La transición de la esclavitud a la libertad es repentina. Al comienzo de la parashá, los esclavos emancipados toman las armas (13:18) y se preparan para la confrontación inevitable son sus antiguos amos. Sus armas son primitivas. Desde una perspectiva lógica, no tienen grandes posibilidades de vencer a la poderosa máquina de guerra egipcia. El Faraón y su ejército se acercan a ellos con carrozas blindadas, el equivalente antiguo a los tanques.

Sin embargo, Dios ya tomó una decisión ejecutiva: los israelitas no estaban preparados para enfrentar la batalla. Él los guió por el desierto, desviándolos de la ruta más directa junto a la costa, no por temor a los egipcios sino para evitar futuras confrontaciones con otras tribus y otros ejércitos (13:17).

El destino tenía preparada una sorpresa para los crueles egipcios, que habían arrojado vilmente a los bebés judíos al agua para que se ahogaran. Puede ser que los egipcios pensaran que ya habían pagado por su política asesina durante la plaga que convirtió en sangre las aguas del Nilo. En retrospectiva, eso fue un simple anticipo del capítulo final de la historia del éxodo: la partición del mar y la húmeda muerte de los egipcios.

Pocas veces en la vida tenemos la oportunidad de ser testigos de la Justicia Divina aplicada en tiempo real, tal como lo vieron los israelitas cuando se partió el mar. Parados en tierra firme, estuvieron en primera fila para observar la más asombrosa muestra de la participación de Dios en la historia humana que el hombre pudo ver: el ejército egipcio, con carrozas y todo, fue consumido por el agua, y la realidad del poder de Dios y la absoluta erradicación de Egipto comenzó a grabarse en su conciencia. En respuesta, los israelitas comenzaron a entonar cánticos de alabanza y agradecimiento. El resto de la marcha hacia su destino estaría libre del temor al Faraón y sus hombres.

Pero muy pronto aparece en escena un nuevo-viejo enemigo, y la batalla que hubiera podido evitarse ocurre en ese momento. Llegó Amalek. Años antes, Iaakov y Esav habían hecho un trato: Iaakov asumiría la responsabilidad por el pacto hecho entre Dios y Abraham, que incluía esclavitud y sufrimiento. Ahora que la parte difícil finalmente había terminado, había llegado el momento de recibir la recompensa: era hora de heredar la Tierra de Israel. Los hijos y nietos de Iaakov habían pagaron la cuenta, mantuvieron su parte del trato durante cientos de años de sufrimiento. Pero ahora apareció la familia de Esav lista para "renegociar" los términos. Su arribo a la escena no fue para nada accidental; fue un intento perfectamente planeado para reapoderarse de los beneficios de la primogenitura sin tener que asumir ninguna de las responsabilidades menos placenteras.

El momento del ataque de Amalek puede haber tenido también otras raíces más espirituales. Los versículos que preceden inmediatamente a la batalla indican que los israelitas sufrían de una especie de disonancia cognitiva. Ellos vieron las plagas, la partición del mar, la devastación de Egipto y su propia y milagrosa prosperidad, pero lloraron amargamente ante la idea de quedarse sin provisiones. Parece que nunca se les ocurrió que el mismo Dios que convirtió al Nilo en sangre y que partió el mar, también podía proveerles agua potable o alimentos. Incluso después de que se resolviera la primera crisis cuando milagrosamente se endulzaron las aguas amargas, extrañamente ellos parecen ser incapaces de arribar a las conclusiones correctas:

Partieron de Elim, toda la asamblea de los Hijos de Israel llegó al desierto de Sin, que está entre Elim y Sinaí, en el decimoquinto día del segundo mes después de su salida de la tierra de Egipto. Toda la asamblea de los Hijos de Israel se quejó contra Moshé y contra Aharón en el desierto. Los Hijos de Israel les dijeron: "Ojalá hubiéramos muerto a manos de Hashem en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas con carne, cuando comíamos pan hasta la saciedad" (Shemot 16:1-3).

Cuando comenzaron a escasear los alimentos, hablan de muerte. Interesantemente, no es la primera vez que vemos esta reacción. Años antes Esav habló de la misma forma:

Iaakov estaba cocinando un guiso, y Esav llegó del campo y estaba cansado. Esav le dijo a Iaakov: "Por favor, hazme tragar de esa cosa roja, rojiza, porque estoy cansado". Por eso fue llamado Edom. Iaakov dijo: "Primero véndeme tu primogenitura". Esav dijo: "He aquí que voy a morir, ¿para qué me sirve la primogenitura?" (Bereshit 25:29-32).

Ahora, cuando los israelitas comienzan a quedarse sin provisiones, discuten con Moshé y ponen a prueba a Dios. Fueron privilegiados, fueron protegidos; fueron testigos de milagros increíbles, pero se acostumbraron a lo milagroso. Ni el maná ni el hecho de que se endulzaran las aguas amargas los motivó para cantar alabanzas a Dios, ni siquiera para expresar gratitud, como lo hicieron en el mar. Perdieron su voz. La voz de la alabanza que elevaron en el mar era un sonido distante y olvidado, aunque sólo habían pasado unos pocos días. Su capacidad de gratitud y de asombro se había opacado, espiritualmente estaban "cansados".

