Toda sociedad parece tener sus personas "deseables" e "indeseables", los integrados y los atípicos. A veces se trata de lo que uno “tiene” o de lo que “le falta”; los ricos en oposición a los pobres; la clase alta, la clase trabajadora y los criminales, los nativos frente a los inmigrantes o los extranjeros. Durante la mayor parte de la historia, las personas fueron etiquetadas al nacer y, casi siempre, uno nacía dentro de un estrato social particular y dejaba el mundo en la misma condición en que había arribado. El movimiento entre las clases y castas era raro, si no imposible.

Uno de los temas interesantes de la Parashat Mishpatim es el trato del "otro". Los versículos que dan comienzo a la parashá (Shemot 21:1-6) presentan el concepto del esclavo judío. Posteriormente (Shemot 22:2) la parashá nos dice que un ladrón que es incapaz de restituirle a sus víctimas lo que les robó debe ser vendido para generar fondos para la restitución a las víctimas. Rashi (Shemot 21:2) explica el caso anterior, de un esclavo judío, conectándolo a este último: una persona se vuelve un esclavo como resultado de sus propios crímenes. Es vendida en esclavitud para pagarles a las víctimas.

En los sistemas modernos de ley con los que estamos más familiarizados, los ladrones convictos son encarcelados. Como prisionero, el ladrón pierde ciertas libertades personales: es sustentado por el estado y pasa su tiempo en compañía de otros personajes deshonrosos. Si bien la idea de ir a prisión puede servir como disuasivo, a menudo carece de la capacidad para rehabilitar, y la encarcelación no hace nada para reparar el mal que sufrió la víctima.

En contraste, en el sistema penal descrito en la Torá, la víctima es compensada con los fondos generados por la venta del perpetrador, que es puesto en un entorno normativo y funcional donde se espera que pueda aprender nuevas técnicas de resolución de problemas y nuevas formas de comportamiento interpersonal. Este sistema ofrece la esperanza de un cambio real. En lugar de sentenciarlo a una celda en la que corre todavía más riesgo de convertirse en un criminal peor, el ofensor puede rehabilitarse mientras trabaja para pagar su deuda.

A continuación la parashá presenta otra situación que involucra la esclavitud, una que para nuestra sensibilidad moderna es aún más extraña que la anterior: un padre vende a su hija como esclava. No hace falta decir que la idea nos parece ultrajante, pero dejemos nuestro desdén de lado por un momento y tratemos de entender el escenario y sus implicancias.

Rashi (Shemot 21:8) reitera la opinión registrada por el Talmud de que el dinero que cambia de manos en este escenario está en lugar de un anillo; la "transacción" en este caso crea un matrimonio. De hecho, la Torá destaca que esta joven tiene el objetivo de casarse, ya sea con el hombre que hizo la "compra" o con su hijo. Lo que la Torá describe es lo que podría llamarse un "matrimonio arreglado".

Las sutilezas de esta situación a menudo se pasan por alto: el padre que hace esta clase de arreglo por su hija está, claramente, en una situación económica lejos de ser óptima. Por otro lado, el hombre que paga la dote es claramente una persona de mayores recursos económicos. Así, en este "matrimonio arreglado", la hija de una familia pobre es sacada de la pobreza y llevada a una familia rica. De un salto se traspasan las líneas rígidas entre los estratos socioeconómicos, sin necesidad de artificios, ni hipocresía.

En muchas sociedades, el único futuro que tenía una niña nacida en una familia pobre era una vida de servidumbre, pero la Torá parece crear un proceso a través del cual los miembros de la clase rica pueden conocer a mujeres que, de otra forma, hubieran considerado "debajo de su nivel". En el escenario de la Torá, el resultado de esta relación puede y debería ser el matrimonio. Si el novio potencial elige no casarse con esa mujer, la Torá lo considera una "traición" (Shemot 21:8). Si la "transacción" de un matrimonio arreglado no llega a terminar en un matrimonio real, tanto el novio potencial como el padre de la novia son culpables de traicionar su responsabilidad para con esa joven desafortunada y vulnerable (ver Rashi, Ibíd.).

A los lectores modernos les resulta difícil escuchar la palabra "esclavitud". Si logran evitar juzgar por un momento, de inmediato saltan en contra de la idea de un matrimonio arreglado. Sin embargo, quizás la mejor forma de leer esta parashá sea ver más allá del caso en particular y tomarse un momento para entender cómo estas leyes generan la redistribución de la riqueza y la posibilidad de movilidad social.

La Parashat Mishpatim también habla sobre el esclavo no judío, una persona que puede describirse como un extraño tanto en términos culturales como económicos. Incluso en este caso, la Torá ve a la esclavitud como un proceso, no como un objetivo. El esclavo no judío sigue el camino de la conversión; del proceso de esclavitud emerge 100% judío, con derechos y privilegios como cualquier otro. Todavía más, el "amo" no tiene permitido maltratar físicamente al esclavo no judío. Si llega a golpearlo y le causa daño físico, el esclavo no sólo recibe la libertad, sino también el reconocimiento absoluto como judío (Shemot 21:20-27). Esta persona, que estaba en lo más bajo de la sociedad, se transforma en un converso y, por lo tanto, tiene el mérito de recibir el estatus especial de ser "judío por elección", el que es descrito en nuestra parashá:

“Al extranjero no oprimirás, ustedes conocen el alma del extranjero porque fueron extranjeros en la tierra de Egipto” (Shemot 23:9).

Una y otra vez, la Torá nos advierte tener empatía con los extraños en nuestro medio, pero eso es sólo la punta del iceberg. Rav Moshé Alshij entendió esta enseñanza un poco diferente Fuimos extranjeros en Egipto; más que eso, fuimos idólatras. Cultural, religiosa, económica y socialmente fuimos la clase de personas que hoy consideraríamos indignas. Recordar que fuimos esclavos, extranjeros, intocables, nos permite entender que esas personas tienen la capacidad de cambiar, que pueden elevarse sobre la miseria de su situación presente y convertirse en otra cosa. Si logramos ver más allá de lo extraño del orden social de la Parashat Mishpatim, veremos esta idea tan contemporánea: las personas pueden cambiar. El orden social no está predeterminado ni es inmutable.

Vista desde otra perspectiva, la Parashat Mishpatim contiene la materia prima para una versión judía del final de un cuento de hadas: una niña de una familia pobre puede convertirse en una princesa. Criminales desesperados pueden rehabilitarse y convertirse en miembros productivos de la sociedad. El extraño puede convertirse en "uno de nosotros".

Por haber sido esclavos que se convirtieron en personas libres, por haber sido pobres que encontraron riqueza, por haber sido idólatras que se volvieron judíos, sabemos que esto no es un cuento de hadas. Esta es la historia del pueblo judío que fue liberado de Egipto. Es la historia que se nos ordena interiorizar y enseñarles a nuestros hijos.