Es muy difícil reducir una religión a una serie de declaraciones concisas, en especial cuando esa religión es el judaísmo. Los judíos fueron llamados "El pueblo del libro", una expresión que, en un principio, tuvo una intención peyorativa. Irónicamente, los judíos nunca consideraron que este apodo fuera un insulto, la única pregunta es: ¿De qué libro? ¿De la Torá? ¿De los Profetas? ¿Del Talmud? ¿Del Shulján Aruj? Decirle a un judío que escoja un único libro para llevarse a la proverbial isla desierta, le provocaría mucha angustia. ¿Cuál libro se llevaría? Siendo así, la idea de resumir el judaísmo, de reducir todas las ideas contenidas en todos esos libros en una sola declaración, parece imposible.

Sin embargo, en la parashat Vaetjanán hay dos serios competidores por el título del "credo judío"; dos secciones que a menudo son consideradas la declaración central de la religión judía. La primera es una sección conocida como los Diez Mandamientos, que aparecen por primera vez en el libro de Shemot, dentro del relato de la Revelación en Sinaí, y que son repetidos por Moshé en esta parashá para el beneficio de la nueva generación, que es la que finalmente ingresaría a Israel. La segunda frase es el Shemá.

Los Diez Mandamientos, una lista de principios también conocidos como el Decálogo, comprende los diez enunciados que son, en esencia, categorías de ley y filosofía legal judías. El segundo competidor es, probablemente, lo más cerca que llega el judaísmo a un catequismo: el Shemá. El Shemá es una concisa declaración de la creencia en un Dios indivisible, seguida de una serie de mandamientos que son la consecuencia directa de esta creencia.

Podemos preguntarnos cuál es la relación entre estas dos enseñanzas monumentales. La respuesta sencilla es que el Shemá es remarcablemente similar al primero de los Diez Mandamientos. La similitud incluso puede llevar a algunos a cuestionar la necesidad de esta aparente redundancia; a fin de cuentas, en el texto aparecen una muy cerca de la otra. Si vamos a seguir esta línea de pensamiento, podemos ampliar la pregunta y cuestionar la necesidad de repetir los Diez Mandamientos en el libro de Devarim, cuando ya fueron enseñados antes en el libro de Shemot.

El Midrash realiza una sorprendente declaración que puede proveer una respuesta a estas preguntas. Cuando los judíos se preparaban para la gran Revelación en el Sinaí, antes de escuchar hablar a Dios Mismo, declararon: "Naasé venishmá - haremos [lo que sea que se nos ordene], y escucharemos [la palabra de Dios]". Con esta declaración, ellos aceptaron el monoteísmo, la autoridad de Dios y se comprometieron a obedecer las leyes que les enseñarían. Como sabemos, poco después de asumir este compromiso, lo dejaron de lado: el pueblo idolatró un becerro que se formó de sus propias joyas de oro, en un acto que es la antítesis de lo que se habían comprometido "a hacer" - "naasé, haremos". Esta ruptura casi inimaginable de su compromiso fue también una violación directa de los dos primeros mandamientos, que habían escuchado de la boca de Dios (como si fuera): "Yo soy Hashem, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto… No harás para ti una imagen grabada…"

El Midrash profundiza este punto usando un lenguaje alegórico: cuando los judíos declararon "Naasé venishmá", les pusieron sobre la cabeza dos coronas espirituales. Cuando hicieron el becerro de oro, perdieron el derecho a la corona que simbolizaba naasé. Esto parece extraño: al hacer el becerro, desobedecieron la palabra de Dios, habían fallado en escuchar. ¿Por qué, entonces, perdieron la corona que simbolizaba naasé y no la que simbolizaba nishmá? El Midrash responde con un verbo muy particular que se usa una y otra vez en el relato del episodio del becerro de oro. Allí encontramos una gran cantidad de variaciones de la palabra "hacer", asú. El Midrash sugiere que al hacer el becerro, los israelitas demostraron retroactivamente que el compromiso a aceptar la Torá no había sido sincero. Cuando hicieron el becerro de oro los Diez Mandamientos no fueron simplemente ignorados, sino que fueron activamente rechazados. A continuación, el Midrash enseña una idea sublime, y en el proceso ilumina la relación entre los Diez Mandamientos y el Shemá:

¿Qué razón tenía Moshé para enseñar el Shemá Israel (Escucha, Israel) en ese punto en particular? Los Sabios dicen: Es como el caso de un rey que se comprometió con una joven de la nobleza [dándole] dos piedras preciosas. Cuando una de las [piedras] se perdió, el rey le dijo: "Perdiste una, cuida [bien] la otra". Así también Dios se comprometió con Israel con las palabras naasé venishmá [haremos y escucharemos]. Cuando perdieron el "haremos" al hacer el becerro de oro, Moshé les dijo: "Perdieron haremos, cuiden entonces escucharemos". Este es el poder del Shemá Israel [Escucha, Israel] (Midrash Rabá Ékev 3:10).

De acuerdo con esta enseñanza, nos dieron el Shemá para fortalecer la segunda "corona", la corona de nishmá, escucharemos. Tras perder la corona de naasé, haremos, debía reforzarse la relación con Dios. Interesantemente, el Midrash no contempla la posibilidad de trabajar sobre la transgresión en contra de naasé, de reparar el rol activo que el pueblo tuvo al forjar un ídolo y adorarlo. Presumiblemente, ese aspecto del pecado fue contrarrestado con el mandamiento de hacer un Mishkán, de usar su capacidad creativa y activa en el servicio a Dios para restaurar su compromiso de haremos. En cambio, Moshé prefirió educar e inspirar al pueblo para preservar lo que quedaba de la relación especial que tenían con Dios, la relación basada en nishmá. Moshé acentuó la idea de escuchar, de oír, de permanecer sintonizado a la voz de Dios, y les enseñó el Shemá, específicamente después del pecado del becerro de oro: "¡Escuchen! ¡Presten atención! Escucha, Oh Israel, Hashem es nuestro Dios, Hashem es Uno". No hay otras deidades, no hay poderes ajenos a Él; ni un becerro, ni ninguna otra manifestación de divinidad creada por el hombre. Para mantener el enfoque en este credo, debemos continuar escuchando, para oír la voz de Dios y prestar atención al contenido de Sus palabras.

De esta enseñanza se puede derivar una lección importante, una lección que se aplica tanto a nuestra vida espiritual como a la personal. A veces, las relaciones pueden descarrilarse por un error de alguna de las partes. La respuesta natural e instintiva es esforzarse de inmediato para reparar el área dañada; los pasos en esta dirección son lógicos e importantes. Por otro lado, se deben reforzar esos otros aspectos de la relación, los que siempre se mantuvieron fuertes y sanos. Las posibilidades de salvar la relación son mucho mayores cuando las dos partes se enfocan en los aspectos positivos y saludables de la relación y refuerzan su dedicación mutua a través de esos aspectos.

El Shemá es la plegaria judía más popular. Se recita todos los días, a la mañana, a la noche y antes de dormir; se lo declara en cada brit milá, cuando cada recién nacido ingresa al pacto de fe de la comunidad; la recita cada judío cuando deja este mundo. El pecado del becerro de oro tuvo repercusiones profundas. Fue mucho lo que se perdió, mucho lo que cambió en nuestra historia nacional. Pero desde el día en que Moshé enseñó el Shemá a nuestros antepasados en el desierto, él nos permite reparar y curar nuestra relación con Dios, tanto a nivel personal como nacional.