Quizás al leer la parashá después de Pésaj, nuestra perspectiva se ve afectada por la festividad, pero hay uno o dos comentarios en la parashá de esta semana que son particularmente aptos para esta época del año, después del séder, cuando todos nos sentimos como si hubiéramos sido redimidos de Egipto.

El libro de Vaikrá prácticamente carece de referencias cronológicas y geográficas, lo que le da al libro cierta sensación de atemporalidad. Sin embargo, sabemos que el contexto, tanto geográfico como histórico, es entre Egipto y la Tierra Prometida:

Conforme a las prácticas de la tierra de Egipto donde habitaron no harán, y como las prácticas de la tierra de Canaán adonde los llevo no harán. No sigan sus costumbres (Vaikrá 18:3).

Como introducción a un grupo de leyes que crean una nueva moral, la Torá advierte en contra de las prácticas depravadas de las otras naciones, y a continuación enumera las relaciones y las prácticas sexuales prohibidas. Al final de la lista se introduce una nueva consideración: bajo la perspectiva de la Torá, estos comportamientos no sólo son equivocados, sino que la tierra de Israel, la Tierra Santa, no los puede tolerar:

No se contaminen con ninguno de estos, ya que a través de todos estos se contaminaron las naciones que Yo expulso de delante de ustedes. La tierra se contaminó y Yo tomé en cuenta su iniquidad sobre ella, y la tierra vomitó a sus habitantes… Pues todas estas abominaciones hicieron los habitantes de la tierra que están delante de ustedes, y la tierra se contaminó. Que la tierra no los vomite por hacerla impura tal como vomitó al pueblo que estuvo antes de ustedes (Vaikrá 18:24-28).

La santidad tiene un precio; la constitución espiritual de la tierra de Israel no puede tolerar el pecado, al menos ciertas clases de pecado. Esta profunda santidad, reflejada en las leyes singulares de la Tierra de Israel (en particular las leyes de agricultura, diseñadas para crear una sociedad más benévola y cohesiva), fue lo que asustó a muchos de sus moradores a través de los siglos. "¿Estoy en un nivel espiritual suficientemente elevado para vivir en un lugar tan sagrado?”, se preguntaban. Las leyes adicionales, y los niveles más minuciosos de escrutinio Divino los aterrorizaban. Al fin de cuentas esta tierra es descrita como un lugar de carácter y características únicas:

La tierra a la que llegas para tomarla en posesión no es como la tierra de Egipto, de la que ustedes salieron, donde sembrabas tu semilla y la irrigabas tú mismo como un huerto de vegetales. Pero la tierra hacia la cual cruzan para tomarla en heredad es tierra de montes y de valles, de la lluvia de los cielos absorbe agua. Es una tierra que está constantemente bajo el escrutinio de Hashem tu Dios, los ojos de Hashem constantemente están sobre ella, desde el inicio del año hasta el final del año (Devarim 11:10-12).

El escrutinio constante de Dios intimida, ¿quién puede vivir bajo semejante presión? ¿Quién se sometería voluntariamente a ella? Sin embargo, la contrapartida, la oportunidad de vivir en el "palacio de Dios", de estar cerca de Dios, parece una oferta imposible de rechazar.

Quienes dieron el salto, quienes cruzaron y se asentaron en la Tierra Prometida, pueden verse tentados a juzgar a los demás con dureza, a criticarlos, a juzgarlos con una vara demasiado elevada: "Quizás ellos no lo merezcan, quizás ellos van a provocar que todos seamos expulsados". Esta postura fue anticipada hace años por el famoso cabalista Rav Abraham Azulai. De los versículos de la parashá de esta semana, Rav Azulai arribó a la conclusión opuesta sobre los "otros" que moran en esta tierra, aquellos que percibimos que no son suficientemente sagrados como para merecerla:

Debes saber que toda persona que mora en la Tierra de Israel se considera un tzadik (una persona recta), incluyendo quienes no parecen ser tzadikim. Porque si no fuese recta, la tierra la expulsaría, como está escrito: "una tierra que vomita a sus habitantes". Dado que la tierra no la vomitó, sin dudas es una persona recta, aunque parezca ser malvada (Rav Abraham Azulai, Jésed leAbraham, maaián 3 naar 12).

La tierra de Israel es una tierra sagrada, y cuando nos observamos a nosotros mismos, cada uno debe asegurarse de vivir de acuerdo con los estándares de Dios. Para tener el mérito de vivir en la Tierra Santa, debemos rechazar el comportamiento sórdido de los egipcios y de los canaanitas, y seguir el camino de Dios. Sin embargo, al observar a los demás, nunca debemos cuestionar su derecho a estar en la Tierra Santa. El hecho de que la tierra "tolere" su presencia es prueba suficiente de que merecen estar en ella y de que son personas sagradas.