En la parashá de esta semana vemos cómo Dios abrió el mar para que el pueblo judío atravesara por el medio. Al parecer, según la opinión de nuestros sabios, la apertura del mar fue un milagro difícil de realizar para Dios. Si no, ¿por qué compararían la dificultad de emparejar gente en matrimonio y proveer sustento a las personas con la apertura del mar?

Raba bar bar Jana dijo en nombre de Rabí Iojanan: Emparejar [a dos personas en matrimonio] es tan difícil como lo fue abrir el mar... (Talmud, Sotá 2a).

Rav Shizvi dijo en nombre de Rabí Elazar ben Azaria: Proveer sustento a las personas es tan difícil como lo fue abrir el mar; así como está escrito, (en Salmos 136): “Él provee pan a todo ser viviente...”, y un versículo adyacente dice: “Él dividió el mar en secciones...” (Talmud, Pesajim 118a).

¿Cómo podemos relacionarnos con la idea de que algo sea difícil para Dios? ¿Qué tiene en común la apertura del mar con el hecho de formar parejas o con proveer los medios de subsistencia a la gente?

Dificultad moral

La lógica nos dice que no debemos buscar la dificultad asociada a los milagros en los detalles técnicos. Si aceptamos la existencia de un Dios Todopoderoso, ¡entonces sería absurdo pensar que abrir el mar por unas cuantas horas es difícil para Él! Sería mucho más razonable explicar la dificultad en términos de consideraciones morales. Un comentario rabínico sobre algunos de los versículos de la parashá de esta semana hace alusión a dicha dificultad moral:

El ángel de Elo-him que iba al frente de los hijos de Israel se movió y se situó atrás de ellos...” (Éxodo 14:19)

Rabí Noson le preguntó a Rabí Shimón: En todas las otras partes el ángel es descrito como el ángel de YHVH [el nombre sagrado que se utiliza para describir el atributo sagrado de la misericordia Divina]; ¿por qué aquí se hace referencia a él como el ángel de Elo-him? Rabí Shimón respondió: Elo-him siempre se refiere al atributo de la justicia Divina; los judíos estaban siendo juzgados en ese preciso momento sobre si debían ser destruidos junto con los egipcios o si debían ser salvados (Yalkut, Beshalaj, 233).

Los hijos de Israel caminaron por tierra firme en medio del mar” (Éxodo 14:29).

Los ángeles celestiales se sorprendieron y dijeron: “¿Cómo puede ser que idólatras caminen por tierra seca en medio del mar?” (Éxodo Rabá 26:4).

En palabras más simples, los israelitas no merecían un milagro tan grande como la apertura del mar; la diferencia moral que había entre ellos y los egipcios no estaba suficientemente marcada como para justificar que uno fuese salvado y el otro ahogado. Hacer milagros para aquellos que no lo merecen es discriminatorio y presenta una dificultad moral incluso para Dios.

Un pueblo moral

Pero esta tesis necesita clarificación. Las fuentes indican que los judíos que pasaron entre las aguas partidas tenían un gran mérito moral. Ellos se aferraron obstinadamente a su identidad nacional y a sus costumbres por 210 años y se rehusaron a asimilarse con el ambiente inmoral de Egipto:

Rav Huna dijo en nombre de Bar Kapara: Israel fue redimido de Egipto por el mérito de cuatro cosas: los judíos no cambiaron sus nombres a nombres egipcios; no abandonaron su lenguaje; no se delataron mutuamente; y no se volvieron débiles en su moral sexual (Yalkut, Emor, 757).

Si el estándar moral de los judíos no estaba en duda, entonces, ¿cómo podemos entender las deliberaciones del atributo de justicia sobre cuán merecedores eran los judíos de que se abriese el mar por ellos? La respuesta es que no es el mérito moral el que posibilita los milagros, sino la emuná, o creencia en Dios. El mar sólo se puede abrir para quien cree en ello antes de que ocurra.

Rav Jaim de Volozhin, el estudiante del Gaón de Vilna, clarifica el versículo:

Dios le dijo a Moshé: '¿Por qué clamas a Mí? Habla con los israelitas y comiencen a moverse” (Éxodo 14:15).

Es difícil entender la orden de Dios. Con el mar a un lado y el ejército egipcio al otro, ¿qué más podría haber hecho Moshé que clamar a Dios por salvación?

