En la última parashá de la Torá, Moshé se despide de su pueblo bendiciéndolo:

Y esta es la bendición con la que Moshé, hombre de Dios, bendijo a los hijos de Israel antes de su muerte. Y dijo: "Dios vino de Sinaí habiendo resplandecido para ellos desde Seír; habiéndose manifestado desde la montaña de Parán… (Devarim 32:2)

Como prefacio a las bendiciones que está por brindarles, Moshé se refirió a dos lugares geográficos específicos, dos lugares que fueron mencionados antes, pero cuyo significado no explica: Seír y Parán. Rashi, apoyándose en tradiciones previas,1 completa este vacío:

habiendo resplandecido para ellos desde Seír: [¿Por qué Dios vino desde Seír?] Porque Dios primero ofreció la Torá a los hijos de Esav [que vivían en Seír], pero ellos no quisieron [aceptarla].

desde la montaña de Parán: [¿Por qué Dios vino desde Parán?] Porque fue allí para ofrecer la Torá a los hijos de Ishmael [que vivían en Parán], pero [tampoco] ellos quisieron [aceptarla]. (Rashi, Devarim 32:2)

Rashi, siempre un lector sensible del texto, explica estas referencias crípticas a lugares ya olvidados aplicando una conocida tradición que tiene bases textuales: Ishmael, el hijo de Hagar y de Abraham, "se estableció en el desierto de Parán" después de haber sido alejado con su madre de la tienda de Abraham (Bereshit 21:21), mientras que el dominio de Esav sobre Seír era bien conocido por esa generación de israelitas, a quienes se les instruyó mantenerse lejos de la herencia otorgada al otro hijo de Itzjak (Devarim 2:5). Rashi entrelaza hábilmente las asociaciones textuales de Seír y Parán con la tradición respecto a su falta de disposición para aceptar la Torá: a cada uno de estos hijos de Abraham se le dio la oportunidad de convertirse en el "Pueblo del Libro", pero cada uno rechazó la oferta al enterarse qué era lo que eso implicaba.

Su reacción contrasta claramente con la reacción de los hijos de Israel. Al pie del Monte Sinaí, cuando les ofrecieron la Torá, ellos respondieron sin dudarlo: "naasé venishmá – haremos y escucharemos". Ellos aceptaron la Torá sin saber de qué se trataba, sin preguntas, sin consideraciones pragmáticas de las demandas que implicaría aceptar ese regalo Divino.

La relación entre Dios y los hijos de Israel no depende del contenido de la Torá. Podemos decir que la Torá es una expresión de la relación singular que existe entre ellos. Esta relación descripta por Rashi, la encontramos también en el versículo que precede las bendiciones de despedida de Moshé:

"Y esta es la bendición con la que Moshé, hombre de Dios, bendijo a los hijos de Israel antes de su muerte. Y dijo: 'Dios vino de Sinaí…'"

Él salió hacia ellos cuando llegaron al pie de la montaña, como un novio sale a recibir a su novia, como está escrito: "[Y Moshé llevó al pueblo] hacia Dios" (Shemot 19:17). De aquí aprendemos que Dios salió hacia ellos. (Rashi, Devarim 32:2)

En un sentido, cuando los judíos aceptaron la Torá, entraron a un pacto con Dios, aceptando un compromiso similar al del matrimonio. Cuando un hombre y una mujer se casan, ellos no saben qué fortuna (o mala fortuna) les espera. Su futuro es un libro que todavía no fue escrito. Su matrimonio no se basa en ninguna garantía de cuál será el contenido de ese libro; se basa en su amor mutuo y en la decisión de que desean compartir ese viaje hacia lo desconocido. Rashi contrasta la relación pragmática, la relación abortada entre Dios y las naciones que vivían en Seír y Parán, con la relación afectuosa entablada por aquellos que declararon "naase venishmá", quienes no tenían la expectativa de leer el contenido del libro antes de aceptar el compromiso de amor con el futuro de su relación. Esav e Ishmal exigieron leer las letras pequeñas antes de entrar al pacto. Lo que leyeron les pareció demasiado demandante, y rechazaron la oferta de Dios. Los hijos de Iaakov, en cambio, tuvieron absoluta confianza en Quien les ofreció el pacto, y no quisieron nada más que la relación de amor que ese pacto podía fomentar.

Esta enseñanza puede tener también un nivel más profundo. Los nombres de los dos protagonistas, Esav e Ishmael, son sospechosamente similares a las dos palabras que pronunciaron los hijos de Israel: naasé venishmá (haremos y escucharemos). Si prestamos atención a las raíces de estas palabras hebreas, encontramos muchos niveles de significado que pueden perderse en las traducciones. La palabra naasé (haremos) comparte la raíz asá con el nombre de Esav; mientras que nishmá (escucharemos) comparte la raíz shama con el nombre de Ishmael.2

De esta lección etimológica podemos derivar muchas conclusiones. Por un lado, podemos ver en ella un énfasis en la fidelidad de los judíos en comparación a la duda de aquellos que quizás podrían proclamar tener parte en la herencia de Abraham. Los hijos de Israel triunfaron al declarar naasé venishmá, donde los hijos de Esav y de Ishmael fallaron. Además, podemos decir que, al usar precisamente estas palabras, los hijos de Israel canalizaron el poder y el potencial espiritual que los otros perdieron.

Por otro lado, al acercarnos a los versículos finales de los Cinco Libros de Moshé y volver a comenzar nuevamente con Bereshit (Génesis, con la creación), quizás existe una nueva esperanza. Toda la humanidad fue creada a imagen de Dios: todo el mundo fue creado con potencial espiritual. El mensaje del último capítulo de Devarim nos lleva directamente al mensaje del primer capítulo de Bereshit: quienes logran crear este nexo singular de amor con Dios, y quienes fracasan. Se nos da la oportunidad de detenernos y sorprendernos, de detenernos y tener esperanzas que la realidad del pasado no dictamina el destino del futuro. No nos dormimos en los laureles de las bendiciones de Zot HaBrajá y en el conocimiento de nuestra singular relación con Dios, sino que esperamos el día en que todos los pueblos de la tierra acepten la palabra de Dios y vivan en tranquilidad.

También los extranjeros que se adhieren a Dios para servirle y amar el Nombre de Hashem, para ser Sus siervos… Los llevaré a ellos a Mi montaña sagrada y los haré dichosos en Mi Casa de plegarias; sus ofrendas y sus sacrificios serán aceptados sobre Mi altar, porque Mi Casa será llamada una Casa de Plegaria para todos los pueblos. Dice Dios Todopoderoso que reúne a los dispersos de Israel: Todavía juntaré a otros con él, además de los que fueron reunidos. (Ieshaiahu 56:6-8)

¡Jazak Jazak Venitjazek!