“Y he aquí – Yo traeré un diluvio de agua sobre la tierra para destruir a todo ser que tiene espíritu viviente, debajo de los cielos; todo lo que haya en la tierra perecerá”. (Génesis 6:17)

El profeta Isaías (54:9) se refiere al diluvio como mei Noaj – las aguas de Noaj – implicando que Noaj tiene, al menos, responsabilidad parcial por el diluvio. Sforno sugiere que el error de Noaj fue fallar en enseñarle a su generación a conocer a Dios y a andar en Sus caminos. Si él les hubiera enseñado a conocer a Dios, ellos de seguro se habrían arrepentido.

Podemos explicar este Sforno de la siguiente manera. El Midrash comenta sobre la frase, “el camino (derej eretz) al Árbol de la Vida”, ese derej eretz son las midot, buenas cualidades de carácter. Midot son el camino que lleva al Árbol de la Vida, la Torá. Por eso, “Derej eretz precede a la Torá”. Primero uno refina sus midot, y sólo entonces, puede yacer la Torá en él. La Torá no puede residir en una persona que no posee buenas midot: “Donde no hay derej eretz, no hay Torá”. (Ver Rabeinu Yona en Pirkei Avot 3:22) Y a pesar de que sólo la Torá puede llevar las midot a la perfección última, donde no hay bases de midot adecuadas, la adquisición de la Torá es imposible.

La negación categórica de Rabeinu Yona, de la posibilidad de que la Torá resida en una persona que carece de buenas midot puede entenderse de dos formas, ambas ciertas. La primera es que la falta de buenas midot en una persona genera que finalmente la retención de su conocimiento de Torá – sin importar cuán grande – sea imposible, porque su falta de midot evita que la Torá se conecte con la esencia de su alma. Por eso al dejar este mundo, la Torá no lo acompaña, sino que se queda atrás con sus otros componentes físicos externos.

Una explicación alternativa es que incluso en este mundo la Torá no se queda con él. La idea puede ilustrarse con la siguiente anécdota. Maimónides tenía una disputa con un filósofo sobre si el instinto o el entrenamiento es el factor decisivo del comportamiento animal. Para probar la eficacia del entrenamiento, el filósofo le enseñó a gatos a pararse erectos, a balancear bandejas y a servir como garzones. Los vistió para su rol y realizó un banquete con los gatos como garzones. Maimónides anuló su prueba al soltar algunos ratones en el banquete. Los gatos, olvidándose de su entrenamiento, dejaron caer las bandejas y los platos al suelo mientras corrían en cuatro patas persiguiendo a los ratones.

Los seres humanos también tienen sus instintos básicos y sus deseos que, sin entrenamiento, los llevan a estar en cuatro patas y a comportarse como animales. Sin embargo, un ser humano es distinto a los animales, por su habilidad de perfeccionar sus midot para que ellas puedan controlar a sus instintos básicos. Alguien que no ha trabajado en perfeccionar sus midot podrá, al igual que los gatos entrenados, ser capaz de llevar a cabo un espectáculo de disciplina de Torá por un tiempo, pero sólo mientras no aparezcan “ratones” en su camino.

Un estudioso de la Torá, dice Maimónides, es aquel que ha logrado tener buenas cualidades . Dado que ha perfeccionado su carácter, sus pecados son por naturaleza accidentales y no son síntomas de defectos básicos del carácter. Por eso se nos dice que si vemos a una persona justa pecar en la noche, debemos asumir que al día siguiente se arrepentirá. Dado que el pecado no emanó de un defecto intrínseco de su carácter, él ciertamente reconocerá la necesidad de arrepentirse.

El rabino Jaim Vital explica que las midot no fueron enumeradas en la Torá entre las mitzvot porque ellas son la verdadera base de todas las mitzvot y la Torá misma. Es por su habilidad de emular las cualidades perfectas del carácter atribuidas a Dios, que el hombre es “a imagen de Dios”. Alguien que carece de cualidades apropiadas es deficiente en la verdadera esencia de la humanidad.

