Todo el mundo tiene un precio, o al menos eso es lo que nos dicen. Si bien nos encantaría creer que existen personas íntegras, que no pueden comprarse, una de las ramificaciones del capitalismo es el mensaje subliminal de que todo está sujeto a negociación. ¿Acaso este desafortunado mensaje es una conclusión inevitable de nuestro estilo de vida? ¿Este cinismo infiltró también nuestra vida religiosa? Por supuesto, la vida dentro de una comunidad judía genera ciertas necesidades económicas reales e inevitables: sin recursos para construir y mantener las instituciones judías como escuelas, sinagogas, mikvaot, etc., sin mencionar los fondos necesarios para sustentar a los miembros menos afortunados de la comunidad, la vida judía tal como la conocemos desaparecería de golpe. ¿Pero esas necesidades llegaron a ser nada más que un medio para limpiar nuestra consciencia? ¿La ética judía de la caridad nos permite simplemente escribir un cheque y creer que cumplimos absolutamente con la ética judía? ¿Acaso una donación para "el fondo de construcción" puede limpiar un alma que fuera de eso carece de vitalidad espiritual y moral judía? ¿Es que nuestra moral, o su carencia, es la víctima de nuestro uso cínico de una chequera o de una tarjeta de crédito?

Una pregunta aún más preocupante es: ¿Dios opera de acuerdo con estas mismas reglas? ¿Podemos comprar a Dios? ¿Podemos persuadirlo o manipularlo con contribuciones monetarias hacia las causas correctas? Un versículo de esta parashá responde directamente a estas preguntas:

Hashem, tu Dios, es el poder de todos los poderes y la máxima autoridad posible. Él es grandioso, poderoso y temible, y no acepta soborno (Devarim 10:17).

A la mente humana le resulta difícil entender a Dios. Lo máximo que podemos lograr es extrapolar el entendimiento a partir de la experiencia humana. Por esta razón, nos resulta difícil imaginar un Dios sin necesidades. Un comentarista (Bejor Shor) explicó esta idea abstracta en términos que se pueden captar con mayor facilidad: Dios "posee" toda la existencia, por lo que la idea de que podemos darle algo es absurda. Asimismo, Rashi explica que no podemos dar a Dios un soborno monetario: Dios no "tiene un precio". Creer realmente en un Dios infinito lleva obligadamente a esta conclusión. ¿Qué puede darle un ser humano finito y limitado a un Dios que está más allá del espacio, del tiempo y de la materia? ¿Qué clase de moneda podría llegar a usarse para "pagarle" a tal deidad? Por desgracia, a la mente humana le cuesta procesar esta paradoja. Para muchos la expresión "Confiamos en Dios" sólo es significativa cuando aparece en un billete.

Dado que es absurdo "sobornar" a Dios, muchos comentaristas (Rambam, Rambán, Seforno) sugieren que el soborno que menciona este versículo se refiere a otra clase de moneda: las mitzvot. Podemos vernos tentados a creer que hacer un buen acto puede causar que Dios "olvide" o al menos que mire hacia otro lado cuando pecamos. El razonamiento aparentemente es que, dado que Dios valora tanto a quienes siguen Su camino, una mitzvá en el momento correcto puede borrar una serie de malas acciones.

A este razonamiento, la Torá responde: Dios no acepta sobornos. El universo espiritual funciona de forma más directa: se nos recompensa por nuestros buenos actos y se nos castiga por los malos. No podemos "hacer un arreglo" con Dios. Por otro lado, si nos desviamos del camino, la teshuvá siempre es posible. Arrepentirse de los malos actos cometidos y comprometerse a cambiar en sí mismo constituye una mitzvá. "Él es grandioso, poderoso y temible, y no acepta soborno". Aunque esta advertencia de la Torá parece severa y desalentadora, el versículo siguiente lo atempera:

Él hace justicia con el huérfano y la viuda, y ama al converso, dándole comida y vestimenta. Deben amar al converso, pues ustedes fueron extranjeros en la tierra de Egipto. A Hashem, tu Dios, temerás, a Él servirás y a Él te apegarás, y en Su nombre jurarás (Devarim 10:18-20).

Se nos alienta a emular a Dios, a asociarnos a Él, no porque este comportamiento vaya a borrar cualquier cosa negativa que hayamos hecho o que podamos llegar a hacer, sino porque el comportamiento moral es amable, justo y bueno. Dios no puede ser sobornado, pero a Él le gusta aceptar "socios" aquí en la tierra, personas dispuestas a comportarse bien y a llenar el mundo con santidad. Cuanto más adoptemos los comportamientos de Dios, cuanto más amables, generosos y comprensivos seamos, más santidad habrá en el mundo, y eso sin dudas no es un objetivo trivial.