Al comenzar el Libro de Shemot, se nos presenta un nuevo rey y una historia que, a los lectores judíos modernos, nos resulta demasiado familiar. El nuevo Faraón tiene plena consciencia de la presencia de los judíos en su reino, tanto que siente la necesidad de crear una "solución final" para ellos. Decide que los judíos ayudarán a un ejército enemigo; que no son ciudadanos leales, no se puede confiar en ellos. Si Egipto es amenazado por una fuerza exterior, los judíos se unirían rápidamente al enemigo para destruir el modo de vida egipcio.

Iosef murió, así como todos sus hermanos y toda esa generación. Los Hijos de Israel fructificaron y pulularon, se incrementaron y se volvieron muy poderosos, y la tierra se llenó de ellos. Se levantó un nuevo rey en Egipto, que no conocía a Iosef. Dijo a su pueblo: "He aquí que el pueblo, los Hijos de Israel, son más numerosos y poderosos que nosotros. Vengan, seamos astutos contra él, no sea que se multiplique y suceda que si hay guerra se una también él a nuestros enemigos, nos haga la guerra y suba de esta tierra (Éxodo 1:6-10).

Como ocurre a menudo con el odio, este argumento contiene algo irracional. El nuevo Faraón afirma temer que en caso de guerra, los judíos tomen ventaja de la situación y huyan. Pero si los judíos son demasiado numerosos, y esa es la fuente de la amenaza, ¿por qué teme que huyan? Eso parece una solución, no un problema.

Además, ¿cómo es posible que sea olvidado Iosef, el hombre que salvó la economía egipcia del colapso y a toda la generación de morir de hambre? Iosef llenó las arcas reales y convirtió a Egipto en una superpotencia regional. Incluso un nuevo Faraón debía sentir gratitud. Hay quienes dicen que este nuevo Faraón era de una línea genealógica diferente, o quizás incluso un extranjero que había conquistado Egipto. De todos modos los judíos, que eran una minoría diferente y aislada, fueron señalados para recibir un trato especial.

A diferencia de ese nuevo Faraón, hubo quienes recordaban a Iosef y actuaron con coraje frente al peligro personal, tal como Iosef lo hizo generaciones atrás: las parteras. Cuando el Faraón les ordenó asesinar a todos los varones judíos recién nacidos, la Torá da testimonio del coraje y la moral de estas mujeres:

Las parteras, temiéndole a Dios, no hicieron como el rey de Egipto les había dicho, sino que dejaron a los niños con vida (Shemot 1:17).

El lenguaje recuerda a otra persona que temía profundamente a Dios a pesar de las consecuencias personales:

Sucedió luego de estas cosas que la esposa de su señor alzó sus ojos hacia Iosef y le dijo: "Acuéstate conmigo". Pero él se negó. Le dijo a la esposa de su amo: "He aquí que mi señor no sabe lo que está conmigo en la casa, y todo lo que posee lo puso en mis manos. No hay nadie superior a mí en esta casa, y él no me ha rehusado nada excepto a ti, porque tú eres su esposa. ¿Cómo he de cometer este mal tan grande? ¡Pecaría contra Dios!" (Bereshit 39:7-9)

Como recompensa por su convicción religiosa, Iosef pronto se encontró en prisión, en una situación aún peor que la esclavitud. Pero sus descendientes, y todos los Hijos de Israel, conocían también el resto de la historia: el esclavo que fue enviado prisionero se volvió poderoso, respetado y libre. La meteórica metamorfosis de Iosef fue su inspiración, fue el microcosmos de su redención colectiva. Incluso si la situación de Iosef pareció empeorar debido a su moralidad, esa recaída fue temporal y preparó la escena para el siguiente golpe de suerte de Iosef: un día era un esclavo prisionero, al día siguiente era un hombre libre y poderoso.

La vida de Iosef en Egipto sirvió como ejemplo para todos los Hijos de Israel que sufrieron durante el oscuro período de esclavitud y abuso en Egipto. Su ascenso increíble al poder les hizo creer que la redención era posible. Incluso si había recaídas, sabían que también ellos eventualmente serían liberados. Pero incluso más que la creencia en su propia libertad, lo que aprendieron de Iosef fue cómo alcanzar esa libertad: los israelitas aprendieron de Iosef que el camino a la libertad se caracteriza por la moral. Mientras siguieran las huellas de Iosef y permanecieran en sintonía con la voz de Dios, serían redimidos tal como lo fue Iosef.

Quizás esto sea precisamente lo que le molestaba al Faraón de este pueblo peculiar: no sospechó que tuvieran una lealtad dual porque ellos eran leales a un solo Rey, obedecían sólo un grupo de reglas y respondían a una sola autoridad. Eran leales a Dios, y a nadie más. La "amnesia" del Faraón fue muy selectiva: él eligió no recordar a Iosef y no recordar a Dios (Shemot 5:2); pero ni Dios ni Iosef fueron olvidados. Los Hijos de Israel recordaron a ambos.