“Los hijos de Aarón, Nadav y Avihu, tomaron cada uno su brasero. Pusieron fuego en ellos, colocaron incienso sobre el fuego y lo ofrecieron delante de Dios, un fuego extraño, que Él no les había ordenado. Salió un fuego de delante de Dios y los consumió, y murieron delante de Dios”. (Levítico 10:1-2)

Los sabios presentan varias explicaciones sobre la transgresión que Nadav y Avihu cometieron, por la cual incurrieron en la pena de ser consumidos por un fuego del cielo. Estas incluyen:

  1. Ellos entraron al Tabernáculo borrachos o sin cortarse apropiadamente su cabello o sin las vestimentas sacerdotales adecuadas.
  2. Ellos no cedieron el honor de ofrecer ese fuego a su padre, Aarón.
  3. Ellos no consultaron con Moshé, ni con nadie más, antes de llevar ese fuego.
  4. Ellos no estaban casados.
  5. Ellos dijeron, “¿Cuándo morirán estos dos viejos [Moshé y Aarón], para que nosotros podamos liderar a la generación?”.

Dado que la Torá nos revela explícitamente la naturaleza del pecado – que llevaron un “fuego extraño” – ¿por qué les pareció necesario a los sabios agregar sus propias explicaciones? Más allá de eso, los Sabios nos dicen que ya en el Monte Sinaí, Nadav y Avihu recibieron pena de muerte por su comportamiento descuidado cuando experimentaron su visión profética de la Presencia Divina. Sólo el hecho de que Dios no quería perturbar la alegría de la entrega de la Torá, los salvó de la ejecución Divina en ese momento.

Sin embargo, esta explicación, plantea nuevas dificultades. La consagración del Tabernáculo, tal como el día de la entrega de la Torá, era un día de alegría sin comparación, tal como se describe en el Midrash. Entonces, ¿por qué no se abstuvo Dios de ejecutar a Nadav y Avihu por miedo a disminuir la alegría?

Moshé le dijo al pueblo judío: “Saquen el ietzer hará (inclinación negativa) de sus corazones para que se inspiren con temor reverencial y con un servicio a Dios en común. Tal como Él es Uno, así también el servicio a Él debe ser uno”. (Midrash – Yalkut Shemini 521)

Ya en el tiempo de Moshé, dice el Netziv, existían aquellos que buscaban experimentar éxtasis religioso y acercarse a lo Divino a través de medios distintos a los delineados por la Torá. Fue de este ietzer hará que Moshé exhortó al pueblo a que se alejaran, porque el deseo de acercarse a Dios de formas no prescritas no es santidad; es el trabajo del ietzer hará.

Tal como dicen los Sabios en el verso:

“Esto es lo que Dios te ordenó que hagas y la Gloria de Dios se aparecerá ante ti” (Levítico 9:6)

Cuando uno se basa sólo en sus emociones para determinar su servicio a Dios, entonces cada persona crea su propio camino y el servicio a Dios se fragmenta en muchos diferentes moldes, lo cual es una contradicción de la unicidad de Dios. Por eso el camino debe estar guiado y definido por la Torá para que la unidad resultante de expresión, refleje la unicidad de Dios.

El servicio Divino debe ser una mezcla de emoción con cuidado meticuloso de expresar esa emoción de una forma prescrita por Dios mismo, es decir, el marco de referencia de la Torá debe infundirse con las emociones y sensibilidades propias y únicas. Ignorar el marco que la Torá prescribe y buscar caminos para llegar a Dios basados en emociones subjetivas e intuición, es hacer eco del pecado del Becerro de Oro. Ese también fue un intento de crear un vínculo con Dios a través de un intermediario no prescrito.

Todos los intentos de buscar una experiencia religiosa a través de ceremonias o rituales prohibidos por la Torá o por decretos rabínicos (por ejemplo, formas desviadas de judaísmo) o rituales inventados como reflejo de prácticas culturales ajenas a la Torá (como por ejemplo, la inmersión ritual de niñas a los ocho días de vida) son expresiones del ietzer hará que deben ser eliminadas antes de que la Presencia Divina pueda residir en el Tabernáculo. La condición necesaria para que el tabernáculo sirviera como lugar de residencia de Dios era que debía ser construido precisamente “como Dios le ordenó a Moshé”.

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Acercándose

Nadav y Avihu, a pesar de ser grandes hombres, fueron tentados por este ietzer hará de expresarse de acuerdo a sus dictámenes, no los de Dios. Primero exhibieron su debilidad en el Sinaí cuando su éxtasis al percibir la Presencia Divina no se adscribió a los requerimientos de respeto y seriedad. Dios tuvo la esperanza de que la entrega de la Torá rectificaría la inclinación que mostraron en ese momento, ya que el propósito de la Torá es guiar nuestras búsquedas espirituales internas y nuestras emociones. Es por eso que Nadav y Avihu fueron perdonados en el Sinaí.

En el día que se consagró el Tabernáculo y que se establecieron las bases de todo el servicio de Dios en el futuro, Nadav y Avihu mostraron que el correctivo no había funcionado. Ellos tuvieron la inspiración de llevar un fuego humanamente producido al altar, que se mezclaría con el fuego Divino que descendería del cielo. El fuego que ellos llevaron se describe inicialmente simplemente como “fuego”, sólo después se transformó en un “fuego extraño y no deseado”. Su deseo de acercarse a Dios no era en sí mismo extraño, sólo lo era su método de hacerlo.

Todas las transgresiones de Nadav y Avihu se ajustan a este aspecto del ietzer hará. En su búsqueda de acercarse a Dios, ignoraron la forma dictada por la Torá. Ellos no pidieron consejo; no honraron a los sabios; dictaminaron sobre preguntas halájicas en presencia de su maestro Moshé. Entraron al Tabernáculo literalmente intoxicados de emoción, sin considerar si su apariencia o sus vestimentas estaban dentro de los parámetros de la Torá.

El día en que se consagró el Tabernáculo sentó las bases para todo el servicio futuro. Por eso, Dios enfatizó desde el comienzo el peligro del servicio Divino basado solamente en emoción. A través de la muerte de Nadav y Avihu se transmitió un mensaje resonante para todas las futuras generaciones: el servicio Divino no puede basarse solamente en emoción, sino que debe primero y más importante estar fundado en conformidad con la Halajá.