Recuerda lo que te hizo Amalek en el camino cuando salieron de Egipto, sin inmutarse por el temor a Dios, cómo te encontró casualmente en el camino cuando estabas cansado y desanimado, y te atacó por la retaguardia, a todos los endebles tras de ti (Devarim 25:17-18).

Cuando Esav cerró el trato con Iaakov, su estado emocional fue descrito exactamente de la misma forma:

Iaakov estaba cocinando un guiso, y Esav llegó del campo y estaba cansado. Esav le dijo a Iaakov: "Por favor, hazme tragar de esa cosa roja, rojiza, porque estoy cansado". (Bereshit 25:29-30).

Este cansancio espiritual los llevó a cuestionarse la participación de Dios, Su misma existencia. Entonces apareció Amalek:

Llamó el nombre del lugar Masá Umerivá, por la riña de los Hijos de Israel y porque pusieron a prueba a Dios, diciendo: "¿Está Dios con nosotros, o no?" (Shemot 17:7-8).

El momento fue perfecto. Los judíos habían perdido la voz de Iaakov y, aparentemente, también la fe de Abraham. Habían comenzado a sonar como Esav. No lograron valorar los milagros que los sustentaban y comenzaron a ver al mundo de la misma forma en que lo veía Amalek, atribuyendo la historia personal y nacional a la casualidad.

Recuerda lo que te hizo Amalek en el camino cuando salieron de Egipto, sin inmutarse por el temor a Dios, como te encontró casualmente en el camino… (Devarim 25:17-18).

La enfermedad espiritual en la que cayeron abrió la puerta para que entrara Amalek con su afirmación de ser el "heredero justo". Al perder su voz, los judíos se vieron forzados a pelear bajo los términos de Esav/Amalek, usando armas y fuerza bruta para asegurar su futuro, en lugar de luchar a través de los instrumentos de fe que habían sido transmitidos por Iaakov, Itzjak y Abraham.

Moshé tenía consciencia del estado de salud espiritual de su pueblo. Con el deseo de ayudarlos a recalibrar y redescubrir su vigor espiritual, Moshé se paró en la cima de la montaña y elevó sus manos en plegaria.

Moshé le dijo a Iehoshúa: "Escoge varones para nosotros y sal, combate a Amalek. Mañana yo me pararé sobre la cima de la colina con la vara de Dios en mi mano". Iehoshúa hizo tal como Moshé le había dicho para hacerle la guerra a Amalek. Y Moshé, Aharón y Jur subieron a la cima de la colina. Y sucedió que cuando Moshé elevaba su mano, Israel dominaba; y cuando dejaba caer su mano, Amalek dominaba. Las manos de Moshé se volvieron pesadas, así que tomaron una piedra y la colocaron debajo de él, y él se sentó sobre ella. Y Aharón y Jur sostenían sus manos, uno de un lado y el otro del otro lado, y estuvo con sus manos en fe hasta la puesta del sol. Y Iehoshúa debilitó a Amalek y a su pueblo a filo de espada (Shemot 17:9-13).

Al comportarse como Amalek, trajeron a Amalek a sus vidas. No rezaron, no invirtieron su energía en cultivar su relación con Dios, ni siquiera en expresar gratitud, y pusieron a la comunidad en una situación precaria. ¿Cuál fue el plan de Moshé para sacarlos de la rutina religiosa en la que habían caído?

Sucedió que cuando Moshé elevaba su mano Israel dominaba (Éxodo 17:11). ¿Acaso las manos de Moshé hicieron o iniciaron la guerra? Más bien esto nos enseña que mientras que el pueblo judío elevó sus ojos y sometió su corazón a Dios, prevaleció; pero cuando no lo hizo, fue derrotado (Mishná citada en Talmud Bablí, Rosh Hashaná 29a).

El gesto de Moshé desde la montaña con vista panorámica al campo de batalla transformó las manos de Esav nuevamente en la voz de Iaakov.

Él volvió a dirigir el enfoque de los israelitas hacia el cielo, con un recordatorio físico de en quiénes se habían convertido y en quiénes se debían convertir. Con esto el pueblo se llena de energía. Una vez que ocurre la metamorfosis, la marcha al Sinaí, y luego a la Tierra de Israel, vuelve a ser posible. Es una travesía que no puede ser emprendida por quienes están cansados espiritualmente, tampoco puede tener un final exitoso si dudamos de la participación activa de Dios en la historia. Cuando recogimos y reenfocamos nuestras energías espirituales, cuando elevamos nuestra voz en alabanza, en agradecimiento y en plegaria, afirmamos que somos los hijos de Iaakov, los justos herederos del pacto que Dios hizo con Abraham. Recién entonces estuvimos listos para el encuentro con Dios en el Sinaí.