“Y Dios habló a Moshé en el desierto de Sinaí”. Cualquiera que no puede hacerse a sí mismo hefker (sin dueño) así como el desierto, no puede adquirir sabiduría ni Torá, y por eso dice, “...en el desierto de Sinaí” (Midrash – Bamidbar Rabá 1:7).

Un objeto hefker es uno de tan bajo valor para su dueño que él formalmente lo abandona y lo pone a disposición de otros. Consideremos ahora el significado de hacerse hefker uno mismo.

Uno debe estar listo para abandonar, si fuera necesario, todos los placeres del mundo por el bien de la Torá (ver comentario del Maharzav al Midrash). “La Torá sólo puede preservarse en aquel que se mata por ella” (Talmud – Sota 21a).

Y tal como dice el Midrash (Avot 6:4):

Esta es la forma de la Torá: Comer pan con sal, tomar agua en pequeña medida, dormir en el piso y vivir una vida de privación – ¡pero esfuérzate en la Torá! Si haces esto, “Eres alabado y todo estará bien para ti”. Eres “alabado” en este mundo y “todo estará bien para ti” - en el Mundo Venidero.

La privación material puede no ser una condición necesaria para el estudio de Torá, pero sólo aquél que está preparado para renunciar a todo placer y confort por su estudio de Torá alcanzará un entendimiento profundo de la Torá.

El verdadero estudioso de la Torá debe estar tan obsesionado con la Torá, como el amante con su amada (ver comentario del Rashash al Midrash anterior; Maimónides – Teshuvá 10:6). Tal como los pensamientos del amante están siempre en su amada, así también, alguien que realmente desea sondear las profundidades de la Torá no puede hacer su estudio contingente al tiempo, lugar o circunstancia. Sólo cuando uno siente que la Torá por sí sola da significado a su vida, será capaz de renunciar a todas las otras comodidades y placeres por ella.

Después de relatar que el pueblo judío llegó a Sinaí, la Torá repite que ellos dejaron Refidim y llegaron a Sinaí. De esta repetición, los Sabios aprenden que así como ellos llegaron a Sinaí con arrepentimiento, ellos dejaron Refidim con arrepentimiento. El pueblo judío fue atacado por Amalek en Refidim precisamente por su debilidad en el estudio de la Torá. Después de ese ataque, ellos podrían haber razonado que Refidim no era un lugar espiritualmente conducente a la teshuvá y podrían haber esperado hasta alcanzar el Sinaí para fortalecerse en arrepentimiento.

La Torá enfáticamente invalida esta actitud. Si una persona espera el momento o lugar perfecto para tomar un nuevo curso en Torá, el momento o el lugar ideal nunca va a materializarse. Si ellos no hubieran hecho teshuvá en Refidim, ellos no habrían hecho teshuvá tampoco en el desierto del Sinaí.

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Estatus humilde

Hay otro aspecto de “entregarse a la Torá” que es incluso más difícil que la pérdida de las comodidades materiales – el logro de la humildad. Uno debe ser lo suficientemente humilde para aprender de cada persona y para enseñar a todos, sin importar su estatus.

Incluso más importante, debe estar preparado para deshacerse de todas sus ideas preconcebidas y creencias. Sólo si uno está listo para dejar que la Torá lo posea y lo guíe totalmente, sus secretos serán revelados.

“Todos son ciegos hasta que Dios abre sus ojos” (Midrash – Bereshit Rabá 53). Cuando vemos el mundo a través de nuestros propios ojos estamos sujetos a nuestros deseos materiales y a los efectos distorsionadores de la pasión y el prejuicio. Sólo cuando dejamos que la Torá moldee nuestros procesos de pensamiento podemos ver el mundo en su verdadera perspectiva. No hay humildad más verdadera que subyugar la posesión más preciada - la mente - a la Torá.

Para poder servir en el Sanhedrín, uno debía probar que un sheretz (especie de reptil) no causa impureza ritual, a pesar de que la Torá explícitamente dice que sí la causa. Los jueces tienen que reconocer que incluso con su gran agudeza mental ellos pueden autoconvencerse de casi cualquier cosa y por eso necesitan subyugar su propio pensamiento al de la Torá.

El Gaon de Rogachover una vez dio una clase a sus alumnos en la cual les probó que el jametz está permitido en Pesaj. Luego les pidió a sus estudiantes que refutaran su prueba. Ellos trataron en vano de hacerlo. Cuando se rindieron, el Rogachover abrió la Biblia y les leyó: “No comas jametz” (Éxodo 13:3). Eso, dijo él, es la única refutación necesaria. Toda la gimnasia intelectual en este mundo no puede alterar una sentencia de la Torá.

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Daat Torá

“Las palabras de los sabios son como una picana” (Eclesiastés 12:11)

Tal como con la picana se dirige al buey para arar en línea recta, así también, la Torá guía y condiciona a la persona a pensar en los caminos de la vida (Talmud – Jagiga 3b).

El comentarista Smah (a Joshen Mishpat 3:13) comenta que el pensamiento de los laicos es opuesto al pensamiento de la Torá. La intención no es denigrar al laico sino indicar que cuando nos confiamos de nuestro propio razonamiento, la distorsión es un resultado inevitable. Cuando buscamos la guía de los Sabios de la Torá, estamos buscando una mente tan empapada en Torá – excluyendo todos los prejuicios personales – que todo lo que ellos dicen o hacen es solamente una reflejo de su entendimiento de la Torá, es decir, Daat Torá. Sólo una mente condicionada a pensar desde el punto de vista de Dios, tal como está revelado en la Torá, puede ver el mundo sin distorsión.

Después del Éxodo de Egipto, el pueblo judío necesitaba seguir a Dios a un desierto duro y salvaje y ponerse a sí mismos totalmente bajo Su cuidado, antes de poder recibir la Torá. Y después del regalo de la Torá, aún necesitaban ser reprendidos una y otra vez, tal como lo leemos a lo largo del libro de Números, hasta que moldearon sus actitudes y opiniones dentro de una “perspectiva de Torá”.