néfesh, por lo que la batalla entre ellas toma lugar en el nivel de néfesh contra néfesh, ya que ambas están a cargo de los movimientos del mismo cuerpo físico y, por lo tanto, cuando el alma animal se rehúsa a someterse ante el alma Divina, lo contrario ocurre: el néfesh ha-Elohit es subyugado al néfesh ha-behemit y se vuelve su cautivo.

A medida que el néfesh ha-Elohit comienza a fundirse con el néfesh ha-behemit, la conexión entre el néfesh ha-Elohit y el ruaj se debilita; el nivel más alto del alma, la neshamá, se desconecta casi totalmente de cualquier conexión con el néfesh; la autopista que conecta el mundo físico con la Shejiná está bloqueada; no hay forma en que la Presencia de Dios pueda manifestarse a Sí misma en el mundo físico.

La presencia de la Shejiná se va del Templo, el cual pierde su significancia espiritual y se transforma meramente en otra edificación física. Si el proceso de desapego no es revertido en un período de tiempo razonable, entonces el Templo es eventualmente destruido, ya que este no puede sobrevivir meramente como un artefacto físico.

La mente y corazón humanos sirven como campo de batalla para la guerra que se desarrolla entre las dos almas, animal y Divina. La vida del hombre en la tierra está constituida por una serie de batallas, y él se ve forzado constantemente a elegir identificarse a sí mismo con una de estas dos almas.

Etapas del desarrollo humano

Para comprender completamente la forma en que opera el proceso de la integración de las diferentes porciones del alma, nos será de gran ayuda relacionarnos con ella en el contexto de las tres etapas básicas del desarrollo humano.

Un ser humano adulto está por lo general en control de su propia vida y por lo tanto tiene el deber de establecer un curso para sí mismo. Una persona se relaciona con el mundo que lo rodea mediante una combinación de cosas. Mira el mundo a través de la ventana de su carácter y actitudes; un lente que fue formado por fuerzas que están más allá de su control; la combinación única de herencia y medio ambiente para él. Pero los juicios que realiza son voluntarios. Él realiza estos juicios en base al conocimiento que ha recogido a lo largo de su experiencia de vida. Él toma decisiones respecto al propósito de su vida, y dirige sus actividades acordemente. La forma de nuestra vida adulta es una expresión precisa de quiénes somos en realidad.

Los niños no pueden expresar completamente su entendimiento en sus vidas. Ellos aún no han desarrollado la madurez o auto-disciplina para someter su comportamiento a su entendimiento. Por eso las vidas de los niños son generalmente manejadas por otros, idealmente por adultos preocupados y maduros. Pero a pesar de que las vidas de los niños no pueden demostrar su visión de las cosas, ellos sí pueden expresar su carácter básico perfectamente.

Precisamente por su falta de autocontrol, el niño es guiado por sus deseos y ambiciones innatas, y es gobernado por sus emociones. No es que los niños tengan mentes débiles; por el contrario, en esa etapa de nuestras vidas estamos en el punto más alto de nuestras capacidades para absorber nueva información. Pero la mente de un niño no es la facultad que él expresa en su vida; en esta etapa de nuestro desarrollo, nosotros sólo podemos expresar nuestros corazones. Si el comportamiento de un adulto es una ventana para el entendimiento e inteligencia, entonces la niñez puede ser considerada una vitrina del corazón.

Un infante ni siquiera puede expresar su corazón. El infante es dominado completamente por la intensidad de su fuerza vital. Esta etapa de nuestro desarrollo es la etapa en la cual mostramos la menor cantidad de individualidad. Casi todos los infantes son similares y expresan las mismas cosas prácticamente de la misma manera. Cuando quieren algo, lloran, y cuando sus necesidades son satisfechas, balbucean y sonríen.

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Desarrollo del alma

Rav Jaim de Volozhin, el famoso discípulo del Gaón de Vilna, explica en su obra Néfesh Hajaim (Portal 1) que la neshamá se expresa en nuestras ideas y pensamientos; el ruaj se expresa a través de nuestras emociones y el habla; y el néfesh sólo se expresa a sí mismo a través de nuestras acciones. Espiritualmente hablando, somos adultos, adolecentes e infantes simultáneamente a lo largo de nuestras vidas en diferentes niveles.

