La vida de Sará fue de cien 'shaná' (año) y veinte 'shaná' (año) y siete 'shanim' (años), los años de la vida de Sará”. (Génesis 23:1)

Pregunta:

Si uno analiza la traducción literal del texto es muy extraño que la Torá escriba shaná, literalmente 'año', en relación a los primeros dos números, cien y veinte, y al final shanim, literalmente 'años' en relación al número siete. ¿A qué se debe esto?

Respuesta:

La Torá determinó que los primeros 120 años de la vida de Sará fueron como “un solo año” (shaná) en relación a los últimos 7 años (shanim) de su vida, ya que las personas piadosas, los jasidim, si bien durante toda su vida son personas completas, al final de sus días ellos se perfeccionan y adquieren aún más completitud que en los primeros años de su vida, de esta manera, en términos de crecimiento espiritual, los últimos años de la vida de Sara (en este caso los últimos 7) equivalieron a “muchos años” y los primeros años (en este caso los primeros 120) fueron como “un solo año”.

Esto puede ser principalmente por dos razones. Por lo que está escrito en la Guemará: “Rabí Ishmael, hijo de Rabí Yosi, dijo: En cuanto a los estudiosos, cuando son más ancianos, más sabiduría adquieren, así como dice el versículo “En los ancianos está la sabiduría, y en la larga edad la inteligencia” (Talmud, Shabat 152a) o por la simple razón de que a medida que envejecemos nos acercamos cada vez más a las puertas de la muerte, y queremos aprovechar al máximo los últimos años de nuestra vida.

Lo interesante es que tanto en el caso de Sara como en el caso de la Guemará, estamos hablando de personas piadosas, de estudiosos, y no de gente que desperdicia su tiempo. La lógica sin embargo, apuntaría a que una persona que desperdició todos los primeros años de su vida, esa es precisamente la persona que desea crecer en sus últimos años, pero alguien que trabajó sobre sí mismo durante toda su vida y estudió Torá sin perder un solo día, para esa persona los últimos años deberían ser un “relajo”.

Pero asombrosamente, lo contrario es verdad.

La realidad es que las personas que desperdician su vida en este mundo y no crecen espiritualmente, llegan al final de sus días y no saben qué hacer, ya que siempre estuvieron enfocadas en sus cuerpos y ahora sus cuerpos prácticamente no sirven para nada.

Sin embargo aquellos que se dedicaron a crecer espiritualmente, a medida que pasa el tiempo y sus cuerpos se deterioran, ellos se identifican cada vez más con sus almas.

Es por eso que para las personas piadosas los últimos años de sus vidas son los años de máximo esplendor, de máximo crecimiento, porque se acercan cada vez más a una existencia espiritual. Sin embargo, para las personas que nunca estuvieron interesadas en crecer espiritualmente, los últimos años son prácticamente inservibles, ya que sus cuerpos se van desvaneciendo poco a poco.

La excepción a esto es una persona que a pesar de haber desperdiciado su vida, al final de sus días hace teshuvá (se arrepiente de sus malos actos y vuelve al camino de la Torá). Como en el caso de Ishmael (ver Rashi, Génesis 25:9), que al final de su vida hizo teshuvá y por lo tanto la Torá también dice que su vida fue de “100 'shaná' (año) 30 'shaná' (año) y siete 'shanim' (años) (Génesis 25:17).

Fuentes: Kli Yakar, comentario a Génesis 23:1.