De acuerdo a Rav Jaim, la explicación es la siguiente: Dios le dijo a Moshé que sus rezos ya habían logrado todo los que los rezos pueden lograr. ¡El mar estaba listo para abrirse! Dios no tenía que hacer nada más. La energía espiritual que se requería para lograr el milagro de la apertura del mar ya había sido suministrada y estaba lista y disponible, esperando a ser utilizada. Pero para que este poder bajara a la tierra y fuera aplicado directamente al mar, se necesitaba un intermediario humano. La energía Divina fluye al mundo sólo a través de la intervención de los seres humanos. Los judíos debían entrar al mar para que este se abriese. Eso significa que ellos realmente tenían que creer que se abriría antes de que esto ocurriera en la práctica. Una persona que no cree que el mar se puede abrir si Dios así lo desea, no puede entrar al mar debido a su clara percepción de que se ahogaría si lo hiciese.

Por lo tanto, aprendemos que los milagros requieren tanto del poder humano de la emuná, o fe, como de un aporte especial de energía Divina. ¡Los milagros sólo le pueden ocurrir a quienes creen en milagros! Y es precisamente en el área de la fe que la dificultad del milagro de la apertura del mar se hace manifiesta.

Apego a la cultura propia

Por definición, un exilio es una deslocalización física. Pero el Zohar explica que la deslocalización física es en realidad la manifestación externa de una deslocalización espiritual. Parte del poder espiritual del pueblo judío está en exilio y las naciones del mundo lo mantienen cautivo. Los comentaristas se relacionan con el exilio egipcio en términos de la deslocalización de la facultad del “habla”.

La facultad del habla le permite al hombre expresar sus ideas y sentimientos. Pero el habla es una herramienta cultural. El vocabulario sigue los patrones culturales. Los árabes tienen 30 palabras diferentes para camello: camellos jóvenes, camellos viejos, machos, hembras, etcétera; cada uno tiene una palabra específica que lo describe. El hebreo tiene muchos nombres para Dios, cada uno de los cuales hace referencia a otro de Sus aspectos, mientras que en español hay sólo uno, el famoso “Dios”. El lenguaje es una expresión de la cultura.

Los judíos son un pueblo cultural. Siempre se sumergen en la cultura, estén donde estén. Los judíos de Egipto no eran diferentes, ellos estaban totalmente inmersos en la cultura egipcia. Asistían a las escuelas egipcias y a sus universidades, leían libros y periódicos egipcios, y también disfrutaban de las posibilidades de entretenimiento que allí existían. Este profundo sumergimiento en la cultura extranjera implicaba que ellos sólo poseían las herramientas de expresión del alma egipcia.

Y a pesar de que ellos de adhirieron fehacientemente a sus propias tradiciones morales, a su lenguaje propio y a su forma de vestir, los judíos de Egipto no tenían acceso a una cultura que les permitiese expresar sus almas judías. Para poder expresar la unicidad de su alma, para poder articular sus creencias más internas, un judío debe sumergirse en su propia cultura, la Torá. Necesita escuelas judías, universidades judías, libros judíos y medios de comunicación judíos que estén enfocados en la Torá. Pero estas eran precisamente las cosas que los judíos en Egipto no tenían. Aún no teníamos nuestra propia cultura. Moramos ahí por 210 años sin Torá. No teníamos una alternativa a la cultura egipcia. Nuestra facultad del “habla” estaba en exilio.

Ahora bien, sin el beneficio de nuestra cultura de Torá, sólo podíamos expresar nuestros 'yo' internos en términos egipcios. Si la cultura egipcia no podía proveer la infraestructura ideológica necesaria para aceptar la idea de que el mar podía abrirse milagrosamente, entonces los judíos eran incapaces de expresar —incluso para sí mismos— su creencia en un milagro como ese. Tus ideas tienen que darte permiso para creer, y nosotros simplemente no poseíamos las herramientas conceptuales que se requerían. Independientemente de si en realidad idolatrábamos a otros dioses o no, nuestros conceptos culturales eran los de una sociedad de idólatras. No podíamos imaginar que el mar se abriría, y por lo tanto el mar en realidad no podía abrirse para nosotros.

