Al llegar al fin del libro de Vaikrá, hemos clarificado muchos temas importantes. Una mirada retrospectiva nos muestra que si bien al comienzo el libro estaba enfocado en el Templo y sus rituales, gradualmente se volcó a temas de santidad más generales, dando énfasis a los alimentos kasher, las relaciones sexuales kasher y, finalmente, a otras clases de relaciones interpersonales. El mensaje parece claro: los servicios rituales y el Templo no reemplazan a la decencia. Para crear una sociedad sagrada debemos ocuparnos tanto de los rituales como de las relaciones interpersonales. Para generar y sustentar la sociedad que se nos ordena crear, estas dos esferas deben funcionar en conjunto y armonía.

Por lo tanto, pese a nuestras impresiones superficiales, el libro de Vaikrá, "Levítico", tiene algunas sorpresas. La discusión sobre las festividades en la parashat Emor no fue lo que hubiésemos esperado. Hubiéramos podido esperar que en el contexto de Vaikrá el aspecto al que se le daría más atención serían los sacrificios asociados con cada festividad. Pero vimos que no es así. El foco está en el aspecto de la santidad, asociado al énfasis en la identidad agrícola de cada festividad. De esta manera, la transición de este aspecto de las festividades a la discusión sobre shemitá y iovel es mucho más natural. La estructura y el flujo del libro nos enseñan que toda discusión sobre santidad debe necesariamente incluir a la Tierra de Israel. Tal como las festividades son puntos de santidad en una dimensión, la Tierra de Israel es un punto de santidad en otra dimensión.

Sutilmente el foco de Vaikrá pasa a la Tierra de Israel, lo cual es algo natural, dado que los israelitas estaban a punto de partir del Monte Sinaí camino a su tierra patria. Muy pronto heredarían la tierra, por eso apenas comienzan a entender el mensaje sobre la propiedad, se les recuerda que Dios es el dueño verdadero: las leyes de shemitá y iovel nos obligan a recordar que nuestra propiedad es condicional. Se nos ordena interrumpir nuestros reclamos sobre la tierra durante un año cada siete, a compartir los regalos de Dios con todas las personas, y a devolver la tierra a sus custodios ancestrales cada 50 años. Lentamente el mensaje se interioriza: nuestra propiedad es limitada. A fin de cuentas, la tierra le pertenece a Dios y, en consecuencia, es santa. La parashat Bejukotai nos enseña que si no merecemos esta tierra santa, seremos expulsados; esas son las consecuencias de la santidad.

El capítulo 26 termina con lo que parece ser un gran final:

Recordaré para ellos el pacto con sus ancestros… Estos son los estatutos, las leyes y los códigos que Dios entregó entre Él y los hijos de Israel en el Monte Sinaí, por medio de Moshé (Vaikrá 26:45-46).

Pero a pesar del aparente final, se suma otro capítulo, uno que parece fuera de tema, incluso "decepcionante". Ese capítulo contiene explicaciones sobre juramentos, dedicaciones y donaciones al Templo… En síntesis, detalles que nos dejan descolocados después de las resonantes notas finales del capítulo anterior. Pero entonces, en medio de los detalles, hay otra ley que llama la atención:

Si es la clase de animal que uno puede ofrecer como sacrificio a Dios, todo lo que pueda entregar de él será sagrado. No lo cambiará ni lo sustituirá, ya sea uno bueno por uno malo o uno malo por uno bueno. Pero si sustituye un animal por otro animal, entonces tanto él como su sustituto serán sagrados (27:9-10).

Esos versículos describen algo que puede considerarse como una extraña "teoría de la conservación de la santidad". Una vez que un objeto se dedica a Dios, no puede ser reemplazado ni cambiado, porque su santidad es permanente. Cualquier intento de reemplazar un objeto consagrado sólo terminará provocando que también el segundo objeto sea consagrado. Al mundo puede ingresar más santidad, pero la santidad original nunca puede desaparecer.

La sección que continúa de inmediato trata sobre la propiedad ancestral (27:26). En este contexto, comenzamos a entender que este capítulo es mucho más que una compilación aleatoria de mandamientos. Las leyes enumeradas en el capítulo 27, el capítulo que da la sensación de estar "fuera de contexto", el que viene a continuación de lo que creímos eran las palabras finales del libro, refleja un mensaje teológico todavía más profundo: a través del tiempo, el pueblo judío puede llegar a pecar y en consecuencia a perder el privilegio de vivir en la Tierra Prometida. Pero tanto el pueblo como la tierra, una vez que fueron consagrados siempre seguirán siendo sagrados. No pueden ser reemplazados. Eventualmente Dios nos permitirá volver a la Tierra.

La sección final del libro de Vaikrá se enfoca en la fuerza de los juramentos: las palabras, incluso las palabras humanas, tienen un gran poder, mucho más de lo que hubiéramos imaginado. Este poder es un reflejo de la Imagen Divina. El poder del habla nos define y nos diferencia del resto de la creación, pero trae aparejada una enorme responsabilidad. El habla de Dios crea una realidad y el habla humana es su reflejo. Dios mantiene Sus juramentos, aunque nosotros lleguemos a transgredir nuestra parte del pacto, y nosotros debemos hacer lo mismo.

Las leyes de este capítulo final contienen un mensaje alentador: una vez que algo se dedica a la santidad, no puede reemplazarse. Incluso si pecamos, Dios honrará Su juramento y nos hará volver a nuestra tierra. Asimismo, pese a los reclamos que hacen algunas religiones más nuevas, el pueblo judío nunca será reemplazado por ningún otro "pueblo elegido". Los versículos finales de Vaikrá rechazan expresamente la "teoría del reemplazo". El pueblo que estuvo en el Monte Sinaí, a pesar de que después se desviara de una vida de santidad, continúa dedicado a Dios y conserva su santidad para siempre. Tras aclarar este mensaje, el libro de Vaikrá llega a su fin y ahora podemos entender el mensaje de las leyes del capítulo 27, que parecían fuera de lugar. Los versículos finales de Vaikrá, teológicamente nos quitan el aliento:

No hará distinción entre uno bueno y uno malo, y no lo sustituirá. Pero si lo sustituyera, entonces él y su sustituto serán sagrados, no podrán ser redimidos. Estos son los mandamientos que Hashem ordenó a Moshé para los hijos de Israel en el Monte Sinaí (Vaikrá 27:33-34).

Vaikrá, el "libro de la santidad", termina con un mensaje muy claro: la santidad de la Tierra de Israel, y la santidad del pueblo judío, son eternas.