“Y Dios llamó a Moshé…” (Levítico 1:1)

El Rosh en su comentario a la Torá explica que la alef en la palabra vaikrá, con la cual comienza el tercer libro de la Torá, tiene su tamaño reducido para reflejar la humildad de Moshé. Lo que queda por entender es por qué esta insinuación sobre la humildad de Moshé se ubica específicamente en el comienzo del libro de Levítico.

Levítico abre con numerosas y complejas leyes relacionadas con los sacrificios del Templo. Con la destrucción del Templo, el rezo – la avodá (servicio) del corazón, remplazó a la avodá de los sacrificios. Sin embargo, en el Talmud (Berajot 32b) se nos informa que desde el momento en el que se destruyó el Templo, las puertas del rezo también se cerraron. Pero las puertas de las lágrimas no se cerraron. Rashi explica que las puertas de las lágrimas se refieren a otro tipo de rezo – el rezo con lágrimas.

Por eso estudiamos que existen dos tipos diferentes de rezo – el rezo con lágrimas y el rezo sin lágrimas. Examinemos estos dos tipos.

El rabino Jaim de Volozhin (en su libro Nefesh HaJaim) describe cómo Dios creó el mundo con un intrincado sistema de poderes espirituales, a través de los cuales la bondad de Dios y su influencia descienden al mundo físico. Este sistema se activa con el estudio de Torá, las mitzvot y el rezo. Dios nos puso en este mundo físico para que podamos ganarnos la recompensa espiritual máxima que Él desea otorgarnos – una relación íntima con Él.

Nosotros no nos ganamos simplemente esta recompensa. Sino que creamos esta relación a través de nuestras acciones en este mundo. Al estudiar Torá, realizar mitzvot y rezar, nosotros suministramos la energía para activar el sistema a través del cual Dios se relaciona con este mundo.

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El poder de la bendición

Es en este contexto que el Talmud dice (Berajot 7a) que “Dios reza”. El Rashba explica que el deseo de Dios es entregarnos Su divina benevolencia. Pero Él ha decretado que nosotros debemos iniciar esta relación. Es como si Él rezara para que nosotros hagamos nuestra parte para que Él pueda cumplir Sus verdaderos deseos. Cuando nosotros rezamos para “darle poder a Dios”, es a esto a lo que nos referimos. Al cumplir las condiciones que Él ha determinado, nosotros le damos, por así decir, poder a Dios para que Él derrame Su benevolencia sobre nosotros.

Berajá (“bendición”), continúa el Rashba, se refiere a algo que incrementa, aumenta e intensifica. (Una Breijá, por ejemplo, es un arroyo en el cual el flujo de agua incrementa y se intensifica constantemente). Nuestra berajá, es un medio para abrir los conductos de la bondad de Dios al entrar en una relación con Él. Cuando una persona pronuncia una bendición antes de comer, activa los reinos espirituales a través de los cuales Dios provee comida y abre más anchamente los conductos para la bondad de Dios. Por eso, Él repone aquello que la persona está comiendo. Por otra parte, alguien que no pronuncia una bendición es como un ladrón, porque no compensa por lo que está tomando de este mundo (Talmud – Berajot 35a).

El Rabino Yosef Leib Bloch (En Shiurei Daat sobre las ofrendas) muestra cómo los sacrificios servían para unir y elevar todos los poderes mundanos hacia el servicio de Dios y de esa manera activaban el sistema que Dios creó para llevar al mundo al cumplimiento de Su propósito. El Maharal agrega que el poder más grande para activar los mundos espirituales emanaba del Templo y que con su destrucción esas puertas específicas se cerraron. (Uno todavía puede penetrar incluso puertas cerradas pero sólo con gran esfuerzo y dificultad).

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El rezo con lágrimas

Hay, sin embargo, otro tipo de rezo que no se vio afectado con la destrucción del Templo – el rezo pasivo con lágrimas y sumisión. En este contexto, berajá tiene una connotación totalmente diferente. El judío se para delante de Dios y dobla sus rodillas y dice:

Baruj – Tú, Dios, eres la fuente de todas las bendiciones y sin Ti yo ni siquiera tengo una pierna para pararme. Doblo mis rodillas en reconocimiento de esto. Atá – Eres Tú, Dios, y no Yo, el que puede proveer para mi existencia y para mis necesidades más básicas”.

En el comienzo de la Amidá, la plegaria que remplazó las ofrendas del Templo, el judío inclina su cuerpo en subyugación y sumisión total mientras proclama estas palabras. Pero una vez que reconoce este hecho y se entrega a las manos de Dios y lo llama por Su nombre – entonces puede pararse erguido sabiendo que Dios es su soporte. Este es el rezo de las lágrimas, un poder pasivo pero aun así muy potente.

Todo el rezo expresa esta idea: “Cúranos Dios y seremos curados” no es sólo un ruego sino una afirmación de dependencia y sumisión – Incluso cuando las ofrendas aún se llevaban y se ofrecían con la intención de afectar los mundos celestiales y abrir los conductos de la bendición de Dios, esta actitud de completa sumisión era parte de la ofrenda. Ambos, Najmánides y el Sefer HaJinuj explican que uno debe identificarse con el animal que está siendo asesinado como un acto de auto-anulación y sumisión a Dios.

El rabino Simja Bunim de Pshisja dijo que a pesar de que las puertas de las lágrimas siguen abiertas, aun así las puertas son necesarias para prevenir que ingresen lágrimas inadecuadas. Los rezos de lágrimas deben estar compuestos por lágrimas de esperanza, confianza y fe de que Dios va a ayudar – no lágrimas de depresión, abatimiento o desesperación.

El libro de Levítico, que detalla los sacrificios del Templo, comienza con una insinuación de la humildad de Moshé, porque toda la avodá – sin importar si es avodá del corazón o aquella de las ofrendas – requiere auto-anulación y sumisión. Requiere, incluso en su forma activa, un reconocimiento de que finalmente todo emana de Dios y de que todo lo que nosotros hacemos es, al final de cuentas, sólo una expresión de la sumisión a la voluntad de Dios.

Por esto, uno necesita humildad. De ahí la pequeña alef – tanto una señal de humildad como también la letra que representa la unicidad de Dios y su unidad. Es con la palabra: Vaikrá, con esta pequeña alef, que Dios llama al hombre para que Lo sirva tanto en forma activa como pasiva, para llevar el mundo a buen término.