Rabeinu Iona escribe en Shaarei Teshuvá:

Cuando uno recibe un castigo de Dios y como consecuencia mejora sus caminos, es adecuado que se alegre de sus sufrimientos, dado que le trajeron un gran beneficio y debe agradecer a Dios por ellos tal como lo haría por otros éxitos… y uno que verdaderamente confía en Dios debe esperar en medio de su dificultad que la oscuridad será la causa de su luz… Tal como nuestros Sabios, de bendita memoria, dijeron, “Si no hubiera caído, no me podría haber levantado; si no hubiera estado en la oscuridad, no habría luz para mí” (Midrash Tehilim 22).

Nosotros no celebramos solamente nuestra salvación, sino también la desgracia y el sufrimiento que se requirió para la salvación. El sufrimiento y la liberación deben ser vistos como una unidad indivisible. Si alguien cava un hoyo en la vía pública y alguien se cae en él y se rompe una pierna, la persona que cavó merece poco agradecimiento si se ofrece a pagar los gastos médicos. Pero si un doctor debe romper un brazo para poder componerlo apropiadamente, merece agradecimiento tanto por la rotura como por la compostura. Así, también nosotros debemos reconocer la mano providencial de Dios en nuestros sufrimientos tanto como en nuestras liberaciones.

El Sfat Emet explica que los días de Januca fueron designados como días de halel vehodaa (alabanza y agradecimiento): halel por la milagrosa salvación y hodaa por el sufrimiento y la desgracia que los precedió. Por eso en el rezo de Al Hanisim que se agrega en la Amidá durante Januca, no sólo agradecemos a Dios por Sus milagros, liberación y poderosos actos sino también por las batallas.

El Talmud (Shabat 13b) dice que aquellos que compusieron la Meguilat Taanit (la lista de todos los días que conmemoran liberaciones milagrosas del pueblo judío durante el período del segundo Templo) apreciaban las calamidades. En otras palabras, sólo aquellos que podían apreciar el involucramiento Divino en la desgracia podían poner verdaderamente las liberaciones en su perspectiva adecuada.

Nuestra incapacidad de percibir lo Divino en nuestros sufrimientos es el resultado de nuestra limitada perspectiva. El Talmud (Pesajim 50a) pregunta sobre el verso, “En ese día Dios será Uno y Su Nombre Uno” – “¿Acaso ahora no son Dios y Su Nombre Uno?”. El Talmud responde que este mundo no es como el mundo venidero. En este mundo decimos la bendición hatov vehametiv sobre la buena fortuna y dayan haemet sobre la desgracia. Pero en el Mundo Venidero, vamos a decir hatov vehametiv sobre ambas. En este mundo escribimos el nombre de Dios con las letras yud-hey-vav-hey, pero lo pronunciamos como Adonay. En el mundo venidero, el nombre de Dios se va a leer tal como se escribe.

Para explicar: en el mundo venidero, cuando miremos hacia atrás en retrospectiva, vamos a entender que todas las desgracias sobre las que hicimos la bendición de dayan haemet en este mundo fueron realmente para nuestro bien y entonces diremos hatov vehametiv en forma retroactiva. Igualmente, el nombre de Dios significa que Él trasciende el tiempo – que Él fue, es, y siempre será. Es un nombre que connota misericordia, porque en el análisis final, más allá del tiempo, todo es para bien. Sin embargo, dado que nosotros estamos restringidos por el tiempo, no nos podemos relacionar con el nombre de Dios tal como está escrito. En vez de eso, nosotros vemos la desgracia y la adversidad y nos relacionamos con Adonay – el nombre de Dios que significa que Dios domina y guía todo en el mundo, sin importar sin nos parece bueno o malo.