Los ángeles celestiales se sorprendieron y dijeron: “¿Cómo puede ser que idólatras caminen por tierra seca en medio del mar?” (Éxodo Rabá 26:4).

Una canción de resurrección

¿Cómo nos ayudó Dios a superar esta limitación? ¿Como puede hacer uno para inculcar la creencia en posibilidades infinitas en la mente de un idólatra? La Torá nos da una pista.

Entonces Moshé y los hijos de Israel decidieron cantar esta canción a Dios...” (Éxodo 15:1)

El verbo “cantar” en hebreo aparece como yashir, que es la forma verbal en tiempo futuro de acuerdo a la gramática hebrea. Nuestros sabios encontraron una referencia a la resurrección de los muertos en esta aparentemente inadecuada selección de una palabra en tiempo futuro para describir un evento pasado. Si uno lo lee literalmente, el texto dice que Moshé y los hijos de Israel cantarán esta canción en el futuro.

Nuestros sabios interpretan esto como profecía; Moshé y los hijos de Israel cantarán en realidad esta canción en la época de la resurrección de los muertos. Por lo tanto, la canción de nuestra parashá, una canción de agradecimiento a Dios por haber abierto milagrosamente el mar, es en realidad la canción de la resurrección; es la misma canción que cantarán las personas en el momento de la resurrección (ver Mejilta, Beshalaj, citado en Rashi).

Para entender las implicaciones de esto, analicemos otro aspecto de las revelaciones que acompañaron a este milagro, el cual es mencionado por los comentaristas (ver Rashi y Najmánides).

El segundo versículo de la canción dice:

Este es mi Dios y le construiré un santuario; el Dios de mi padre, y lo exaltaré” (Éxodo 15:2)

Dios se les apareció, por decir así; ellos fueron capaces de señalarlo con sus dedos. Incluso las sirvientas que estaban presentes tuvieron una visión profética que superó el nivel de las visiones de los profetas posteriores (Mejilta, ibid.)

En la literatura rabínica, la sirvienta es mencionada como un símbolo de la falta de desarrollo intelectual, mientras que los profetas ejemplifican la cima del desarrollo intelectual (ver Maimónides, Yad Jazaká, Fundamentos de la fe, capítulo 7). El grado de claridad intelectual que se requiere para captar un poco de lo infinito está mucho más allá de la capacidad de una persona promedio. Que una sirvienta tenga una visión profética es equivalente a que una persona con educación primaria desarrolle una nueva teoría de física cuántica.

Si la sirvienta pudo experimentar la visión que el profeta alcanza mediante un gran esfuerzo de su capacidad intelectual, entonces sólo puede haber una forma de explicarlo. Ella debe haber sido transportada existencialmente a algún mundo superior. Una vez que somos transportados físicamente a algún lugar, podemos percibir nuestro alrededor mediante nuestros sentidos ordinarios. No hay necesidad de utilizar nuestras mentes o imaginación para observar lo que nos rodea. Si una persona con educación primaria pudiese ir a dar un paseo por el bosque de las partículas subatómicas, entonces podría entender más sobre ellas que el más grande de los físicos.

Una canción de fe

En otras palabras, para adquirir el nivel de emuná necesario para permitir el milagro de la apertura del mar, la nación judía tenía que elevarse físicamente y ser transportada al mundo de tejiat hametim, el mundo que experimentaremos en la época de la resurrección.

La palabra shir en hebreo no sólo describe una tonada musical. La palabra shir ‘canción’ es utilizada cuando se discute sobre sentimientos e ideas que están más allá de la habilidad de las palabras ordinarias. La persona que se percibe a sí misma en cierto grado como un ser resucitado también puede imaginarse que el mar se abrirá ante la orden de Dios. Si la tumba puede abrirse y dar paso a una nueva vida, entonces las aguas del mar también pueden abrirse. La canción de la resurrección también es la canción de la apertura de las aguas. Y esto nos lleva nuevamente de vuelta a la emuná.

En ese día, Dios salvó a Israel de la mano de Egipto, e Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar... y el pueblo reverenció a Dios, y tuvieron fe en Dios y en Moshé, su sirviente” (Éxodo 14:30-31).