Cuando una persona cumple con un mandamiento de la Torá en el nivel más alto —con un completo entendimiento de qué es lo que está haciendo y de por qué sus acciones son importantes ante los ojos de Dios— toda su alma es capaz de expresarse a sí misma en sus acciones. (Su neshamá se funde con sus pensamientos, su ruaj se funde con la emoción que el invierte, y su néfesh se expresa en el cumplimiento físico propiamente tal). Él es un adulto espiritual, una persona respetable y capaz de mantener una relación madura con la Shejiná.

Cuando a él le falta conocimiento de Torá y por lo tanto entendimiento espiritual, sólo es capaz de expresar sus sentimientos espirituales y su carácter mediante el ruaj. Sin entendimiento espiritual él no puede relacionarse con Dios como un adulto espiritual, pero sí es capaz de mantener una relación con Dios en el nivel de padre-hijo, el cual también es un lazo espiritual sumamente intenso.

Pero cuando la persona no es observante, le falta totalmente autocontrol espiritual y es considerado como un infante espiritual. Él puede sentirse alegre o puede llorar, pero no puede comunicarse espiritualmente. Uno puede amar a un infante, pero no hay forma de comunicarse de forma inteligente con él.

Cuando la Shejiná se une con una persona, esa persona se vuelve el representante de Dios en el mundo inferior. Puedes observarla y ver la reacción Divina ante los eventos mundanos. ¿Cómo podría permitirse Dios ser representado por infantes, o incluso por niños? Quien no está en el nivel espiritual de la neshamá es obviamente inadecuado para servir como representante de Dios. Dios sólo puede estar presente en el mundo cuando la sociedad judía tiene un gran número de adultos espirituales.

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Manteniendo la autopista

Ahora tenemos suficiente entendimiento sobre por qué la unificación del alma Divina con el alma animal es necesaria para permitir que la Shejiná penetre en el mundo físico. La duración del Templo como una entidad física depende de la habilidad de mantener permanentemente el estado de unidad entre estas dos almas. Por lo tanto, si hay un deseo de preservar el Templo por un periodo de tiempo, debemos proveerle al hombre un mecanismo que le permita volver a unir el alma animal con el alma Divina cuando se produzca un corte, algo que forzosamente ocurrirá:

El ser humano que sólo hace bien y que nunca peca no existe en la tierra” (Kohelet 7:20).

Salirse del angosto y recto camino es un destino inevitable para el hombre. La autopista que utiliza la Shejiná para entrar al mundo requerirá necesariamente constantes reparaciones. El Templo no puede mantenerse como una estructura permanente en el mundo físico sin un método para llevar a cabo dichas reparaciones.

De ahí proviene la necesidad de sacrificios animales.

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El rol de los sacrificios animales

La fuerza vital del sacrificio animal es un pariente cercano del alma animal humana, la cual alberga la energía vital humana. Cuando una persona compra un sacrificio, la fuerza vital del animal se transforma en una expresión de la fuerza vital de su propietario. El dinero que él gastó en la compra fue adquirido mediante trabajo duro y esfuerzo que generó su propia fuerza vital. Los recursos del mundo físico que fueron utilizados para energizar el alma animal del propietario le proveyeron la energía para llevar a cabo dicho trabajo y esfuerzo.

El animal a sacrificar es por lo tanto una expresión del alma animal del propietario. Cuando éste es ofrendado a Dios en el altar, es la propia alma animal del propietario —la cual se fusionó con la del sacrificio— la que está siendo metafóricamente puesta sobre el altar; el acto de sacrificio le permite unirse una vez más con la Shejiná. La separación entre el alma animal y el alma Divina es reparada, la autopista hacia Dios es arreglada y el Templo puede continuar existiendo.

Obviamente esto sólo ocurre cuando el sacrificio es ofrecido de forma adecuada. Todos los sacrificios deben seguir el modelo de la akedá de Itzjak, el atamiento de Itzjak (Shaarei Haavodá, Rabenu Iona); el propietario debe ver al animal como su reemplazo. Él debe relacionarse con la sangre que es rociada en el altar y con los interiores que son quemados por el fuego como que fueran sustitutos de su propia sangre e interiores; los órganos del sacrificio representan sus propios órganos, los cuales realizaron los actos impropios que causaron que las partes de su alma se separaran entre ellas y de la Shejiná.

Y tal como no puedes tener sacrificios sin un Templo, es imposible mantener un Templo sin sacrificios.

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Un requerimiento Divino

Ahora estamos listos para volver a la pequeña alef de Moshé.

