Cuando llegues a la tierra de Canaan que yo te doy como posesión, voy a poner una aflicción de tzaraat sobre una casa en la tierra de tu posesión”. (Levítico 14:34)

La última de las variadas formas de tzaraat es aquella que afecta a las casas. Esta forma de tzaraat era desconocida hasta que el pueblo judío entró a la tierra de Israel. De acuerdo a los Sabios, los habitantes anteriores escondían sus cosas valiosas en las paredes de sus casas para prevenir que cayeran en manos del ejército judío que los conquistaba. Cuando las paredes de estas casas eran subsecuentemente afectadas con tzaraat, se requería sacar partes de las paredes y, en algunos casos, la destrucción de toda la casa, entonces, estos tesoros escondidos eran descubiertos por los nuevos dueños de la casa.

Esto es extremadamente desconcertante. También se nos dice que el tzaraat en las paredes de las casas era un castigo por egoísmo. ¿Por qué deben aquellos que se comportaron con la extremadamente negativa característica del egoísmo, ser recompensados con el descubrimiento de tesoros escondidos?

La Torá nos dice que antes de que el Cohén fuera a inspeccionar la decoloración sospechosa para determinar si era de hecho tzaraat, se tenían que sacar todos los objetos de la casa (Levítico 14:35). De esa forma no se impurificaban si es que la casa se declaraba con tzaraat.

Sin embargo, el Midrash agrega otra razón para sacar todos los objetos: es una corrección por el egoísmo que causa el tzaraat. La gente egoísta frecuentemente aparenta tener menos de lo que tiene, para evitar tener que prestar a otros sus posesiones o dar tzedaká. Tener que sacar todas sus posesiones en público causa una vergüenza aguda, y esto ayudaba a expiar y a corregir su egoísmo.

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Vasijas de Barro

Sin embargo, la Mishná (Negaim 12:5), da una explicación totalmente diferente sobre la remoción del contenido de las casas: La preocupación Divina por la propiedad de un judío. Sólo las vasijas de barro relativamente baratas no pueden ser purificadas fácilmente con inmersión en una Mikve. A pesar de eso, Dios está preocupado incluso de esa pequeña pérdida y permite la remoción de todas las vasijas antes de que la casa sea declarada impura.

Uno podría haber pensado que si la intención era curar el egoísmo, una lección sobre la poca importancia de las posesiones materiales sería más adecuada, ¡y no una que transmite el valor de cada centavo!

Sin embargo, la verdad es que el egoísmo – literalmente tzarut ayin, un ojo angosto – es el resultado de no apreciar el verdadero valor de las posesiones materiales y verlas desde una perspectiva muy angosta. Se nos dice que los tzadikim valoran sus posesiones materiales incluso más que sus vidas. Por eso, Yaakov, arriesgó su vida para recuperar unas vasijas de barro baratas.

La loza de barro es única porque contrae tumá, impureza espiritual, sólo a través de la exposición (ante la fuente de impureza) de su superficie interna, pero no a través del contacto con las paredes externas de la vasija. ¿Por qué se diferencian las vasijas de barro de esta manera?

El valor de cualquier vasija puede medirse de dos formas: en términos del valor intrínseco del material del cual está hecho o en términos de su valor funcional. Los materiales de una vasija de barro tienen poco valor intrínseco. Sólo su utilidad le da valor. Para que algo contraiga impureza ritual, debe tener un valor. Por eso una vasija de barro se hace impura sólo a través del contacto con su parte funcional – lo interno – y no a través del contacto con los materiales de sus paredes externas.

Un tzadik ve sus pertenencias materiales como vasijas de barro – es decir, como algo que no tiene valor intrínseco, sino que deriva su importancia solamente de su función. Las posesiones materiales, desde su perspectiva, son herramientas para el servicio a Dios. Ellas podrían, por ejemplo, permitirle hacer actos de bondad y beneficiar a otros. Tanto su cuerpo como sus bienes materiales son medios para servir a Dios. Ellos sólo difieren en que el cuerpo se obtiene como un “regalo de nacimiento”. Las adquisiciones materiales en cambio, requieren esfuerzo. Por eso sus posesiones materiales son más preciadas para un tzadik que su propio cuerpo porque su adquisición requiere más esfuerzo. La perspectiva del tzadik sobre la posesiones contrasta con la estrecha perspectiva de aquél que ve sólo el beneficio personal que sus posesiones pueden proporcionarle.

Cuando la persona de la casa que fue afectada con tzaraat se hace consciente de la preocupación de Dios por las posesiones materiales de cada judío, su visión egoísta (tzarut ayin) es desafiada y el proceso de corrección comienza. La vergüenza de ser expuesto al escrutinio de sus vecinos es otro aspecto del mismo proceso. La remoción de las vasijas a un dominio público alude al hecho de que su propósito no es simplemente servirse a uno mismo.

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Oro en las Paredes

Los objetos valiosos escondidos por los Emoritas (Canaanitas) estaban teñidos y contaminados con egoísmo intenso. Los Emoritas los escondieron para privar a los judíos del beneficio de ellos, incluso cuando estaban destinados a perderlos de todas maneras. En las manos de personas con una tendencia al egoísmo, esa riqueza habría sido terriblemente perjudicial. Por eso Dios utilizó el tzaraat como un vehículo para proveer riqueza de una forma designada a corregir la maldad del egoísmo. La víctima de tzaraat estaba forzada a reconsiderar sus actitudes hacia las posesiones materiales antes de recibir su nueva recompensa.

Si uno falla en aprender la lección del tzaraat que afectó su casa, su egoísmo se convierte en soberbia. Entonces, sus ropas, llamadas por los Sabios “instrumentos para honrar a una persona”, también se afectan. Si aun así no hace caso de la advertencia, entonces va a caer más allá hasta actuar sin respeto por nadie más que por sí mismo. Esa actitud se manifiesta como lashón hará y motzí shem-ra, denigrar a otros. Como castigo el cuerpo mismo del perpetrador es azotado con tzaraat.

Ahora podemos entender lo que parecen ser opiniones conflictivas en relación a las muertes de los alumnos de Rabí Akiva. El Talmud (Yevamot 62b) dice que ellos no se trataban con respeto. El Midrash (Bereshit Rabá 61:3) dice que ellos tenían tzarut ayin, egoísmo, en relación a su Torá y que no la compartían unos con otros.

La Torá es la posesión más preciosa, pero no debe ser un medio de elevación personal. Cuando uno aprecia verdaderamente a su prójimo y lo honra, entonces desea compartir con él sus herramientas de servicio a Dios. En este sentido, compartir la propia Torá es la expresión suprema del honor por el prójimo. Por eso las dos descripciones de las faltas de los alumnos de Rabí Akiva son de hecho una misma.