El regalo de la santidad crea un desafío. La santidad tiene, si no por definición al menos por connotación, un elemento de "separación"; lo que hace que algo sea sagrado es su "diferencia", su singularidad, su separación. Por lo tanto, el nuevo Mishkán creó un desafío, y quizás el momento más apropiado para enfrentar este desafío era cuando la nación estaba a punto de comenzar la esperada marcha hacia la Tierra Prometida. Mientras acampábamos, las demarcaciones y los límites eran claros, pero incluso en ese momento se nos advirtió no sobrepasar los límites entre lo sagrado y lo profano. Más precisamente, la Torá nos prohíbe específicamente hacer uso personal de algo que fue consagrado para el Templo sagrado. No cuesta imaginar que ese problema pudiera agudizarse cuando el campamento comenzó a marchar. Anticipando este problema, la Torá presenta la idea de meilá, apropiarse indebidamente de objetos sagrados.

Pero entonces la Torá parece cambiar de dirección y pasa a hablar del matrimonio, específicamente de una relación disfuncional llena de sospechas, citas secretas y una posible infidelidad. El cambio parece repentino y extraño. Aparentemente hay una sola y tenue conexión entre los dos temas: se usa la misma palabra, meilá, para describir el crimen del hombre culpable de dormir con una mujer casada con otro. Pero el mensaje es mucho más profundo, y este uso lingüístico contiene una idea mucho mayor: el matrimonio, al igual que el Templo, es sagrado. Una persona que traspasa los límites y duerme con la esposa de otro es culpable de más que sólo tomar algo que no le pertenece. Es culpable de apropiarse ilegalmente de algo que es sagrado.

Esto es un juicio de valores que tristemente está ausente en la vida moderna. En muchas áreas de nuestra vida hemos desterrado lo Divino y expulsado la santidad. Creamos una realidad mundana. Es sutil, a menudo imperceptible, pero encontramos esta tendencia en la literatura, el cine, el teatro, la música popular y todas las formas de "entretenimiento". La trama es demasiado conocida: Hay una esposa abandonada, no valorada y, quizás incluso víctima de abuso. Aparece la tentación, a menudo personificada por un extraño amable (por lo general también apuesto), que abre una luz de esperanza. Quizás le ofrece un escape de su matrimonio miserable, ya sea en forma de felicidad pasajera o a largo plazo. Al leer o ver el desarrollo de la trama, somos tentados a creer que la felicidad personal es más importante que otros valores. Nuestra decencia se disuelve cuando alentamos a que el protagonista transgreda el Séptimo Mandamiento.

Comenzamos a sospechar que los valores modernos consideran al Séptimo Mandamiento más "negociable" que el Sexto o el Octavo (sí, tendrás que buscarlos para saber de qué se trata. Vale la pena saber en qué consisten). Sin dudas, hay situaciones en las que el divorcio es la mejor opción. Algunas parejas están mejor separadas que juntas, y el mejor camino a seguir tiene dos direcciones separadas. Pero no hablamos de eso. La pregunta real que presenta esta parashá es: ¿Cómo llegamos a convertirnos en una sociedad que no respeta los límites? ¿Por qué no consideramos que el matrimonio es sagrado?

Al presentar la idea de meilá, la Torá rápidamente califica al principio como algo no exclusivo al ámbito del Mishkán o del Templo. Todo hogar es sagrado. Quien transgrede esa santidad, quien destruye esa santidad, es culpable de meilá.

La extensión de esta idea es que cada uno debe tratar a su propia pareja con respeto y reverencia; comprender que es especial y que el lazo del matrimonio es sagrado. En un mundo sin Templo, debemos reconocer los puntos de santidad de nuestra vida personal. La santidad está con nosotros constantemente, bajo el mismo techo. Es parte de nuestra vida personal, todo lo que necesitamos hacer para conectarnos con ella es apreciarla y valorarla, santificar nuestra relación y tratar a nuestra pareja con la reverencia y la consideración dignas de algo sagrado. Quizás sea por esto que los Sabios enseñaron que todo aquél que alegra a los novios es considerado como si hubiera reconstruido una de las ruinas de Jerusalem. Ayudar a las personas a alegrarse al entender que acaban de entrar a una relación sagrada es realmente colocar otro bloque en la pared del tercer Templo.