Dios llamó a Moshé. ¿Por qué? Si hubiera sido meramente para llamar su atención, no habría habido necesidad alguna de escribir este hecho. El llamado no habría jugado ningún rol en relación a la conversación subsecuente; es bastante obvio que es imposible hablar con una persona sin llamar primero su atención.

Rashi (Levítico 1:1) cita a nuestros sabios que nos dicen:

Este llamado a Moshé es mencionado para enseñarnos que cuando Dios quería enseñarle un nuevo mandamiento, primero lo llamaba afectuosamente, diciendo “Moshé, Moshé”. [Esta es] la forma de comunicación que es empleada por los ángeles, quienes se llaman uno al otro y dicen ‘Santo, Santo, Santo’ (Isaías 1:6-7).

El llamado es una invitación a acercarse; Dios quiere comunicarse con Moshé desde cerca y no desde la distancia. El propósito de la llamada es determinar la calidad de la comunicación subsecuente, y no meramente iniciarla.

Como hemos descrito, el acercamiento a Dios ocurre mediante la ascensión de las tres etapas de santidad que son representadas por la frase Santo, Santo, Santo que es pronunciada por los ángeles. El néfesh debe conectarse con el ruaj, el ruaj con la neshamá y la neshamá debe conectarse con la Shejiná. Sólo entonces uno puede hablar con Dios cara a cara, por así decir:

Boca a boca hablaré Yo con él, en una visión clara y no con acertijos; y verá la imagen de Hashem” (Números 12:8).

Dios desea cercanía con Moshé. A medida que Moshé asciende por los niveles de santidad, la Shejiná desciende por los mismos niveles hasta el mundo físico; todo se funde en uno.

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Autopista hacia el Cielo

Moshé atribuye su habilidad para escalar los niveles de santidad a los llamados de Dios. Es sólo debido a que Dios lo acerca a Él que él se diferencia de Bilam. Si fuera por sus propios méritos, él se mantendría atascado en el mundo físico en el nivel espiritual de néfesh, forzado a comunicarse con Dios desde una distancia tan grande que la misma conexión se sentiría como algo accidental. Su deseo de omitir la alef no describe la calidad de la comunicación, sino que describe su valoración sobre el tamaño de su propia contribución espiritual.

Pero Dios atribuye Su cercanía a Moshé a la propia habilidad de Moshé de establecer la autopista que le permite a la Shejiná descender al mundo físico. Él insiste en el uso de la alef como una expresión de Su valoración del tamaño de la contribución de Moshé. El Templo es un microcosmos del universo y de todo lo que contiene, los cielos y la tierra condensados en una pequeña área. El hombre asciende y la Presencia de Dios desciende.

Dios le dijo a Moshé que escribiera la alef. Es mediante la autopista espiritual que construye el pueblo judío que Dios ingresa al mundo físico y llama a Moshé para que se acerque. Es gracias a que la distancia entre los cielos y la tierra se ha reducido por medio del esfuerzo humano que Moshé es capaz de responder al llamado de Dios y puede efectivamente cerrar una brecha que es tan amplia como el universo mismo.

Como en toda relación sana, cada lado percibe que la contribución del otro es más significativa que la propia. Efectivamente este es un lugar perfecto para la expresión del rasgo de humildad.

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La escalera de Yaakov

Yaakov fue el primero en tener una visión de una casa que contenía la Presencia de Dios en la tierra. En ese lugar, sobre el cual eventualmente se erguiría el Templo de Dios, él tuvo una visión:

Una escalera había sido colocada sobre la tierra y su extremo llegaba hasta el cielo. Y he aquí que había ángeles de Dios que subían y bajaban por ella. Y he aquí que Dios estaba de pie frente a él, y le dijo: ‘Yo soy Hashem, Dios de Abraham, tu padre, y Dios de Itzjak. La tierra sobre la cual yaces te la daré a ti y a tus descendientes’” (Génesis 28:12-13).

Cuando Yaakov se despertó, exclamó:

¡Qué impresionante es este lugar! ¡He aquí que este lugar es la Casa de Dios, y ésta es la puerta del cielo!” (Génesis 28:17).

Rav Jaim de Volozhin explica:

Esta escalera no es otra que el alma del hombre. Es la fuerza que conecta los cielos con la tierra y que permite que los ángeles asciendan y desciendan. Permite que la Shejiná descienda a la Tierra Santa, la cual por lo tanto es consagrada a los descendientes de Yaakov y transforma al Templo en las puertas del cielo, a través de las cuales los rezos del pueblo judío pueden ascender libremente.