Utilizamos la palabra fe para referirnos a cosas que creemos que están allí a pesar de que no podemos verlas. Si puedes ver algo entonces sabes que está allí, y no hablaríamos más de “fe en su existencia”. Esta concepción de la fe es contraria a la visión que aparece en el versículo anteriormente citado. Según el versículo, el pueblo judío —que acababa de experimentar todas las maravillas del Éxodo incluyendo la apertura del mar—, recién ahora había alcanzado el nivel de tener fe en la existencia de Dios.

Así, hemos llegado finalmente al punto que estamos tratando de explicar en este ensayo: ver no es creer.

Ver no es creer

Los seres humanos sólo pueden comprender el mundo que ven a su alrededor mediante filtrar la información que perciben con sus sentidos, a través de los lentes intelectuales que les proveen sus culturas. Vivir ciertas cosas no garantiza que las percibamos con la perspectiva correcta.

El idólatra vive en un mundo físico que existe separado de los seres a los que él adora. Sus Dioses no pueden manipular las leyes fundamentales de la realidad. Platón realmente creía que incluso Dios no puede hacer que los lados de un cuadrado sean iguales a su diagonal. Él no creía que estaba imponiendo una limitación al poder de Dios cuando formulaba esta declaración. Su Dios era parte de la misma realidad que él, y por lo tanto, también estaba sujeto a las mismas reglas y limitaciones que imponía la lógica.

Cuando el pasado cultural de una persona le indica que no puede haber milagros que violen las leyes de la naturaleza, entonces, él puede experimentar la apertura del mar y no por eso entenderlo correctamente. Él pensará que debe haber alguna explicación natural. Para él, el milagro no puede ocurrir incluso si ocurre. Este principio está más allá de la regla espiritual que hemos explorado en este ensayo; para ese tipo de gente, el milagro de la apertura de las aguas no puede ocurrir por definición. Cualquiera que no puede ver un milagro incluso cuando lo experimenta, en realidad nunca lo experimentará. Él podría perfectamente ahogarse en el mar que se ha abierto de forma milagrosa.

Ahora que hemos desarrollado este concepto de forma plena, podemos entender con facilidad la relación que hay entre la apertura del mar, el matrimonio judío y el sustento.

La pareja de acuerdo al judaísmo

La pareja, de acuerdo al judaísmo, no es simplemente una persona con la que vives unos años mientras sea placentero o conveniente, sino que es, junto a ti, una parte integral del mismo todo; ambos experimentarán juntos la resurrección. Tu pareja y tú son partes de la misma alma. De acuerdo al judaísmo, tu pareja es una parte mucho más integral de ti mismo que tus brazos o piernas.

Cuando encontramos a nuestra pareja, generalmente pensamos que sabemos qué es lo que nos atrae. La gente se casa porque se enamoran, porque es una relación beneficiosa, por alguna otra razón o por todas ellas combinadas. Pero estas son tan sólo las razones aparentes. Ninguna de ellas sería suficiente para que el matrimonio sobreviva por toda la eternidad; pero el matrimonio judío sí sobrevive por siempre. La verdadera razón que hay detrás de un matrimonio judío es que Dios ya había arreglado la unión. Para tener una actitud correcta en relación al matrimonio, uno debe saber que las razones aparentes que hicieron que nos casáramos, son realmente ilusorias. Las razones existen para que a la persona le sea más fácil cumplir con la voluntad de Dios. Se necesita fe para apreciar la realidad de un matrimonio judío. Necesitas emuná para ser capaz de ver tu propio matrimonio con esta visión eterna.

Sustento

Dios diseñó el mundo de tal forma que ganarse el sustento generalmente requiere de una gran cantidad de esfuerzo. Pero entender que la calidad o la cantidad de esfuerzo que invertimos no tiene ninguna influencia real en el resultado, es algo que está prácticamente más allá de nuestra imaginación. Sin embargo, el judaísmo nos enseña precisamente eso; no hay ninguna cantidad de esfuerzo que pueda permitirle a una persona obtener ni siquiera un poco más de lo que Dios ha designado para él o quedarse con lo que ha sido designado para otra persona.

Por lo tanto, incluso si una persona se sumerge totalmente en sus labores, él debe creer que su intensa lucha no tiene ninguna influencia en el resultado. Dios decide cuánto debe tener y no importa qué es lo que haga, eso es todo lo que conseguirá obtener. El esfuerzo es necesario por sí mismo, pero no para alterar el resultado.

