"Y he dicho: Yo los haré subir de la aflicción de Mitzraim a la tierra del kenaaní, el jití, el emorí, el perizí, el jiví y el yebusí, una tierra de la que mana leche y miel. Ellos escucharán tu voz; y tú y los ancianos de Israel irán al rey de Mitzraim y le dirán: El Eterno, Dios de los hebreos, se ha encontrado con nosotros. Y ahora, por favor, déjanos ir a un viaje de tres días al desierto, y ofreceremos ofrendas al Eterno, nuestro Dios" (Éxodo 3:17-18).

Un hecho que desconcierta a los comentaristas es que cuando Dios reveló Su plan para el pueblo judío, inmediatamente le contó a Moshé que el destino de estos era la Tierra de Israel, pero al mismo tiempo le instruyó a Moshé que le pidiese permiso al Faraón para salir sólo por tres días. Muchas respuestas fueron propuestas para esta pregunta (ver Or HaJaim en Éxodo 3:18), pero sin embargo, aquí ofreceremos otra posible respuesta, basada en uno de los aspectos únicos de la matzá.

La matzá, el pan de la esclavitud, es al mismo tiempo el símbolo de la esclavitud y de la libertad. En la Hagadá de Pesaj, la matzá es tanto el pan de los pobres como el símbolo de que Dios nos redimió en tan sólo un instante.

Uno podría preguntar por qué no fue elegida una torta más sabrosa como símbolo de nuestra redención de la amarga esclavitud de Egipto. La respuesta es que con nuestra redención no dejamos de ser esclavos. El Talmud (Meguila 14a) al comentar el versículo "Alaben a Dios, alaben, sirvientes de Dios" (Salmos 113:1), dice que "originalmente éramos esclavos del Faraón; ahora somos esclavos de Dios". No emergimos de la esclavitud a la libertad, sino que seguimos siendo esclavos ahora con un nuevo amo.

El judío no es libre; “frei” (“libre” en idish) es la contraseña para la enajenación del judaísmo (el termino es también utilizado para referirse a los judíos no religiosos, lo contrario de frum). El judío es el modelo de sirviente, y acepta el yugo del reino del Cielo subordinándose por completo a su amo, el Amo del Universo, a Quien le sirve con una dedicación inquebrantable. El comentario Talmidei Rabeinu Iona al Talmud, Brajot 9b, explica la halajá que dice que la bendición de la gueulá (redención) debe estar unida a la Amidá (que es el servicio del corazón), de la siguiente manera: Para el judío no hay pausa, no hay un momento libre entre la redención y la aceptación del yugo de la Torá.

Después de nuestra redención, continuamos cenando el pan de la esclavitud para enfatizar que nuestro estatus de esclavos no ha cambiado. Incluso la buena tierra que se nos dio es una tierra adecuada para esclavos, ya sean sirvientes de humanos o bien del Rey de Reyes; ésta fue dada primero a Kenaán, quien carga con la eterna maldición de la servidumbre.

Nuestra libertad es la libertad de ser sirvientes de Dios; y esta servidumbre es en realidad la máxima libertad que existe. Los Sabios dicen: "En las Tablas estaba esculpida nuestra libertad. No leas: ‘esculpida en las Tablas’, sino ‘libertad en las Tablas’". La libertad es la total inmersión en la Torá, la total dedicación y obediencia a Dios. Sólo cuando el judío es capaz de expresar su voluntad más profunda, la sed de hacer la voluntad de Dios, él es verdaderamente libre. Ya no es más un sirviente cuya voluntad interior es suprimida y ahogada por "la levadura de la masa" y por, figurativamente, el iétzer hará con su infinito arsenal de deseos y lujurias que lo desvían a uno de la total sumisión a la voluntad de Dios.

La subyugación a las naciones del mundo, ya sea física o culturalmente, es esclavitud, porque oprime nuestra capacidad de expresar nuestra voluntad interna de acercarnos a Dios. La redención de esta esclavitud está por completo en las manos de Dios. Cuando Dios nos lleva a Su jurisdicción, nosotros somos objetos pasivos. Nosotros no traemos nuestra redención; simplemente la aceptamos alegres y llenos de gratitud.

Pero debemos ser merecedores de la libertad mostrando un entendimiento de las implicancias que tiene la libertad de las fuerzas externas, un deseo por tener la oportunidad de subyugarnos a Dios.

El Rey del Mundo no necesita el permiso del Faraón para sacarnos de Egipto. Por lo tanto, Moshé no se acercó al Faraón a pedir autorización para dejar Egipto y asentarse en la tierra de Israel. Sino que, el pueblo judío, en ese entonces bajo el mando del Faraón, tenía que demostrar que merecía la redención. Es por eso que le pidieron al Faraón permiso para ir tres días al desierto a ofrecer sacrificios a Dios. La naturaleza de estos sacrificios no estaba definida con claridad incluso para Moshé, así como le dijo al Faraón:

"Porque nosotros no sabremos cómo Le serviremos hasta que lleguemos allí" (Éxodo 10:26).

Tres días después de salir de Egipto, Dios le dijo a los judíos (quienes acababan de ser liberados), que volvieran; vuelvan hacia Egipto, renuncien a su reciente libertad, dejen de correr hacia la seguridad y pónganse a merced de sus opresores. ¿Por qué? Porque Dios lo desea. Ese fue el "sacrificio" después de tres días en el desierto – no eran sacrificios animales, sino la renuncia a lo que más querían: su flamante libertad. Esa fue la prueba que los hizo merecedores de la redención.

Hoy estamos al borde de la redención, y estamos siendo probados para ver si merecemos la redención de Dios. Podemos con tranquilidad dejar que sea Dios quien traiga al Mashiaj, pero primero debemos merecer su llegada. Sólo intensificando nuestro compromiso con la Torá y las mitzvot, dedicándonos a servir a Dios en todas las áreas de la vida y eliminando el jametz (leudo) de nuestros corazones, pasaremos exitosamente nuestros tres días en el desierto.