El rabino Shraga Feivel Mendlowitz acostumbraba dar la siguiente alegoría. Cuando un niño pequeño dibuja una persona, es obvio desde el comienzo que el círculo de arriba es la cara, la línea que baja es el cuerpo y las líneas que se proyectan hacia afuera son los brazos y las piernas. Pero cuando un artista experto pinta a una persona, puede empezar con una pincelada de rojo brillante, que a los ojos del observador inexperto parece arruinar el lienzo. Sólo cuando la pintura está completa, se hace evidente porqué la pincelada de rojo se requería para el contraste. Así también, Dios está pintando un panorama magistral de la historia. Mientras se va desarrollando la pintura, hay pinceladas que vemos como innecesarias o dañinas. Pero cuando la pintura se termine, será obvio que cada pincelada era necesaria para la perfección de la imagen, Es eso lo que quiere decir el Talmud cuando dice que no hay ningún artista como Dios (Berajot 10a).

Cuando Moshé le pidió a Dios que le explicara el sufrimiento de los justos y la prosperidad de los malvados, Dios respondió, “Verás Mi espalda, pero Mi cara, no podrás ver” (Éxodo 33:23). El Ktav Sofer explica: “Mi espalda – cuando el mundo alcance su conclusión, entonces entenderás en retrospectiva; pero Mi cara – con anticipación, mientras los eventos se están desarrollando, no vas a comprender”.

El Talmud dice que debemos recitar la bendición de dayan haemet con la misma alegría con la que recitamos la bendición de hatov vehametiv.

Pero si reconocemos que la desgracia es realmente para nuestro bien, ¿por qué no decimos hatov vehametiv sobre todo lo que ocurre? La respuesta es que nosotros debemos funcionar en dos niveles simultáneamente. Desde el punto de vista de nuestro ser físico, estamos ligados al tiempo y por eso experimentamos la desgracia como desgracia. Más allá de eso, así es como Dios quiere que nos relacionemos con ella. Nuestro sufrimiento es comparable a una operación dolorosa que nos va a curar de una enfermedad espiritual de la cual sufrimos. A pesar de que la persona está feliz de que la operación va a resultar en su futura recuperación, la necesidad de una operación y el dolor que conlleva es una razón de tristeza. Al mismo tiempo, nuestra alma trasciende el tiempo y por eso, interiormente estamos conscientes de que esta desgracia se revelará finalmente como algo bueno. Esto nos da una alegría interna, incluso cuando externamente lloramos.

El verdadero significado de la bendición dayan haemet no es que Dios es el “Verdadero Juez”, sino que “Él es el Juez de la Verdad”. Sólo Él puede determinar cómo la verdad será finalmente revelada – algunas veces será de formas claras y otra veces de manera esquiva y confusa.

Ahora podemos entender la distinción de Najum Ish Gamzu, así llamado porque él respondía a cada desgracia con las palabras, Gam zu letová – “esto también es para bien”. Pero si todo judío debe creer que todo lo que viene del Cielo es para bien, entonces, ¿cuál es la distinción especial de Najum? La respuesta es que sólo se nos pide que reconozcamos que desde el punto de vista de Dios todo es para bien. Sin embargo, la persona tiene permitido reaccionar ante la desgracia como desgracia desde su propia limitada perspectiva. Najum, sin embargo, realmente se relacionaba con la desgracia como un bien, un logro mucho más allá de lo que requerido.

Mi esposa una vez me preguntó: ¿Por qué la parashá Miketz termina en medio de la historia, con el destino de Binyamin colgando de un hilo, en vez de terminar con la revelación de Yosef?

La historia de Yosef y sus hermanos, dice el Jafetz Jaim, contiene una buena lección para el futuro. Frecuentemente imaginamos que cuando venga el Mashiaj, se necesitarán días y semanas para explicar las múltiples tragedias de nuestra historia. Pero no es así. Con sólo dos palabras – Aní Yosef, “Yo soy Yosef” – Yosef esclareció todas las preguntas de sus hermanos. Así también, cuando Dios se revele a Sí mismo y la pintura completa del mundo sea expuesta, sólo dos palabras – Aní Hashem, “Yo soy Dios” – serán necesarias.

Los Sabios, que dividieron las lecturas semanales de la Torá, cortaron intencionalmente Miketz con un momento de suspenso – para enseñarnos que a pesar de que todo es finalmente para bien, algunas veces uno debe esperar “a la semana siguiente” para entender cómo es esto.