Salir de Egipto no fue algo simple, sino un proceso largo que incluyó muchas etapas. Si bien cada plaga volvió al Faraón más desafiante y empecinado, los judíos, que veían asombrados la humillación de Egipto, fortalecieron su creencia en el Dios de sus ancestros. La repentina participación de Dios en la historia humana fue dramática y reforzó la fe de los esclavos en la promesa de libertad que había sido transmitida de generación en generación.

A medida que pasaban los días, las semanas y los meses, los egipcios comenzaron a preocuparse por su propia supervivencia. Aún recuperándose de la plaga anterior, ya se preparaban para la siguiente muestra de ira Divina. Cada día tenían menos energía para encargarse de los asuntos rutinarios y el yugo sobre los esclavos se alivianaba. A medida que los amos se volvían víctimas atemorizadas de la política de negación del Faraón, los esclavos hebreos gradualmente fueron liberados de su servidumbre, simplemente porque los egipcios estaban preocupados por su propia supervivencia.

Parashat Bo describe la plaga de la oscuridad, durante la cual los egipcios estuvieron completamente incapacitados pero los judíos, que ya no eran esclavos, todavía tampoco eran completamente libres. Faltaban muchas etapas más de emancipación para que la transformación fuera completa, etapas que se sucederían con gran rapidez en menos de 24 horas. Primero, los judíos tendrían un típico séder de Pésaj, seguido por la muerte de los primogénitos egipcios en la medianoche y luego, finalmente, su propia marcha hacia la libertad, a plena luz del día, a la mañana siguiente. Cada uno de esos elementos fue otra etapa en su emancipación.

El aspecto más obvio de su libertad es el éxodo mismo, cuando salieron caminando de Egipto después de una noche de asombro y milagros. En ese punto eran completamente libres: una nación que emergió de la opresión de otra nación. Había comenzado su travesía hacia la Tierra que mana leche y miel, aunque habría una parada en el monte conocido como Sinaí. Si bien su marcha a la Tierra Prometida llevaría más tiempo de lo que pensaron inicialmente, viajaron como una nación libre e independiente.

La noche anterior, Egipto había sido golpeado. Cada familia egipcia lamentaba la muerte de su propio primogénito. La cultura egipcia estaba construida con un sistema jerárquico de primogenitura, en el que el primogénito gobernaba a la familia y controlaba a los hermanos menores que, a su vez, controlaban a las clases inferiores, quienes controlaban a los esclavos. El mismo Faraón era el primogénito del primogénito de un primogénito. Como comenta Rav Soloveitchik, citando a su bisabuelo, el Rav Naftalí Tzvi Iehudá Berlín (Haemek davar, Shemot 15:1), toda la economía egipcia se basaba en el orden ascendente de privilegio y poder, y descansaba sobre la labor de los esclavos. La representación visual de este sistema es la pirámide, con el Faraón en su pináculo. La plaga de los primogénitos destruyó esta pirámide de poder. De una forma muy real, la plaga final liberó a los egipcios de la tiranía de su propio sistema político y económico en una sola noche.

Con su imperio en ruinas y su familia diezmada, el Faraón les ordena a los judíos abandonar Egipto, pero en un acto final de rebeldía los judíos desoyen la orden del Faraón. Ellos se rehúsan a salir en medio de la noche como los ladrones, en cambio deciden partir en sus propios términos, a la hora que ellos deseen, a plena luz del día. El momento y los términos de su partida aumentó su dignidad y su sensación de libertad personal, y simultáneamente le dio a su antiguo opresor una última bofetada: el Faraón, autoproclamado "dios sol", no pudo someter a su voluntad a una nación de esclavos, ni siquiera bajo el sol calcinante.

Unas pocas horas antes, los judíos habían experimentado otra etapa de liberación. Cada familia extendida se reunió para el sacrificio del cordero pascual. Los judíos, por primera vez en mucho tiempo, experimentaron la libertad religiosa. El símbolo de Egipto fue sacrificado para el Dios de Israel, y su sangre fue expuesta para que todos la vieran sobre las jambas de cada hogar judío.

Hay muchas facetas de emancipación, muchas clases de libertad: libertad religiosa, política, económica, la capacidad de definirse a nivel nacional y de autodeterminación. Paso a paso, Dios llevó a los judíos a través de las diversas etapas que los llevaron a su libertad completa, permitiéndoles valorar y disfrutar cada paso a lo largo del camino.

Este proceso de múltiples etapas nos recuerda otra necesidad muy humana: a medida que se experimenta cada aspecto de la libertad, la imaginación del esclavo aún no emancipado vuelve a despertarse. Después de generaciones de esclavitud, sentir el sabor de la libertad los lleva, por primera vez, a imaginar, a esperar, a mirar hacia el futuro y visualizar una nueva realidad. El Tárgum Ionatán ilustra esta idea con un comentario breve pero fascinante:

Vieron lo que les hice a los egipcios, cómo los cargué a ustedes sobre alas de águila y los traje a Mí (Shemot 19:4).

La lectura directa del versículo es secuencial: primero Dios nos sacó de Egipto, luego nos llevó al Monte Sinaí (los traje a Mí). La lectura del Tárgum Ionatán en Shemot 19:4 es muy diferente:

Ustedes vieron lo que les hice a los egipcios, y cómo los llevé a ustedes sobre nubes comparables a alas de águilas, desde Ramsés hasta el lugar del Beit Hamikdash, para que realicen (la ofrenda de) Pésaj, y en la misma noche los devolví a Ramsés y desde allí los traje aquí, para (que reciban) la instrucción de Mi Torá

Esta interpretación sugiere que en la noche de Pésaj, antes de la medianoche, los judíos fueron transportados desde sus primitivas moradas de esclavos al glorioso Templo en Jerusalem, donde sacrificaron la ofrenda pascual y observaron el séder de Pésaj. En lugar de decirnos lo que ocurrió esa noche, el Tárgum Ionatán puede estar tratando de decirnos lo que los judíos experimentaron esa noche: al lograr la libertad religiosa, sintieron como si hubieran estado en Jerusalem, un pueblo libre celebrando Pésaj en el Templo Sagrado, el corazón de su tierra patria. El acto de libertad religiosa, de servir a Dios como judíos libres y orgullosos, les dio la capacidad para creer en todos los otros aspectos de su libertad. Empíricamente, esa noche estuvieron en Jerusalem. Fueron libres de mente, espíritu, pensamiento y creencia. Lo único que faltaba era cambiar la ubicación.

Cada año, cada judío revive esta experiencia. El objetivo de la celebración de Pésaj es transportar a Jerusalem a nuestra familia extendida, a cada una de las familias que conforman el pueblo de Israel. Ya sea desde Buenos Aires o desde Varsovia, desde el lujo o la pobreza, desde la libertad o bajo dominio extranjero, celebrar Pésaj les permitió a los judíos a través de la historia, más allá del tiempo y del espacio, sentir lo que significa abandonar Egipto. Más que eso, les permitió sentir lo que es ser completamente libres y celebrar esa libertad en Jerusalem.

Quizás Ionatán permitió que su propia imaginación volara bien alto. Históricamente, la realidad es que los judíos celebraron Pésaj en Egipto esa noche. Sin embargo, a nivel empírico, él entendió lo que los judíos sintieron realmnente esa noche en Egipto. El primer paso hacia la emancipación es creer que la libertad es posible. Sólo cuando creemos que puede ser posible comenzamos a tener esperanzas, a añorarla. Sólo entonces podemos ser realmente libres.