Al completarse el Mishkán hubo mucha emoción y expectativa en el campamento israelita. El día en que el Mishkán comenzaría a operar, Moshé le aseguró a Aharón que se revelaría la Gloria de Dios:

hoy Hashem se manifestará a ustedes… la gloria de Dios se manifestará a ustedes… (Vaikrá 9:4-6).

La señal sería inequívoca y confirmaría que fueron perdonados por el pecado del becerro de oro y que la relación con Dios había sido reparada.

Pero primero, los preliminares. Se le ordenó a Aharón llevar un becerro como una ofrenda de pecado. Podemos suponer que el simbolismo de esta ofrenda era claro para todos los miembros de la nación: el mismo símbolo de su pecado ahora sería usado para acercarse a Dios. Asimismo, se le ordena al pueblo llevar una ofrenda diferente para expiar por un pecado previo, para cerrar una vieja cuenta pendiente (por así decirlo): la venta de Iosef. El pueblo tiene que llevar una cabra, porque los hermanos de Iosef sumergieron la túnica de Iosef en sangre de cabra y con eso engañaron a su padre Iaakov al permitir que entendiera que su amado hijo había muerto.

La venta de Iosef y el becerro de oro fueron los principales pecados colectivos del pueblo judío, dos manchas enormes en el tejido de nuestro pueblo y en el pacto entre Dios e Israel. En ese día tan especial, el día de la inauguración del Mishkán, se le prometió al pueblo una oportunidad para expurgar esas manchas horribles. Hubo esperanza de que al final del día todo estaría corregido, que todas las heridas causadas por el pecado se curarían. Pero trágicamente, eso no fue lo que ocurrió. En el transcurso del día, pese a la gran promesa de ese momento único, se sumó más pena y desilusión al sentimiento de culpa.

El día comenzó bien. Llevaron al altar las ofrendas ordenadas por Dios. Con gran precisión, Aharon, ayudado por sus hijos, realizó las tareas que Dios había ordenado (9:9, 12, 13,18-20). Entonces Aharón bendijo al pueblo.

Aharón elevó sus manos hacia el pueblo y lo bendijo. Luego descendió desde [el Altar donde] había preparado la ofrenda de pecado, la ofrenda de ascensión, y la ofrenda de paz (Vaikrá 9:22).

Como lectores, podríamos pensar que todo estaba bien, que todo estaba en orden. Pero faltaba algo. Moshé les había asegurado que Dios respondería a esas ofrendas, al servicio como un todo, revelando Su Gloria. La nación esperaba con gran ansiedad alguna clase de revelación, alguna señal inequívoca de que había sido perdonada. Pero sólo hubo silencio.

Moshé, consciente del extraño silencio, de la falta de respuesta, actuó:

Moshé y Aharón entraron a la Tienda de la Cita; luego salieron y bendijeron al pueblo. La Gloria de Dios se manifestó a todo el pueblo. Un fuego surgió de delante de Dios y consumió sobre el Altar la ofrenda de ascensión y los sebos, y todo el pueblo lo vio y entonaron alabanzas y cayeron sobre sus rostros (Vaikrá 9:23-24).

El servicio realizado por Aharón y sus hijos no logró generar la respuesta anticipada; la señal inequívoca de la proximidad e intimidad con Dios de la que había hablado Moshé sólo tuvo lugar cuando Moshé se les unió.

Aparentemente el pueblo no se dio cuenta. Cuando descendió el fuego del cielo y consumió a las ofrendas que yacían en el altar, el pueblo estalló en un canto espontáneo. Ellos creyeron que su mundo se había corregido. Eran conscientes de haber sido testigos de un milagro, de haber dado vuelta la página, y creyeron que los pecados que los habían perseguido pasaron a formar parte del pasado.

Pero dos de los hijos de Aharón, Nadav y Avihú, no compartieron la alegría del pueblo. Ellos no estaban tranquilos, algo les molestaba. Al igual que Moshé, ellos sabían que algo estaba mal. Nadav y Avihú formaron parte del servicio desde el comienzo, y notaron la falta de respuesta Divina, el ensordecedor silencio que sólo se quebró cuando Moshé entró en escena. Nadav y Avihú sintieron la humillación de su padre, sintieron sobre sus hombros el peso del pecado, y decidieron tomar el toro por las astas y llevar una ofrenda ideada por ellos mismos. Intuyeron que lo que hacía falta era una ofrenda que involucrara el sentido del olfato, el sentido humano más puro y etéreo. Ellos entraron a la cámara interior con incienso y lo encendieron con un fuego propio. En ese momento recibieron la respuesta que buscaban: el fuego celestial, la manifestación física de la Gloria de Dios que antes sólo había descendido ante la intervención de Moshé. Sin embargo, esta vez el fuego no consumió la ofrenda sino a quienes la habían llevado: a Nadav y Avihú. Obtuvieron una respuesta directa de Dios, pero la respuesta fue demasiado intensa. Su experimento fue un éxito, pero les costó la vida.

A partir de ese día, un elemento fundamental del servicio de Iom Kipur refleja el sacrificio de Nadav y Avihú. En el Día de expiación, cuando recordamos nuestros pecados individuales y colectivos, así como los pecados cometidos por nuestros antepasados, también recordamos la señal inequívoca de perdón e intimidad que recibió el pueblo el día de la inauguración del Mishkán: la Gloria de Dios, el fuego celestial, descendiendo sobre el Mishkán. Cada año, se le ordena a un descendiente de Aharon llevar una ofrenda de incienso al Kódesh HaKodashim (Santo Sanctórum), para suplicar a Dios que una vez más nos perdone mediante el uso de nuestro sentido del olfato, así como perdonó a Aharón y a los israelitas por el becerro de oro (16:12-13). Al parecer la intuición de Nadav y Avihú fue mucho más precisa de lo que hubiéramos pensado: el mundo aún necesita corrección, y el primer paso hacia su perfeccionamiento comienza en un lugar de pureza e inocencia, cuando usamos el sentido del olfato para acercarnos a Dios.