El Alter de Kelm una vez destacó que Darwin fue capaz de formular su teoría de la evolución sólo porque nunca había visto a un verdadero ser humano. Por eso podía ver al hombre como nada más que monos inteligentes. “Si él hubiera visto a mi maestro, el rabino Israel Salanter, que desarrolló sus cualidades a un grado de perfección que expresaba completamente la esencia de “Imagen Divina”, él nunca hubiera concebido la posibilidad de que los seres humanos evolucionaron de los monos”, dijo el Alter.

Los pares de Darwin seguramente eran personas socialmente respetables, pero en relación al verdadero desarrollo del carácter, ellos eran simples gatos entrenados, cuyos deseos instintivos podían llevarlos en cualquier momento a estar en cuatro patas.

Los pecados de inmoralidad y robo de la generación del diluvio eran simples síntomas de la enfermedad subyacente - deficiente desarrollo del carácter. Noaj atacó los síntomas, pero falló en curar la enfermedad. Él no les enseñó a conocer a Dios a través de la contemplación de Sus midot y a caminar en Sus caminos corrigiendo y desarrollando sus propias cualidades de carácter. Por eso no fue exitoso. Su reprimenda pudo ocasionalmente suprimir los síntomas, pero muy pronto reaparecían, dado que la causa subyacente no había sido tratada. Sin cambiar su carácter subyacente, no había arrepentimiento real posible.

La Torá describe a la generación del diluvio como “rabat ra’at ha’adam”. Esto puede traducirse como que el mal que ellos perpetraban iba más allá de los límites del adam – de los seres humanos. Ellos corrompieron la esencia misma de su humanidad, sus midot. Por eso, el Midrash dice, que ellos fueron castigados medida por medida con el rebalse de las grandes profundidades. Ellos destruyeron su humanidad natural y por eso el orden natural se anuló y las aguas de las profundidades sobrepasaron sus límites e inundaron el mundo. Asimismo, el resultado del diluvio fue literalmente disolver sus formas humanas – una manifestación externa de su decaimiento espiritual interno.

Los textos místicos explican que los colores del arcoíris son representaciones de las midot (atributos) de Dios. Por eso, el arcoíris es el símbolo de la promesa de Dios de no traer otro diluvio al mundo, porque al reflejar y emular las midot de Dios, nosotros aseguramos que no será necesario otro diluvio.

Sólo después del diluvio Dios permitió el consumo de carne. El Sefer Haikarim explica que la humanidad, antes del diluvio, equiparaba la vida animal con la vida humana; el hombre, desde su perspectiva, se reducía a ser un animal más desarrollado y glorificado. Para contrarrestar este trágico error, Dios le permitió a la humanidad comer carne. Así Él demostró que hay una diferencia cualitativa esencial entre las personas y los animales que nos da el derecho de matarlos para comerlos. Esa diferencia esencial es inherente en la habilidad del hombre de desarrollar y emular las midot de su Creador.

A diferencia de Noaj, Abraham fue capaz de influenciar a la gente de su generación precisamente porque él se concentró en enseñar midot. Así, él fue capaz de curar la enfermedad y no sólo sus síntomas. A la edad de tres años, Abraham supo que existía un Dios, pero no fue hasta los 40 años, dice Maimónides, que pudo decirse que él “conoció a su Creador”, es decir, reconocer a Dios a través de la comprensión de Sus midot y emularlas. Sólo en ese momento, empezó Abraham a enseñar a su generación. Al enseñar midot, fue exitoso en romper los ídolos. Él convenció a sus contemporáneos que abandonaran a los dioses hechos a su imagen y sirvieran al verdadero Dios.

Dios explica Su elección de Abraham como progenitor del pueblo judío:

      “Porque sé que él le ordenará a sus hijos y a su casa que sigan el camino de Dios, haciendo caridad y justicia” (Génesis 18:19)

Dios sabía que Abraham iba a dirigir a sus descendientes por el derej Hashem – el camino de midot que lleva al Árbol de la Vida, la Torá. Es por eso que nosotros, los descendientes de Abraham, fuimos merecedores de recibir eventualmente la Torá.