El pecado de Adam y Javá (Eva) generó el exilio del Jardín del Edén, y muy pronto lo siguió un crimen atroz, perpetrado fuera del Jardín. A partir de allí las cosas empeoraron todavía más.

Por más difícil que sea imaginar un pecado peor que un asesinato, podemos argumentar que el de Hével (Abel) no fue intencional. Es posible que Caín no supiera que sus golpes provocarían la muerte de su hermano. El acto de Caín fue un crimen pasional, un acto singular, perpetrado por un solo individuo.

La generación del diluvio fue diferente. Allí el pecado era la norma. Toda la generación estaba inmersa en la violencia: simplemente tomaban por la fuerza aquello que querían, tanto bienes como personas. En una cultura dominada por el poder, el que tiene la fuerza tiene la razón. Los hombres poderosos tomaban cualquier mujer que deseaban. En esos días no había manifestaciones, ni indignadas columnas editoriales ni movimientos #MeToo. Sólo había víctimas.

El mundo se había corrompido, y sólo una familia se salvó. La decencia personal de Nóaj protegió a su familia, como un paraguas que protegió a su círculo inmediato de la lluvia, del diluvio que arrasó con todo y con todos los que habían sido parte de esa sociedad corrupta y pecadora.

Al terminar el relato de la historia de Nóaj y su familia, la Torá trae la crónica de la siguiente generación: la generación de la dispersión.

En toda la tierra había una sola lengua y un mismo propósito. Y sucedió que cuando se trasladaron del oriente hallaron un valle en la tierra de Shinar y se asentaron allí. Y cada uno dijo a su compañero: "Hagamos ladrillos y cozámoslos en el fuego". Utilizaron ladrillos como piedra y la arcilla les servía de limo. Y dijeron: "Construyamos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre, no sea que seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra" (Bereshit 11:1-4).

Esta generación se caracterizó por ser unida y tener un objetivo común. Esto pareciera ser un rasgo muy positivo, incluso admirable. De hecho, el tono de los versículos es alentador, esperanzado. Las personas de esa generación querían seguir unidas, vivir en paz y en armonía. ¿Por qué, Dios consideró que era necesario intervenir y dispersarlas? Si bien la Torá no usa la palabra "pecado" para describir su proyecto (un vacío que completó la tradición rabínica), su destino lo dejó claro: fueron castigados con exilio y dispersión, esparcidos a lo largo y a lo ancho de la tierra. Y dado que el texto no menciona ningún otro crimen, debemos asumir que el problema fue precisamente su unión.

De acuerdo con la tradición rabínica (Séder Olam Rabá), durante la construcción de la torre estuvieron presentes muchas personas importantes. Nóaj, que ya era un patriarca anciano, continuaba con vida. También estuvieron allí sus hijos y sus descendientes. Incluso estuvo presente un hombre relativamente joven que un día se volvería famoso. Su nombre era Abraham.

La leyenda de Abraham, el impío que fue arrojado al horno ardiente por adherir a la creencia en un único y omnipotente Dios misericordioso, está íntimamente entrelazada con el episodio de la torre. Allí, en el valle de Shinar, usaban un horno para fabricar ladrillos. Las personas involucradas en el proyecto estaban unidas por su objetivo, así como por su deseo de matar a Abraham. Esta clase especial de unión no dejaba lugar al desacuerdo.

La mentalidad de la generación de la dispersión puede entenderse como una reacción a la experiencia de la generación previa. La actitud de "cada uno se preocupa sólo por sí mismo" había traído el diluvio. Ahora, esta nueva generación quebró todos los límites personales en favor de la unidad, creando una atmósfera obligatoria de conformidad. Esta generación vivió en una "cámara de resonancia" autoimpuesta, en la cual lo único que se escuchaba era el eco de las mismas ideas y estaban obligados a aceptar las mismas creencias y a aspirar a un mismo objetivo. Esta generación no buscaba salvarse en un bote, sino con una torre, una estructura monolítica que representaba su decisión y su uniformidad. Esta unidad se preservaba extirpando cualquier disonancia, eliminando a todos los disidentes.

Abraham se rehusó a ser parte de eso. Él habló de un Dios bondadoso y benevolente, un Dios que las personas de la generación posterior al diluvio no podían aceptar. Ellos rechazaban la idea de un Dios misericordioso; se negaban a considerar que la misericordia fuera un valor. Algunas fuentes rabínicas sugieren que esta generación también rechazó por completo la idea de la existencia de Dios.

Abraham, el joven, idealista y ético monoteísta, expresaba ideas que para ellos eran aborrecibles. Es por eso que al unísono clamaron por el asesinato del hombre que traería tanta luz al mundo.

Esta clase de unidad, alentada por una inmensa cantidad de personas y un frenesí asesino basado en odio e ira, debe ser desmantelada. Las personas que adoptaron este concepto no fueron aniquiladas ni arrojadas a su propio horno, sino separadas y dispersadas. Su unidad se desintegró, esperando ser restaurada bajo la bandera de la paz como resultado del entendimiento, de la armonía que surge al unir diferentes voces y de la bondad.