A veces, de forma inesperada y a pesar de los mejores planes, las cosas salen terriblemente mal. En la Parashat Behalotjá encontramos a los judíos que salieron de Egipto camino a la Tierra Prometida, pero algo salió mal, aunque es difícil identificar exactamente el problema o el momento exacto en que ocurrió.

Los diez primeros capítulos del libro de Bamidbar parecen estar enfocados y tener un objetivo claro. El camino desde el Sinaí a Israel está claramente trazado y el viaje no es largo. Los egipcios fueron eliminados hace tiempo y la confrontación con Amalek también quedó detrás. En este punto, el pueblo debería estar preparado para tomar posesión de su tierra patria a través de su propia determinación y acompañados de la asistencia Divina.

Sin embargo, algo salió mal. En el capítulo 11, los judíos parecen caer en un abismo moral. Ansían comida, se comportan como los paganos. ¿Qué le ocurrió al pueblo que estuvo en el Sinaí? ¿Qué le ocurrió a la nación que proclamó al unísono naasé venishmá, haremos y escucharemos ávidamente la voz de Dios?

Muchos comentaristas de la Torá citan una enseñanza del Midrash que describe la forma en que los israelitas partieron del Monte Sinaí:

Se fueron felices, como un niño que sale corriendo de la escuela. Dijeron: "[Corramos] no vaya a ser que recibamos más mandamientos" (citado por el Rambán en su comentario a la Torá, Bamidbar 10:35).

Un cínico podría decir que llegaron a la montaña dispuestos a aceptar los Diez Mandamientos, que cambiarían para siempre sus vidas. Pero ahora, un año después, habían recibido cientos de mandamientos y seguían incrementándose. En la primera oportunidad que tuvieron, se alegraron de abandonar la montaña de la ley, felices de ser libres. Esto explicaría su inmediata obsesión con los temas mundanos: ya habían recibido su dosis de santidad.

En verdad, y en el mejor de los casos, esta descripción cínica de los mandamientos es superficial. Los "Diez Mandamientos" son descritos con mayor precisión como las "diez categorías" de la ley judía. Los mandamientos enumerados a continuación son los detalles, los estatutos individuales que comprende cada categoría, los aspectos prácticos de la vida judía que dan sustancia a las categorías e ideas que recibimos en el Monte Sinaí. Sin embargo, el Midrash expresa la actitud del pueblo: parecen estar abrumados, ahogados por la santidad. Sí, sabían que la razón por la que fueron liberados de Egipto era para "servirle a Dios en esta montaña". Y también sabían que a eso se habían comprometido cuando aceptaron ser "una nación santa y un reino de sacerdotes". Pero aparentemente no imaginaron o no entendieron en profundidad el grado en el que la santidad afectaría sus vidas. Cuando comenzaron a implementar los mandamientos, la santidad se volvió una carga mayor de lo que habían imaginado.

La escena que describe el Midrash de los israelitas huyendo del Monte Sinaí, presenta una pregunta que es relevante también hoy en día: ¿Cómo se supone que debíamos partir del Sinaí? ¿Cómo nos alejamos de cualquier punto de santidad, ya sea demarcado por el espacio o por el tiempo? ¿Cómo salimos de Shabat, de las festividades, de las sinagogas o de la Tierra de Israel?

Quizás el elemento más molesto del Midrash sea la felicidad que sintieron. Dejar la santidad, a pesar de las restricciones que nos impone o la presión que podemos sentir para vivir a la altura de sus requerimientos adicionales, debería estar teñido de tristeza y no de alegría. Por el contrario, lo que debería traernos alegría es la llegada de un día festivo y no el cese de la santidad. Muchas veces es inevitable tener que alejarnos de un estado de gran santidad. Todas las festividades llegan a su fin, tal como cada Shabat tiene, necesariamente, un motzaei Shabat. Sin embargo, muchas de nuestras costumbres nos ayudan a enfocarnos en la tristeza que deberíamos sentir cuando mengua la santidad del día. La Havdalá está diseñada para ayudarnos a aliviar el paso de la santidad de Shabat y de las festividades a los días laborales. Asimismo acostumbramos a salir de la sinagoga (y del Muro Occidental) sin dar la espalda al lugar de santidad, y dar por lo menos tres pasos hacia atrás antes de desconectarnos completamente de la santidad del lugar. Si debemos partir, lo hacemos con un grado de tristeza y nostalgia. Los lugares y los momentos de santidad deberían ocupar un lugar valioso y central en nuestro corazón.

Por lo tanto, aquí es donde comenzamos a desviarnos: cuando los israelitas partieron del Monte Sinaí, un lugar de gran santidad, debieron haber dado tres pasos hacia atrás, para arraigar en lo más profundo de sus corazones la santidad de ese lugar y de ese momento únicos antes de darse vuelta y encaminarse hacia su siguiente destino sagrado: la Tierra de Israel. Pero en cambio se dieron vuelta y salieron corriendo del Sinaí, huyeron de la santidad y no fueron dignos de recibir la santidad que los esperaba en Israel. Porque le dieron la espalda a la santidad, literal y figuradamente, la Tierra de Israel se alejó más hasta quedar fuera de su alcance. La generación que huyó de la santidad del Monte Sinaí fue incapaz de correr hacia la santidad de la Tierra de Israel. Tuvo que pasar toda una generación hasta que estuvieron preparados para llegar a la Tierra Santa.