En la medida que interiorice esta lección, el judío será rescatado de la tentación de trabajar la cantidad de horas que lo dejarían sin tiempo para estudiar un poco de Torá, para asistir a los rezos en la sinagoga o para tener una relación cercana con su esposa e hijos.

Nuevamente estamos hablando de un fenómeno que requiere de fe para ser entendido correctamente a pesar de que uno vive en él. Nuevamente estamos hablando de la apertura del mar.

La lección de Uzah

La historia de Uzah el levita (que es relatada en Shmuel II, capítulo 6) es una ilustración perfecta de esta idea.

David fue a buscar el Arca del Pacto que habían capturado los Filisteos. En lugar de hacer que los levitas la transportasen, tal como lo requiere la ley judía, él ordenó equivocadamente que fuese transportada en un vagón. El vagón chocó con un bache, el Arca comenzó a deslizarse y Uzah, uno de los levitas que estaban presentes, estiró su brazo para sostenerla y evitar que cayese. Dios instantáneamente lo mató y todo el emprendimiento fue suspendido.

Nuestros sabios explican cuál fue el pecado de Uzah. Él debería haber entendido que a pesar de las apariencias, no es el hombre quien sostiene al Arca, sino que el Arca es la que sostiene al hombre.

Para nosotros este puede parecer un error insignificante. Pero esta idea es el punto crucial del Éxodo. El alma judía es la que fue liberada de la esclavitud de la cultura egipcia y finalmente pudo cantar su propia canción. El cuerpo sólo fue liberado porque acompañaba al alma. No es el cuerpo del hombre el que sostiene a su espíritu, sino que su espíritu es el que sostiene a su cuerpo. Es por eso que el punto final del Éxodo fue el establecimiento de una conexión con la resurrección.

El alma nunca muere; no es gran cosa proveerle un nuevo par de zapatos para que pueda caminar por la tierra. El conocimiento de que el alma es la que mantiene al cuerpo hace que la idea de la resurrección sea más fácil de entender. La persona que tiene este conocimiento también puede imaginar que el mar puede abrirse. La realidad es fundamentalmente espiritual. Una persona que no tiene este conocimiento nunca podrá abrir el mar. La conexión con la resurrección nació con la apertura del mar. Es por eso que ambos eventos comparten una misma canción de agradecimiento.

El exilio moderno del ‘habla’

Pero experimentar la apertura del mar generó mucho más que la habilidad de cantar nuevas canciones. Dio a luz a un tipo de ser humano completamente distinto. Todo el mundo sabe que los judíos son distintos a los otros pueblos. A pesar de que sólo son una pequeña parte de la población mundial, son sumamente visibles y están a la cabeza de todos los movimientos que buscan un mundo mejor. Han ganado una increíble cantidad de premios Nobel. Han escrito una cantidad desproporcionada de libros. Constituyen un porcentaje ridículamente alto de los alumnos que asisten a las universidades. Contribuyen a obras de caridad de forma desproporcionada en relación a su número. Son un pueblo que está lleno de una flamante ambición y de un ardiente entusiasmo. El éxodo produjo un ser humano que tiene un incontenible deseo de expresar su alma.

Los judíos modernos son víctimas de una terrible tragedia cultural. La pasión interna del alma judía no puede expresarse en el lenguaje cultural de las demás naciones. Nosotros, los judíos, estamos viviendo nuevamente el exilio del poder espiritual del “habla”. Estamos tan alienados de nuestra propia cultura y tan inmersos en la cultura de las naciones, que hemos perdido la habilidad de verbalizar nuestras propias almas judías.

La dificultad de trascender lo físico y de conectarnos con la realidad en la que se originan los milagros debería haber quedado en el pasado. Recibimos la Torá en el monte Sinaí. Ahora tenemos nuestra propia cultura judía. No deberíamos tener problemas para superar nuestras dificultades físicas. El medio para conectarnos a la realidad de los milagros —la cultura de la Torá—, está en nuestra posesión.

Pero un judío sin conocimientos de Torá es como un extraño que está observando desde afuera, al menos en lo que respecta a la expresión de su alma. Él es como un egipcio que intenta caminar entre las aguas que se han partido. Observa sin comprender. Mira sin poder creer la evidencia que le muestran sus propios ojos. Él no se atreve a cruzar a través de las aguas partidas.