La Parashat Tzav incluye instrucciones muy detalladas de los rituales de las diferentes clases de ofrendas (korvanot). Pero al enumerar los intricados detalles de la ofrenda de pecado, el texto se desvía levemente del eje principal y hace un comentario sobre actividades “domésticas”:

Un utensilio de barro en el cual haya sido cocinada [la ofrenda de pecado] deberá romperse. Si fue cocinada en un utensilio de cobre, deberá ser frotado y enjuagado con agua (Vaikrá 6:21).

Los Sabios explican que esta ley se refiere a la transferencia de santidad de la ofrenda misma al utensilio en el que se la prepara. Al igual que casi todas las ofrendas (con excepción de la olá, la ofrenda de ascensión), la ofrenda de pecado se come. Pero a diferencia de otras ofrendas, de la ofrenda de pecado disfrutan los sacerdotes que sirven en el Templo (los cohanim) y no la persona que ofrece el sacrificio para expiar por un pecado. El consumo de esta ofrenda tiene otras limitaciones importantes, entre las que sobresale su "fecha de vencimiento": las ofrendas de pecado sólo pueden consumirse dentro de un marco de tiempo determinado. Queda claro que el sabor de la ofrenda es parte fundamental de su santidad, y todo resto debe sacarse del utensilio antes de que expire ese límite de tiempo. Los utensilios de barro (un material poroso) absorben el sabor de lo que contienen y por lo tanto nunca se puede extraer los restos por completo. Por ello los utensilios deben destruirse después de usarlos para una ofrenda de pecado. Sin embargo los utensilios de metal no absorben el sabor y pueden limpiarse por completo del sabor residual, y de su santidad.

En su comentario Kli Iakar, Rav Shlomo Efraim Luntschitz (1550-1619) dice que este pasaje transmite una instrucción espiritual para nuestra propia experiencia de pecado y expiación. El sabor residual en el utensilio es análogo a la mancha residual que deja el pecado en nuestro corazón. A veces para eliminar la mancha es suficiente con un lavado. Otras veces se requiere una inmersión completa. En algunas ocasiones, cuando la mancha del pecado es tan profunda que llegamos a absorberla y se convirtió en parte de lo que somos, para purgar el pecado debemos romper nuestro corazón.

Escuché algo similar en un shiur de Rav Iosef Soloveitchik. El Talmud relata la ejecución de Rabí Janina ben Teradión y el método de tortura al que lo sometieron. Los romanos lo envolvieron en un rollo de Torá y le prendieron fuego. Pero para ellos eso no era suficientemente cruel. Para prolongar la agonía, envolvieron su pecho en lana mojada, para que su muerte fuera más lenta y dolorosa:

Encontraron a Rabí Janina ben Teradión sentado ocupado en la Torá, ante asambleas públicas [de estudiantes], con un rollo de Torá en su falda. [Los romanos] lo atraparon, lo envolvieron con un rollo de Torá, colocaron ramas alrededor y las encendieron. Luego trajeron mechones de lana, empapados en agua, y los pusieron sobre su corazón, para que no muriera rápidamente. Su hija exclamó: "¡Padre! ¿Debo verte así?" Él respondió: "Si me hubieran quemado solo, me hubiera sido difícil, pero como me queman con un rollo de la Torá, Aquél que se vengará por el insulto al rollo de la Torá también retribuirá por lo que me hicieron a mí". Sus discípulos le preguntaron: "Rabí, ¿qué ve?". Él les respondió: "El pergamino se quema pero las letras ascienden [hacia el Cielo]". Le dijeron: "Abra su boca para que entre el fuego [y se acorte su sufrimiento]". Contestó: "Que quien me dio el alma se la lleve, nadie tiene permitido ocasionarse un daño". El verdugo le dijo: "Rabino, si incremento el fuego y le quito los mechones de lana que tiene sobre su corazón, ¿me asegura que yo entraré al Mundo Venidero?". "Sí", le respondió. "Júremelo". Se lo juró. A continuación, aumentó la llama y quitó los mechones de lana que tenía sobre el corazón, y su alma partió rápidamente. Entonces el verdugo saltó al fuego y una bat kol (voz celestial) exclamó: "Rabí Janina ben Teradión y el verdugo han sido asignados al Mundo Venidero". Cuando Rebi (Iehudá Hanasí) oyó esto, lloró y dijo: "Una persona puede adquirir la vida eterna en un solo momento, otra después de muchos años (Talmud Bablí Avodá Zará 18a).

El verdugo tuvo una epifanía repentina, aparentemente opuesta a la trayectoria que su vida había llevado hasta ese momento. Ese hombre era un experimentado y veterano asesino; él debería haber sido insensible al sufrimiento de otro mártir judío. Pero ocurrió algo dramático: el asesino se volvió compasivo. En vez de enfocarse en sus capacidades profesionales de asesino cruel, se interesó en la eutanasia, en aliviar el sufrimiento de su víctima, y como resultado su destino espiritual cambió por completo.

Bajo circunstancias normales, los conversos al judaísmo deben sumergirse en una mikve, un baño ritual, que simboliza su renacimiento espiritual. En un sentido muy real, podemos decir que este verdugo atravesó una conversión espiritual, pero en vez de sumergirse en aguas purificadoras, se sumergió en llamas. Al parecer su pecado era tan profundo que un baño completo no era suficiente para limpiar su alma, una inmersión en agua no le alcanzaba. La mancha del pecado se había convertido en su personalidad, en su vida, como enseñó Rav Soloveitchik. Ese hombre tenía tanta sangre judía en sus manos que sólo el fuego podía expurgar el mal. Una vez que se destruyó la vasija que contenía a esa alma recientemente arrepentida, se expurgó la mancha del pecado y lo recibieron en el Mundo Venidero.

En los días previos a Pésaj nos esforzamos mucho para asegurar que nuestros utensilios estén limpios y kasherizados para Pésaj. Quizás también debemos tomarnos un tiempo para considerar a nuestras almas, para limpiarnos y prepararnos para la festividad que nos libera.